Primer día, primeras experiencias
Dicen que cuando estás al borde de la muerte, por tu mente pasan los mejores años de tu vida. En mi caso, ni siquiera habían sido años. Bastaron unos meses para sentirme plena otra vez. Recuperé la ilusión, gané confianza, y comencé a ver el mundo con otros ojos.
Y ahora, todo parecía a punto de terminar. Fundiéndose a negro, como el último fotograma de una película con final triste.
El destino parecía ser cruel con nosotros: te da lo que has buscado durante tanto tiempo —amistad, complicidad, ilusión— pero solo lo suficiente para que lo saborees antes de arrebatártelo. Te pone la miel en los labios, te ilusiona, te hace sentir que por fin todo encaja… y, al final, te deja vacía, como si nunca hubieras tenido lo que querías. Mi mente se desvió por un instante y regresé a aquel primer día, cuando todo en mi vida empezó a cambiar. Quizás fue ese recuerdo lo que me dio la fuerza para resistir, para no rendirme aún.
El sonido del despertador sonó más estridente que nunca, como una campana de guerra que me arrancaba de mi sueño más profundo. Me costó levantarme de la cama, mi cuerpo aún pesado por las horas de insomnio. No era el ánimo adecuado para un primer día en mi nuevo trabajo, pero ahí estaba, una oportunidad que podría cambiar mi vida.
Era mi tercer empleo en dos años, y aunque el anterior me había dado algo de estabilidad, sentía que este era el definitivo. Había aprobado las oposiciones para un puesto de funcionaria, algo que nunca imaginé alcanzar. Un horario fijo, de 8 a 15, de lunes a viernes. Tareas simples, repetitivas, pero sobre todo, un salario decente. Después de trabajos mal pagados y horarios extenuantes, este parecía el mejor trabajo del mundo.
Miré mi reflejo en el espejo: la cara de cansancio era evidente, como si las noches sin dormir estuvieran escritas en mi piel. Me metí en la ducha rápidamente y, con algo de corrector y maquillaje, traté de ocultar las huellas del desvelo. Pocas cosas eran tan eficaces como un buen toque de maquillaje para dar la imagen de estar lista para enfrentar el mundo.
Salí del apartamento con tiempo de sobra. Sabía que el tráfico no sería un problema, pero quería llegar temprano, causar una buena impresión. Aparqué a la primera, como si el universo estuviera de mi lado, y el día soleado parecía darme la energía que necesitaba.
El edificio donde comenzaría a trabajar era imponente, blanco, con pequeñas ventanas alineadas de forma perfecta, como si todo estuviera diseñado para transmitir orden y disciplina. En el hall principal, un cartel me indicó el camino hacia los ascensores, y tomé el de la cuarta planta, un trayecto que parecía más largo de lo que en realidad era. Los pasillos eran fríos, las paredes de cristal de los despachos parecían cerrarse a mi alrededor. El silencio solo se interrumpía por el sonido de los teléfonos.
El Ministerio de Defensa era un lugar sobrio, austero, y a medida que avanzaba por el pasillo me encontré con personas uniformadas, que parecían imponentes, como figuras que marcaban la distancia entre mi vida anterior y este nuevo comienzo. No me sentía del todo parte de aquel mundo, con mi ropa de calle en medio de tanto uniforme.
Antes de llegar al final del pasillo, una mujer apareció a mi encuentro. Tenía mi edad, su cabello recogido en un moño impecable, y su atuendo era simple pero elegante: falda de tubo, camisa blanca fuera de la cintura, zapatos bajos. No llevaba mucho maquillaje, pero su presencia, su porte, hablaba de alguien que se movía con seguridad. Me dio la bienvenida con una sonrisa leve, una que no mostraba demasiada emoción, como si ya estuviera acostumbrada a los nuevos rostros que llegaban a diario.
—¡Buenos días! —me dijo con una amable sonrisa—. ¿Eres Sonia Sanz? —¡Buenos días! Sí —extendí mi mano. —Encantada, Sonia. Me llamo Marián. Voy a explicarte un poco antes de que llegue el teniente coronel Mena. Has sido asignada como su secretaria. Mira, esta será tu oficina.
Entramos en un cuarto acristalado, amueblado austeramente: dos archivadores, un escritorio con una silla de oficina y dos sillas enfrente. Las paredes estaban decoradas con pósters del Ejército del Aire, de Tierra y de la Marina. A la espalda del escritorio, la pequeña ventana que se veía desde fuera.
Sobre la mesa había un ordenador con impresora, un calendario, un teléfono y un bloc de notas.
—Como comprobarás, tenemos lo básico, pero es suficiente. Yo siempre estaré en la oficina de al lado. Te enseñaré lo básico de cómo pasar las llamadas al despacho y, si necesitas algo más, pregúntame. Hoy vas a tener suerte: el coronel no llegará hasta las nueve, así que tendremos un rato más para ponerte al día.
Me explicaba las cosas con una sonrisa y de manera muy sencilla, pero eran tareas básicas.
—Me gustaría darte un consejo —dijo. —Por supuesto, te lo agradezco. Espero no meter la pata; según entraba por la puerta, el ambiente me impone —dije tímidamente. —Sí, suele pasar. A todo el mundo le pasa. Mi recomendación es que no hables a no ser que te pregunten. Son muy estrictos al respecto: los militares se toman muy a pecho el respeto. Aunque seamos civiles, exigen que, en ese aspecto, seamos totalmente correctos.
—Perfecto, no habrá ningún problema. —Has tenido suerte: el coronel es muy serio, pero agradable. No creo que tengas problemas, pero recuerda siempre que es un superior; mantén las distancias y nunca hables si no te preguntan. En cuanto llegue, seguramente te informará de su forma de trabajar, y ahí se habrá acabado todo. Así que estate atenta y, si es necesario, apúntalo para no tener problemas.
—Muchas gracias, Marián. Hacía tiempo que no empezaba con alguien tan amable en un trabajo. —Espero que te encuentres a gusto; hace tiempo que no tengo compañera de despacho. Si algún día tienes algún problema para venir, tienes que avisarme para cubrirte. Luego te daré mi número de móvil y así estaremos en contacto, ¿de acuerdo? —Claro, sin problema. —Para lo que sea: si se te avería el coche, o has ido al médico, o te has dormido… pero avisa. En cuanto sea tu hora, si no estás aquí, tendrás problemas, a no ser que tengas una buena excusa —me dijo, pero sus palabras eran amables; me gustó mucho su trato.
—Nunca me ha pasado nada extraño que me haga llegar tarde al trabajo en mis anteriores puestos, pero, por supuesto, te avisaré si surgiese algo. —Bueno, te voy a dejar en tu puesto. Puedes ir conectando el ordenador; en breve llegará el coronel y te pondrás en marcha.
—¡Gracias, Marián! —dije mientras la vi salir.
Nada más marcharse, ni dos segundos después, comenzó a sonar el teléfono. Contesté con celeridad y tomé nota del recado en el bloc que tenía delante. Cuando anotaba los últimos números del teléfono de contacto, una mano apareció sobre el papel para hacerse con él. Me pilló totalmente de improvisto.
—Buenos días… señorita… ¿? —Sonia, buenos días —levanté la vista y me sorprendí al ver un rostro conocido. —Señorita Sonia… ¿su apellido? —dijo en un tono seco. —Sanz, Sonia Sanz. Disculpe.
¿Aquella cara? No podía ser… Me quedé paralizada al reconocer a mi amor platónico frente a mí. Hacía años que no le veía; vivía en mi barrio y era siete años mayor que yo. Con diez años me había fijado en él, pero él nunca supo siquiera que yo existía. Envidiaba a todas aquellas chicas que acababan colgadas de su brazo. Cuando acabó el instituto, desapareció. Sabía que había seguido la carrera militar, pero no me esperaba volver a cruzarme nunca más con él. Y ahí estaba.
Ni siquiera se acordaba de mi nombre, no parecía recordarme, pero habían pasado muchos años. Yo le reconocí al instante: había cambiado muy poco, se mantenía muy bien y, quitando una barba de varios días, en mi mente se habían grabado cada uno de sus rasgos. De repente, salí de mis recuerdos con sus palabras.
—¡Acompáñeme a mi despacho, Sanz! —continuó con su tono seco y cortante. —¡Sí, señor! —dije. No llevaba ni cinco minutos allí y ya estaba totalmente desubicada. No pensaba que todo sería tan serio y formal; en ese momento agradecía los consejos de Marián.
Al dirigirme al despacho, entré tras él con una carpeta en la mano para tomar todos los apuntes necesarios y que no se me olvidase nada. Me había quedado en shock al reconocerlo y al ver el exceso de marcialidad que se le aplicaba al personal civil.
Entré en el despacho y cerré suavemente la puerta tras nosotros. Era tan austero como mi oficina; tan solo un par de marcos con fotos sobre la mesa le daban un aspecto más humano.
De pie tras su escritorio, sin levantar la cabeza mientras sacaba cosas de su maletín, comenzó a hablar:
—Sanz, está usted aquí para atender el teléfono, pasarme las llamadas, llevar mi agenda y avisar con tiempo de las reuniones, además de facilitarme los documentos que le pida. Odio la impuntualidad. Si estoy reunido, no quiero que se me pase ninguna llamada, a no ser que sea una urgencia familiar. Para los demás, no existo. Las visitas inesperadas tendrán que ser anunciadas desde la recepción: han de avisar desde la entrada y yo autorizaré si las recibo o no. ¿Lo ha entendido?
—Sí, señor —dije, casi agachando la cabeza. Me sentía cohibida; no esperaba que se acordase de mí, pero, además, que un militar te estuviese dando órdenes se salía de todos mis esquemas. No pensaba que la situación sería así.
—Bien, puede volver a su oficina. Si necesito algo, la avisaré.
Me giré y salí haciendo el mínimo ruido. Volví a mi oficina esperando no tener que entrar de nuevo en el resto del día.
Pasaron dos horas. No había salido del despacho y el teléfono no había vuelto a sonar.
Sentí vibrar mi móvil en el bolso y pensé que, por echarle un vistazo, no iba a pasar nada. Era un mensaje de Ray.
—¿Qué tal tu primer día? —Buff… Esto es como estar en el ejército. ¡Ya te contaré! ¡Asusta! —¿El viernes podrás venir y cenamos juntos? —Mañana te diré algo; espero que no se me complique.
Ray era mi novio. Llevábamos juntos cuatro años, pero por trabajo vivíamos cada uno en una ciudad distinta y nos veíamos poco. Él había encontrado un empleo como enfermero y había decidido aceptarlo por el buen sueldo que ofrecían.
Me encontraba sola en una ciudad que apenas conocía. En realidad, también estaba sola en mi ciudad natal: era hija única, y mis padres habían fallecido en un accidente de autobús cuando yo tenía tres años. Una tía soltera de mi padre se había hecho cargo de mí y, seis años atrás, tras una larga enfermedad, se había rendido.
No me quedaban más familiares cercanos, así que me aventuré a buscar trabajo fuera. Había tenido más oportunidades y, hasta este último cambio de él, estábamos juntos, lo que nos mantenía unidos pese a la distancia. Sin embargo, en los últimos meses, nuestros horarios no eran compatibles. Él se había marchado y compartía piso con otros dos compañeros de trabajo. Yo me había quedado en el apartamento; la distancia se resentía en nuestra relación, pero seguíamos adelante.
A las doce, el intercomunicador con el despacho emitió un pitido que me sacó de la tranquilidad.
—Sanz, si es tan amable, ¿me podría acercar un café solo? —fueron las palabras que llegaron desde el otro lado de la línea. —En seguida, señor —contesté.
Al pasar delante de la oficina de Marián, abrí la puerta y asomé la cabeza.
—Perdona, ¿Dónde está la máquina del café? —¿Es para ti o para el coronel? —Es para él; me ha pedido un café solo. —Ve a la sala de descanso. Hay una pequeña cocina y una cafetera italiana; él siempre pide ese café. —Genial, gracias. —De la máquina de café no se lo recomiendo a nadie —sonrió—, a no ser que tengas un estómago a prueba de bombas. —Gracias por el consejo. ¡Voy a ello!
Me dirigí al principio del pasillo. Tal como ella me había indicado, un cartel metálico en la puerta señalaba que aquella era la sala de descanso. Al igual que todas las instalaciones, era muy austera: una mini-cocina con un fregadero y una vitrocerámica de dos fuegos.
Al entrar, un chico salía revolviendo su café mientras miraba hacia el suelo, y otro se apoyaba en el borde de una pequeña barra mientras agitaba una cucharilla en su taza.
—¡Buenos días! —dije, y sin más me dirigí directamente a la cafetera. —Buenos días. ¿Eres nueva? ¿Has empezado hoy? —Sí, es mi primer día —miré la cafetera y comprobé que estaba vacía—. Vaya, se ha acabado; voy a preparar más —dije, y me dispuse a vaciar, limpiar y rellenar la cafetera. Me iba a llevar un rato.
Mientras lo hacía, me seguía con la mirada. Iba vestido con un pantalón chino verde oscuro y una camisa con las mangas recogidas y dos botones desabrochados. Era alto, moreno, y llevaba el pelo con un pulcro corte. Se notaba que iba al gimnasio: sus brazos y su pecho rellenaban la camisa. Su piel tenía un ligero tono bronceado y la barba de un par de días le daba un toque atractivo.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó. —Sonia —contesté, sin mirarle mientras seguía con mi tarea. —Encantado, Sonia. Me llamo Íñigo —extendió su mano. —Encantada —apenas rocé su mano con un apretón suave, contrarrestado por el suyo, firme y un poco más duradero que aparté rápidamente.
Mientras se hacía el café, mantuvimos una leve conversación, de esas en las que en pocos minutos intentas conocer un poco a la persona y parecer agradable. Lo consiguió, porque me lo pareció. Aunque no le miré directamente, sentí su mirada sobre mí.
En cuanto tuve el café listo, me dirigí rápidamente al despacho para entregarlo antes de que se enfriase.
—Nos volveremos a ver, Sonia. —Si no me despiden hoy, ¡seguro! —le guiñé un ojo divertida y salí de la sala.
Llamé a la puerta y, en cuanto me dio paso, entré. —Gracias, Sanz. La cafetera otra vez vacía, supongo. —Sí, señor. Lo he tenido que preparar al momento. —Gracias, se puede retirar.
Me parecía hasta de mala educación la sequedad de sus palabras. Menos mal que, según Marián, era de los más agradables. Eran otros tiempos: lo conocía del barrio y era lógico que con los años cambiase de carácter, pero en cierto modo parecía que ocultaba un cierto amargor. Quería algo, se le daba, y se acabó.
Al salir del despacho con la taza vacía en la mano, sentí un extraño presentimiento. Algo me decía que aquel no iba a ser un día cualquiera… y que lo que estaba por llegar podía cambiarlo todo.
Pensé: mucho mejor así, él ordena y yo hago, así no hay problemas.
Justo cuando iba a cerrar la puerta, unas últimas palabras me detuvieron: —Todos los días, sobre esta hora, me gusta tomar un café solo…
—¡Sí, señor! —dije y acabé de retirarme.
Me pondría una alarma; así el café estaría listo a su hora en el despacho. Otra orden más, clara y concisa, me valía. No daría lugar a equivocaciones.
Al fin llegó la hora de marcharnos. Las tres en punto. Todo el mundo se levantó y salió disparado, recordándome la salida del metro: nadie quería quedarse atrás.
Me despedí de Marián al llegar a la calle y me dirigí al coche con unas ganas enormes de llegar a casa, comer y relajarme antes de ir por la tarde al gimnasio.
A las seis de la tarde estaba en mi clase de fitness. Había sido un día muy estresante y quería darlo todo para olvidarme completamente y relajarme para el día 2.
Fueron cincuenta minutos a tope. Hoy iba sola; mi amiga Esther no había aparecido por allí y decidí quedarme un poco más para no marcharme tan pronto a casa. Al acabar me sentía genial, pero necesitaba estirar, así que, cosa que nunca hacía, me dirigí a la sala contigua donde estaban todos los musculitos. Cada vez que entraba en esa sala me hacían reír con sus postureos, por eso evitaba entrar a toda costa.
Con los auriculares puestos y prácticamente sin mirar a nadie, me subí a la única cinta libre. Una caminata suave me vendría de lujo.
Inmersa en mis pensamientos y con la música alta, apenas me fijé quién se ponía a mi lado. De reojo veía cómo los usuarios cambiaban cada pocos minutos. Llevaba quince minutos a ritmo suave, concentrada en mis cosas y mirando fijamente los minutos en la pantalla, cuando una mano se interpuso en mi visión. Iba a ignorarla, pero era demasiado obvio: quedaría muy descarado parecer tan insociable.
Con desgana, desvié la mirada a mi derecha y lo vi. Él. Tenía que ponerle una excusa para escapar, pero algo en su mirada me detuvo.
Me hizo una seña con la mano: un “hola” silencioso leído en sus labios, porque no me había quitado los auriculares.
—¡Hola! —dije mientras me los quitaba—. Tú eras Íñigo, ¿verdad? Primer día de trabajo y ya nos vemos dos veces, ¡qué casualidad!
Los músculos que había intuido esa mañana estaban ahora visibles bajo su camiseta gris, marcando abdominales y brazos. Y había algo en su mirada que me hizo sentir que ese encuentro no sería el último.
—¿No te había visto antes por aquí? —me preguntó. —Vengo al gimnasio, pero no suelo frecuentar mucho esta sala; suelo ir a las clases de fitness. —Me tenía que haber fijado más en esas clases, no olvidaría una cara tan bonita —dijo.
Sentí un escalofrío extraño, como si el día que apenas empezaba estuviera a punto de dar un giro inesperado. Algo me decía que nada volvería a ser igual.
Una chica se le acercó y le tocó el brazo para llamar su atención. Aproveché ese momento para desaparecer discretamente. Nunca había estado en situaciones así. Llevaba cuatro años con Ray, pero todo había sido progresivo y sin coqueteos. Íñigo parecía de esos que no dejan pasar la oportunidad, aunque la persona no estuviera interesada.
Salí del gimnasio camino al coche, disfrutando de un poco de tranquilidad. El sol me daba en la espalda, dibujando mi sombra en el suelo, hasta que otra sombra apareció a mi lado: otra vez, Íñigo.
—¡Oye! —alzó la voz y avanzó hacia mí.
Decidí darme la vuelta, buscando alguna excusa para quitarlo de encima.
—¡Hola! ¿Aún sigues por aquí? —pregunté.
—Sí. Perdona, antes fui un poco directo. No tuve oportunidad de rectificar; cuando me di la vuelta ya no estabas.
—Ah… bueno, es que tengo prisa. Ya me había entretenido bastante —balbuceé, intentando escaparme.
—Hasta mañana a las 8 no tienes que tener prisa —dijo sonriendo.
—Bueno… tengo cosas que hacer: la cena… mi novio llegará en breve y tengo que ir a comprar. —Tan directa como podía serlo. Por mucho que Íñigo fuera alto, guapo y con una sonrisa encantadora, no pensaba poner en riesgo mi relación.
—Hombre afortunado de poder cenar contigo —comentó—. Podría invitarte a comer un día cerca del trabajo.
—¡Vaya! —pensé—. No se da por vencido. Más directo no podía ser, pero no estaba dispuesta a ser desagradable.
Justo en ese momento, mi teléfono sonó. Un número enorme y desconocido apareció en la pantalla. Respiré aliviada.
—Disculpa, Íñigo —dije, tapando el teléfono—. Es una amiga con un problema; no puedo dejarla a medias.
Al otro lado, la voz de una mujer intentaba venderme algo, pero para mí era un salvavidas. Comencé a hablar sin pensar, mezclando frases al azar mientras ella trataba de mantener la conversación.
—Dime, Laura, ¿desde dónde me llamas? No conocía tu número —dije, fingiendo paciencia.
—No te preocupes. Mañana nos vemos en el trabajo —dijo Íñigo con una sonrisa,-
Me despedí y subí al coche, aún charlando mentalmente con mi amiga imaginaria. Por mucho que lo hubiera intentado, mañana lo volvería a ver en el trabajo.
Llegué a casa, preparé algo de cenar, hablé un rato con Ray por teléfono y finalmente me fui a la cama, agotada pero satisfecha. Pensé en lo inesperado del día y suspiré: la jornada había terminado, pero algo me decía que esto solo era el principio.








