CAPÍTULO 1
Después de estar trabajando todo el día, lo único que quería hacer cuando llegué a mi casa era dormir. Ni siquiera pensaba cocinarme algo; solo quería llegar y tirarme en mi cama, a ver si hoy, con algo de suerte, podía pegar el ojo.
Si tenía algún tipo de esperanza de poder dormir, se fue cuando estacioné mi auto y vi gente entrando y saliendo de mi casa. La música estaba tan fuerte que la podía escuchar sin siquiera bajarme del auto.
Mi hermana había armado una fiesta en mi casa sin mi aprobación, y eso me molestó bastante. Vivo con ella y su novio desde hace meses; solo acepté que vivieran en mi casa porque me dijeron que sería por unos días, hasta que encontraran dónde ir, y ahora ni siquiera me ayudan a pagar mi departamento.
Cuando entré a mi casa, la bronca que sentía fue reemplazada por las ganas de llorar. Mi casa era un desastre: botellas de cerveza, cajas de pizza, gente besándose en mi sillón, olor a alchool… era todo un caos.
Subí las escaleras buscando a mi hermana y encontré más gente todavía. Abrí la puerta de mi habitación y me encontré a mi hermana subida encima del novio, ella sin remera y él completamente vestido.
—¡Ámbar! —le grité.
Mi hermana menor se bajó rápidamente del novio y se tapó con una sábana.
—¿Sofía, qué haces acá? ¿Pudiste avisar que venías? —preguntó.
—Disculpame, pero yo vivo acá.
—Pensé que hoy cubrías el turno noche.
Mi hermana y yo nunca tuvimos la mejor relación, y eso me dolía un poco. Después de la muerte de nuestros padres, Ámbar y yo fuimos a vivir con mi abuela, pero prácticamente cuidaba yo de Ámbar, ya que la abuela era bastante mayor.
—No, el jefe me dejó irme antes porque me sentía muy mal —expliqué.
—Me pudiste haber avisado —no pasé por alto el tono de enojo que tenía, pero decidí que no quería discutir.
—No quiero pelear, saca a toda la gente, por favor.
Mi hermana se paró de golpe, indignada.
—Es una joda, para celebrar los veinte de Matías.
Miré al novio de Ámbar; él estaba más que tranquilo. Siempre me había parecido un tarado. Traté de decirle a Ámbar que no valía la pena, pero nunca me escuchó. Siempre manipula a mi hermana para hacer lo que él quiere, y yo termino peleando con Ámbar por eso, pero loq ye más me dolía era que lo elija a el antes que a mí.
—Hay un bar a pocas cuadras, festejen allá. Yo estoy cansada y quiero dormir.
—No creo que venderle cervezas a viejos borrachos sea muy agotador —dijo Matías, sacándome de mis casillas.
—Por lo menos tengo un trabajo —le contesté—. Por favor, Ámbar, quiero descansar.
Matías se levantó de golpe con el ceño fruncido.
—No sé para qué te ofreces a hacer una fiesta acá, si en la que Sofía diga algo le vas a andar atrás.
Matías salió de mi habitación, con mi hermana siguiéndolo y yo siguiéndola a ella.
—Matías, no te vayas —le gritaba Ámbar.
—No sé quién me manda a meterme con una piba de veintidós años.
Mi hermana se dio vuelta de golpe, encarándome.
—Por favor, Sofía, hacelo por tu hermana. Pensá en mí, podés irte a lo de Malena solo por hoy, Sof, por favor.
El tono de súplica de mi hermana hizo que terminara en mi auto, yendo a lo de mi mejor amiga para que ellos pudieran disfrutar de su fiesta tranquilos.
Cuando llegué a la casa de Malena, ella me recibió con los brazos abiertos, como siempre.
—Cada vez me sorprende más lo forra que puede llegar a ser tu hermana.
Malena y Ámbar nunca se habían llevado bien. Para Malena, Ámbar era una manipuladora y egoísta, y para Ámbar, Malena nomás me ponía en su contra.
—Capaz tiene razón, no sé, ella tenía derecho a hacer una fiesta en casa si quería.
—No, no tiene razón, y no es la primera vez que hace cosas así.
Después de hablar con Malena, y que ella se enojara más que yo por las actitudes de mi hermana, me fui a acostar. Me ofrecí a dormir en el sillón, pero Malena me dijo que no le molestaba que compartiéramos la cama.
La verdad es que a mí tampoco. Con Malena nos conocemos desde muy chicas. Nos vimos reír, llorar, enojarnos, pero nunca nos soltamos la mano; por eso es tan importante para mí.
Cerré los ojos y traté de dormirme, pero no hubo caso. Las voces de mi cabeza me hablaban, y yo solo quería ignorarlas. La noche era la peor parte del día para mí, porque era cuando los pensamientos más me atacaban; me hablaban y no me dejaban dormir.
Siempre elegí creer que esos pensamientos no eran míos, sino que me los generaba la misma depresión. Eran pensamientos que nunca pondría en práctica, pero el solo hecho de que estuvieran en mi cabeza me asustaba.








