No Seré Una Víctima Cliché by Simun R. Pierce at Inkitt
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No seré una víctima cliché

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Summary

Desde la muerte de su padre, Serena Whitmore ha sido protegida como una hija por Arthur Winters, el mejor amigo y socio de aquel hombre al que veneraba. Creció bajo el amparo de los Winters, rodeada de la certeza de que algún día uniría su destino al del nieto del patriarca, Damian Winters. Pero la ilusión se rompe con brutalidad: Damian, encantador e irresponsable, la ha mantenido engañada, haciéndola creer en un futuro juntos mientras la humillaba con su traición. Dolida, pero decidida a no convertirse en una víctima más del cliché que la sociedad espera de ella, Serena acude a Arthur para pedir ayuda. Consciente de la corrupción del carácter de su nieto, el patriarca abre otra puerta: la envía a Italia, bajo el cuidado de su viejo socio Raffaele Moretti. Allí, Serena descubre un mundo distinto, lleno de códigos de poder y tradiciones familiares implacables. Y es entonces cuando aparece Dante Moretti, hijo de Raffaele, un hombre de presencia imponente, cuya vida está marcada por la disciplina y la presión del legado familiar. Dante le ofrece un trato inesperado: un matrimonio ventajoso que liberará a Serena de las cadenas de su pasado y lo ayudará a él a escapar de las exigencias del directorio que lo vigila. Lo que comienza como un acuerdo estratégico se convierte en un duelo de voluntades, donde el respeto mutuo abre paso a una atracción imposible de negar. Entre las sombras de su herencia y los ecos de la traición, Serena deberá decidir si su destino es seguir siendo una pieza de ajedrez… o la mujer que escribe sus propias reglas. Todos Los Derechos Reservados

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85
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4.8 6 reviews
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18+

Capítulo 1

El Cristal Roto

Londres brillaba bajo un cielo gris, como solo sabía hacerlo en las noches de gala. Los ventanales iluminados de los hoteles más exclusivos proyectaban destellos dorados sobre la niebla y los carruajes modernos, negros y pulidos, se detenían uno tras otro en las entradas alfombradas de rojo. Serena Whitmore apretaba entre los dedos la invitación, un trozo de cartón pesado con el sello de los Winters, que confirmaba su lugar en la velada más importante del año para la empresa familiar.

Había llegado antes de lo previsto. Un retraso en el ensayo del comité benéfico la había liberado antes de lo calculado y la joven decidió sorprender a Damian en su suite, donde sabía que se hospedaba antes de la gala. Quizás él se mostraría fastidiado por la intromisión, pero Serena se consolaba pensando que un gesto inesperado de ternura podría suavizar los roces de las últimas semanas.

Los pasillos del hotel Mayfair estaban en silencio, apenas rotos por el eco de un par de tacones y el crujir de las lámparas de cristal sobre su cabeza. Serena caminaba con paso ligero, los labios pintados de un rojo que Arthur Winters siempre encontraba “demasiado atrevido” y el vestido aún protegido por un abrigo oscuro. A cada paso, se repetía la frase que había oído toda su vida: “Eres el destino natural de Damian, el futuro de nuestras familias.”

Al llegar a la suite, no dudó en girar la llave que la recepción había entregado sin reparos -era la señorita Whitmore, casi parte de los Winters, nadie cuestionaba su acceso.

La puerta se abrió con un suave clic.

Lo primero que la recibió fue un olor dulce y cargado: perfume femenino mezclado con alcohol. La penumbra del salón estaba rota por la luz filtrada desde la habitación principal. Serena entrecerró los ojos, indecisa. Quizás Damian había pedido servicio a la habitación, quizá una secretaria estaba ultimando detalles para la gala.

Avanzó.

Fue el sonido lo que la detuvo. Un murmullo ronco, seguido de una risa femenina apagada. El golpe seco de un cuerpo hundiéndose en un colchón.

El aire se le atascó en la garganta. Serena empujó la puerta de la alcoba y el mundo se le vino abajo en un segundo congelado.

Allí estaba Damian Winters, el hombre al que había amado en silencio durante años, el que todos señalaban como su futuro esposo. Desnudo entre sábanas revueltas, con una copa aún a medio derramar en la mesilla. Y sobre él, enredada como una serpiente, una mujer rubia reía mientras lo besaba en el cuello.

El corazón de Serena se hizo trizas con un golpe seco.

Por un instante, no respiró. No pestañeó. Solo el retumbar de la sangre en sus oídos llenaba el vacío.

-Damian… - su voz apenas fue un susurro, incrédulo.

Él giró el rostro con una lentitud irritante, los ojos nublados por el alcohol y la sorpresa. No hubo vergüenza en su gesto. Solo fastidio.

- Serena - dijo con la voz pastosa - No deberías estar aquí todavía.

Las palabras fueron un puñal. No había negación, no había disculpa, ni siquiera el mínimo intento de cubrirse. Solo la frialdad de quien ha sido descubierto en algo que considera trivial.

La mujer en la cama lanzó una risita burlona y, sin molestarse en cubrirse, acarició el pecho de Damian como si Serena no existiera.

El calor subió al rostro de la heredera. Una mezcla de rabia, humillación y un dolor tan agudo que casi la hizo doblarse. Por dentro, algo se quebró con un estrépito que nadie escuchó salvo ella misma.

No lloró. No le dio ese espectáculo.

Respiró hondo, enderezó los hombros y dejó que la máscara de hielo cubriera el temblor de sus labios.

- Tenía razón. - murmuró con calma, aunque por dentro ardía - Siempre fuiste un juego.

Damian se incorporó, irritado, como si ella fuera la que lo había ofendido.

- No dramatices, Serena. Tú y yo… siempre supiste que las cosas no estaban selladas aún.

Ella lo miró con tal desprecio que incluso la amante enmudeció.

En ese momento, Serena Whitmore decidió que no sería la víctima de un cliché. No sería la muchacha que llora en silencio y espera una disculpa. Giró sobre sus tacones y con la misma elegancia con la que había entrado, salió de aquella habitación donde había muerto la última chispa de su inocencia.

El eco de la puerta al cerrarse fue el sonido de un ciclo roto.

***

Serena caminó por los pasillos del hotel con pasos firmes, pero apenas dobló la esquina y la soledad la envolvió, la fuerza que había mostrado frente a Damian se desmoronó como un cristal golpeado.

Se apoyó contra la pared empapelada de terciopelo oscuro, cerró los ojos y tragó saliva. La imagen regresó con brutal nitidez: el cuerpo de Damian, las manos de esa mujer, la sonrisa satisfecha de ambos. Un escalofrío le recorrió la piel como una caricia sucia.

Llevó una mano temblorosa a su propio brazo, como si quisiera borrar algo invisible allí.

- Fui una tonta… - susurró, apenas audible.

Las palabras se clavaron con el filo de la verdad. Años creyendo en las promesas nunca dichas, en las sonrisas fugaces de Damian, en las frases vagas con las que alimentaba sus ilusiones. Años siguiendo cada uno de sus gestos, convenciéndose de que era amor cuando solo era comodidad para él.

Y lo peor… lo peor era el recuerdo que ardía en su cuerpo.

Hace unos meses, en un arranque de debilidad, le había entregado lo que jamás creyó entregar sin certeza de futuro: su primera vez. Había sido torpe, apresurado, teñido de un alcohol que él había insistido en compartir antes. Ella lo había interpretado como pasión contenida, como prueba de un vínculo inevitable. Ahora comprendía con nauseabunda claridad que no fue más que un capricho más para Damian, otra conquista que añadir a la lista invisible que coleccionaba con descaro.

Se llevó las manos al rostro. El rubor de la vergüenza le quemaba las mejillas, mientras la culpa y el asco la envolvían como una marea sofocante.

- ¿Cómo pude dejar que me tocara? - se preguntó, ahogada en un suspiro roto.

Quiso arrancarse la piel, borrar las huellas de sus manos, las palabras susurradas que en su momento parecieron eternas y ahora se revelaban huecas. El amor con el que había soñado tantas noches se transformaba en un recuerdo tóxico, una mancha que la hacía encogerse de sí misma.

Las lágrimas acudieron, ardientes, pero las contuvo. No le daría el lujo de hacerla llorar más de lo que ya había hecho. Apretó los labios, forzando a su cuerpo a obedecer, a recuperar la compostura que el apellido Whitmore exigía.

Al abrir los ojos, vio su reflejo en un espejo ovalado que colgaba en la pared del pasillo. Una joven elegante, de mirada enrojecida, la observaba con dureza.

- Se acabó. - dijo en voz baja, mirándose fijamente - No más.

En ese instante, Serena comprendió que la noche de gala no marcaría su presentación junto a Damian Winters, sino el inicio de su ruptura con él… y con la ingenua que había sido hasta ahora.

El eco de su propia determinación resonó en su interior como un juramento.

La gala seguía esperándola en Londres. Y con ella, el primer paso hacia un destino que ya no tendría el nombre de Damian Winters.

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espero pronta actualización xq me ha dejado muy intrigada 😘

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