Prólogo
Era una noche sedienta y solemne. Antes de que la tragedia colapsara en el mármol sagrado de dorado y negro.
La basta lluvia había cesado de repente. El cielo, gris y húmedo, se volcaba entre el alcázar del núcleo más sanguinario del feudo de los nobles: Jeon. La chimenea crispaba como si se tratara de una advertencia; la neblina incauta y bella, se dirigía hacia el norte en busca del rincón más oscuro de la fortaleza.
La dinastía Jeon: orgullosa, noble y antigua. Es uno de los picos del triángulo de más alto nivel de los vampiros. Jeon Minseo R., la matriarca que encabeza la familia al considerarse descendencia misma de una de las partes de Lord Draevon, el supremo vampiro.
Pero, para entonces, la matriarca solo tenía un gran bulto en el vientre que todos estaban anhelando. El profeta Azrathiel, con voz baja dijo:
—Bajo la media luna, el diluvio maldito: el niño en su vientre será divino.
—Estaremos orgullosos de celebrarlo. La gran dinastía Jeon, progresivamente, será la mejor de todos los nobles y encabezará de manera impecable la estrella de tres —dijo Locke, el lacayo fiel de la monarca—. Los bancos de sangre adelantaron el plasma de dicho acontecimiento.
La matriarca sonrió. Sostuvo con un brazo su vientre hinchado y dirigió su mirada al profeta.
—Nada puede cambiar su destino, mi Señora —habló con delicadeza Azrathiel. Removió con cuidado la pluma de su sombrero, extravagante y oscuro.
—Nadie se atrevería —dijo, en voz alta, el señor Alaric Valerian Jeon.
Sus ojos carmesíes brillaron de ambición dorada en cuanto lo vio. El hombre alto y delgado se acercó a la matriarca y le beso la mano con ensoñación, las largas hebras azabaches se deslizaron de su oreja y taparon su rostro fino. Una sola mirada era suficiente para que lograran comunicar todo lo que sentían.
El silencio sepulcral se vio interferido por la campana del peregrino. Con su devoto bordón y esclavina cruzó el umbral de gárgolas y pilares de mármol negro, retozó mientras un gran cuervo volaba de su hombro hasta el techo, perdiéndose en la profunda oscuridad del candelabro apagado.
—El plasma, mi Señora, está completa —dijo—. Los hombres tienen preparado lo mejor para nuestra nobleza.
—¿Algo especial? —inquirió Valerian y el cuervo chilló, él levanto la mirada como si supiera exactamente dónde estaba.
El peregrino carraspeó: —La caza fue exitosa —dijo con orgullo—. Yo, Morrigan D’Arcanne, prometo una plasma que no proviene de un simple mortal. No cualquier animal, sino deél.
Morrigan desfiguro por un momento su sonrisa cuando no recibió ninguna reacción. Volvió a carraspear, ahora llamando a su viejo amigo emplumado, de su pata izquierda quito un pequeño pergamino y comenzó a leerlo en voz alta. Valerine observó de más el ave.
—«Colmillos de trueno, pezuñas de trueno, vientre sagrado de tierra: el dios Jabalí Raukhor.»
—¿Un dios? ¿Un simple peregrino cazó un ser divino? —habló con suspicacia Locke.
—¡Imposible! —se escandalizó el profeta Azrathiel.
—Obtuve ayuda de un grupo de cazadores que se especializan en animales del bosque Cardajal... ¡de los mejores! (para ser exactos) —dijo Morrigan con un matiz de ofensa.
«Cardajal», escuchó repetir la monarca de su cónyuge.
—¿Osan atreverse a mandarnos a un embustero al núcleo de los nobles Jeon? Hablaré ahora mismo con el banco de sangre, mi Señora —se apresuró Locke.
Locke desapareció como una ráfaga oscura, un manto transparente que se evaporaba y dejaba partículas e hilos grises. Morrigan comenzaba a sentir un dolor enloquecedor en su brazo izquierdo y aunque intento mantener su respiración tranquila, se volvió irregular y no pasó desapercibida por el inquietante señor Valerian.
La señora Minseo lo observó y sus ojos rojos de un centro dorado lo atormentaron hasta lo profundo de su mente. Sintiendo como ella construía paredes en su propia psique, y saboreaba cada célula que circulaba en sus venas. Inquirió levantando la ceja fija, dentro de él susurraba en un lenguaje nunca escrito y que lo atormentaban como pequeñas constelaciones con picos de cuatro, danzaban sobre su mente bloqueando cualquier tipo de pensamiento que no fuese el rostro solemne de la bella matriarca.
Morrigan aguantó hasta que ella desvió la mirada a su consorte. No hablaron, solo acarició la mejilla de Valerian y él asintió.
—Los vampiros no estamos destinados a engendrar —habló de forma majestuosa ella—. Jeon Jaehyun, mi honorable heredero: no salió de mi vientre. Tiene parte de mi líquido vital, mi nombre —tomó su vientre—. Este niño no está destinado a nacer; arriesgaré mi destino y mi vida por volverlo mío.
El viento sopló, removiendo las ramas. Como un último suspiro, la flama de la chimenea danzó divino. Morrigan sonrió ladinamente.
—Se dice que el gran dios Jabalí, Raukhor, buscaba un descendiente para su partida del Cardajal —dijo con más confianza—. Pronto lo encontró, y se inclinó hacía la luna para su próximo destino: donde otros hijos vampiros traen ruina, el tuyo traerá auroras; donde otros marchitan, el tuyo florecerá.
«Nacerá puro y sin hambre.»
Pero era mentira.
La fuerza de voluntad fue lo que la mantuvo despierta. Observó desde el vitral de su alcoba, un velo negro cubría toda su cabeza: su mundo de había vuelto más gris de lo que era.
Nada parecía alegrarla, nada parecía distraerla. Siguió observando como el colosal jardín de rosas y tulipanes carmesís temblaban con cada brisa de la tempestad. Se veía reflejada, su triste y blasfemo órgano se estremecía de la misma manera. Unas manos se posaron en su hombro, Valerian le susurraba una canción.
—La noche es más eterna, Valerian —dijo de forma sutil, cargada de pena —. La Luna dejó de lamentar.
Su pareja no respondió. En cambio, comenzó a trenzar el cabello largo y negro de su amada.
—¿Dijo algo?
Valerian suspiró y dijo: —Mordió de nuevo a Locke. Jaehyun se quedó con él.
—¿Me odia? —Valerian negó de inmediato—. Inconcebible, este niño jamás conocerá a su madre.
De pronto, él la tomó de su rostro decaído, y dijo con afecto:
—Mi bella Minseo, no te condenes más. El niño nació como un milagro: precioso y magnífico. No temerá nunca por su vida y no le faltará nada de ella. El día que la Luna roja entre en su nuevo ciclo de vida, Jeon Jungkook madurará y volverá a ser tuyo.
La matriarca miró directamente la luna, pero pronto se cubrió de nubes oscuras. Frunció el ceño sintiendo una tempestad en su propio interior.
«Y, mientras tanto, estoy condenada a no poder verlo ni tocarlo...»
Su amado dejó de cantar de repente, y ella se volvió a transformar hacia el jardín de rosas cuando escuchó unos pequeños pasitos avecinarse. Valerian volteó hacia la puerta.
Los rasguños eran pequeños, débiles. Sonrió y pronto ya estaba detrás de la puerta, viendo como el pequeño Jungkook arañaba las paredes.
—¿Buscabas algo, tesorero? —lo sostuvo en sus brazos y caminó entre el largo pasillo con sus ventanales góticos, que daban una vista clara al jardín y la luz de la Luna.
El pequeño negó con la cabeza como si se le hubiera olvidado porque estaba ahí. Su piel pálida contrastaba de su traje azul quemado, hacían juego con sus bellos orbes grises y su cabello negro como la vasta profundidad del bosque Cardajal.
Pero aquellos orbes veían a los demás sin figura, borroso como si una tela desfigurara todo rostro con el que se topaba. No podía reconocer quién lo estaba cargado, a quién había mordido, y con quién había estado. Su mente volátil, perdía la noción del tiempo.
Era un niño débil y “ciego”. Cada suspiro que daba era el instinto agarrándose salvajemente de la vida.
El día que nació, un diluvio arrasó el jardín de rosas, grandes deidades chillaron desde el lejano bosque del Cardajal. Era un vampiro singular, había dicho Lord Draevon; un milagro encarnado de belleza, dijo la Luna. Pero, Raukhor maldijo a Jeon Jungkook.
Desde entonces, la dinastía Jeon resguardó al menor hasta el próximo ciclo de vida de la Luna.