Apatía Creciente
Sábado, último día laboral de la semana de mi trabajo actual, un asco… Antes decía que currar es ir perdiendo vida, pero ahora ese pensamiento se invierte, siendo el trabajo lo que me da la vida desde que convivo con mi nueva compañera de piso, pesadumbre. La olvidé pasados 6 años del óbito de mis padres en aquel accidente, tiempo en el que mi abuela se hizo cargo de mi, aunque no la daría mucha guerra, pues ella también fallecería a los dos años después; para mi pírrica suerte, yo ya tenía 17 y aprendí a valerme por mi mismo sosteniéndome en las nostálgicas nociones de la yaya.
Desde aquel entonces pensé que estaría preparado para soportar otra pérdida, pero mi necia osadía fue cercenada por la afilada guadaña cuando Verri, mi única compañía en mi austero pero acogedor hogar, se fue para siempre, dejando ese hogar igual de austero pero para nada acogedor.
Una madrugada laborable tan cotidianamente calmada, yo me dirigía a desempeñar mis ocho horas de peón, hasta que, apenas llegando a la autovía, el haz de luz disparado por los faros de mi coche me ayudó a distinguir lo que parecía ser un animal moribundo. Sin pensármelo dos veces, decidí frenar casi en seco, provocando una estridulante pitada del camión que venía detrás de mí, aunque en ese momento, toda mi atención se centraba en aquella criatura estertórea. Tomé otra imprudente a la par que sensata decisión, llevarme a ese animal a casa para ralentizar su agonía y posteriormente a un veterinario, siendo consciente de que tenía que ir a trabajar; Verri fue la causa de mi primer despido, y aunque era un conejo ya viejete, los 3 años que pasé junto a él fueron suficientes para cogerle cariño.
Aparco un poco lejos de mi puerta, afortunadamente estamos en vísperas estivales, así que en mi hora habitual de llegada a casa, las 22:40 redondeando, la temperatura es apropiada para mi gusto. Saco las llaves encadenadas, siempre las llevo así para no perderlas, y giro la cerradura 4 veces para dar paso al oscuro ritual: entrar a mi habitación, tirar la mochila, cambiarme, entrar al baño, lavarme las manos y cenar entre sombras sobras que tengo por el frigo, esta vez, ramen. Desde la muerte de Verri, no me apetecía cocinar, y aunque el ramen sea laborioso, intentaba no preparar comidas que me enseñó mi abuela porque sus aromas se inmiscuían en mis recuerdos. Antaño comía y saboreaba, ahora como porque es necesario, dejando algo como es normal últimamente. Pongo el cuenco en el fregadero formando la cúspide de una irregular pirámide de vajilla que parecía erosionada por el agua; mañana tendré tiempo para recogerlo.
Después de haber saciado el poco hambre que tenía, me siento en el sofá con ausente mirada esperando a que Hipnos se persone en este parco salón. Oigo un sonido leve pero no le doy importancia, vivo en una casa que tiene una edad; comienza a entrarme la modorra… Mis ojos se abren en respuesta al ruido de la puerta al cerrarse y, de repente me acuerdo, la serie de robos que han sucedido por mi zona. Seguramente, el ladrón haya pensado que no hay nadie debido a la ubicua oscuridad de mi casa, aunque dudo que se pueda llevar algo que le interese de un sitio donde hay plantas muertas, odoroso a sobaco y con el fregadero a rebosar de platos y cubiertos con restos de alimentos. Aún así, estoy asustado, pues se sabe que mató a las personas que descansaban tan tranquilamente en sus hogares, envenenadas con batracotoxina, supongo que para que no dieran testimonio en caso de que le descubrieran. Rápidamente me tumbo en el sofá, instantes antes de que el criminal enciend su linterna. ¿Qué hago? ¿Me marco un Byron Smith?








