Escrito Introductorio
6 Junio 1666:
Caminaba rápidamente por la ciudad, dando pasos firmes y acelerados sin llegar a correr. Había decidido bajarse del carruaje unas tres calles atrás, únicamente porque lo había visto necesario.
Odiaba la capital, la detestaba, para su gusto aún no conseguía representar el resplandor que el rey sol estaba consiguiendo otorgarle al país. Las calles eran estrechas e irregulares, sucias y plagadas de pobres mendigos, tullidos, ancianos e incluso niños que se abalanzaban sobre los visitantes que veían con más dinero. Incluso a medio día, cuando el sol se encontraba en su punto más alto, era arriesgado caminar por esas calles.
Era peligroso para la gente de su posición, lo sabía, por eso iba tan rápido, deseando llegar cuanto antes. Tenía que deshacerse de ese monstruo, no podía quedarse con él. No había tardado apenas diez minutos en darse cuenta de aquello, pero había tardado varias horas en poder caminar tras el parto y unas pocas más en armarse de fuerza para ir a la ciudad.
Recolocó el pequeño bulto que llevaba a los brazos, asegurándose que seguía allí. Las manos le temblaron levemente al hacerlo, no parecía estar vivo, no lo parecía, y sin embargo lo estaba. Y solo le causaría problemas. Aceleró el paso más aún.
Solo se detuvo cuando pasó frente a un edificio de dos plantas, de aspecto oscuro y algo destartalado. Tenía un pequeño patio delantero en el que difícilmente cabían un banco estrecho y una pequeña fuente decorativa que había dejado de funcionar hacía años. Una alta y oxidada verja se interponía entre ella y la puerta del edificio. En la verja se podía leer "Foyer des orphelins", hogar de los huérfanos.
Empujó la entrada de la verja, que se abrió sin oponer demasiada resistencia pero soltando un chirrido agudo, casi ensordecedor. En cuatro pasos estaba frente a la puerta, de madera, podrida en las esquinas superiores.
Llamó tres veces. Tres golpes rápidos y seguidos, fuertes y esperó. Esperó pacientemente durante algunos minutos pero no había respuesta. Era bien avanzada la noche, en poco amanecería. Buscó tranquilizarse y refugiarse en el silencio y la oscuridad que aún le rodeaban, ya había llegado hasta allí, ya había hecho lo más difícil, sabía que se desharía de aquel monstruo esa misma noche.
Volvió a llamar. Tres golpes. Y a esperar, esta vez con menos paciencia. No se podía captar ni el más mínimo sonido del interior del edificio y las dudas no tardaron en asaltarle.
De pronto el silencio en el que se había refugiado le resultó sobrecogedor, la oscuridad de la noche pareció volverse más densa y juró que sentía como si las sombras se abalanzasen sobre ella. Debía ser el niño. Solo podía ser el niño.
Afortunadamente para ella, cuando toda paciencia había abandonado su cuerpo y la desesperación comenzaba a instalarse, la puerta del edificio se abrió. No demasiado, solo unos pocos centímetros, lo suficiente para dejar asomar una nariz recta pero pequeña y un par de ojos diminutos y demasiado juntos.
- Buenas noches. - La voz salió de su cuerpo como un hilo débil y quebradizo, delatando el miedo que comenzaba a apoderarse de su cuerpo.
La mujer no recibió respuesta. La puerta volvió a cerrarse frente a ella, pero al segundo escuchó el sonido de una cadena, un cerrojo, y al instante volvió a abrirse, por completo. La figura de un hombre de mediana edad emergió. Cargaba una pequeña vela que iluminaba sus facciones de una forma curiosa.
Vestía un camisón de manga larga, a pesar de haber entrado en junio hacía pocos días, y el poco pelo que tenía, de una tonalidad miel, comenzaba a tornarse blanco por los lados.
- Madame, ¿Qué le trae por aquí a estas horas? - La voz del hombre era grave, dura, nada acorde a su rostro.
- Necesito un favor, padre, es de vital importancia, no se lo pediría si no fuera así.
- Usted dirá.
La mujer le tendió el pequeño bulto que cargaba al pecho. El hombre tan solo asomó la cabeza por encima, sin querer cogerlo. Esperó a que el cura lo examinase durante pocos segundos, prestando más atención al retirar la fina manta que cubría aquello que la mujer le ofrecía.
- Madame, este hogar es para huérfanos, no para hijos no deseados.
- Es por eso mismo por lo que estoy aquí, padre. Este niño... Nunca nadie puede saber que es hijo mío, nadie, ni siquiera él. Necesito que lo críe como a otro de los niños de aquí, que nunca le expliquen su verdadero origen.
- Me temo que no puedo ayudarle madame, lo que me pide va en contra de mis principios.
- Padre, tiene que hacerlo. Este niño... No es normal. No ha llorado nada desde que ha nacido, ni una sola queja. Y esos ojos... Padre, mírele los ojos. - Sabía que sonaba desesperada, pero eso era porque estaba desesperada, y haría que el cura comprendiese el motivo.
El hombre así lo hizo. No fue difícil, pues la pequeña criatura le observaba curioso, demasiado despierto para las horas que llevaba en el mundo. Vio entonces lo que le preocupaba a la mujer: dos ojos, del mismo tamaño, forma idéntica, pero colores distintos. Mientras uno era claro como el cielo despejado en la mañana más tranquila, otro se veía oscuro, casi negro, como la noche más cerrada.
- Y eso no es todo, padre, ha nacido hoy, de madrugada, el seis del sexto mes...
El hombre aún permanecía con la vista clavada en el niño, aunque quería apartarla de él, observar a su madre. Había algo en aquel bebé que resultaba hipnótico, extraño, sin duda... Sin duda era un pequeño monstruo. Una pizca de miedo, aunque no lo admitiría, su orgullo se lo impedía, había atacado su corazón al haber visto aquellos ojos.
- Mi marido pagará, lo sabe usted. Por cada año que el niño permanezca aquí recibirá una suma generosa. Estoy segura de que el resto de niños, y en especial usted, lo agradecerán enormemente.
Aquello era todo lo que el cura necesitaba escuchar para aceptar cualquier oferta, daba igual lo monstruoso que fuese el niño, había contado con algunos ejemplos antes de él. Y los había educado a todos.
- Siempre estamos abiertos a donaciones. - Finalizó el hombre, cargando con el bebé. No lo cogió con cariño, aunque tampoco con asco. Una mezcla de desconfianza y repulsión, una pizca de miedo en la mirada, oculta tras un orgullo bien trabajado.
- Gracias, padre. - El alivio que experimentó la mujer fue demasiado evidente, tanto que una sonrisa temblorosa se instaló en sus labios y sus ojos volvieron a brillar.
- ¿Y cómo debemos llamar a este pequeño huérfano?
- Théodore. Llámele así aunque resulte irónico. Dígale que no sabe nada de su pasado, que se lo encontraron en la puerta del edificio sin carta alguna, o cualquier otra historia convencible que se le ocurra.
- No se preocupe, madame, a partir de esta noche no tendrá más vida que la que haga con nosotros. Su pasado es algo que solo el señor de los cielos sabe.
La mujer asintió despacio con la cabeza, realmente conforme. Se despidió rápidamente y regresó al carruaje mucho más ligera de lo que había ido.
- ¿Ya está hecho? ¿Ha decidido quedárselo? - Preguntó su marido en cuanto vio a la mujer subir al carruaje.
Ella asintió, su sonrisa no había desaparecido, aunque las manos le temblaban con fuerza. No comprendía cómo había podido engendrar un niño así, aunque se hacía una ligera idea... Esa misma mañana, cuando el sol saliese, iría a confesarse.
- Era lo correcto, lo que debíamos hacer. - Continuaba el hombre, poniendo en marcha el carruaje. No se habían arriesgado a pedirle el favor a un cochero, era mejor que hiciesen aquello solos, para no levantar sospechas.
La mujer asintió, algo aturdida. Dirían que el niño había nacido muerto y que, para ahorrar la angustia de los presentes, habían mandando ocultarlo ya en el ataúd. Harían una misa en su honor y le enterarían. Nadie sabría que aquel chico seguía vivo, todo por su incapacidad para acabar con su vida.
Suspiró, cerrando los ojos y dejándose mecer por el incómodo vaivén del carruaje que se le antojó un manto protector. Théodore. Aquel pequeño monstruo no sería más problema suyo.








