PRÓLOGO
La lluvia golpeaba los cristales de la ventana con furia, como si quisiera arrancarlos de cuajo. Dentro de la habitación, el silencio era tan asfixiante que solo el tic–tac del viejo reloj de pared parecía recordarle a Yeosang que el tiempo seguía avanzando, aunque su vida se hubiese detenido en ese preciso instante.
El olor metálico de la traición aún estaba impregnado en su piel.
No necesitaba pruebas, no necesitaba confesiones: lo había visto con sus propios ojos. La forma en que Jongho había rozado a Wooyoung, la manera en que sus labios se habían buscado con hambre, como si nunca hubiese existido un “nosotros”.
Yeosang apretó con fuerza las manos sobre su vientre, tembloroso, sintiendo esa pequeña vida que apenas comenzaba a crecer en su interior. Una vida que, cruelmente, no le pertenecía al hombre al que había entregado su alma.
Seonghwa…
El nombre resonaba en su mente como un eco prohibido. Fue en sus brazos donde buscó consuelo, fue en su cama donde olvidó el frío de las noches vacías… y ahora, era su pecado más grande. Porque aquel secreto latía dentro de él, convirtiéndose en la cruel sentencia de su propio destino.
—¿Qué me queda ahora…? —susurró, con la voz rota, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.
En otro lugar, al otro extremo de la ciudad, Jongho bebía con los nudillos manchados de rabia y culpa. Sabía que había fallado, sabía que sus manos habían acariciado a quien no debía. Wooyoung dormía en su cama, con la serenidad de quien cree haber ganado una batalla… pero en el corazón de Jongho, lo único que quedaba era un abismo.
Dos traiciones cruzadas.
Dos amores rotos.
Y dos vidas que estaban a punto de cambiar para siempre, porque el destino había decidido enlazarlos con la cuerda más cruel: la sangre de hijos que no pertenecían al hombre que se creía dueño de sus corazones.
El trueno rugió en el cielo como un presagio.
Nadie estaba preparado para lo que vendría después.