Cazadores de sangre: El alba de los cazadores

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Summary

En un mundo asediado por los Rapax, criaturas implacables que devoran todo a su paso, la humanidad ha resistido a duras penas gracias a los Cazadores, una élite entrenada para enfrentarlos. Hendry, un joven que sueña con unirse a sus filas, se entrena día tras día bajo la guía de su maestro. Pero cuando una fatídica noche su pueblo se transforma en un infierno, Hendry descubrirá que la línea entre la vida y la muerte es tan fina como el filo de su katana. Entre llamas, sangre y la certeza de que ningún lugar es seguro, nacerá una historia marcada por la pérdida, el sacrificio y la esperanza de que incluso una chispa pueda encender una gran llama.

Genre
Action
Author
Beltza3
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: La calma y la tormenta

En el mundo existen una gran variedad de seres vivos. Desde los insectos hasta los humanos. Pero sobre todo, una de entre todas las razas que existen, una se alza como el depredador absoluto: los Rapax.

No buscan riquezas ni territorios. Sólo viven para cazar, devorar y fortalecerse con la carne de sus víctimas. Y entre todas las presas posibles, los humanos son su manjar predilecto.

Durante siglos, la humanidad fue su ganado: pueblos enteros reducidos a cenizas, familias arrancadas de raíz. Hasta que un día, el miedo se convirtió en furia. La humanidad levantó grandes ejércitos y por primera vez en la historia, se atrevieron a plantar cara a los Rapax.

Aunque el precio fue alto. Los ejércitos podían enfrentarse en campo abierto, pero sus ciudades quedaban desprotegidas y la devastación continuaba. De esa necesidad nacieron los Cazadores: guerreros de élite encargados de proteger los pueblos, cumplir misiones y erradicar a los Rapax que merodeaban en solitario. Su existencia devolvió a la humanidad un respiro de esperanza, aunque efímero. Porque por cada Rapax abatido, siempre aparecían más.

Esta es la historia de Hendry, un joven que sueña en convertirse en cazador, sin saber que su destino quedará marcado por la sangre.

<Punto de vista de Hendry>

Hoy el pueblo de Honday respira calma. Cumplo mis tareas diarias, hago algunas compras y, como siempre, subo a la cima de la montaña para entrenar con mi maestro.

Él fue un cazador legendario en su juventud, capaz de abatir a varios Rapax de gran fuerza en un solo combate. Incluso, dicen, fue amigo del antiguo mariscal de los cazadores. Pensar que alguien tan cercano a mí estuvo al lado de una figura así… todavía me resulta increíble.

Cuando llegó a la cima logró ver al maestro siguiendo su rutina de entrenamiento, a pesar de su avanzada edad se mantiene con una buena condición física. Parece que aún no ha detectado mi presencia.

—Buenos días maestro —Le saludó con una sonrisa.

Él me mira de reojo y me responde.

—¿Vienes a vaguear? Ponte en guardia. No acepto alumnos perezosos.

—Claro maestro, en cuanto usted me diga acabaré con un Rapax de segunda clase –Le respondo

Los Rapax se clasifican por niveles. Uno de segunda clase puede ser cincuenta veces más fuerte que uno de primera, y vencer a uno es requisito para convertirse en cazador o bien ser promovido por un cazador con experiencia. Aunque no creo que esta última forma sea del agrado de mi maestro

El entrenamiento empieza, duro como siempre. Apenas hay espacio para charlas: solo sudor, cortes al aire y la voz del maestro corrigiendo mis errores.

De pronto, un aroma familiar corta la tensión.

—¡Siento llegar tarde! —exclama una voz alegre.

Se trataba de Lucy. Ella es mi amiga desde que éramos pequeños, ella siempre viene con comida en los descansos para comer todos juntos.

—Llegas justo a tiempo Lucy, no te preocupes —Le respondo.

—¡Al fin! —resopla el maestro, extendiendo la mano—. Dame eso antes de que me muera de hambre.

Compartimos la comida entre risas. Después, el entrenamiento se reanuda hasta que el sol comienza a ocultarse tras las montañas.

—¿Terminamos por hoy? —pregunto, jadeando.

—Aceptable —responde el maestro con frialdad—. Pero si vuelves a distraerte, duplicaré tu rutina.

Lucy y yo bajamos la montaña y volvemos al pueblo lentamente debido al cansancio.

—¿De verdad seguirás viviendo en esa casa? —me pregunta ella—. Si quieres, puedes quedarte en la mía.

—No hace falta. Esa casa guarda los recuerdos de mi familia. No puedo abandonarla.

–Claro, un cazador debe vivir en una pocilga, así seguro que te volverás el mejor cazador de todos –Me dijo Lucy en un tono burlón, aunque tierno.

—Ya lo verás —respondo con optimismo—. Algún día seré un cazador reconocido, como lo fue el maestro.

La acompaño hasta su hogar y, después, regreso al mío bajo la luz de las estrellas. Mientras camino, pienso en los cinco años que llevo entrenando. Cada día soy más fuerte, más ágil, más rápido. Siento que pronto estaré listo para enfrentar a un Rapax de segunda clase. Quizá mañana mismo el maestro me lleve a cazar uno… aunque prefiero no ilusionarme.

Al llegar a casa guardo mi katana, me dejo caer en la cama y el cansancio me arrastra al sueño casi de inmediato. Nunca imagine que esa sería la última noche que vería el pueblo en pie.

A mitad de la noche, un hedor insoportable me arranca del sueño. Huele a carne quemada… y a muerte.

Me incorporo sobresaltado y lo primero que veo es el fuego devorando las paredes de mi casa.

—¡¿Qué demonios…?!

Agarro mi katana y salgo de inmediato. Pero el horror me golpea al instante: no es solo mi casa, todo el pueblo está ardiendo.

Salgo corriendo hacia el interior del pueblo, entrando en todas las casas que puedo y ayudando a la gente para que se pongan a salvo. Entonces un grito desgarrador resuena desde un callejón. Me lanzo hacia allí y lo encuentro: un pequeño grupo de Rapax acorralando a una familia. Son humanoides, de cuerpos huesudos y piel pálida, con ojos completamente negros. Son de primera clase. Deben de haber sido atraídos por los gritos y el fuego.

—¡Vamos! —grito, avanzando sin dudar.

Tres movimientos rápidos, tres cuerpos caídos. Eso fue suficiente para acabar con el pequeño grupo.

Fue como me mencionó el maestro. Los Rapax de primera clase son un poco más fuertes que una persona promedio, no suponen un gran peligro si van en pequeños grupos.

—No os escondáis en los callejones —advierto a la familia—. Buscad un lugar abierto y mantened la calma.

La familia asiente y se va del callejón rápidamente. Yo decido adentrarme un poco más en el callejón para ver si queda algún Rapax escondido.

Ellos huyen, y yo me adentro más. El aire se vuelve espeso con un olor distinto, más pútrido, mezclado con sangre fresca. Entonces lo veo: un brazo arrancado de cuajo. No por una hoja, sino por una mordida.

Alzó la vista y el corazón se me hiela. Cuatro Rapax devoran a una mujer. Son distintos a los anteriores: más altos, más fuertes, piel oscura como la noche. Deben de ser de segunda clase.

-—Maldición… —murmuró, paralizado—. ¿Qué hacen aquí? Se supone que no suelen estar tan cerca de los pueblos. Una cosa son los de primera clase pero los de segunda es un mundo completamente diferente.

Uno de ellos me mira. Avanza despacio, confiado, como si yo no fuera más que un estorbo. El miedo me clava al suelo. ¿Peleo? ¿Huyo?

De pronto, una voz familiar corta el silencio:

—¡Hendry, agáchate!

Obedezco instintivamente. Un destello me cruza por encima y lo siguiente que veo son las cuatro cabezas de los Rapax rodando por el suelo.

Es mi maestro.

—¿Estás bien? —me pregunta, con voz firme.

Asiento con la cabeza sin decir una palabra. Aún estoy sorprendido de lo que acaba de pasar.

—¿Qué hacías aquí? ¿Acaso no te enseñe a huir?

—No te entiendo, por que debería de huir mientras unos Rapax atacan nuestro pueblo –respondí

Él no responde. Simplemente señala el cielo.

Levanto la mirada… y lo entiendo. La luna brilla con un resplandor púrpura, intenso y hermoso. Una Luna de Lágrimas.

Las Lunas de Lágrimas según me explicó el maestro son en definición un desastre meteorológico. Hay muchas teorías de por qué surgen, pero lo único que importa ahora es que estamos jodidos.

Mientras la luna brille no dejarán de aparecer numerosos Rapax de la nada y destrozan todo lo que se ponga a su paso, diría que son tan peligrosas como una horda de Rapax o incluso más peligrosa según el caso.

Incluso una fortaleza de cualquier ejército tendría muchos problemas para sobrevivir a esto. Sólo hay 2 opciones cuando esta luna brilla, hacerles frente o sufrir una masacre, ya que escapar se considera casi imposible si no tienes entrenamiento o hay algún cazador experimentado que sea capaz de eliminar los Rapax hasta que acabe este desastre.

—Maestro… ¿podrá con ellos?

Él sonríe con serenidad.

—Si son como estos, no habrá problema. Encárgate de salvar a los tuyos. Pero recuerda: si ves uno de segunda clase, huye.

No me dio tiempo a responder y el maestro ya estaba corriendo. Varios gritos rompen la calma de la noche.

Corro en dirección hacia la casa de Lucy. Cada esquina es un infierno: llamas, cuerpos, Rapax. Peleó con los de primera clase, ayudó a cuantos puedo, pero mi único pensamiento es ella.

Logro llegar a la casa de Lucy, pero no parecía haber nadie dentro. Fui comprobando cada habitación y logré ver 2 cadáveres mutilados. Deben de ser los padres de Lucy… debo darme prisa

Con desesperación terminé de buscar por toda la casa pero no logré encontrar ningún cuerpo más, ni siquiera había más rastros de sangre. Salgo de la casa y escucho un grito suplicando por ayuda.

Esa voz… ¡es Lucy! Voy en dirección de los gritos, llegando a un callejón sin salida y logró ver a Lucy. Y frente a ella… un Rapax negro similar a los que vi antes. Es de segunda clase, pero viste una armadura samurái. Una imagen tan absurda como aterradora.

A pesar de que Lucy se encuentra en peligro mi cuerpo no es capaz de responder, estoy paralizado; ¿Es el miedo?, ¿Es por la orden de mi maestro? Lo único que resuena en mi cabeza es lo que me dijo mi maestro: “Evita pelear con los de segunda clase.”

Pero es Lucy…No puedo dejar que muera así…aunque…aunque no tenga las de ganar…DEBO TRATAR DE SALVARLA.

Corro directo hacia el Rapax y me coloco en frente suyo. Recuerdo los consejos que me dio mi maestro “No debes ser apresurado, ten paciencia, bloquea todos los ataques que puedas y busca una abertura”.

El Rapax sin titubear me comienza a dar golpes sin parar. Logró bloquear la gran mayoría de sus golpes pero su fuerza no es normal, cada golpe que bloqueo me hace temblar todo el cuerpo. Tras varios bloqueos uno de sus puñetazos logra atravesar mi guardia y me da en el costado del torso.

El golpe me lanza contra la pared y choco contra ella, tiene una fuerza abrumadora, pero según el maestro los de clase baja se especializan en ciertos ámbitos pero descuidan el resto.

El golpe que me dio era extremadamente fuerte pero no parecía demasiado rápido, supongo que su resistencia también debe de ser baja ya que lleva una armadura. Si logro atacar en un punto vital puede que logre vencer. Aunque esto es todo una suposición…

El Rapax sin apenas dejarme descansar me ataca con un golpe de su brazo izquierdo, logró bloquearlo con gran dificultad. Sin perder tiempo mi enemigo me intenta atacar con su otro brazo, esquivo su ataque retrocediendo y consigo realizar un corte a su brazo derecho haciendo que se desprenda de su cuerpo. La criatura retrocede, pero no grita.

Con un brazo menos no podrá hacer combinaciones de golpes, además no será capaz de protegerse tan fácilmente su lado derecho. en estas condiciones puedo ganar.

—¿Eh?¿Qué es esto? Me siento… mareado.

Miro un momento al suelo y veo un charco de sangre, pero es imposible que me haya golpeado, en este último intercambio de golpes no recibí ningún ataque... Espera, tal vez fue el golpe del principio, tal vez ese golpe haya destrozado algunas costillas.

Con la herida del golpe y las costillas rotas me acabaré desangrando si no trato la herida, pero tampoco creo que eso sea posible con este engendro observando en todo momento, debo matarlo lo antes posible.

Espera un momento, aquí pasa algo raro, desde que hice el corte hasta ahora el Rapax no ha tratado de atacarme ni una sola vez, en qué demonios está pensando este bastardo.

Al alzar la mirada hacia su cara vi claramente que en su rostro había una macabra sonrisa que cubría toda su cara, como si supiera que él ya había ganado. Debe de haberse dado cuenta de mi herida y sabe que no aguantaré mucho más.

Pero eso es imposible, se supone que los Rapax no tienen inteligencia. Tan solo atacan sin control alguno.

Mierda, si esto sigue así moriré desangrado pero si me abalanzo contra él sin un plan, también moriré. Elija lo que elija todo acaba con mi muerte, estoy entre la espada y la pared.

El aire me falta, la sangre me abandona. Estoy a punto de caer cuando Lucy, en un acto desesperado se acerca sigilosamente al Rapax con un palo ¿Que estás haciendo? Es imposible que logres dañarlo con eso, aunque no tuviera el casco un simple palo no le haría ni un rasguño, a lo mucho lograrás que gire la mirada y te ataque.

¿Espera, ese es tu plan? Siempre fuiste mas lista que yo Lucy aun con todo el miedo que estarás sintiendo eres capaz de pensar en algo. Si logras distraerlo por tan solo un segundo puedo aprovechar para dar un golpe certero que acabe con él. Solo debo aprovechar cada instante que pueda.

Lucy alza el palo y sin titubear lo golpea en la cabeza, el palo se parte por la mitad sin lograr hacerle ni un rasguño pero basta para que gire ligeramente su cabeza mirando de reojo hacia Lucy. Es mi oportunidad.

Me lanzo a toda velocidad contra el Rapax, él me logra notar pero ya es demasiado tarde, Me lanzo con todas mis fuerzas. Mi katana traza un corte limpio desde la cabeza hasta el vientre. Y este cae partido en dos.

¿He… vencido?¿He vencido a uno de segunda clase?¿Eso no me convierte… en un cazador? No puedo esperar para decírselo al maestro.

—Lo hice… —jadeo, incrédulo—. ¡Vencí a uno de segunda clase!

Pero la euforia dura un suspiro. El dolor de mi costado regresa con toda su crudeza y me derrumba. Lucy me ayuda a detener la hemorragia como puede.

—Pensé que te perdería —dice entre lágrimas.

—Gracias a ti… no habría sobrevivido sin tu ayuda —le sonrío débilmente—. Aunque recuérdame no volver a pelear con uno de segunda clase por un tiempo.

Al mirar al cielo noté algo, la luna ya comenzaba a perder su resplandor púrpura. No debe de quedar mucho hasta que acabe este infierno.

Nos movimos por el pueblo y vimos muchos cuerpos de Rapax en el suelo, parece que el maestro no ha perdido el tiempo. Pero había algo raro, no había ningún cuerpo de los aldeanos y tampoco vimos ningún superviviente.

Pero hay muy pocos Rapax de segunda clase, si hubieran devorado a toda la aldea deberían haber muchos de segunda y unos cuantos de tercera. Todo esto es muy raro, espero que simplemente la gente haya sido capaz de salir del pueblo.

Mientras buscábamos una zona segura, una figura emerge de la oscuridad. Es mi maestro.

—¡Maestro! —corro hacia él—. Estamos a salvo…

—¡Salid de aquí, RÁPIDO!- grita con todas sus fuerzas.

La luna ilumina sus heridas: está destrozado, cubierto de sangre, y… le falta el brazo izquierdo. ¿¡Qué clase de monstruo puede dejar en ese estado al maestro!?

—¡Iros! Es un Rapax de quin…

Antes de que el maestro termine su frase un estruendo retumba y una sombra gigantesca aparece tras él. Un Rapax colosal, de más de dos metros y medio, de gran altura y envergadura, llevaba puestas pequeñas partes de armaduras. En su boca, el brazo del maestro, que mastica con tranquilidad hasta hacerlo añicos.

Mi maestro se planta con lo que le queda de fuerzas.

—Hendry, Lucy… huid. Ahora. Este enemigo está muy por encima de mí.

—¡No! —grito—. No pienso dejarlo.

Él me mira con la misma dureza de siempre, pero en sus ojos hay algo distinto: despedida.

—Hendry. Vete. Esa una orden.

Las lágrimas me ciegan. Tomó la mano de Lucy y salimos corriendo.

—¡Te esperaremos en la montaña! —le grito entre sollozos—. ¡Así que vence y regresa!

No me atrevo a mirar atrás. El rugido del monstruo y el choque del acero me persiguen mientras huimos a toda prisa.—Hendry… —susurra Lucy, jadeando—. El maestro va a ganar, ¿verdad? Volverá con nosotros…

—Claro que sí. —Le aprieto la mano con fuerza—. Él es más fuerte que cualquiera. Cuando regrese, entrenaremos hasta que ningún Rapax pueda tocarnos.

—Sí… estoy segura de que tú…

La presión de su mano se esfuma de golpe.

—¿Lucy? —susurro, incrédulo—. Vamos, aprieta… no es momento de jugar.

No responde. El silencio pesa más que las llamas a nuestro alrededor.

Me obligo a girar la cabeza, aunque siento que si lo hago mi corazón se detendrá.

Y entonces lo veo.

Solo queda su mano entre las mías.

El resto… no está.

El aire se me corta, la garganta arde.

—No… no, no, no… —murmuro, cada palabra más rota que la anterior.

—¡LUCY! —grito hasta desgarrarme la voz.

El mundo se tambalea. Mis piernas tiemblan, como si quisieran colapsar. Un zumbido agudo llena mis oídos y apenas puedo respirar. La oscuridad me envuelve, pero lo único que siento es el vacío en mi mano. Corro sin rumbo, ciego, con el corazón a punto de estallar.

—Solo corre y sal de esta maldita pesadilla —Me dije tratando de mantener mi cordura.

De pronto, la realidad se rompe: todo se siente al revés. Una figura pequeña surge de las sombras: un Rapax diminuto, de apenas sesenta centímetros. Sus ojos negros brillan de hambre.

Quiero alzar mi katana, pero mi cuerpo no responde. Estoy suspendido en el aire, y al mirar al suelo, veo un cuerpo sin cabeza…

El Rapax comienza a devorar los restos sin importarle en lo más mínimo mi presencia.

—Bastardo en cuanto baje te… te matare…

Tengo mucho sueño, cerraré los ojos solo un momento. en cuanto descanse me ocuparé de ti, tan solo…espera…

El sueño me arrastra a la oscuridad.

<Narrador>

Así suele ser la vida de los cazadores. Pueden plantar cara a un Rapax… pero la mayoría mueren sin que nadie llegue a recordar sus nombres.

Puede que sea triste pero esta es una historia que se repite incontables veces, Un joven apasionado, arrancado de la vida antes de saborear la gloria.

Un maestro que sacrificó todo para salvarlo, enfrentando a un monstruo imposible de derrotar.

Un pueblo borrado del mapa en una sola noche.

Al final, aunque la humanidad logró hacer frente a estos seres. No quita que sigan ocurriendo estas masacres, aún con la presencia de cazadores.

Al final, en este mundo, la voluntad, la esperanza y los sueños poco valen frente al poder. Esa es la cruel realidad.

<Punto de vista de Taizawa>

Desde la lejanía puedo ver cómo el pueblo arde

—Llegué tarde… —murmuro—. Espero que él se encuentre bien.

Vine en cuanto me informaron de una Luna de Lágrimas, pero mis piernas ya no corren como antes. En el pueblo no quedan más que escombros y dos Rapax poco mejores que el promedio. Se lo dejaré al ejército que venga primero, después de todo solo vine a salvar supervivientes… aunque parece que no los hay. Y si se enteran que vine sin una orden me volverá a echar en cara Joseph lo imprudente que suelo ser .

—Supongo que debería irme. Descansa en paz viejo amigo.

Se escucha un fuerte estruendo de derrumbe que sacude todo el suelo.

—¿Qué demonios es eso?

Giro la cabeza hacia el embarcadero y lo veo: una criatura colosal, más alta que los edificios, con cadenas enroscadas en su cuerpo y piel rojiza. Jamás había visto un Rapax así. Su sola presencia hiela la sangre. No debería haber tantas personas para que surja algo así . Informaré de esto al gremio de cazadores, si tengo suerte le tocará hacer el trabajo a ese vago.

Me alejo, pero entonces noto algo brillando en el río: una bolsa arrastrada por la corriente. Decido seguirla y ver que contiene. Tras mucho correr logró alcanzarla, salto para cogerla y antes de tocar el río regresó de nuevo a la orilla.

Al abrirla, lo que encuentro me deja sin aliento: un bebé, envuelto en mantas. Sobre ellas, una nota con un nombre:

Kuroko Tachibana.

—¿Un Tachibana, aquí? —susurro, sorprendido.

De repente, algo se mueve bajo la manta. Una pequeña criatura de fuego surge: un zorro ígneo, que se acurruca junto al bebé con ojos protectores.

Sonrío.

—Así que no estabas solo, pequeño. Tienes un guardián— digo mientras acarició al pequeño zorro.

El pequeño zorro, se tumba a descansar junto al bebé.

—Está decidido entonces. Os cuidaré a ambos. Nadie volverá a haceros sufrir lo que pasó en este pueblo.

Lo tomo en brazos y me alejo, con la determinación de que, en medio de tanta oscuridad, esta pequeña chispa de luz no se apague.

<Narrador>

Después de tanta sangre y destrucción, apenas queda un destello. Una chispa diminuta, casi imperceptible, pero capaz de convertirse en llama.

Y tal vez, algún día… en un incendio que lo consuma todo.

FIN DEL CAPITULO 1