DR-1
El Delta Razor-1 era el primer submarino de investigación de su tipo, diseñado especialmente para pasar largos períodos en las profundidades abisales, para aguantar presiones imposibles y con capacidad de almacenar provisiones. Gracias a ello, durante las últimas dos semanas y bajo el comando del capitán Gideon Vance, se había desplazado por zonas inexploradas del Océano Antártico.
Ayudados por sus potentes focos y a través de las gruesas ventanas de plexiglás, la tripulación fue capaz de contemplar paisajes marinos y fauna que ningún hombre conocía hasta la fecha. Peces de formas peculiares, cefalópodos gigantes e incluso seres que no se asemejaban a nada visto en la superficie.
Había sido una expedición fructífera, y aún les quedaban algunos días hasta la fecha programada para regresar a la base a reabastecerse; por lo que no querían desperdiciar ni una sola oportunidad de seguir explorando. Algunos de los tripulantes se encargaban de documentar sus hallazgos minuciosamente en papel, otros capturaban imágenes, sonidos y vídeos, y los últimos elaboraban mapas marítimos con base a lo que el sonar mostraba.
Sin embargo, nada de lo que se habían cruzado hasta el momento pudo compararse al instante en el que la silueta de lo que parecían ser ruinas se dibujó en el radar de la sala de control. Se trataba de estructuras gigantescas, como si hubieran sido diseñadas para hospedar gigantes, aunque en parte tenían dejos de arquitectura griega o romana. Algo que, considerando la ubicación y profundidad en las que se encontraban, era imposible.
Consternado, el capitán ordenó al equipo de navegación descender hacia allá. Poco a poco la nave se fue acercando, y la tripulación quedó boquiabierta al darse cuenta de que, en efecto, se trataba de estructuras artificiales.
Inmensas columnas, casas con arcos elevados que permitirían el paso de un ser de al menos cinco metros, extensiones parecidas a plazas que se perdían a la distancia debido a su longitud, e inclusive una construcción que recordaba a un coliseo, con la salvedad de que lo duplicaba en ancho y altura. Todo parecía estar hecho de mármol, y considerando la profundidad y lo antiguo de su aspecto, se conservaba casi impoluto. Algunas algas se habían abierto camino entre las construcciones, pero no tanto como en otras ciudades sumergidas.
Era como si su hundimiento fuera reciente, o como si alguien o algo se encargara de cuidarlo. Aunque ambas opciones eran imposibles… ¿O no?
—Maldita sea, Gideon —dijo Thorne, el científico a cargo—. Acabamos de reescribir la historia.
—¡Rápido, científicos! ¡Dejen lo que sea que estén haciendo y vengan a documentar esto! —gritó el capitán, sintiendo cómo el corazón le palpitaba con fuerza. Su amigo tenía razón, acababan de reescribir la historia—. ¡Que el departamento de navegación no detenga la marcha! De este sitio no nos vamos sin encontrar lo que sea que se esconde.
El DR-1 siguió avanzando sin mayor iluminación que la de sus luces en medio de la más absoluta oscuridad oceánica, escuchando el movimiento del agua a su alrededor y sin imaginar siquiera lo que les esperaba más adelante.
Fue entonces cuando el sonido de un golpe a un costado de la embarcación hizo que los presentes se sobresaltaran. Al principio temieron haber golpeado una roca o parte de las estructuras, pero al ver cómo una enorme criatura humanoide nadaba hasta posicionarse frente a la ventana y devolverles la mirada desde el otro lado del plexiglás, supieron que la realidad era mucho peor.
Aquel ser debía rozar los tres metros. Su piel estaba cubierta de escamas verde grisáceo, y ojos completamente negros abarcaban la mayor parte de su rostro. Sus delgadas extremidades terminaban en dedos palmeados, y su boca redonda contenía cientos de dientes afilados.
Aun así, la pesadilla apenas comenzaba.
Del interior de lo que habían catalogado como ruinas emergió al menos una docena de criaturas similares —algunas que le duplicaban el tamaño, otras más pequeñas—, y estas centraron su atención en la nave que acababa de invadir su territorio. Aparentemente esperando alguna señal para actuar.
—Capitán, tiene que ver esto —un miembro del equipo de navegación le tocó el hombro y lo guió hacia el radar. En su pantalla pudo distinguir sin problema lo que eran restos de antiguos submarinos, algunos incluso con diseños de hacía décadas. Todos hundidos a su alrededor.
—¡A la superficie, de inmediato! —ladró Vance horrorizado, sabiendo que si no actuaban de una vez, correrían el mismo destino.
Y aunque aún faltaba para que la expedición acabara y sus hallazgos habían sido impresionantes, no dudaron ni un instante en actuar. Activaron los motores a su máxima potencia y emprendieron la retirada, al mismo tiempo que los habitantes de aquella extraña ciudad acortaban distancia y nadaban en su dirección. No tan cerca como para significar un peligro, pero si como para recordarles que no estaban solos allí abajo.
No obstante, aquella criatura submarina, a diferencia de los suyos, se aferró a la ventana impasible, abriendo y cerrando aquella boca oscura y de dientes afilados. Como si quisiera llevarse un buen vistazo de los visitantes. Como si sintiera placer al hacerlo.
El camino de regreso se sintió como una eternidad, y bajo la mirada negra de lo que fuera que los vigilaba, la tensión no dejó de crecer ni un segundo. Su falta de expresiones faciales o movimientos era peor que ser directamente atacados, e imposibilitaba saber si todo era parte de una emboscada o si nada más actuaba desde la curiosidad.
Cuando finalmente dejaron de depender de la luz artificial y los rayos del sol se abrieron paso a través del agua, su extraño anfitrión soltó el plexiglás, le dio un golpe al costado izquierdo de la embarcación y se perdió en el océano.
Temiendo lo que pudieran hallar si volvían a descender, decidieron en unanimidad retornar a la base y atribuir su pronto regreso a un fallo mecánico durante la operación. Nadie nunca les creería lo vivido. Y nadie nunca debía saberlo.
A veces lo oculto debe permanecer oculto, y la tripulación del Delta Razor-1 aprendió la lección de la peor manera posible.
Fin.