Una oportunidad para amarte

Summary

Una noche, mientras la brisa nocturna acariciaba los jardines de la Academia, Kain presenció una escena que, lejos de la solemnidad habitual, le resultó extrañamente graciosa. Zero, siempre tan reservado y serio, observaba a Yuuki con una ternura imposible de ocultar. Era una mirada tan llena de amor y deseo, tan cargada de esperanza y vulnerabilidad, que Kain se sorprendió a sí mismo sonriendo ante el descubrimiento. Sin embargo, Yuuki, ajena por completo a ese sentimiento, mantenía su atención fija en Kaname. Todo su mundo parecía girar alrededor de ese vampiro de porte perfecto, como si nadie más pudiera existir a su lado. Kain, al contemplar la escena, se preguntó si él mismo se vería igual cuando miraba a Ruka—si su rostro reflejaría la misma mezcla de anhelo y resignación que ahora veía en Zero. Los dos compartían la misma paradoja: ambos amaban a una mujer que solo tenía ojos para Kaname, atrapados en una cadena de afectos no correspondidos que se repetía como un eco entre los muros de la Academia. La ironía de la situación no escapó a Kain, quien, por primera vez, reconoció que la tristeza puede ser también motivo de una sonrisa, cuando uno se ve reflejado en los gestos y las contradicciones de otras personas. Así, la noche le dejó una lección peculiar: en el juego de los sentimientos, hasta los corazones más nobles pueden verse envueltos en las tramas más absurdas, y la esperanza, aunque a veces parezca inútil, es la fuerza que impulsa a seguir adelante, aún en medio de la melancolía.

Status
Complete
Chapters
10
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18+

Capítulo 1

Kain Akatsuki siempre habia estado enamorado de Ruka, desde pequeños siempre mostro su favoritismo por su prima, incluso le habia dicho a su padre que cuando fuera mayor quería casarse con ella, su padre habia aceptado feliz aquello dicho por Kain pese a que aun fuera un niño, sin embargo las cosas cambiaron cuando fueron presentados ante Kaname Kuran, el primogénito de los actuales Reyes vampíricos Haruka y Juuri Kuran, desde ese momento Ruka solo tuvo ojos para el sangrepura, la niña se habia enamorado de Kaname a primera vista, desde ese momento no importo nada de lo que Kain hiciera o dijera, Ruka simplemente amaba a Kaname. Las cosas solo empeoraron para el cuando se decidió que irán a estudias a la Academia Cross, un lugar dirigido por un Ex cazador de Vampiros, ellos residirían en los dormitorios de la Luna y convivirían con los humanos en ciertas ocasiones, era un proyecto para lograr una convivencia entre Vampiros y Humanos.

A medida que avanzaban sus días en la Academia Cross, Kain descubría nuevas facetas de sí mismo y de quienes le rodeaban. Las noches en los dormitorios de la Luna se llenaban de susurros, de secretos compartidos y miradas furtivas entre las sombras. Ruka, ahora más distante que nunca, parecía caminar en un mundo paralelo, siempre atenta a cualquier movimiento de Kaname, cuya presencia imponía respeto y fascinación en igual medida.

Kain, aunque dolido, intentó ocultar sus sentimientos bajo una máscara de serenidad. Participaba en las actividades académicas, se relacionaba con las personas humanas que se cruzaban ocasionalmente, y cumplía con las tareas propias de su estatus vampírico. Sin embargo, cada vez que veía a Ruka sonreír por algo que Kaname decía, sentía una punzada de nostalgia por aquellos días sencillos en los que bastaba una promesa infantil para mantener viva la esperanza.

La convivencia con los humanos, propuesta por el director Kaien Cross, exigía a los vampiros un autocontrol exquisito.

No pasó mucho tiempo antes de que Kain comenzara a notar, casi con desconcierto, la forma en que Kaname Kuran centraba su atención en la hija humana del director Cross. La joven Yuuki, a ojos de muchos, parecía una estudiante ordinaria, sin cualidades destacables en la academia ni en los deportes, y con una actitud despreocupada que contrastaba con la elegancia esperada en aquel entorno. Sus maneras desaliñadas, poco femeninas y su costumbre de involucrarse en discusiones con quienes la rodeaban la hacían objeto de miradas curiosas y murmuraciones entre los residentes de los dormitorios del Sol.

Sin embargo, había algo en ella, algo que despertaba el interés no solo de Kaname, sino también del cazador y prefecto Kiryuu Zero. Kain observaba cómo Yuuki, a pesar de las dificultades y los tropiezos del día a día, contaba con la lealtad de su amiga Sayori y lograba, casi sin proponérselo, ocupar un lugar especial en las dinámicas de quienes habitaban aquel peculiar microcosmos académico.

La atención que Kaname dedicaba a Yuuki era tan visible como inusual. Sus gestos, su manera de protegerla y el respeto con el que la trataba, generaban entre los demás una mezcla de asombro y confusión. Para Kain, aquel interés era difícil de comprender.

Kain pudo notar cómo todo esto afectaba de sobremanera a Ruka; su prima amaba tanto a Kaname que no daba cabida a que él estuviera interesado en esa humana simple y tan poco educada, pero Ruka no podía hacer nada al respecto, simplemente se limitaba a mendigar la atención de Kaname… y a él… no lo notaba.

Para Kain, observar esa dinámica era como presenciar una tragedia silenciosa. Ruka, que alguna vez había sido la dueña de una alegría contagiosa y de una confianza inquebrantable, ahora parecía vivir pendiente de los gestos y palabras de Kaname, persiguiendo cada oportunidad —por mínima que fuera— para ganar su mirada, para obtener, aunque fuera una migaja de reconocimiento. Sin embargo, Kaname, siempre distante y enigmático, mantenía su foco en Yuuki, como si el mundo de Ruka y de los otros vampiros fuera apenas un telón de fondo.

Esta situación no solo generaba dolor en Kain, sino también una especie de impotencia. Quería consolar a su prima, decirle que su valor no dependía de la atención de Kaname, que existían muchas otras formas de ser admirada y apreciada. Pero Ruka, sumida en su devoción, parecía impermeable a cualquier palabra de aliento. Así, la distancia entre los dos se ahondaba, y Kain comprendía que las heridas del corazón no siempre se curaban con buenos deseos, sino que cada quien debía recorrer su propio sendero para recuperar la paz.

En los pasillos de la Academia Cross, los rumores sobre Kaname y Yuuki se multiplicaban, y las esperanzas de Ruka se desvanecían como las sombras al amanecer. Kain, testigo silencioso de ese amor no correspondido, solo podía aguardar, con paciencia melancólica, a que el tiempo esclareciera los sentimientos y devolviera a su prima la serenidad perdida.

Una noche, mientras la brisa nocturna acariciaba los jardines de la Academia, Kain presenció una escena que, lejos de la solemnidad habitual, le resultó extrañamente graciosa. Zero, siempre tan reservado y serio, observaba a Yuuki con una ternura imposible de ocultar. Era una mirada tan llena de amor y deseo, tan cargada de esperanza y vulnerabilidad, que Kain se sorprendió a sí mismo sonriendo ante el descubrimiento.

Sin embargo, Yuuki, ajena por completo a ese sentimiento, mantenía su atención fija en Kaname. Todo su mundo parecía girar alrededor de ese vampiro de porte perfecto, como si nadie más pudiera existir a su lado. Kain, al contemplar la escena, se preguntó si él mismo se vería igual cuando miraba a Ruka—si su rostro reflejaría la misma mezcla de anhelo y resignación que ahora veía en Zero. Los dos compartían la misma paradoja: ambos amaban a una mujer que solo tenía ojos para Kaname, atrapados en una cadena de afectos no correspondidos que se repetía como un eco entre los muros de la Academia.

La ironía de la situación no escapó a Kain, quien, por primera vez, reconoció que la tristeza puede ser también motivo de una sonrisa, cuando uno se ve reflejado en los gestos y las contradicciones de otras personas. Así, la noche le dejó una lección peculiar: en el juego de los sentimientos, hasta los corazones más nobles pueden verse envueltos en las tramas más absurdas, y la esperanza, aunque a veces parezca inútil, es la fuerza que impulsa a seguir adelante, aún en medio de la melancolía.


La rutina de la Academia Cross dio un giro inesperado cuando el director, con su habitual entusiasmo teatral, anunció un evento especial: un picnic en el que la Clase Nocturna compartiría actividades con los estudiantes de la Clase Diurna. No sería solo un encuentro casual, sino una jornada repleta de competencias, juegos y momentos de convivencia que, según Cross, fortalecerían los lazos entre ambos grupos. Además, como en ocasiones anteriores, la Asociación de Cazadores enviaría a algunas personas para supervisar el evento, bajo la excusa de velar por la seguridad, aunque todos sabían la verdad oculta entre líneas: el secreto de la Clase Nocturna debía permanecer intacto a toda costa.

La noticia circuló entre los pasillos como una brisa fresca, despertando expectativas y cierta inquietud. Kain, en particular, sintió cómo el nerviosismo se mezclaba con la anticipación. Sabía que para Ruka, cada aparición pública era una oportunidad de demostrar elegancia y temple, pero también un escenario donde los sentimientos podían desbordarse, sobre todo en presencia de Kaname. Aun así, en medio de su propia timidez, Kain se propuso invitar a Ruka al baile que cerraría la jornada, una celebración nocturna bajo las estrellas que, según palabras del director, sería el broche de oro del evento.

Quedaba una semana para prepararse. Los rumores sobre el vestuario, los números musicales y las sorpresas de la noche se tejían junto a las esperanzas y los anhelos de quienes, como Kain, veían en el evento la posibilidad de acercarse un poco más a quienes ocupaban sus pensamientos. La expectativa flotaba en el ambiente, y aunque la vigilancia de las personas cazadoras sería constante, las emociones —y los secretos— prometían deslizarse entre risas y pasos de baile, poniendo a prueba los corazones de la Academia Cross.

Durante esa semana cargada de expectativas y preparativos, Kain volvió a ser un espectador silente de las tragedias cotidianas que tejían las relaciones en la Academia Cross. En un rincón del jardín, oculto por la penumbra de los árboles, presenció una escena que—aunque breve—dejó una huella profunda.

Zero, con una determinación que apenas disimulaba la vulnerabilidad de su corazón, se acercó a Yuuki. El cazador, siempre tan reservado, se armó de valor para invitarla al baile de la jornada especial. Kain observó cómo la tensión se dibujaba en el rostro de Zero, quien, con voz queda, formuló la invitación. Yuuki, sin darse cuenta del peso de sus palabras, le respondió con una sinceridad que rozaba la crueldad: -Lo siento, Zero, pero iré con Kaname-. La frase cayó como un golpe sordo entre los dos, y Kain pudo ver, casi sentir, la tristeza que se apoderó de Zero.

Zero, sin apartar la vista, murmuró, -Supongo que ya te invitó-.

Yuuki lo miró, algo confundida. -Aún no, pero estoy segura que lo hará, y por eso no puedo aceptar ir contigo, Zero.- La inocencia, o quizás la fe ciega de Yuuki en Kaname, era evidente. Para Kain, resultaba desconcertante la manera en que Yuuki era capaz de romper el corazón del cazador sin siquiera notarlo.

El silencio se hizo más pesado. Zero suspiró hondo, como si quisiera vaciar de sí mismo todo el dolor acumulado. Intentó decir algo, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. Al final, giró para marcharse, pero antes de alejarse del todo, sin mirar atrás, dejó caer una despedida que retumbó como un portazo en la atmósfera nocturna: -Ya no trataré de hacerte cambiar de opinión, Yuuki. Simplemente me rindo. Después de todo, es tu vida. Si eliges a Kuran, es tu decisión. Ya me cansé de ser el espectador y de mendigar migajas de cariño. Esta fue la última vez, Yuuki.-

Las palabras de Zero fueron frías, definitivas, y por primera vez Kain vio a Yuuki quedarse inmóvil, con el semblante desorientado. Era como si nunca hubiera esperado escuchar aquel adiós, y la confusión se apoderó de su rostro. Kain, testigo involuntario, sintió la punzada amarga de esa ruptura—aún los corazones más fuertes podían quebrarse en silencio, y hasta el amor más persistente podía rendirse ante la indiferencia.

La escena se disolvió entre las sombras y el murmuro de la brisa, dejando tras de sí una nueva herida—y el eco de un adiós que, quizás, cambiaría para siempre la dinámica entre Zero y Yuuki. Mientras la Academia se preparaba para el baile, el telón de fondo se llenaba de emociones contenidas, y Kain se preguntó si, en ese juego de esperanzas y desencuentros, alguien podría realmente encontrar la paz.

El eco de aquella decisión aún vibraba en el corazón de Kain cuando, más tarde, decidió enfrentar su propio destino. Caminó por los pasillos en penumbra, con la determinación nacida del ejemplo de Zero y la necesidad de cerrar un ciclo que le pesaba desde hacía tiempo. Al hallar a Ruka cerca de la fuente del jardín, bajo la luz temblorosa de las farolas, reunió el valor suficiente para abordar lo que tantas veces había postergado.

Se acercó con paso firme, aunque la inseguridad bailaba detrás de sus palabras. La invitación al baile, cuidadosamente ensayada, se transformó en un susurro cargado de esperanza y anhelo. Sin embargo, el destino, siempre irónico, se encargó de devolverle las mismas palabras que Yuuki había pronunciado horas antes: Ruka, con elegancia y voz serena, le confesó que asistiría con Kaname.

Por un instante, Kain estuvo tentado a reír ante la paradoja; la historia se repetía, y aunque el dolor era familiar, esta vez no lo tomó por sorpresa. Sintió cómo la resignación se apoderaba de él, y comprendió que mendigar afecto solo lo llevaría a una herida más profunda. Miró a Ruka con una ternura sincera, sin reproches, y murmuró: —Está bien, Ruka. Esta es la última vez que intento que me mires. Has elegido a Kaname aun sabiendo que él nunca podrá corresponderte, y yo, ciertamente, debo aceptarlo—.

Con ese adiós definitivo, Kain se dio la media vuelta, alejándose antes de que el dolor pudiera crecer y volverse insoportable. El aire nocturno se sentía más liviano, casi liberador, y aunque la tristeza le acompañaba, también una extraña paz se asomaba entre sus pensamientos. Quizá, pensó, era momento de buscar nuevos caminos y dejar que los recuerdos del baile se fundieran con las estrellas sobre la Academia Cross. La vida seguía adelante y, en el silencio de las despedidas, Kain aprendía a soltar lo imposible y a mirar hacia adelante, aunque fuera en soledad.


La rutina de la Academia Cross se vio alterada por un nuevo silencio, uno que calaba más hondo que el murmullo de la brisa en los jardines. Los alumnos de la Clase diurna, siempre atentos a los detalles que rodeaban a quienes compartían sus pasillos, no tardaron en notar la ausencia de un vínculo que hasta hace poco parecía inquebrantable: Kiryuu Zero había cortado la cercanía con Yuuki. El joven, antes sombra y guarda de la chica, ahora prefería sentarse en un rincón apartado, cerca del profesor, como si buscara refugio en la neutralidad de la autoridad escolar. Ya no dirigía miradas ni palabras a Yuuki; incluso pasaba de largo, sin que una pizca de atención se desviara hacia ella. El cambio era tan radical que el ambiente entre los pupitres se impregnaba de una expectación tensa, un vacío difícil de llenar.

Mientras tanto, en la Clase Nocturna, la distancia también tejía su propio relato. Los estudiantes, envueltos en esa elegancia fría que caracterizaba sus reuniones, observaron cómo Kain había decidido apartarse de Ruka. El joven ya no buscaba compartir espacio junto a ella, y al cambiarse de lugar, marcó una frontera invisible que todos supieron respetar. Hanabusa, curioso y perspicaz, intentaba sonsacar respuestas sobre Ruka, pero Kain evadía sus preguntas con una destreza silenciosa, dejando claro que aquel tema estaba vetado. Ruka, por su parte, recibía la indiferencia de Kain con el mismo silencio elegante que utilizaba para ocultar sus emociones; la distancia entre ambos se evidenciaba en cada gesto contenido, en cada mirada furtiva que evitaba el encuentro.

El ambiente en ambas clases se sentía diferente: los alumnos de la Clase diurna, acostumbrados a la presencia constante de Zero y Yuuki juntos, ahora percibían una fría desconexión. En la Clase Nocturna, las interacciones entre Kain, Hanabusa y Ruka se teñían de un aire solemne, casi melancólico, en el que las palabras parecían sobrar. Los vínculos que alguna vez cruzaron miradas y esperanzas se disolvían en la rutina diaria, y cada quien se refugiaba en su propio rincón de nostalgia o resignación.


La noticia de los días libres se propagó entre los pasillos de la Academia Cross como una bocanada de aire fresco. Bajo la mirada siempre atenta del director Cross, tanto la Clase Diurna como la Nocturna se preparaban para disfrutar un respiro de la rutina y, así poder prepararse para el Baile que pronto habría. El pueblo cercano y el centro comercial se convirtieron en destino de quienes querían distraerse, buscar regalos, o comprar la ropa que usarían para ese evento.

Kain, deseoso de evitar preguntas indiscretas y conversaciones que lo obligaran a mirar hacia una herida reciente, declinó la invitación de Hanabusa. Esta vez, ni siquiera el entusiasmo de su primo fue suficiente para convencerle; buscaba una pausa, un espacio donde no tuviera que recordar ni explicar. Caminó solo bajo la luz dorada de la tarde, sumergido en sus pensamientos, hasta que la fragancia de especias y pan recién horneado lo atrajo hacia un pequeño local a la vuelta de una esquina.

Al ingresar, notó a Zero sentado en la barra, el rostro de perfil, la sombra de una ceja fruncida cuando se percató de la presencia de Kain. Sin embargo, ninguno buscó palabras; el silencio era menos incómodo que cualquier intento de cortesía. Kain se sentó junto a él, dejando una silla vacía entre ambos como un territorio neutral, y pidió un café sin mirar al joven cazador. El murmullo de la cafetería, los sonidos suaves de cucharas y platos, tejieron un fondo discreto para ambos.

Por un instante, Kain pensó en romper el hielo con alguna broma sobre el picnic o el baile nocturno, pero se contuvo. Sabía que Zero era experto en cultivar distancias, y él mismo no quería simular una cercanía que no existía. Así que se limitaron a compartir el mismo espacio, dos figuras en pausa, cada quien sumido en sus propios pensamientos; el aroma de la comida y el calor del café ofrecían una tregua silenciosa, donde las palabras se volvían innecesarias.

La escena era simple, pero en su quietud se ocultaba una suerte de entendimiento: ambos habían aprendido a soltar, a aceptar que ciertas promesas y esperanzas quedan atrás. Por unos minutos, la cafetería fue refugio y espejo, un lugar donde Kain y Zero podían ignorarse sin resentimiento, compartiendo el peso leve de la soledad.

Kain, al probar el primer bocado, alzó las cejas con una expresión genuinamente sorprendida. El sabor era complejo y cálido, distinto a la simple funcionalidad de las tabletas de sangre que acostumbraba consumir. Aquella mezcla de especias y texturas despertó una nostalgia inesperada, como si en ese instante la distancia entre las dos clases de la academia y el mundo de afuera se desvaneciera entre los aromas.

—Debo felicitarlo, la comida es deliciosa —murmuró Kain con sinceridad, mirando al dueño detrás de la barra.

El hombre, de rostro amable y manos hábiles, sonrió con gratitud antes de responder:

—No me felicites solo a mí. —Se inclinó ligeramente hacia Kain, bajando la voz en tono de confidencia—Mi comida ha mejorado mucho desde que Zero me surte los condimentos que uso. Este chico sería un excelente chef si se lo propusiera-

Zero fingió indiferencia y clavó la mirada en su taza de café, pero el rubor leve en sus mejillas delató una reacción distinta. El dueño continuó, orgulloso de su ayudante invisible:

—Los sabores que trae de la academia son especiales… siempre logra encontrar lo que falta. Cuando Zero llega con su maletín de especias, el aroma en la cocina cambia por completo-

Por primera vez desde que se habían sentado juntos, Kain dirigió una mirada curiosa a Zero, quien no levantó la vista pero se permitió una pequeña sonrisa de satisfacción.

-habia escuchado de Hanabusa que tu comida es deliciosa, ¿me pregunto si será mejor que la del dueño?- murmuro Kain pero Zero lo ignoro

Zero se limitó a encogerse de hombros, jugando con el asa de la taza. Un destello de picardía cruzó fugazmente sus ojos, pero no ofreció respuesta, como si disfrutara del misterio que envolvía su talento. El ambiente, por un instante, vibró entre el reto silencioso y la aceptación tácita de que había cosas que no se decían en voz alta, pero se saboreaban en cada gesto compartido.

El dueño, divertido por la escena, soltó una risita breve y añadió con voz baja:

—Tal vez algún día Zero se anime a preparar algo aquí mismo. Sería interesante ver el duelo de sabores en esta cafetería-

Al salir del acogedor local, la brisa nocturna envolvió a ambos con su frescura contenida. Kain, prudente, mantuvo la distancia, consciente de que cualquier intento por acercarse al cazador sólo provocaría una reacción hostil, tal como ocurría siempre que vampiros y cazadores compartían espacio sin necesidad. Sin embargo, la curiosidad pudo más que la costumbre y Kain no pudo evitar fijar la vista en Zero, notando lo mucho que lo superaba en estatura y lo sorprendentemente delgado que era.

Por un instante, se preguntó si Zero realmente se alimentaba bien. Los rumores sobre las tabletas de sangre y la dificultad que tenía para tolerarlas se agolparon en su memoria: decían que, a pesar de su naturaleza vampírica, el joven cazador las rechazaba casi instintivamente, que su cuerpo no aceptaba el sustento artificial que para otros era rutina. Incluso corría la voz de que, desde la noche de su transformación a manos de Shizuka, Zero jamás había probado una sola gota de sangre —ni humana ni sintética.

Esa extraordinaria abstinencia merecía, pensó Kain, un reconocimiento. Él no se imaginaba cómo soportar la sed, cómo vivir con esa carencia sin perder la cordura. Pero ahí estaba Zero, erguido y entero, soportando el peso silencioso de su propia lucha sin queja aparente. Kain admiró, en silencio, la fuerza con la que el cazador enfrentaba su destino, preguntándose si algún día él mismo sería capaz de resistir con semejante temple.

Sin embargo, su pensamiento se detuvo abruptamente cuando un aroma metálico y punzante cortó el aire nocturno. Ambos, cazador y vampiro, reaccionaron al instante; Zero, instintivo, abandonó toda reserva y se lanzó a la calle con la agilidad felina que lo caracterizaba, empuñando la Bloody Rose, la pistola de cazador que nunca descansaba a su lado. Kain no dudó en seguirlo; sus movimientos, fluidos y precisos, lo mantuvieron cerca mientras atravesaban la penumbra de la ciudad dormida.

Llegaron a un callejón sumido en sombras, donde la amenaza se materializaba en la forma de varios vampiros de nivel E, criaturas consumidas por su propia sed y locura. Dos chicas, acorraladas contra la pared, temblaban ante la inminencia de la agresión. Zero no vaciló: una patada certera apartó a los depredadores de sus presas, imponiendo la fuerza fría de quien ha hecho del peligro su rutina diaria.

La tensión era palpable; incluso la luna, testigo silente, parecía contener el aliento ante el enfrentamiento. Zero se movía con una precisión que sólo se logra a través de años de entrenamiento y dolor, cada disparo de la Bloody Rose resonaba como un latido en el corazón de la noche. Los vampiros de nivel E retrocedían, impulsados por el temor y la rabia descontrolada, pero ninguno podía igualar la determinación implacable del cazador. Kain, por su parte, se mantuvo alerta, cubriendo los flancos y asegurando que ninguna amenaza escapara de la atención de su compañero.

Las dos chicas, aún temblorosas, miraban a sus salvadores con ojos llenos de incredulidad y agradecimiento. Una de ellas, la voz quebrada por el susto, balbuceó una tímida gratitud. Zero ni siquiera se permitió aceptar el gesto; la mirada de acero continuaba recorriendo la escena, asegurándose de que el peligro hubiese desaparecido por completo.

Cuando la última sombra se disipó y el silencio regresó al callejón, Zero bajó el arma con un suspiro apenas perceptible. Kain lo observó, notando la tensión que se deslizaba lentamente por los músculos del cazador, como si la batalla interna nunca se extinguiera del todo.

—No hay tiempo para relajarse —murmuró Zero, la voz áspera pero firme, casi como una advertencia para sí mismo y para quienes lo acompañaban.

Kain asintió en silencio, comprendiendo que no podían dejar que las chicas recordaran algo sobre esto, Kain rápidamente las habia noqueado.

Cuando las chicas despertaron, ya estaban en la enfermería de la Academia Cross, los recuerdos recientes empañados como sueños dispersos. Cross, con la paciencia de quien ha visto demasiadas noches inquietas, había borrado con su habilidad todo vestigio del ataque para proteger la frágil paz entre humanos y vampiros. Observó a Zero y Kain con inusitada atención. Era extraño ver al cazador tan silencioso, sin sus habituales reproches hacia Kain, ni el desdén que servía de muro entre ambos. En lugar de la hostilidad acostumbrada, reinaba un aire de tensa colaboración.

Cross suspiró, aliviado por el desarrollo inesperadamente armonioso. Su sonrisa, afable pero cargada de autoridad, se dirigió a Zero:

—Yo me haré cargo de lo demás, Zero. Pero quisiera que fueras al pueblo y te asegures de que no hay más vampiros de nivel E. Kain, ¿podrías acompañar a Zero? Es que Yagari salió y no hay alguien más que vaya.

Zero se limitó a asentir, sin una palabra amarga, mientras Kain aceptaba el encargo con una leve inclinación de cabeza. El director observó cómo ambos se dirigían hacia la salida, percibiendo que algo había cambiado en su dinámica. Quizás la urgencia compartida, o la noche que los había puesto a prueba, había forjado una alianza temporal entre cazador y vampiro.

Al cruzar los jardines de la Academia, la luna proyectaba sombras alargadas sobre el sendero. El silencio entre ambos era distinto, menos hostil, más lleno de preguntas no formuladas. Zero caminaba con la Bloody Rose lista, sus movimientos calculados y la mirada alerta. Kain lo seguía, atento a los alrededores y, por primera vez, a las inquietudes que se ocultaban tras los gestos del cazador.

El pueblo dormía bajo la vigilancia de las estrellas. Sabían que la noche apenas comenzaba y que, en sus rincones, aún podría acechar la amenaza. Pero esta vez, cazador y vampiro avanzaban juntos, enlazados no solo por la misión sino por la sutil comprensión de que, para sobrevivir, a veces es necesario confiar en quienes menos se espera.

Zero se detuvo bajo el halo frío de la luna y, sin volverse del todo, le lanzó a Kain una mirada tan helada que el aire pareció condensarse entre ambos. Sus palabras brotaron con el filo de una amenaza:

—Si me estorbas, juro que probarás una bala de la Bloody Rose. No sé por qué demonios el director te envió, pero no necesito la ayuda de ningún chupasangre.

Kain no retrocedió. La sombra de una sonrisa se asomó en su rostro, pero sus ojos reflejaban una comprensión antigua, resignada al peso de la desconfianza.

—Tranquilo, Kiryuu—respondió con voz grave y serena—. No estoy aquí para complicarte la noche. Solo quiero asegurarme de que nadie vuelva a salir herido.-

El silencio se volvió aún más denso, cargado de palabras no pronunciadas y heridas que no sanan. Zero apretó el arma y, tras un instante de indecisión, continuó su marcha por el callejón, sabiendo que aunque la desconfianza era su escudo, la presencia de Kain no podía evitarse.

La inspección del pueblo había sido exhaustiva; ni un rastro de vampiros de nivel E quedaba entre las callejuelas y patios silenciosos. Satisfechos, Zero y Kain emprendieron el regreso a la Academia, sus pasos resonando en la penumbra como un eco de la misión cumplida. Sin embargo, al llegar a la entrada, una figura menuda surgió entre las sombras: Yuuki, con la respiración agitada y el rostro encendido por la preocupación, corrió hacia Zero con la intención de abrazarlo.

Zero, fiel a su reserva, se apartó antes de que Yuuki pudiera rodearlo con los brazos. Kain observó la escena con ese aire de testigo silencioso, comprendiendo el peso de la tensión entre los dos.

—Zero, supe que te atacaron, me preocupé mucho —dijo Yuuki, con voz temblorosa y los ojos fijos en el cazador.

La mirada de Zero, fría y distante, se clavó en la joven antes de soltar, cortante:

—Atacaron a un par de chicas, no a mí. Si es todo, me marcho.-

Pero Yuuki, determinada a no dejar las cosas inconclusas, avanzó un paso, la noche envolviéndola en una mezcla de vulnerabilidad y terquedad.

—Te estoy hablando, no me dejes con las palabras en la boca —insistió, la frustración asomando entre sus tonos—. No puedes ignorarme solo porque te rechacé y prefiero a Kaname antes que a ti. Así que deja de ignorarme y ayúdame con mi tarea; si no la entrego, no podré asistir al picnic ni mucho menos al baile.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Kain permaneció al margen, entre curioso e incómodo, mientras Zero inspiraba hondo, batallando con una mezcla de emociones que nunca dejaba ver.

—Haz tu tarea y no dependas de nadie —espetó finalmente, aunque la dureza en su voz era más un escudo que una condena.

Yuuki apretó los puños, negándose a rendirse ante el muro que Zero erigía entre ambos.

—No puedes tratarme así… —Yuuki no terminó la frase, porque Kain, al fin cansado del ambiente tenso y del tono elevado de Yuuki, intervino con voz firme pero medida

—Señorita Cross, hasta donde sé, Kiryuu no es responsable de sus deberes. Si encuentra dificultades en los estudios, quizás sería útil prestar más atención en clase y asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje. No esperaría ver este tipo de actitud en la hija del director de la academia-

El silencio que siguió fue denso, como una niebla inesperada entre los tres. Yuuki bajó la mirada, mordiendo su labio inferior, mientras el orgullo herido y la frustración se mezclaban en su pecho. Zero, por su parte, apenas esbozó una mueca, entre divertido y desconcertado ante la inusual franqueza de Kain.

—Tú no te metas, esto no es algo que te incumba. Le haré saber a Kaname sobre esto —soltó Yuuki, la voz vibrando con un dejo de amenaza apenas velada, mientras levantaba la mirada desafiante.

Kain simplemente se encogió de hombros, imperturbable, como si el drama que se tejía ante sus ojos no fuera más que una brisa pasajera. Su indiferencia era tan sólida como el muro invisible que separaba a Yuuki de Zero.

—Haz lo que quieras —murmuró, apartándose un poco, dejando claro que aquello no le importaba en absoluto.

La noche, testigo silente, envolvía la escena en un aire denso y expectante. Zero observó el intercambio con una sombra de ironía en la mirada, pero no dijo nada más. La tensión, lejos de disiparse, quedó suspendida entre palabras no dichas y emociones contenidas.

Yuuki salió del lugar con pasos acelerados, la furia dibujada en sus mejillas y la mirada enfocada en algún punto indescifrable del pasillo. Kain, aún inmóvil, la siguió con la vista incapaz de descifrar el misterio que rodeaba a aquella joven. Se preguntó, casi en voz baja, qué era lo que Kaname encontraba en ella: sus modales eran bruscos, su aspecto nada destacable, y la gracia parecía esquiva a cada uno de sus gestos.

—¿Qué fue lo que le vieron? —murmuró Kain, absorbido por el desconcierto y sin notar que Zero aún lo escuchaba.

El prefecto, con una expresión impasible, observó la silueta de Yuuki alejarse antes de responder:

—No lo sé. Supongo que a veces la amabilidad puede parecer extraordinaria a quienes han vivido sin afecto-

Las palabras de Zero flotaron en el aire como un eco inesperado, dejando a Kain pensativo y sorprendido por la franqueza de su respuesta. Mientras Zero se alejaba, Kain permaneció allí, con la sensación de que esa noche no solo había sido testigo de una disputa más, sino de una verdad que se le escapaba: tal vez lo que Kaname veía en Yuuki no se encontraba en la superficie, sino en el improbable destello de su bondad, una luz discreta que lo iluminaba en su oscuridad.