Corazón enamorado

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Summary

"Noah solo quería que su último año de colegio fuera el mejor. Lo que no esperaba era que una serie de problemas lo atraparían, llevándolo a descubrir el verdadero significado de enamorarse."

Genre
Romance
Author
BryhanKid
Status
Complete
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
16+

Latidos al amanecer

Lunes 3 de marzo - 2016

El aire fresco de la mañana acariciaba las calles de la pequeña ciudad, trayendo consigo ese olor inconfundible a inicio de ciclo: una mezcla de libros nuevos, asfalto húmedo y expectativas. Para la mayoría, era solo un lunes más; pero para Noah, este 3 de marzo marcaba el comienzo del final.

Era su último año. El último primer día.

Mientras dormía, una sonrisa se dibujaba en su rostro. No soñaba con ser el rey del colegio ni con grandes hazañas, sino con algo más sencillo: quería disfrutar. Quería que este año quedara grabado en su memoria como el mejor de todos, lleno de risas, amigos y esa sensación de que todo es posible.

—¡Noah, levántate! ¡Ya es hora de ir al colegio!

La voz de su madre, firme pero cariñosa, rompió la burbuja del sueño, trayéndolo de vuelta a la realidad de golpe.

Noah abrió los ojos, desorientado por la luz que ya inundaba la habitación. Se sentó en la cama, con el cabello revuelto y el corazón acelerándose al notar el ángulo del sol en las cortinas.

—¿Qué? ¿Ya amaneció? —murmuró, buscando el reloj con la mirada.

Las agujas marcaban las siete y media. El pánico lo golpeó como un balde de agua fría.

Saltó de la cama, tropezando con sus propias sandalias en el apuro. Se vistió con la torpeza de quien pelea contra el tiempo, abotonándose la camisa mientras saltaba en un pie para ponerse los pantalones. No era la entrada triunfal que había imaginado, pero era la única que le quedaba.

Al entrar a la cocina, el aroma a café recién pasado y pan tostado lo recibió, calmando un poco sus nervios. Su madre se movía de un lado a otro con esa energía inagotable de las mañanas, tarareando suavemente “Aquí estoy yo” de Luis Fonsi, que sonaba bajito en la radio.

—¡Mami! ¡Son las siete y media! —exclamó Noah, sintiendo que la sangre se le iba a los talones—. ¡Voy a llegar tarde! ¿Por qué no me despertaste antes?

Ella lo miró con una sonrisa divertida, sirviéndole el desayuno con calma.

—Te llamé tres veces, pero estabas en el quinto sueño —respondió, depositando un beso en su frente—. Además, el colegio está a cuatro cuadras. No te estreses tanto, te va a hacer mal.

—¡Pero es mi primer día! —insistió él, pasándose una mano por el cabello rebelde, angustiado—. Quería llegar temprano, saludar a todos... no entrar corriendo.

—Entonces apúrate, pequeño —dijo ella, empujando suavemente el plato hacia él—. Y come algo, no quiero que te desmayes antes de conocer a tus nuevos amigos.

Noah comió rápido, agradeciendo en silencio esos cuidados que a veces daba por sentados. Se despidió con un beso rápido y corrió hacia la puerta, ajustándose la mochila.

—¡Noah, tu propina! —lo llamó ella antes de que cruzara el umbral.

Él frenó en seco y regresó sobre sus pasos. Al verla ahí, extendiéndole la moneda con esa mirada llena de orgullo y cariño, sintió un pellizco de ternura.

—Gracias, mami —dijo, sonriendo de verdad por primera vez en la mañana.

—Suerte en tu primer día, cariño.

Salió a la calle y el viento frío le golpeó el rostro. Corrió, pero esta vez se permitió sentir el momento. Sus zapatos golpeaban el mismo camino que había recorrido desde que era un niño pequeño, cuando su madre lo llevaba de la mano y su mochila era más grande que él. Ahora, las calles parecían más pequeñas, o quizás él había crecido demasiado rápido.

Al llegar al colegio, el escenario era el temido: la reja principal estaba cerrada.

Una pequeña multitud de estudiantes se agolpaba afuera. Noah se abrió paso entre ellos con el corazón latiéndole fuerte, no solo por la carrera, sino por la frustración de haber fallado en su primer objetivo del año.

Frente a la puerta estaba Don Sergio, el portero de siempre. Un hombre mayor, impecable y de gafas, que había visto crecer a generaciones enteras. Su presencia imponía un respeto tranquilo.

—Disculpe... quisiera entrar —dijo Noah, acercándose a los barrotes, intentando no sonar desesperado.

El hombre lo miró con calma, reconociéndolo, y negó suavemente con la cabeza.

—La entrada es hasta las ocho. Si llegas tarde, tendrás que esperar a que termine la formación.

—¿En serio? —Noah soltó un suspiro, sintiendo el peso de la derrota—. Solo fueron unos minutos...

—Reglas del colegio, hijo —respondió el hombre con una sonrisa apacible, sin malicia.

Noah asintió, resignado. Se apoyó contra las rejas frías y miró hacia el patio interior.

Allí estaban todos, formados en filas perfectas. El director hablaba por el micrófono sobre el futuro, las metas y el esfuerzo. Noah observó la escena con una extraña mezcla de nostalgia anticipada. Ese patio, esas paredes, ese uniforme... todo eso dejaría de ser suyo en unos meses.

Quería estar ahí dentro. Quería ser parte de todo eso, no un espectador desde afuera.

—Bueno —pensó, tratando de animarse mientras veía el cielo azul sobre el colegio—, al menos ya estoy aquí. Y este año, tarde o temprano, voy a hacer que cuente.

El discurso terminó y la reja se abrió con un chirrido familiar. Noah se ajustó la mochila, respiró hondo y dio el primer paso hacia el interior, listo para vivir lo que el destino, o su propia torpeza, le tuviera preparado.

Cuando la pequeña formación de los rezagados terminó, Noah se ajustó la mochila, sintiendo cómo el peso de los libros se le clavaba en los hombros. El patio se vaciaba rápido, y esa vieja incomodidad volvió a picarle en el pecho: la sensación de ser un extra en una película donde todos los demás tenían el guion . Odiaba llamar la atención, y llegar tarde el primer día era, básicamente, ponerse un cartel de neón en la frente que gritaba: “Mírenme, soy un desastre”.

Estaba tratando de recordar dónde quedaba el pasillo de quinto año, debatiéndose entre preguntar o vagar sin rumbo, cuando una chica se le plantó enfrente. No apareció, irrumpió. Tenía una energía que ocupaba espacio físico, una sonrisa que parecía decir “aquí mando yo” y el uniforme tan impecable que hacía sentir a Noah mal vestido.

—¿Eres de quinto, cierto? —preguntó ella sin rodeos, inclinando la cabeza como si lo estuviera escaneando.

Noah parpadeó, sorprendido por la velocidad del abordaje.

—Hola... em... sí. Creo que sí.

—Genial. Él también. —Señaló con la cabeza hacia atrás, donde un chico alto de cabello desordenado esperaba con las manos en los bolsillos, mirando las nubes como si fueran lo más interesante del mundo—. Se llama Kael.

Kael se acercó despacio, con esa calma irritante de quien no tiene prisa por nada en la vida. Le extendió la mano con una sonrisa perezosa.

—Un gusto. ¿Cuál es tu nombre? .

—Noah —respondió él, estrechando su mano. Sintió un alivio inmediato al darse cuenta de que no tendría que entrar solo al salón y enfrentar las miradas de treinta personas—. Aunque creo que ya empezamos mal. El profe de la primera hora no perdona una. Dicen que cierra la puerta y no la abre ni con orden judicial .

La chica soltó una risa breve, casi una carcajada, y se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Tranquilo. Yo me encargo. —Le guiñó un ojo con una confianza que a Noah le pareció un superpoder—. Soy Luz, por cierto. Y créeme, con Luz siempre hay camino .

Caminaron hacia el aula por los pasillos que ya olían a cera y encierro. Kael iba silbando bajito, mientras Luz caminaba con paso firme, como si fuera dueña del colegio. Al llegar a la puerta del 5to “B”, Noah sintió un nudo en el estómago. Luz no dudó. Tocó la puerta con tres golpes secos y, cuando el profesor asomó con cara de pocos amigos y el ceño fruncido, ella desplegó una sonrisa de comercial de televisión.

—Profe, ¡buenos días! No nos cierre, por favor. Hubo un lío administrativo terrible en la entrada y ellos son nuevos, se perdieron un poco buscando el edificio. No queremos interrumpir su clase magistral .

El hombre la miró unos segundos, intentando mantener la postura severa, pero terminó desarmado por la diplomacia arrolladora de Luz. Suspiró, haciéndose a un lado.

—Pasen rápido. Y en silencio. Busquen asiento .

Noah soltó el aire que tenía contenido. Esa chica era peligrosa. Definitivamente alguien a quien convenía tener de amiga.

El salón estaba lleno. Ese olor inconfundible a útiles nuevos, desodorante adolescente y encierro lo golpeó de entrada. Veinte pares de ojos se levantaron para escanear a los recién llegados. Noah caminó pegado a la pared, intentando volverse invisible, aplicando su técnica ninja de “si no los miro, no me miran”.

Luz y Kael encontraron sitio juntos en la tercera fila, saludando a un par de conocidos. Pero para Noah, la suerte no estaba de su lado. Solo quedaba una única opción posible: la esquina del fondo, junto a la ventana trasera. El búnker de los que prefieren observar, el hábitat natural del chico del montón .

Se dejó caer en la silla justo cuando el profesor retomaba el control, golpeando la pizarra con un plumón.

—Seguimos con las presentaciones —dijo el profesor con voz monótona, revisando su lista—. Ya perdimos mucho tiempo. A ver... tú.

Señaló a una chica delgada un par de filas adelante. Llevaba una coleta alta atada con una cinta negra perfecta y miraba al frente con un aburrimiento casi profesional.

—Soy Rocío —dijo sin levantarse del todo, con un tono de voz que bajó la temperatura del salón —. Escribo. Me gusta el negro y el morado. Solo eso.

Se sentó y abrió un cuaderno de tapas oscuras, levantando un muro invisible entre ella y el resto del mundo. Noah arqueó una ceja.Interesante, pensó.

—Ahora tú, el que llegó tarde.

El dedo del profesor apuntó directo al fondo.

Varias cabezas giraron hacia él como si estuvieran sincronizadas. El pánico le subió por la garganta. Noah sintió que las orejas le ardían. Se levantó rápido, tropezando un poco con la pata de la silla, lo que provocó un par de risitas.

—Soy Noah —dijo, hablando un poco más rápido de lo normal—. Tengo 16 años. Me gusta la música... eh, romántica. Baladas, Reik, Sin Bandera... esas cosas. —Escuchó un murmullo burlón al fondo, pero siguió, intentando salvar el momento—. Y los videojuegos. Soy bueno en Mario Bros. Y en ajedrez.

En ese instante, captó un movimiento dos filas más adelante. Una chica que estaba escondida detrás de su cabello levantó la vista por un segundo. Sus ojos se encontraron con los de él y le regaló una sonrisa minúscula, casi invisible, como si ella también entendiera el secreto de refugiarse en un videojuego.

Kael le levantó el pulgar desde su asiento. Noah forzó una sonrisa incómoda y se sentó de golpe, sintiendo el calor en la cara.Misión cumplida, pensó, agarrando su cabeza y dejándola descansar en la carpeta

—Bien. Siéntate. Ahora tú, señorita.

El profesor señaló el asiento cerca de la ventana, justamente donde estaba la chica de la sonrisa discreta.

Y entonces, ella se levantó.

El ruido ambiente del salón —el rasgar de hojas, los susurros, el golpeteo de pies— pareció bajar de volumen. Noah, levantó la vista y se quedó quieto.

—Hola... —Su voz era bajita, casi un susurro, pero tenía una dulzura que se coló por debajo del ruido—. Soy Emy. Me gusta escuchar música... mi color favorito es el celeste... y juego vóley.

Se sentó tan rápido como se había levantado, escondiendo la cara entre los brazos cruzados sobre la mesa, encogiéndose de hombros como si quisiera que la tierra se la tragara ahí mismo.

Pero Noah ya la había visto.

No era como las chicas populares que entraban pisando fuerte, exigiendo atención. Ella era... distinta. Tenía el cabello largo y lacio cayendo sobre los hombros como una cortina de seda oscura, y una piel pálida que contrastaba con el azul del uniforme.

Noah se quedó mirándola un segundo más de la cuenta.

Su pecho hizo un clic. Uno suave, casi imperceptible, pero imposible de ignorar.

Sintió un calorcito tonto subirle a las mejillas, algo que no tenía nada que ver con la vergüenza de haber llegado tarde. Era curiosidad. Era... magnetismo.

—Lindísima —pensó, recargándose en el respaldo de la silla y ladeando la cabeza—. Intocable. De esas chicas que brillan sin darse cuenta, sin necesidad de reflectores.

Y él... bueno, él no era el tipo de chico que brillaba. Siempre había sido bueno para esconderse en los rincones del mundo, para ser el amigo simpático del fondo. Pero al verla ahí, tan frágil y tan real, sintió por primera vez que tal vez no quería esconderse más. Tal vez tenía ganas de que ese año, por fin, pasara algo que valiera la pena recordar.

El profesor llamó a Luz para presentarse, y el aula estalló en risas con sus ocurrencias sobre la comida y el café. Noah intentó prestar atención, reírse con los demás, integrarse en la dinámica del grupo.

Pero, casi sin querer, como si sus ojos tuvieran voluntad propia, su mirada volvió a desviarse hacia el asiento de la ventana, donde Emy seguía dibujando garabatos invisibles sobre su mesa.

Noah apartó la vista por pura supervivencia, intentando centrarse en la pizarra... pero en ese momento, sin saberlo, había dejado de ser un espectador.