Odio de ti

Summary

Que tan cliché es que alguien sea todo lo contrario a lo que esperas en una persona que se relacione contigo, sin embargo, justamente todos esos defectos son los que terminan por derribar las paredes de acceso a tu corazón y son lo que más ames... Logrará Bill Trümper hacer realidad éste cliché con Tom Kaulitz.

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Capítulo Único

El campus de artes de la Universidad Central siempre olía a pintura fresca, café quemado y rebeldía. Y entre pasillos atestados de gente deseando ser original, Tom Kaulitz caminaba como si nada lo tocara. Sus trenzas caían hasta sus hombros, entrelazadas con tiras de cuero deshilachado. Llevaba una camiseta de Dylan desgastada, jeans anchos y botas de combate. La gente lo miraba; él no miraba a nadie.

Era imposible no notarlo, aunque él prefería que lo ignoraran.

—¿Ya te enteraste? —susurró Gustav a Andreas mientras salían del aula de Historia del Cine.—El decano aprobó que todos los estudiantes de primer año puedan asistir al festival de otoño… Excepto uno.

Andreas parpadeó, ajustando su mochila mientras intentaba mantener el ritmo de Gustav.

—¿Y quién sería ese ‘uno’?

—El hermanito de Tom. O sea, Nicholas Kaulitz. Gordon, el papá, puso una regla ridícula: “No puede salir con nadie hasta que su hermano también lo haga”. Lo juró en voz alta durante la reunión de orientación.

Andreas se detuvo en seco. Nick era exactamente el tipo de chico que te hacía escribir poesía en servilletas. Dulce, educado, sonrisa radiante y una voz suave como el final de una canción. Andreas estaba, sin duda, perdido por él desde el primer día.

—¿Y ahora qué? —preguntó Andreas, frustrado.

—Ahora si realmente quieres tener alguna oportunidad con ese chico, hay que conseguir que Tom Kaulitz salga con alguien. —Gustav lo miró con una sonrisa torcida—. ¿Y tú sabes quién podría tener el valor de intentarlo?...

Dentro de un bar subterráneo de música alternativa, en un rincón oscuro, Bill Trümper afinaba su guitarra. Vestido con pantalones ajustados, delineador negro marcado, y una chaqueta con tachuelas, parecía esculpido entre las luces púrpura del escenario. Su fama en la universidad no se limitaba a su voz: había rumores de peleas, escapadas, de una historia con un profesor que nadie confirmaba y, sin embargo, había algo en su manera de mirar el vacío que decía más que todo eso.

—Dicen que por dinero haces cualquier cosa —le dijo Gustav al acercarse, sin rodeos.

Bill lo miró por encima del hombro. —Depende de cuánto y de qué tan aburrido esté.

—¿Y salir con alguien como Tom Kaulitz? —preguntó Andreas

Bill soltó una carcajada seca. —¿El hippie antisocial de las clases de escultura? ¿Ese que parece haber salido de una comuna del ’72?

—Exacto —dijo Gustav

—No les alcanza con eso —respondió el pelinegro…

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Los pasillos del ala norte de la universidad estaban repletos de volantes, risas, y anuncios de eventos estudiantiles, pero Andreas caminaba con la cabeza gacha. Desde que supo que no podía invitar a Nicholas a salir, su mundo se había reducido a una obsesión: encontrar la manera de “liberarlo”.

—¿Estás seguro de que esto es buena idea? —preguntó Gustav mientras doblaban hacia el estacionamiento trasero.

—¿Y tú tienes una mejor? —respondió Andreas, abriendo su mochila—. Aquí está todo lo que tenemos ahorrado para el viaje a Ámsterdam.

Gustav silbó.

—Te vas a quedar sin vacaciones por un tipo que ni siquiera sabe que existes —recriminó Gustav.

—Lo vale —soltó Andreas con determinación.

A lo lejos, Georg Listing apoyaba su espalda contra su auto, chaqueta de cuero, gafas oscuras, actitud de estrella de rock sin banda. Tenía esa sonrisa de quien sabía que todo el mundo lo deseaba, y que podía jugar con eso.

—¿Me van a ofrecer drogas o quieren algo más interesante? —inquirió Georg, sin levantar la vista de su teléfono.

—Queremos proponerte algo a lo que sabemos que no podrás resistirte —ofreció Gustav.

—Queremos que Bill Trümper salga con Tom Kaulitz —dijo Andreas directamente.

Georg levantó una ceja. —¿Y por qué demonios haría eso?

—Porque tú le vas a pagar para que lo haga —intervino Gustav.

Silencio.

Georg los miró, entre confundido y divertido. —¿Salir con Tom? Ese chico parece una escultura egipcia, inmóvil, impenetrable... Y probablemente armado con varitas de incienso.

—Sólo necesitas pagarle a Bill para que lo intente —Andreas insistió—. Si lo logra, Nicholas podrá salir conmigo.

—Ah, ahora entiendo —dijo Georg—. El lindo Nicholas Kaulitz. ¿Te gusta el estilo ángel caído, eh?

Gustav empujó el sobre con los billetes hacia él. —¿Qué dices?

Georg sonrió de medio lado. —Siempre me gustó ver cómo se desmoronan las cosas bonitas y no me perderé por nada ver todo el teatro que se arma con Tom Kaulitz, siempre se ha creído como “el precioso”, que todos desean poseerlo y te destruye con sólo tocarlo.

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Dentro del mismo bar anterior; Bill Trümper observaba su bebida sin tocarla. Le molestaba la idea de que lo buscaran sólo cuando se trataba de arreglar el caos de otros. Sin embargo, cuando Georg se sentó frente a él y dejó caer el sobre en la mesa, sus ojos se afilaron.

—Necesito que hagas algo —dijo Georg—. Algo que requiera tu encanto y tu falta total de escrúpulos.

—¿Qué te hace pensar que me interesa? —cuestionó Bill.

—¿Te interesa el dinero? —respondió el castaño.

Bill tomó el sobre y lo abrió con parsimonia. —¿Tom Kaulitz, dijiste?

—Él mismo, pelo de hippie, ojos de tipo que ha vivido muchas vidas, y cero interés en los humanos.

Bill se rió por primera vez en semanas. —Eso suena... Divertido.

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Bill Trümper no solía insistir ya que si algo no funcionaba en el primer intento, lo ignoraba, lo pateaba, lo superaba, pero había algo en Tom Kaulitz que le pinchaba el orgullo. Tal vez era esa indiferencia tan pulida, esa manera en que ni siquiera lo miraba cuando le habló por primera vez junto a los talleres de escultura.

—¿Tú eres Tom? —le preguntó, fingiendo desinterés mientras se apoyaba contra una mesa llena de arcilla y restos de madera.

Tom, cubierto de polvo de mármol, ni se giró. —Depende. ¿Me traes una multa o un poema?

—Ni una ni otra —sonrió Bill—. Te vi en la galería el otro día, me gustó lo que hiciste con las sombras.

Tom frunció el ceño. —¿Y?

—Y pensé que podríamos salir, hablar o no hablar. Lo que quieras.

Ahora sí, Tom lo miró. Fue una mirada lenta, de arriba abajo, con una ceja arqueada que era más letal que cualquier respuesta verbal. —No me interesan los que se maquillan para llamar la atención.

Bill se rió, sin ofenderse. —Y yo no salgo con tipos que se esconden detrás de esculturas.

Más tarde, en la cafetería, Tom se sentó junto a Bernadette, quien escribía con frenesí en su laptop, él dejó su bandeja y soltó un suspiro.

—¿Sabes quién me habló hoy? —preguntó Tom.

—¿Bill Trümper, el ángel de la decadencia? ¡Lo sabía! —respondió sin apartar la vista de la pantalla.—¡Lo predije en el capítulo 17 de mi UA universitario!

—¿Qué? —interrogó Tom confundido.

—Nada, nada. ¿Qué te dijo? ¿Te pidió tu alma? —cuestionó Bernadette.

—Me pidió salir.

Bernadette dejó de teclear y lo miró como si acabara de confesar un crimen.

—¿Y dijiste que sí?

—Le dije que no. Obviamente —respondió Tom.

—Tom, cariño, ¿puedo ser brutalmente honesta? —inquirió su amiga.

—¿Alguna vez no lo has sido? —preguntó Tom con ironía, ya que nada la había detenido a su amiga antes.

—Eres más difícil de conquistar que un dragón dormido en terapia. Dale una oportunidad, no te resistas, tal vez está escrito —respondió Bernadette ignorando el tono de su amigo.

Tom negó con la cabeza y volvió a su comida, pero en algún rincón de su mente, la sonrisa de Bill no dejaba de aparecer.

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Mientras tanto, Bill se desahogaba con Georg en el bar: —Tu hippie es más resistente de lo que pensaba —dijo, bebiendo de su vaso—. No cede ni con halagos ni con sarcasmo. Y ya intenté ambos.

—¿Vas a rendirte? —Georg preguntó con sorna.

Bill lo miró, pensativo. —No. Sólo voy a cambiar de táctica.

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La universidad, en un intento por fomentar la “colaboración interdisciplinaria”, organizaba cada semestre un taller obligatorio entre carreras artísticas y este año sería: Música y Escultura: traduciendo emociones a forma.

A Tom no le interesaba traducir emociones, a él solo le bastaba con esculpirlas en silencio pero esa mañana, cuando vio la lista de equipos pegada en la puerta del aula, su ceño fruncido se profundizó.

Grupo 7: Tom Kaulitz – Escultura Bill Trümper – Música

—¿En serio? —murmuró. A su lado, Bernadette soltó una risa que no disimuló nada.

—El universo navega con mi pluma —dijo, agitando su libreta llena de anotaciones románticas—. Este es el destino. Fanfic nivel Dios, Canon…

Tom no respondió sólo se quedó ahí, mirando el papel como si pudiera desintegrarlo con la mente.

Más tarde, en el taller...

—Escucha —dijo Bill mientras examinaba los bloques de arcilla sobre la mesa compartida—, no tienes que hablarme si no quieres pero si vamos a hacer esto juntos, por lo menos dime qué quieres que represente.

—No quiero representar nada —respondió Tom, sin mirarlo.

—Perfecto, hacemos silencio y dejamos que el arte nos hable —ironizó Bill, tomando una guitarra y sentándose en el suelo con las piernas cruzadas. Tocó unos acordes suaves, casi melancólicos.

Tom intentó ignorarlo, pero la melodía era jodidamente envolvente y sin querer, sus dedos comenzaron a moldear la arcilla con más intención, más ritmo y de alguna manera extraña, sus creaciones comenzaron a respirar al mismo compás que las notas que Bill tocaba. Horas después, cuando el profesor pasó a revisar, se quedó en silencio frente a su proyecto. Era una figura abstracta que emergía como si estuviera cantando desde la tierra misma. —¿Qué representa? —preguntó.

Tom abrió la boca para responder, pero fue Bill quien lo hizo: —Soledad que se transforma en eco.

El profesor asintió, visiblemente impactado.

Tom sólo bajó la mirada, no sabía si lo que sentía era rabia, incomodidad… O una extraña necesidad de agradecerle a Bill.

Esa noche, Bernadette leía fanfics mientras Tom pintaba en silencio en su cuarto.

—¿Quieres saber qué pasa cuando dos personajes se odian al principio, pero son obligados a trabajar juntos?

Tom gruñó. —No.

—Se enamoran, tonto —dijo con una sonrisa—. Se enamoran profundamente.

Tom sólo puso una mirada perspicaz y terminó por voltear los ojos, concentrándose nuevamente en su pintura.

Al siguiente día, Tom entró a su habitación cerrando la puerta con un golpe sordo, tiró la mochila al suelo, se deshizo de sus botas y se dejó caer sobre el colchón sin siquiera encender la luz. Afuera, llovía. Bernadette siguiendo sus pasos, optó por sentarse en el suelo, sacar un libro y leer la novela que había comenzado ayer por la noche. Alzó la vista y observó a Tom en silencio. Llevaban años siendo amigos y había aprendido a no invadirlo cuando estaba así.

Pero él habló primero. —No entiendo nada.

—¿Nada de qué?

—De él, de mí, de lo que pasa cuando estamos cerca —expresó Tom, haciendo ademanes con sus manos.

Bernadette cerró el libro y se incorporó despacio, como si una mala palabra pudiera romper algo frágil. —¿Te está haciendo sentir cosas que no habías sentido antes?

Tom se tapó los ojos con el brazo. —No quiero sentir nada y menos con él. No así.

—¿Así cómo?

—Así de… Jodidamente real, como si todo lo que me esfuerzo en ocultar, él pudiera verlo en dos segundos y como si no le asustara. Es como si… Como si supiera que está ahí y aun así decidiera quedarse.

Bernadette sonrió con ternura y se acercó a la cama. —Tom, tú llevas tanto tiempo protegiéndote que olvidaste cómo se siente que alguien te mire sin juzgar y bueno no es malo tener miedo, lo malo es no darte la oportunidad de ver qué hay después.

Él no respondió, sólo la miró con esa mezcla de vulnerabilidad y resistencia que solo mostraba con ella. —¿Y si me está usando? —murmuró al final.

—Entonces yo misma escribiré un fanfic donde le cae un piano encima —respondió Bernadette—. Pero si no… Si es real… Podrías estarte negando a algo diferente y que podría ser hermoso.

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En algún otro lugar no muy lejos:

La lluvia repicaba en los cristales del café universitario, Bill se removía incómodo en su silla, con el delineador corrido y los dedos tamborileando contra su vaso de cartón medio vacío.

—¿Y? ¿Cómo te fue con el hippie? —preguntó Gustav, mordiéndose una galleta.

Bill soltó una risa amarga. —Fue como tratar de besar a una pared de concreto emocional.

—¿Te rechazó?

—No. Lo peor es que no —respondió Bill.

Lo miraron, confundidos

—Se quedó ya que compartimos clase, nos tocó trabajar juntos y por un momento… Todo fluyó, como si de verdad estuviéramos sincronizados justo como si la canción y su escultura fueran una sola cosa —explicó Bill.

Andreas sonrió con ilusión. —¡Eso es bueno!

—No —cortó Bill—. Porque por primera vez no sentí que estaba actuando, no era el tipo malo, ni el cantante underground, ni el imbécil que acepta dinero por coquetear. Era yo y él lo vio.

Gustav dejó la galleta. —¿Te dio miedo?

—Me dio miedo querer quedarme ahí, sentado, tocando para él.

Andreas lo observó en silencio y luego dijo con voz baja: —Tal vez… Deberías dejar de pensar en la apuesta.

Bill apretó los labios. —Tal vez es demasiado tarde para eso.

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Esa noche, cada uno dormía en su respectiva cama, separados por barrios, pasados y prejuicios, sin embargo, algo los unía en un mismo insomnio.

Tom yacía boca arriba, con la mirada clavada en el techo. Bernadette dormía hecha ovillo en su colchón improvisado, ajena a los nudos que él tenía en el pecho. Entre sus dedos, Tom sostenía una tira de cuero que se había soltado de su trenza, la apretaba como si pudiera aferrarse a algo en medio del vértigo. Se había prometido no volver a sentirse así, no otra vez.

En algún otro punto de la ciudad, Bill estaba en la azotea del edificio donde vivía, con la guitarra apoyada en sus piernas y los dedos entumidos por el frío. Tocaba sin intención de que nadie lo oyera, tocaba para sí mismo para que de esa forma poder calmar el temblor que no era físico.

No era solo que Tom fuera diferente, era que por primera vez, Bill no sabía cómo jugar, después de varios intentos y acercamientos no supo porque esto ya no se sentía como un juego.

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Nicholas estaba sentado en el sillón con un libro de poesía francesa en el regazo, aunque llevaba minutos sin pasar la página. Andreas estaba en la alfombra, con las piernas cruzadas, mirando la pecera como si fuera un oráculo.

—¿Tienes alguna duda de lo que hemos visto hoy en la lección? —susurró Andreas.

—¿Podemos iniciar desde cero? —respondió Nicholas sin levantar la vista.

—¿Qué?

Nicholas cerró el libro con un suspiro dramático. Tenía que sacar su frustración y aprovechó que ese pobre ingenuo que su padre permitió que fuera su tutor, siempre y cuando estudiaran en casa y él estando presente, se permitió hablar.

—Papá me enfada, es que no se que es peor, me siento en una cárcel —se desahogó Nicholas.

—¿Qué significa eso? —inquirió Andreas.

—Eso significa que no confía ni en ti, ni en mí, ni en nadie. Por lo que no dudes que ahora mismo esté pidiendo tus antecedentes penales —aclaró Nicholas.

Andreas tragó saliva justo cuando la puerta se abrió con fuerza.

Gordon Kaulitz, impecablemente vestido, con un impermeable militar y expresión severa, entró cargando una bolsa de supermercado y un montón de folletos sobre “abstinencia universitaria” que dejó sobre la mesa.

—Quiero que todos los hombres que entren a esta casa firmen esto —dijo, señalando un formulario ridículo con título: Compromiso de Honor: No Tocar a Nicholas.

—Papá, por favor —suspiró Nicholas, ocultando la cara entre las manos.

Gordon lo ignoró y se giró hacia Andreas, que intentaba disimular el terror.

—¿Tú te llamas Andreas, cierto?

—Sí, señor —respondió con voz temblorosa.

—Perfecto. ¿Te interesan las armas? Porque tengo una colección entera en el sótano.

—...Sólo en videojuegos.

Gordon lo miró en silencio durante un largo segundo.

—Bien, mantén ese gusto virtual.

En ese momento, Tom bajó de su cuarto por una fruta para el antojo, frunció el ceño viendo el papel sobre la mesa. —¿Por qué no me sorprende que haya un formulario para besar a Nicholas? —se burló, tomando uno de los papeles.

—Porque sabes que vale la pena protegerme —respondió Nicholas con una sonrisa encantadora.

Tom lo miró de reojo y luego a Andreas. —¿Así que tú eres el caballero de brillante armadura?

—Él es más bien de cartulina —murmuró Nicholas divertido.

Gordon resopló. —No me importa cómo se llamen, mientras tú —señalando a Tom—, no tengas pareja, Nicholas sigue en casa a las ocho. Y tú —dijo señalando a Andreas—, no eres una opción.

Andreas se levantó dudoso. —Tranquilo, general, yo estoy dispuesto a firmar cualquier documento.

Y después se sentó junto a Nicholas, tomando distancia de casi un metro.

Gordon se retiró murmurando alguna maldición no sabiendo si era para Andreas, sus hijos o a la vida misma, dejando en la sala a los tres jóvenes.

—Tom, por ahí dicen que estás cayendo en las redes del chico gótico de las canciones tristes —acotó Nicholas.

Tom hizo un chasquido con la lengua, lo miró indignado y corrió de vuelta a su cuarto, dejando a los adolescentes en la sala.

Nicholas sonrió, satisfecho.

—Creo que a tu hermano le molesta la simple mención de Bill —mencionó el rubio.

—No me sorprendería. Tom sólo finge que no quiere amar, sólo creo que hay que recordárselo.

El clima cambió al día siguiente, Berlín amaneció envuelta en una neblina que parecía tragarse los edificios, era como si la ciudad misma respirara en pausa.

Tom llegó al taller de escultura más temprano de lo habitual, no es porque quisiera ver a Bill, sino porque no había podido dormir y se sentía inquieto, con los nervios cosquilleando bajo la piel como si algo estuviera por romperse o por empezar.

Cuando Bill entró con su abrigo largo, el delineador más discreto que de costumbre y el cabello mojado por la llovizna, no dijo nada sólo se sentó junto a él y colocó su cuaderno de letras sobre la mesa. —¿Tienes idea de cuántas canciones se pueden escribir sobre alguien que te ignora? —preguntó, sin mirarlo.

—¿Cuarenta? —respondió Tom, sorprendiéndose al seguirle el juego.

—Más. Pero a la número cuarenta y uno, te das cuenta de que el problema no es él, sino tú —respondió Bill.

Tom dejó de modelar y por un instante, hubo silencio. —¿Siempre hablas así? —cuestionó.

—Sólo cuando sé que nadie va a escucharme —respondió Bill, y por primera vez su voz sonó honesta, sin trampa.

Más tarde, caminaron juntos por el pasillo, no era una cita, en realidad no era nada pero no querían volver a sus respectivas vidas aún.

—¿Por qué aceptaste la colaboración? —preguntó Tom de pronto.

Bill se detuvo. —¿Quieres la verdad o la versión bonita?

Tom lo miró directo a los ojos. —Ambas.

Bill inspiró hondo. —Al principio, lo hice porque no tenía opción, no puedo darme el lujo de reprobar en el último año, además creo que hacemos buen equipo y honestamente no es que haya muchos candidatos que quieran trabajar contigo o conmigo.

Tom sólo lo miraba con sospecha.

—Pero...—agregó Bill.

—¿Pero..? —preguntó Tom, con voz más baja.

—Ahora… —Bill dudó, lo que era nuevo en él—. Ahora lo hago sólo por verte esculpir mientras escuchas mi música, lo hago porque hay algo en ti que me obliga a quedarme.

Tom dejó de mirarlo y trato de esconder una muy leve sonrisa y toda la revolución que esa confesión ocasionó en su estómago.

Esa noche, Bernadette fue a visitar a su mejor amigo, encontró a Tom sentado en la sala, con un cuaderno entre las manos. Dibujo tras dibujo: el perfil de Bill, sus manos, sus ojos y palabras que no alcanzó a leer pero asumió eran sus silencios.

—¿Qué estás haciendo? —cuestionó la muchacha.

—Tratando de entender qué parte de mí quiere volver a verlo mañana.

Bernadette se sentó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro. —La parte que hace que estés como un obseso dibujando cada parte que te hace temblar cada que lo miras.

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El taller estaba cerrado por mantenimiento, así que la clase fue suspendida, Tom tenía la tarde libre, pero no volvió a casa. Caminó por la ciudad sin rumbo fijo, con los audífonos puestos, hasta que sus pies lo llevaron a uno de sus lugares secretos: un parque viejo con esculturas abandonadas, cubiertas de musgo y grafitis. Lo llamaba su “cementerio de ideas”.

Estaba por subir a su pedestal favorito cuando escuchó una voz:

—¿También vienes aquí a hablar con estatuas?

Bill estaba recostado sobre el busto de un filósofo griego, cigarro en mano, chaqueta abierta, y sonrisa tranquila.

—¿Me estás siguiendo? —preguntó Tom, sin molestia real.

—No. Simplemente tengo buen gusto en ruinas.

Tom se sentó junto a él sin invitarlo y sin alejarse. El silencio entre ambos ya no era incómodo, al contrario, era cómodo y casi íntimo.

—¿Por qué siempre pareces estar actuando? —interrogó Tom de pronto.

Bill exhaló humo con lentitud. —Porque cuando no lo hago… Siento demasiado. Y sentir no siempre me ha ido bien.

Tom lo observó y se dio cuenta que sus ojos no tenían máscara en ese momento.

—¿Quieres dejar de actuar un rato?

Bill alzó una ceja. —¿Aquí? ¿En un parque?

Tom se quitó la sudadera, la puso sobre el pedestal cubierto de hojas y se dejó caer de espaldas. —Es como un sofá con historia —bromeó.

Bill lo siguió, recostándose a su lado, con la cabeza tan cerca que sus cabellos casi se enredaban, estaban rodeados de árboles viejos, sombras suaves y una luz de atardecer que parecía escrita por Bernadette.

—¿Alguna vez te has enamorado, Tom? —susurró Bill, como si le hablara a la piedra.

Tom tragó saliva. —Una vez pero no sabía que lo era hasta que todo se fue a la mierda

—Yo nunca he amado sin destruir algo en el proceso —dijo Bill.

—Entonces, te invito a quedarte aquí, sólo por hoy, así no vas a destruir nada, no finjas y sólo… Quédate.

Bill cerró los ojos. —Sólo hoy.

Y ninguno de los dos se movió y aunque no se tocaron intencionalmente, el roce de sus brazos fue suficiente para entender que por primera vez Bill sintió que el juego estaba dejando de ser un juego.

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Tom Kaulitz aprendió pronto que las personas se iban.

Su madre se marchó cuando él y Nicholas eran pequeños, con una maleta, una carta y la promesa de que “volvería cuando se entendiera a sí misma”. Nunca lo hizo.

Desde entonces, Tom se convirtió en el protector de su hermano, en el hijo mayor que debía entender sin preguntar, contener sin hablar. Gordon, su padre, endureció el mundo con reglas, horarios, disciplina. Pero Tom encontró respiro en el arte en la arcilla entre sus dedos, en la textura de lo que aún no existía.

A los quince años, se enamoró por primera vez, fue un chico mayor de otro taller que lo hacía reír cuando todos los demás lo veían raro. Salieron en secreto durante tres meses. Y se dio cuenta que mostrarse vulnerable no era opción, el tipo fue un cretino que se dedicaba a enamorar a los más jóvenes, con la finalidad de coleccionar vírgenes ya que al final, cuando se decidió en darle la prueba de amor, lo dejó de ver, y a la semana siguiente, el rumor de que había sido parte del montón ya se había esparcido. Fue ahí cuando Tom decidió que no mostraría más, ni sus ilusiones, ni su tristezas, ni sus sueños.

Con Nicholas era distinto, podía ser blando, bromista, protector. Con Bernadette, podía al menos respirar. Ellos eran las únicas personas que conocían al verdadero Tom, al que dejaba de esconderse detrás de una careta de indiferencia y egocentrismo. Pero el resto del mundo… No merecía saber.

Hasta Bill. Bill, que lo atravesaba como luz en una grieta.

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Bill Trümper fue un niño hermoso. No por su aspecto, aunque sus ojos enormes siempre destacaban, sino por la forma en que se aferraba al mundo, siempre cantaba antes de hablar, era de los que lloraba con películas y se disfrazaba con cosas locas a las que siempre les encontraba algún uso.

Su padre se fue antes de que pudiera conocerlo, y su madre era una artista que vivía en las nubes, lo crió entre bastidores, humo de cigarro y melodías francesas.

A los trece años, descubrió que su sensibilidad no era “normal”. Lo golpearon en la escuela por caminar “raro”, por pintar sus uñas, por escribir poesía a otros chicos por lo que tuvo que tuvo que aprender a defenderse, a escupir antes de ser escupido y herir antes de ser herido.

A los dieciséis, se escapó por primera vez con una banda de punk. Descubrió el escenario, la adrenalina… Y el vacío que venía después de cada ovación.

A los diecisiete, amó a alguien que lo usó. A los dieciocho, se prometió que nunca volvería a amar sin controlar la narrativa.

Bill se maquillaba como armadura, se vestía de esa manera como un acto de resistencia. Pero en lo profundo, aún quería que alguien lo viera sin luces, sin guitarra, sin capas y ahí apareció Tom. El hippie que lo miraba como si pudiera soportar el verdadero peso de su silencio.

Esa noche, en sus respectivos cuartos, ambos soñaron con el otro sin saberlo y aunque no se tocaron, algo empezó a cambiar, había confianza.

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Nicholas entró sin tocar, lo hacía desde siempre, llevaba puesta una de sus sudaderas favoritas de Tom, esa que él ya no usaba pero que Nick no dejaba de robarle.

—¿Tienes un minuto o estás meditando con incienso? —bromeó mientras cerraba la puerta.

Tom lo miró desde el escritorio, con una escultura a medio modelar entre las manos.

—Depende. ¿Vienes a preguntarme por Georg otra vez?

Nicholas rodó los ojos y se dejó caer sobre la cama.

—No. Vengo a hablar de ti y del chico con delineador que te está volviendo loco.

Tom se quedó en silencio.

Nick no lo presionó, sabía esperar, era típico de su hermano pensar antes de hablar. —¿Te asusta porque te gusta? —preguntó, al fin.

Tom asintió, casi imperceptible. —No debería… Pero sí, me gusta, mucho y siento que si doy un paso más, no voy a poder volver atrás. Que si lo dejo entrar, va a doler después.

Nick lo observó con esa ternura impaciente que sólo tienen los hermanos menores. —Tom, tú siempre has sido el fuerte, el que me cuidó cuando mamá se fue, el que incluso cuida a papá dejando su vaso de jugo en la mesa con la vitamina dentro porque se le olvida, pero yo te he visto pasar años enteros sin dejar que nadie te cuide a ti, tal vez este chico no venga a destruirte y venga a sostenerte un poco.

Tom bajó la mirada, vencido por la verdad. —¿Y si lo arruino?

—Entonces yo te ayudo a recoger los pedazos —mencionó el pequeño rubio yendo a abrazar a su hermano mayor.

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El cuarto de Andreas olía a Laysol de lavanda, cheetos y algo que no se sabía que era. Bill estaba tirado en su cama con las piernas colgando por un lado, mientras Andreas escribía algo en su diario.

—Has estado raro últimamente —dijo Andreas sin mirarlo—. Incluso para ti.

—¿Qué significa “raro para mí”? —preguntó Bill, sonriendo apenas.

—Significa que no haces chistes, que no criticas canciones pop y miras al vacío como si fueras el zorro feo del meme boomer.

Bill bufó, pero no lo negó.

—¿Es por Tom?

Silencio.

—Lo detesto —murmuró Bill al fin—. Y también quiero quedarme a dormir en su pecho. ¿Eso tiene sentido?

Andreas se giró y lo miró serio. —Claro que sí, porque no lo odias, lo que odias es no tener el control. Siempre has tenido el guión en tus manos, ahora creo que la marea te está llevando, una con cabello muy rubio y trenzas perfectas.

—Él me mira como si no necesitara que me transforme en nadie y no sé qué hacer con eso.

—Haz lo mismo —dijo Andreas—. Míralo igual y hácelo saber.

—¿Y si se va?

—Entonces rompes algo o rayas paredes y luego, lo dejas ir.

Bill tragó saliva. Andreas se acercó y le tocó el hombro con cariño. —Pero antes… Vuelve a darte permiso de sentir, aunque duela.

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Era noche de ensayo y la universidad estaba casi vacía, pero en uno de los salones de música, Bill probaba sonido con su banda. Tom no debía estar ahí, pero apareció sin avisar, apoyado en el marco de la puerta como si fuera casualidad.

—Pensé que odiabas la música fuerte —dijo Bill mientras bajaba del escenario, con los cables aún colgando.

—Pensé que tú odiabas la vida y por lo que escuche…—respondió Tom.

Ambos sonrieron, como si por fin se entendieran en un idioma nuevo.

—¿Y qué haces aquí? —preguntó Bill, acercándose.

Tom se encogió de hombros. —Pasaba por aquí, escuché sonidos horribles, me acerqué y vi que eras tú, así que… Quería escucharte antes de que lo hicieras frente a todos.

—¿Y qué esperas encontrar? —preguntó Bill.

—No sé, pero no me desagradó lo que había.

Bill lo miró fijo, casi sin pensarlo, se acercó más, hasta que sus frentes casi se rozaban.

—No sé qué es lo que estamos haciendo —susurró Bill—. Pero cada vez que estás cerca, todo lo que pensaba que era importante deja de tener sentido.

Tom no respondió con palabras, sólo levantó la mano y le acomodó un mechón detrás de la oreja, era un gesto pequeño, pero intenso e inesperadamente íntimo.

Y en ese silencio cargado, al verse a los ojos y mostrarse sin barreras, ambos comprendieron que eran reales, el momento, su presencia y lo que sentían, era real.

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Mientras tanto, en el jardín trasero de la residencia Kaulitz, Nicholas y Andreas se sentaban sobre una manta con una caja de donas y dos vasos de jugo. Nada lujoso, pero Nicholas lo había llamado “cita improvisada” y eso bastaba para hacerle temblar las manos a Andreas.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —preguntó Nicholas, con una sonrisa suave.

—¿Mi torpeza social? —respondió Andreas, nervioso.

—No. Que me hablas como si no tuviera que fingir ser encantador todo el tiempo.

Andreas bajó la mirada. —Es que no quiero conquistarte, lo que quiero es conocerte.

Nick se quedó en silencio unos segundos, luego tomó su mano, muy despacio. —Mi familia me sobreprotege, mi papá pone reglas porque tiene miedo de perder otro pedazo de este mundo y Tom… Tom lleva tanto peso que a veces siento que no tengo derecho a brillar.

—Tú sí brillas —dijo Andreas sin pensar—. Pero no necesitas permiso para hacerlo.

Nicholas lo miró con los ojos vidriosos, como si por fin alguien lo hubiera dicho en voz alta.

Entonces, por primera vez, se inclinó y lo besó, fue breve, suave, torpe y perfecto.

Y Andreas no supo si era el jugo, la adrenalina, o el amor. Pero el corazón le sonó como un tambor.

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El domingo por la mañana, la casa Kaulitz olía a café fuerte y rutina. Gordon había salido a correr temprano, como todos los domingos y Nicholas aún dormía con un antifaz de satín con ojitos de gato que era ridículamente adorable.

Tom estaba en la cocina, en camiseta, hojeando un libro de escultura cuando sonó su celular.

Bill: “¿Te gustaría pasar por nuestra presentación hoy? No prometo no cantarte algo.”

Tom sonrió. Pequeño, casi imperceptible, en ese momento, ese microsegundo de ternura visible fue en el que Gordon eligió para entrar.

—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó, desconfiado.

Tom reaccionó tarde, guardó el celular con rapidez y se encogió de hombros. —Nada —respondió señalando su taza—, café fuerte, me puso de buenas.

Gordon lo miró fijamente, demasiado fijamente. —Desde hace semanas estás raro, te veo saliendo sin decir a dónde vas pero no traes a nadie a casa, ni siquiera a Bernadette y eso que tú y ella eran como uña y mugre.

Tom tragó saliva. —Estoy concentrado en mis clases.

—Mmm, ¿o en alguien más? —Gordon cruzó los brazos.—No me digas que ese chico con delineador negro y pantalones más apretados que la moral de esta familia tiene algo que ver.

Tom levantó la mirada. —No es asunto tuyo.

—¡Claro que lo es! —exclamó Gordon.—Porque mientras vivas bajo este techo, sigues siendo mi responsabilidad. ¡Y Nicholas también! ¿Sabes lo que pasaría si se enteran de que los dos Kaulitz están enredados con… Con eso?

—¿Con qué? —espetó Tom, ahora con la voz dura.—¿Con sentimientos reales? ¿Con personas que no encajan en tu molde de padre perfecto?

Gordon se quedó sin palabras. Tom se levantó, tenía el cuerpo tenso.

—No me pidas que viva tu vida, papá, no todos son como mamá, nosotros no somos como ella —soltó Tom tajante.

La puerta se cerró con fuerza cuando Tom salió.

Nicholas, que lo había escuchado todo tras la puerta entreabierta, se sentó en la cama abrazando una almohada, su hermano mayor acababa de defenderlo sin mencionarlo.

Y en su pecho, por primera vez, sintió que no estaban solos contra el mundo.

_______________________

Tom no sabía cómo había llegado ahí, sus pies lo llevaron por inercia al departamento de Bernadette, un espacio siempre cálido, con luces suaves, olor a papel viejo, y música indie saliendo de alguna bocina olvidada.

Bernadette lo miró entrar sin preguntar nada cuando le abrió la puerta, sólo hizo espacio en su sofá y le tendió una taza caliente de manzanilla, como si lo hubiera estado esperando.

—¿Peleaste con tu papá? —preguntó después de un silencio largo.

Tom asintió, aún mirando el borde de la taza.

—¿Por Bill?

Otro asentimiento.

—¿Y por ti también?

Esta vez no hubo respuesta, solo un leve temblor en sus dedos.

Bernadette se acomodó frente a él, con las piernas cruzadas, seria pero dulce. —¿Quieres saber lo que pienso?

—¿Alguna vez has dejado de decirlo?

Ella sonrió, pero sus ojos estaban serios. —Tu papá tiene miedo, Tom. No sólo de lo que haces, tiene miedo de que te rompan, de que se rompa a sí mismo al no poder protegerte y ustedes determinen irse y dejarlo, perder a su esposa lo dejó a medias y tú y Nicholas son las mitades que trata de encajar a la fuerza. Le cuesta entender que no es ley de vida repetir su historia.

Tom la miró, tragando saliva. —¿Y si me equivoco al defenderlo? ¿Si Bill sólo está jugando?

—Entonces lloras —respondió Bernadette sin dudar—. Me llamas, vemos películas malas, escribimos fanfics vengativos y comemos helado con gomitas. Pero si no lo intentas… Ni siquiera tendrás una historia que contar.

Silencio. Y luego: —¿Te ha escrito? —pregunto la castaña.

Tom asintió, sacó el celular y leyó de nuevo el mensaje.

“¿Te gustaría pasar por nuestra presentación hoy? No prometo no cantarte algo.”

Bernadette lo observó con ternura y dijo en voz baja: —Ve. A veces lo que más duele… Es lo que más vale la pena.

Tom respiró hondo y supo que esa noche, ya no había marcha atrás, sería el comienzo de su hermosa historia o la oportunidad de que vuelvan a quebrarlo.

______________________

El escenario temblaba bajo sus botas, la batería retumbaba detrás, la luz era cálida, apenas rojiza, como el cielo antes de un incendio, la sala estaba llena, pero Bill sólo buscaba un rostro y ahí estaba.

Tom, entre la multitud, ropa oscura, los brazos cruzados, el ceño fruncido de siempre… Pero los ojos puestos sólo en él.

—Esta canción es nueva —dijo Bill al micrófono—. Nunca la he tocado en público, no tiene título aún, pero bueno sólo sé que existe porque alguien me enseñó a dejar de actuar.

Hubo un murmullo, Gustav lo miró sorprendido y Andreas, desde el lateral del escenario, levantó el pulgar.

Y entonces empezó:

It’s amazing how you can speak right to my heart

Without saying a word, you can light up the dark

Try as I may, I can never explain

What I hear when you don’t say a thing

The smile on your face lets me know that you need me

There’s a truth in your eyes saying you’ll never leave me

The touch of your hand says you’ll catch me wherever I fall

You say it best, when you say nothing at all…

Bill no lloró, pero cantó como si fuera a romperse y cuando terminó, sólo una mirada importó. Tom seguía ahí, quieto, inmóvil, respirando como si le doliera.

Mientras tanto para Tom, cada palabra fue un golpe certero, cada verso, una confesión sin nombre y aunque Bill no lo señaló directamente, todo el auditorio supo que esa canción tenía dueño.

Tom no se movió, ni siquiera cuando la gente aplaudió de pie, ni siquiera cuando Nick le tocó el brazo y le dijo, con voz entrecortada: —Te cantó a ti, Tom, lo hizo de verdad.

Pero dentro… Dentro todo temblaba, porque era la primera vez que alguien lo decía todo… Sin decir su nombre.

Bill bajó del escenario con el corazón latiendo en la garganta y Tom se abrió paso entre la multitud. No sabía si iba a besarlo, a gritarle o a pedirle que repitiera esa canción sólo para él. Pero iba a enfrentarlo, porque ya no podía seguir ocultando lo que ardía en su pecho.

Bill apenas tuvo tiempo de guardar su guitarra cuando sintió una mano tomarlo del brazo, se giró de golpe, listo para cualquier cosa… Y lo encontró a él, a Tom con su mirada fija, la mandíbula tensa y el pecho agitado.

—¿Podemos hablar? —preguntó Tom, casi en un susurro, pero sus ojos decían tenemos que hacerlo.

Bill asintió, sin decir nada. Caminaron en silencio hasta una sala de ensayo vacía, pequeña, iluminada por una sola lámpara amarilla, cuando la puerta se cerró, el aire se volvió denso.

Tom fue el primero en hablar. —¿Esa canción era para mí?

—Sí —dijo Bill sin dudar.

—¿Desde cuándo? —su voz se quebró apenas.

—Desde el primer momento en que dejaste que me acercara sin empujarme lejos —soltó Bill.

Silencio.

Tom se llevó una mano al rostro, quería creerle… —¿Esto es un juego para ti, una vacilada en tu vida?—dijo.

—No voy a cambiar lo que piensas de mí, si no quieres, pero no mentí y sólo quería que lo supieras —respondió con honestidad. Bill dio un paso atrás, iba a irse.

Pero entonces, Tom lo detuvo con un susurro:

—Cantaste algo esta noche que nadie más escuchó.

—¿Qué?

Tom se acercó despacio. —La parte en la que dijiste que me viste y yo también te veo y me has encontrado donde ni yo quería estar.

Bill tragó saliva. —¿Y qué vas a hacer ahora?

Tom lo miró con el corazón latiendo en los labios. —Quiero probar si tú también quieres.

Bill cerró el espacio entre ellos y por fin se besaron, no como en las películas, sino como dos personas que estaban hartas de esconderse, fue torpe y tierno, y, a la vez, fue real.

_________________

Georg había llegado tarde al festival. No porque le importara poco, sino porque detestaba los aplausos que no eran para él.

Había invertido dinero en esta apuesta, sí, pero sobre todo había invertido orgullo y ganas de molestar a las personas y su objetivo en esta ocasión fue el rubio hermoso, inteligente pero inalcanzable, incluso para él y lo que más le dolió ante el rechazo de Tom fue su orgullo.

Así que sin nada mejor que hacer, caminaba por el pasillo junto a la sala de ensayo, escuchaba voces entrecortadas y conocía esas voces.

—Cantaste algo esta noche que nadie más escuchó…

—¿Qué?

—La parte en la que dijiste que me viste y yo también te veo…

Georg se detuvo.

Apoyó la espalda contra la pared. Sabía que debía irse ya que era una conversación privada, pero sabía que era oportunidad, así que vio a través de la rendija de la puerta…

El beso, lento, torpe e intenso, pero había algo que no encajaba en esa escena y es que era sincero. Trató de ver más a detalle la reacción de Bill y se dio cuenta que el imbécil de toda la escuela en realidad no estaba fingiendo y tenía esa mirada que a nadie engañaba.

Georg sintió algo oscuro en el estómago, no era solo rabia, era traición. Él había financiado eso y aunque a nadie le dijo la verdadera razón, todo tenía una finalidad: Venganza, él había activado esa cadena de eventos y ahora, Bill ese cabrón ambiguo que vivía de la atención de todos, había ganado algo que a Georg nunca le habían ofrecido: una oportunidad y afecto real sin condiciones.

Se alejó sin hacer ruido. Pero dentro de su cabeza, ya empezaban a girar las piezas de algo, sonrió con los labios, pero no con los ojos. Era su momento, el cierre con Broche de Oro. Se dijo a sí mismo: —El final feliz necesita un poco de realidad. Si construyes algo sobre mentiras, tarde o temprano, todo se cae.

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Bill no solía dormir acompañado, no por reglas personales, sino por defensa emocional, pero esa noche, Tom se había quedado y no pasó nada, sólo hablaron tanto y de todo que la noche los agarró y Bill le pidió que descansara con la firme promesa de que no se aprovecharía.

Estaban en su cuarto con luces apagadas, la ventana entreabierta, sonaba una vieja lista de reproducción que parecía armada con fragmentos de canciones de cochera. Tom dormía boca arriba, una mano sobre el pecho, la otra rozando sin querer el costado de Bill, él lo miraba como si fuera un sueño al que aún no se atrevía a tocar.

Se sentía… Bien, demasiado bien y ahí estaba el problema. —¿Por qué me dejaste entrar? —susurró Bill en voz baja, sin esperar respuesta. Tom murmuró entre sueños algo que no entendió.

Y Bill sintió miedo, no de lo que sentía, sino del momento inevitable en que todo se rompería, quiso aprovechar esa oportunidad para ser sincero con el rubio, pero cada que lo miraba y encontraba ese brillo en sus ojos y la forma en que lo veía, no pudo, esperaba y rogaba a alguna deidad que se pusiera de su lado y que jamás saliera a la luz el sucio trato que había aceptado al inicio, ya que, por lo que sabía, Andreas estaba teniendo avances con Nick y él terminó enamorado de la fierecilla, así que todos salían ganando, ¿no?...

A la mañana siguiente, Tom se despertó antes que Bill, el cabello de él desordenado, el delineador casi borrado, el rostro completamente humano, sonrió para sí mismo ya que nunca lo había visto tan real. Le acarició apenas la sien, como si al hacerlo pudiera confirmar que no lo había soñado y por un instante pensó: esto podría ser todo. Esto podría ser suficiente.

Por suerte era sábado y Bill decidió preparar café y hotcakes para el desayuno, Tom le envió un mensaje a su padre y Nick en el grupo familiar diciendo que estaba bien y que llegaría a casa más tarde, la respuesta de Nick fue un Sticker de Chismecito Caliente y tres puntos suspensivos de su padre, seguido de: “No llegues tarde, tendré revista en el cuartel hasta muy tarde y no quiero que tu hermano se quede solo”. A lo que sólo respondió OK. Después tendría que arreglar las cosas con su padre.

Mientras, bebió un sorbo de su café y miró a cierto pelinegro con una coleta baja y echando jarabe de maple a los hotcakes como si no hubiera un mañana.

—Vas a terminar con hiperglucemia o las arterias tapadas —comentó Tom con algo de preocupación.

—Soy inmune, si me da diabetes es por que me dejas comerte a besos —respondió Bill de manera coqueta y cortando el postre de manera violenta.

Tom solamente rió y se acercó al pelinegro. —¿Ya estás satisfecho o puedes seguir ingiriendo miel? —movió las cejas de arriba a abajo, se dio media vuelta y emprendió camino hacia las escaleras que daban a la habitación de Bill contoneando las caderas.

Bill por poco se ahoga, se levantó de manera abrupta, chocando con la mesa y regando el contenido de las tazas y fue casi corriendo tras el rubio.

Dentro de la habitación, Tom estaba nervioso, no lo decía, pero sus movimientos lo delataban: el modo en que se frotaba las manos, el modo en que evitaba mirar a Bill a los ojos por más de tres segundos. Una cosa era el coqueteo, otra era enfrentar los resultados.

—No tienes que hacer nada que no quieras —dijo Bill, acercándose con calma, con una paciencia que no solía tener con nadie más.

—Quiero —susurró Tom, bajando la mirada—. Sólo… Guíame.

Y ahí, en ese “guíame”, Bill comprendió el tipo de confianza que se le estaba entregando.

Lo besó primero con calma, luego con hambre, sus manos recorrieron el cuerpo de Tom como si lo estuvieran leyendo y cada vez que Tom temblaba, Bill lo sostenía más fuerte.

Le quitó la camiseta con lentitud, revelando la piel dorada de Tom y los tatuajes que apenas se intuían bajo la tela, le besó los hombros y le murmuró cosas suaves al oído mientras lo desnudaba sin apurarse, cuando llegaron al colchón, Tom se dejó caer de espaldas, el pecho agitado, los ojos fijos en él.

—¿Seguro? —preguntó Bill en voz baja, no como un seductor, sino como alguien que sabe que está por cruzar una línea sin regreso.

Tom asintió, tragando saliva. —Pero no quiero... Que esto sea…No me uses…

Bill caminó hacia él sin apuro, sin sonrisa. Sus pasos eran suaves, su mirada fija.

—No podría —susurró Bill—. Déjame sentirte…

Tom cerró los ojos y dejó que el aire tibio del cuarto le acariciara la piel. Por primera vez se sentía expuesto… Pero no indefenso, sino visto.

—No digas nada —susurró Bill, rozándole la oreja antes de besarle el cuello—. Sólo siente, ¿sí? Eres hermoso.

El pelinegro percibía el temblor que se escondía bajo cada respiro de Tom, así que avanzó despacio, pidiendo permiso en voz baja:

—¿Puedo tocarte aquí?

—Sí… Puedes —contestó el rubio, apenas un murmullo.

Los gemidos que siguieron fueron quedos, casi como plegarias. Bill bajó por su pecho, venerando cada centímetro con labios y lengua. Se detuvo en un pezón y le dio un suave mordisco, mientras una mano trazaba círculos tranquilizadores sobre el brazo del trenzado. El rubio arqueó la espalda y exhaló su nombre: —Bill…

El sabor de su piel lo volvió adictivo. Bill alzó la vista y encontró aquellos ojos color miel brillando de deseo. Tom se mordía el labio inferior; sólo ese gesto le bastó para darle luz verde.

—Relájate —pidió Bill entre besos. Llevó la mano al centro de la mesita y sin apartar la mirada de Tom, tomó el lubricante y los sobres plateados. Una vez que sus dedos estuvieron fríos de gel, los deslizó con cuidado detrás de los muslos ajenos.

—Avísame si algo no te gusta, ¿vale?

—Confío en ti —jadeó Tom, separando un poco más las piernas.

El primer dedo fue una caricia curiosa; el segundo, una promesa. Cada vez que rozaba ese punto sensible, Tom respondía con un gemido más profundo.

—¿Ahí? —susurró Bill, asegurándose.

—Ahí… Justo ahí —confirmó él, estremecido.

Con tres dedos, Bill abrió el espacio con paciencia, acariciando mientras lo hacía. Tom, ya tembloroso y húmedo, presionó las caderas en una súplica muda.

Cuando Bill retiró la mano, rasgó el envoltorio del condón, lo colocó y pasó más lubricante sobre su erección, guiándola con cuidado, se acomodó entre los muslos de Tom.

—Respira conmigo —indicó, ambos exhalaron al unísono mientras Bill se hundía lentamente, hasta quedar completamente dentro. Un gemido grave escapó del pelinegro—. Puta madre… —susurró Bill, ruborizándose al soltar la frase—. Estás… increíble.

Tom gimió cuando el pelinegro se hundió por completo en él; se sentía tan lleno que podía sentir cómo se estiraba alrededor de su miembro. Sus manos descansaban sobre los brazos del pelinegro mientras mantenía las piernas lo más separadas posible. Respiró hondo varias veces mientras se adaptaba al tamaño antes de experimentar con un movimiento de caderas.

Bill dio una pequeña embestida; era increíble estar con Tom así.

—No voy a aguantar mucho —advirtió Bill entrecortado.

—Yo tampoco —confesó Tom, con la voz hecha un susurro urgente, ya tenía algún tiempo en celibato creyendo que faltaba mucho para entregarse nuevamente a alguien.

El ritmo nació tímido, pero pronto hallaron el compás. Tom se aferró a los brazos de Bill, sintiendo cómo cada embestida lo llenaba de calor. El roce era exquisito y los dejaba al borde, Bill le daba justo en el blanco con cada movimiento. Tom se movió un poco y rodeó la cintura de Bill con las piernas, arqueando un poco la espalda. Gimió cuando el pelinegro volvió a penetrarlo.

Bill inclinó el cuerpo para capturar los labios de Tom mientras una mano descendía a rodear su erección, acariciándola mientras lo penetraba con firmeza. La cabecera golpeó la pared con un ritmo constante, el cuarto era todo jadeos y el aroma dulce del sudor. Tom sintió cómo la presión subía, gotas de sudor en el cuerpo mientras Bill lo embestía, ya sentía un temblor en las piernas; definitivamente no iba a durar mucho, en verdad estaba sintiéndolo tan deliciosamente rico; antes de perderse, alcanzó la mejilla de Bill con la mano.

—Contigo… —alcanzó a decir Tom, y se deshizo en un grito entrecortado.

El estremecimiento de Tom fue suficiente para arrastrar a Bill, que embistió un par de veces más y se dejó venir, cediendo a la ola de su propio orgasmo. Un silencio espeso se instaló después, interrumpido sólo por respiraciones entrecortadas.

Se acomodaron entre sábanas revueltas, Tom, con las piernas todavía enredadas en la cintura de Bill; Bill, dejando besos suaves en la clavícula que ahora se elevaba con una respiración tranquila. Entre risas bajitas y caricias lentas.

—Nunca me había sentido así —dijo el rubio, en un hilo de voz.

—¿Así cómo? —susurró Bill, besándole el cuello.

—Seguro, deseado y visto.

Bill lo apretó más fuerte y Tom cerró los ojos, sintiéndose por primera vez amado y sin miedo.

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El lunes en la universidad olía a humedad, a hojas mojadas y la rutina seguía como siempre, a excepción de que..

Tom llegó de la mano de Bill, no era un gesto escandaloso, pero para él significaba mucho ya que nunca había caminado así con alguien, al menos no así, después de lo que pasó entre ellos, después de entregarse entero.

Bernadette los vio a lo lejos y sonrió, Andreas desvió la mirada, incómodo y Gustav se mantuvo en silencio, rezándole a los Dioses que nada saliera mal.

Georg los esperaba en el patio central, como una figura que disfruta ver caer una torre de piezas. Sonriente, elegante, con las manos en los bolsillos a su alrededor el aire estaba más frío de lo normal.

—Qué bonito verlos juntos —dijo Georg, con un tono que sabía a veneno dulce.

Tom lo miró con desconfianza. —¿Y eso?

—Sólo pensaba… Qué fuerte debe ser amar a alguien que empezó queriéndote por dinero —soltó Georg con toda la malicia del mundo.

Silencio. Bill se tensó al instante.

Tom frunció el ceño. —¿Qué dijiste?

Georg fingió sorpresa. —¿No te lo dijo?

—¿Decirme qué? —Tom casi gruñó la pregunta.

Georg se giró hacia el grupo que empezaba a formar un círculo a su alrededor. Gustav, Andreas, incluso Nicholas que acababa de llegar.

—Fue una simple apuesta, Tom. Andreas y Gustav querían que Nicholas pudiera salir con alguien, pero tú eras el obstáculo. Yo puse el dinero, Y Bill… Aceptó conquistarte.

La palabra “conquistarte” cayó como un disparo.

Tom sintió cómo el calor se le iba del cuerpo. Miró a Gustav. Este bajó la cabeza, miró a Andreas que estaba pálido, miró a Nicholas… Quien se tapó la boca con la mano, como si acabara de recibir una puñalada.

Y por último, miró a Bill. Que no negó, que no dijo nada.

—Tom… —empezó Bill, acercándose.

—No. —Una sola palabra, firme, dolida y definitiva. Tom dio un paso atrás—. ¿Desde cuándo?

Bill intentó tocarlo.

—No me toques.

—Fue al principio, te lo juro, no te conocía más que lo que se decía de ti, hasta que empecé a verte quien realmente eres, y después todo cambió. Yo cambié…

—¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿Después de usarme? —preguntó Tom, repitiendo la misma palabra que le pidió que Bill no hiciera.

Bill se quebró un poco ahí.

—Yo no te usé.

—No —susurró Tom con una risa amarga—. Yo caí en la trampa que es distinto.

Y sin decir más, se alejó. Caminó entre todos, con el pecho vacío y las manos temblando, su labio inferior temblando tratando de retener las lágrimas que advertían asomarse y con el corazón hecho polvo. Detrás de él, el mundo siguió girando, pero para Tom Kaulitz… Todo acababa de romperse… Otra vez.

Mientras que para un pálido pelinegro, el silencio fue peor que el golpe, hubiese preferido gritos, empujones una escena digna del show que la escuela esperaba, de la que Georg, esperaba, así sería más fácil retirarse con la etiqueta de imbécil y patán. Sin embargo, solo una palabra.

Un “No” cargado de algo que Bill jamás había querido sentir: pérdida. Tom se fue y él se quedó, rodeado de todos los ahí presentes, sintiéndose por primera vez desnudo emocionalmente y sin saber qué hacer.

Bill no volvió a su casa esa noche, caminó por las calles de Berlín sin dirección, con el corazón en la garganta y las manos cerradas en los bolsillos como si con eso pudiera sostenerse, se dio cuenta que la ciudad seguía viva. Pero para él, todo estaba suspendido.

Recordó cada segundo de la noche anterior: las manos de Tom sobre su piel, el modo en que lo miraba, su sonrisa, la entrega, la confianza. El temblor de su voz cuando le dijo: “Nunca me había sentido así.” Y ahora todo eso era una herida abierta.

Llegó al bar donde usualmente tocaba pero aún estaba cerrado, así que se sentó en la banqueta frente a la puerta y encendió un cigarro con dedos temblorosos. No pudo saborearlo, más que nada fue el impulso y las ganas de hacer algo para no romper nada… Más, no sintió el frío, sólo pensaba en una cosa: ¿Por qué no se lo dije?

Se lo preguntaba una y otra vez, la respuesta era siempre la misma, porque tuvo miedo, porque fue cobarde, porque era tan real y tan bueno que estúpidamente eligió la comodidad en lugar de la sensatez y verdad. Y ahora ya era demasiado tarde.

Estaba tan absorto en su fracasada pena que apenas y sintió vibrar en su pantalón:

En su celular, mensajes sin leer: – Gustav: “Lo siento.” – Andreas: “Dime si estás bien.” – Bernadette: “No sé qué le hiciste… Pero está roto.”

Tom… Nada, no había escrito, ni siquiera para reclamarle, para recordarle lo jodido que era y eso dolía más que todo.

Después de varias horas y seguir vagando sin rumbo por la ciudad, Bill volvió a casa de madrugada, arrastrando los pies, subió a la segunda planta, se encerró en su cuarto, aspiró el olor que aún se conservaba en sus sábanas y almohada y por primera vez en años, lloró. El sentimiento no era por rabia, ni por orgullo, es más, ni siquiera por venganza hacia Georg. Lloró por amor y por haberlo perdido sin tener el valor de haberlo protegido.

_____________________

Habían pasado tres días desde “el espectáculo”, como lo llamaban algunos con morbo universitario. Desde que Tom se enteró que no fue elegido, sino apostado.

Desde la casa Kaulitz, el cuarto de Tom olía a encierro, a té frío y a arcilla sin moldear, la cama estaba deshecha, las esculturas cubiertas y el celular apagado.

Y él… Acostado, de lado, con los ojos abiertos, rojos e hinchados y la mandíbula apretada.

Nick golpeó la puerta por tercera vez esa mañana. —Tom. Por favor. No me dejes afuera también a mí.ㅡPausaㅡ. Sólo quiero decirte que nada de lo que dicen en la escuela es verdad y mucho menos lo que tú piensas, hermano. No fuiste estúpido —dijo con voz baja del otro lado—, al contrario, fuiste valiente, no fue tu culpa, tú sólo… Te abriste. ¿Por qué eso tiene que doler?

Tom cerró los ojos, porque dolía ya que los recuerdos arrasaban con los sentimientos y rememoraba, aún lo sentía en la piel y sobre todo había dejado que alguien lo tocara donde nadie antes había llegado: su fe, su confianza y su corazón.

—Bill preguntó por ti —acotó el menor.

Tom apretó los puños, inhaló profundo, no por odio, sino porque el nombre todavía le removía el pecho.

—¿Quieres que lo odie también? Por ti —susurró su hermanito.

Tom murmuró, apenas audible, más que nada para él mismo: —No. Porque no lo odio, eso es lo peor de todo.

Nick al obtener respuesta, decidió darle más tiempo e irse a la escuela.

Más tarde, fue Bernadette a su casa, no llamó a la puerta ya que conocía demasiado bien a su rubio amigo, sabía que la herida de la traición era más profunda, por lo que es necesario darle su propio espacio y tiempo para sanar. Así que sólo dejó una bandeja con comida en el suelo y un cuaderno encima con una nota escrita en su caligrafía desordenada:

“El dolor también se escribe, Tom. No para mostrarlo. Sólo para no ahogarte en él.”

Después de unas horas, y sobre todo por el hambre, porque Dios era un chico, no valía la pena el dejar de comer, abrió la puerta y se encontró con el detalle de su bestie. Mientras mordisqueaba los panqueques de plátano, Tom abrió el cuaderno, descubriendo que sólo había páginas en blanco.

Así que siguiendo el consejo de la castaña, dejó que la pluma plasmara en palabras todos los sentimientos que no podía sacar…

Al anochecer, volvió a encender el celular, sólo por un momento, quizás Berny le habría mandado notas de sus clases para ponerse al corriente, así que abriendo aplicación por aplicación y saltándose e ignorando los mensajes y memes de burla y supuesta condolencia, llegó a ver lo que no deseaba por ahora.

Mensaje no leído de Bill:

“No tengo derecho a pedirte nada. Pero aún quiero que sepas que aquí estoy y no pretendo huir o irme”.

Tom apagó el teléfono de nuevo, se acurrucó contra la almohada y en voz baja, como un secreto, dijo: —Yo también.

Pero aún no estaba listo para volver.

________________________________

Nicholas Kaulitz siempre había sido el chico simpático, el que sonreía, el que mediaba entre su papá y Tom y el que obedecía las reglas aunque no las entendiera.

Pero ese lunes por la tarde, mientras caminaba por los pasillos de la facultad con la mochila colgando y los ojos vidriosos, ya no se sentía simpático, estaba enojado. Y no sabía si más con Andreas, con Georg… O consigo mismo por confiar.

—¿Sabías que se iba a enterar así? —le dijo a Andreas, en tono de reproche, justo al salir del aula de historia.

Andreas lo miró como si le hubieran quitado el aire.

—Nick, yo… Yo no quería que pasara así. Yo nunca pensé que Georg lo diría y utilizaría como show de cuarta. Honestamente sólo queríamos ayudarte y sí, de paso poder tener la oportunidad de salir contigo y que me vieras más allá de ser un amigo, siempre te quejabas de tu padre no dejaba que crecieras, de siempre estar a la sombra de tu hermano y luego con lo que hizo el Sr. Kaulitz en la junta de padres, de que no tenías permiso de salir con nadie hasta que Tom tuviera a alguien, lo demás… Es historia, fue tonto, irresponsable y estúpido, lo sé, aparte, queríamos que Tom… Saliera un poco de sí mismo, para que tú también pudieras brillar.

—¿Con una mentira? —le cortó Nick, sin elevar la voz, pero con los ojos encendidos.— ¿Con una apuesta? ¿Con un precio?

Andreas intentó tocarle la mano. Nicholas la retiró.

— Pero… Bill lo ama, en eso no hay mentira, no es necesario que lo grite, se le ve… Quizás… Merece una oportunidad… —mencionó Andreas, tratando de saldar un poco la deuda con el pelinegro.

Nick detuvo la caminata de manera abrupta.

— Hablas de oportunidades y siempre te insinuas enamorado de mí, pero dime, ¿y si tú hubieras sido él? ¿Si alguien se hubiera acostado contigo sabiendo que todo empezó como un juego? ¿Te parecería amor?

Andreas bajó la cabeza, Nicholas lo vio temblar.

—No —susurró Andreas.

Nick respiró hondo, la voz quebrada.

—Entonces no vengas a decirme que fue por mí y menos por Tom.

Esa noche, al llegar a casa, lo esperaban dos silencios: el de Tom encerrado en su habitación y el de Gordon, leyendo en el comedor.

Nicholas se plantó frente a su padre, sin miedo. —Sé que te importa muy poco las cosas mundanas de los jóvenes, pero tienes que saber que tu absurda idea de gritar a los cuatro vientos que estoy cumpliendo votos de celibato y penitencia hasta que Tom pueda encontrar quien lo ame ha provocado la desgracia de tus dos hijos. Honestamente no entiendo cuál es tu afán de encerrarnos no sólo al amor y la experiencia, sino a la vida, es asfixiante, sabes, ahora entiendo por qué mamá se fue. Por cierto, tu hijo mayor está sufriendo porque le rompieron el corazón, no ha asistido a clases y es la burla de la escuela.

Gordon boqueó ante toda la perorata de su hijo menor. —¿Fue el emo?

—Creo que deberías preguntarle personalmente— respondió el menor y se subió a su cuarto. En un grito dio las buenas noches seguido de un azotón de puerta.

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A la mañana siguiente, Bill no sabía por qué fue a buscarla, bueno, la verdad es que estaba desesperado, ya habían pasado días y Tom no contestaba, Nicholas lo miraba como si no mereciera ni su sombra y sabía que su último recurso era Bernadette, quien había visto partes de Tom que nadie más. Llamó a su puerta, tocó una vez, dos…

Ella abrió, sin expresión, con el semblante serio, sin simpatía.

—No estoy de humor para tus pretextos, Trümper —dijo ella.

—No vine a dar excusas, sólo vine a pedir ayuda ㅡexpresó desesperadamente el pelinegro.

La castaña lo miró largo rato ya luego sin decir nada, se hizo a un lado para dejarlo pasar. La habitación era cálida, llena de libros y luces tenues, sin embargo, se sentía el ambiente gélido, al menos a la percepción de Bill.

—¿Qué quieres, Bill? —inquirió Bernadette.

—Quiero saber cómo poder acercarme de nuevo, hacerle entender que… No quiero perderlo —pidió Bill a la única persona que sentía que podría ayudarlo en ese momento,

—Entonces, debiste haber hablado y decir la verdad, antes de que se acercara mucho, antes de desnudarlo —espetó ella, seca.

Bill bajó la mirada. —Lo sé —cedió. Silencio, sólo el ruido del reloj sobre la pared.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Bernadette al fin.— ¿Por qué aceptaste algo así?

—Porque se me hizo fácil, divertido, por imbécil… Cuando uno está roto, se acostumbra a usar a los demás antes de que lo usen, pero… Porque cuando me di cuenta de que él era distinto… Me confié, tenía toda la intención de decirlo y no traicionarlo, pero cuando lo noté, ya era tarde.

Bernadette se mordió el labio, —¿Lo amas?

—Sí —respondió como autómata, luego se percató de lo que había escapado de sus labios sin su permiso—. Yo… Pues ni siquiera lo sé, sólo me pongo a pensar en su cabello cuando el viento lo vuela, lo brillante de su piel, su sonrisa y esos ojos y… Maldita sea, la mirada de fuego que puff, creo que sí, más de lo que pensé que era capaz. Pero no sé cómo reparar algo que se quebró por culpa mía.

Ella lo observó, sin sarcasmo esta vez, ternura, tristeza. —Tom no necesita que le digas que lo amas, él necesita ver que lo haces, que lo demuestres y pues entonces eso debes hacerlo.

Bill la miró. —¿Qué sugieres?

Bernadette se levantó y revisó algunas fotografías que había tomado en el festival, observaron una, donde capturó al rubio con la mirada fijada hacia un escenario. —Cómo llegaste, la primera vez.

___________________________

El fin de curso se aproximaba y la Universidad organizó una feria de clausura donde varias carreras y talleres hicieron lo posible para exponer sus trabajos finales.

Las carpas cubrían la explanada principal del campus, cada una decorada con telas de colores, luces improvisadas, carteles pintados a mano y un caos hermoso que sólo podía surgir de estudiantes con poco presupuesto y mucha creatividad. Música indie flotaba en el aire, se mezclaba con el aroma a comida turca, palomitas, incienso barato y el chisporroteo de una fuente de chocolate eléctrico que claramente estaba por explotar.

—¿Ya viste la de los de plásticas? —preguntó Nick que ayudaba a su hermano a cargar los materiales de su trabajo, mientras pasaban junto a una instalación de arquitectura hecha con tubos reciclados y luces LED.

Tom no respondió. Caminaba con las manos en los bolsillos, el gorro echado hacia atrás, la mirada fija en la fila de carpas al final, donde colgaba un cartel que decía “Expresiones del Yo: Taller de Alfarería Emocional”.

—Mouse… —insistió su hermano—. ¿Seguro quieres hacer esto?

Tom asintió sin girarse, la noche anterior había decidido no hablar mucho ya que había cosas que ya había dicho con palabras, otras con silencio y otras que, simplemente, necesitaban barro.

Llegaron frente a la instalación, no era la más grande, ni la más llamativa, pero sí era la más… Viva. Estaba compuesta por cuatro piezas colocadas sobre pedestales de madera cada una llevaba una pequeña tarjeta escrita a mano. La iluminación suave hacía que las sombras se proyectaran con intención, como si las piezas estuvieran susurrando algo.

La primera era una vasija aparentemente perfecta, pero con una fractura visible por detrás:

“Prometías más de lo que diste, yo creí, fallaste. Y aún así te entiendo. Decepción.”

La segunda, un cuenco inclinado hacia un costado, con gotas vidriadas que escurrían hacia la base:

“Todo se derrama a veces soy yo, otras... Pero sigo tratando de contener. Tristeza.”

La tercera, un jarrón irregular, quebrado en su superficie como si lo hubieran golpeado con rabia y luego dejado endurecer sin pulir:

“Callé cuando debía gritar, cada grieta es una palabra que no dije. Enojo.”

Y entonces llegó la última. La que Tom había moldeado hasta que le sangraron los nudillos, era una pieza reconstruida se notaban los fragmentos, algunos no encajaban del todo pero había usado resina mezclada con polvo de oro para unirlos, el efecto era precioso y doloroso a la vez. Una figura humanoide, estilizada, sus manos sobre el pecho roto, de ese corazón de barro partido salía una enredadera de cerámica que trepaba hacia arriba:

“Me rompí, pero, no dejé de sentir, siento tanto amarte: No te odio”.

Terminó de acomodar cada pieza, asignando los tonos de luces adecuados y dejando que todas las emociones se quedaran en cada una de sus obras. Mañana era el gran día y sólo deseaba que ya terminara el ciclo y dar por terminado todo, dándole vuelta a la página y comenzar de nuevo.

La puerta del taller de cerámica estaba entreabierta, esa noche, sin embargo, alguien encendió las luces, no era Tom, era Bill, iba sólo con el cabello recogido en una coleta baja, sin maquillaje, llevaba una caja en los brazos nadie lo había visto así en años, si de por sí tenía un rostro andrógino y se veía demasiado joven, sin su máscara de guerra, su maquillaje, es como ver una chica plana, cosa que le costó años de burla, Tom le dijo que era demasiado hermoso y que amaba cada ángulo de su rostro, estaba expuesto, silencioso, dolido. Observó cada una de las piezas y las notas al pie. Pensó en cada encuentro, cada salida, en cada beso que dejó en la piel del rubio…

Dispuesto y agotando todas sus posibilidades, mañana era otro día…

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La feria de clausura bullía de vida entre los puestos de teatro, arquitectura, diseño textil y gastronomía, el taller de plásticas quedaba al fondo, como si siempre los escondieran por ser los más… Excéntricos.

Tom fingía estar ocupado junto a su instalación, pero no podía dejar de notar cómo todos iban mirando hacia la entrada del campus con cara de sorpresa y risas contenidas.

Y entonces, lo escuchó, una voz, no cualquiera y una voz que conocía incluso antes de reconocerla:

—You’re just too good to be true

—Can’t take my eyes off of you

—You’d be like heaven to touch

—Oh, I want to hold you so much

—At long last love has arrived

—And I thank God I’m alive

—You’re just to good to be true

—Can’t take my eyes off you…

Tom giró hacia la música, el corazón se le detuvo, Bill Trümper. Su Bill en medio del patio central, subido sobre una de las mesas, vestido con un uniforme de porrista escolar, pompones incluidos, y una falda que claramente había robado del taller de vestuario. El cabello suelto y un par de moños rojos en cada lado. Y seguía cantando:

—Pardon the way that I stare

—There’s nothing else to compare

—The sight of you leaves me weak

—There are no words left to speak

—But if you feel like I feel

—Please let me know that it’s real

—You’re just to good to be true

—Can’t take my eyes off you

Se bajó de la mesa con un salto torpe y comenzó a caminar entre la gente, dándolo todo, iba mal sincronizado con la pista, desafinando a propósito, moviendo los pompones al ritmo más ridículo posible.

—¿Es una broma? —preguntó Georg entre carcajadas, grabando con su celular.— ¿Se volvió loco?

Pero Tom no podía reír, estaba paralizado, no podía despegar la mirada del espectáculo, Bill no lo miraba, caminaba cantando como si el universo no existiera, como si el ridículo no importara.

—I love you baby, and if it’s quite all right

—I need you baby to warm a lonely night

—I love you baby trust in me when I say

—Oh, pretty baby don’t bring me down, I pray

—Oh, pretty baby, now that I found you stay

—And let me love you baby, let me love you

Y al llegar frente al taller de cerámica, justo en medio de todos, se detuvo se subió a una silla, aún con la canción sonando en su bocina portátil, alzó los brazos y gritó:

—¡ESTOY ENAMORADO DE TOM KAULITZ! ¡Y SÍ, LO ARRUINÉ TODO!

Todos se quedaron en silencio, Nick estaba con los ojitos brillantes de emoción, Andreas y Gustav, estaban pendientes de que no llegaran los guardias y se lo llevaran por alteración al orden, Bernadette estaba tras la carpa tomando fotos del momento.

—¡Lo arruiné porque tengo miedo, porque soy un idiota y porque creí que amar era perder! ¡Pero me equivoqué! ¡Perder es no intentarlo! —exponía Bill casi sin aire.

Tom sentía cómo se le apretaba la garganta.

—¡Así que aquí estoy! ¡Haciendo el ridículo frente a todos, porque si no me perdonas… Al menos quiero que sepas que estoy dispuesto a volverme loco por ti! ¡Ridículo por ti! ¡Lo que sea, con tal de que me mires una vez más como antes!

Los pompones cayeron al suelo, Bill se bajó de la silla con el rostro rojo, el corazón en llamas. Tom no dijo nada, caminó despacio, entre la multitud que se abría como si el momento fuera sagrado y se detuvo frente a Bill.

—¿Eso fue… En serio?

Bill asintió sin voz. —Por ti… Siempre.

Tom suspiró. —Pareces una chica, pero el uniforme lo luces mejor que Emma.

—Lo sé.

—Y me gustas tanto, maldita sea —masculló Tom contra su rostro, jaló una de las coletas y pegó sus labios con los del pelinegro no con urgencia, con ternura, con una mano en su mejilla y el otro brazo rodeándole el cuello, fue un beso suave, torpe, medio salado por las lágrimas. Y cuando se separaron, Tom sonrió con el corazón en la boca.

—Nunca había visto a alguien hacer el ridículo tan grande a propósito.

—Nunca volveré a hacerlo. Lo juro —rió Bill—. Pero si eso es lo que necesitabas… Lo haría mil veces más.

—Lo que necesitaba —susurró Tom, abrazándolo por fin—, es saber que en verdad sientes lo que me dijiste y me hiciste sentir la otra noche.