Habitantes De Un Mundo Incierto by Maite Doménech Castillo at Inkitt
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Habitantes de un mundo incierto

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Summary

Esta antologia de cuentos recoge relatos a veces muy similares en cuanto a género o temática, y otras, historias muy diferentes. Pero dentro de esta heterogeneidad, todas ellas comparten la incertidumbre del ser humano que habita un mundo inquietante, difícil e incluso peligroso. Todo ello justifica el título de la colección de relatos, "Habitantes de un mundo incierto" cuentos que buscan despertar en el lector ese desasosiego que la vida nos impone en muchas ocasiones, y también hacernos reflexionar acerca del lugar que nos acoge y que no resulta tan seguro como cabria pensar. Cuentos de ciencia ficción, suspense y misterio, drama, terror o amor. Todos ellos unidos bajo las amenazas que el planeta Tierra nos impone como seres humanos insignificantes ante la grandeza del universo que nos rodea.

Status
Complete
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Criaturas de un mundo de cenizas


EL MUNDO QUE NOS RODEA. BORRADOR.

AUTORA: Ingrid Christensen

UN MUNDO DE SOMBRAS

La Tierra ha cambiado mucho desde que hace 50 años la Gran Guerra Nuclear la redujera casi a cenizas. Este es un mundo de sombras, pues lo que se dice que prevalece por doquier es un cementerio de ruinas y devastación, donde la radiactividad obligó a los pocos seres humanos supervivientes a vivir bajo tierra en refugios que se extienden a lo largo del planeta, y en los llamados santuarios, enormes refugios de cientos de kilómetros, de los que se asegura que existen solo unos pocos y están más masificados.

Pero no son solo humanos los únicos que han sobrevivido. Desde el Santuario de la Europa del Norte, una enorme ciudad subterránea situada aproximadamente por debajo de lo que un día fue Suecia y Noruega en la península escandinava, sus moradores sospechan que en el infierno exterior podrían habitar extrañas y mutantes criaturas, animales y plantas que han conseguido también burlar a la muerte por radiación y se han adaptado a un universo incierto y perturbador.

MUJER MARIPOSA NEGRA. PRIMEROS AVISTAMIENTOS

En los días previos al desastre nuclear varias personas fueron testigos en diversas zonas del planeta del avistamiento de una extraña e inquietante entidad. Afirmaron haber visto a la que luego se conoció como Mujer Mariposa Negra, también llamada Mujer Mariposa de la Muerte. La mayoría coincidieron en describirla como un horrible humanoide, con enormes alas negras, como de mariposa, y un delgado cuerpo femenino de color negro, con ojos brillantes de los que emanaba una mirada de fatalidad sobre aquellos en los que se posaba.

Días después de semejante visión, los que habían observado a aquella criatura padecieron terribles pesadillas o mostraron un comportamiento de gran angustia y agitación. Aunque la mayor parte de aquellas personas murieron después debido a la contaminación radiactiva, sus casos se pudieron documentar en los medios de comunicación de la época, allá por el mes de julio de 2028.

Entonces, el 20 de julio del mismo año se produjo la tragedia. En medio de una guerra sin tregua, fueron lanzados varios misiles por parte de ambos bandos, cuya explosión produjo graves consecuencias en el planeta, provocando la muerte y la ruina a lo largo y ancho del mundo conocido. La radiación invadió la Tierra y la sumió en el caos y la oscuridad.

Apenas días después de los primeros avistamientos de la Mujer Mariposa de la Muerte ocurrió el cúmulo de explosiones nucleares. Lo cierto es que nadie pudo o supo evitar aquel desastre, a pesar de que muchos eran los que sospechaban que las percepciones constituían un aviso o una premonición de lo que después sucedería. Para gran parte de los sobrevivientes del apocalipsis que tenían conocimiento de los hechos, la historia de aquel ser se convirtió en una leyenda que no podía ser verificada como un acontecimiento cierto.

EL SANTUARIO DE LA EUROPA DEL NORTE

Actualmente vivo en el llamado Santuario de la Europa del Norte. Este es mi hogar. Nací aquí hace dieciséis años. Concretamente en el Sector 2 de Nueva Suecia —el sector 1 es el de Nueva Noruega—. Resido en un centro de acogida para niños y adolescentes desprotegidos, es decir, lo que parece ser que se ha conocido siempre como orfanato. Mis padres murieron cuando yo apenas tenía un año. Un accidente, se dijo por aquel entonces. Un vil asesinato, a mi parecer. Solo tenían veinte años. Y a esa edad el Gobierno que dirige los destinos de esta enorme ciudad refugio los obligó a salir a explorar el mundo exterior como individuos que debían cumplir la ley a la que todos estamos sujetos cuando cumplimos los veinte a través de un siniestro sorteo, una cruel lotería que desgraciadamente tocó a tres agraciados de entre todos los jóvenes de su misma edad.

Bueno, no estoy totalmente sola. Tengo una hermana de siete años. Maria. En realidad, la considero mi hermana, pero en el fondo no lo es. Bah, da igual. Para mí es como si lo fuera. Los responsables del centro me la asignaron para que fuera su protectora. La quiero mucho. Con toda mi alma. La verdad es que no sé qué haría sin ella. Y, seguramente, ella tampoco sabría qué hacer sin mí. Pero es una niña especial. Extremadamente sensible y sensitiva. En realidad, estoy segura de que fue la única persona que vio a la Mujer Mariposa Negra sin que ello afectara a su comportamiento. Una noche tuvo un sueño. Y en sueños contactó con aquel ser. Desde que estamos encerrados aquí, esa es la manera que tiene aquella criatura de presentarse. Y dicen también que la gente que entra en contacto con ella pierde la paz de espíritu e incluso llega a fallecer. No hay día que yo no dé gracias porque mi hermana esté bien desde entonces. Sí. Mi pequeña es realmente especial.


INICIANDO LOS PREPARATIVOS

Ingrid escuchó pasos que se dirigían hacia su habitación. Inmediatamente y de manera

abrupta dejó de escribir y escondió su cuaderno consciente del peligro al que se exponía si ellos, las autoridades, descubrían que estaba poniendo por escrito los secretos de aquel universo que impedía su bien más preciado, la libertad. Finalmente, su corazón volvió a latir con la habitual calma cuando se dio cuenta de que quien se había dignado a hacerle una visita era su amigo Jannik, un joven de 17 años que tampoco tenía a nadie en la vida y con el que compartía algo más que una simple amistad. Aquel joven, un tanto rudo, pero decidido y con un corazón de oro, había abierto la puerta sin llamar previamente, cosa que molestaba profundamente a Ingrid.

—¡Adelante, Jannik, no te apures, puedes pasar! —dijo en tono irónico la joven.

—No creo que pedir permiso antes de entrar te libre de ser descubierta algún día por nuestros educadores policías. Seguro que estabas escribiendo ese maldito libro de nuevo —afirmó él sin poder disimular su reprobación.

—Vaya, lo adivinaste, mi querido Sherlock Holmes —repuso ella.

—A veces pienso que no sabes lo que haces…. ¡Podrían degradarte! Y ya sabes lo que eso significa. ¿No crees que ya sufrimos demasiado el peso de la marginación, como adolescentes desprotegidos?

—Huérfanos. Acostúmbrate a decir las cosas por su nombre.

—Precisamente es eso lo que no debemos hacer, decir las cosas por su nombre. Ya sabes que en nuestro mundo no existe la libertad de expresión —protestó Jannik.

—¡Tú lo has dicho! No podemos hablar con total libertad. Estoy cansada de esconderme, de hacer las cosas que nos importan en secreto, de tantas mentiras, de tanta hipocresía. Y… cuando sean nuestros veinte cumpleaños, tendremos que salir a explorar… en lugares radiactivos que quizá sean peores que el mismísimo infierno. Es muy probable que no sobrevivamos, que no regresemos con vida.

Los ojos de Ingrid se posaron con firmeza en los de su compañero. Había una contenida ilusión y un atisbo de esperanza en su mirada.

—Mira, Jannik. Lo he estado pensando detenidamente. Antes de que nos maten oficialmente es mejor que huyamos de esta prisión infernal. Vayámonos al Santuario de Dinamarca. Para ello podríamos atravesar el puente que une Malmö (Nueva Suecia) y Copenhague. Tus contactos podrían proporcionarnos un potente vehículo y nos ayudarían a salir del Sector 2 de Nueva Suecia.Aprendimos a conducir de manera clandestina. ¿No lo recuerdas? Se dice que en Dinamarca la democracia se ha conservado. Que hay libertad. ¿Sabes lo que es eso? ¡Libertad! Vivir sin que tu vida se vea amenazada, sin que tengas que dar explicaciones por tu comportamiento, por tu manera de pensar…

—¡Estás loca, Ingrid! Pero… ¿Sabes qué? ¡Adoro tu locura!

EL BOSQUE DE LAS BESTIAS

Lo habían logrado. Habían conseguido salir del Sector 2 del Santuario del Norte de

Europa. Del que había sido su hogar en Nueva Suecia. Y se dirigían al Santuario de Dinamarca, al que creían un nuevo Paraíso. ¿Lo sería realmente? Quizá no importara la respuesta. Porque lo cierto era que nada podía ser peor que su antigua residencia. ¿Nada?

Jannik era el que en aquellos momentos conducía el todoterreno que los transportaría a la libertad de un nuevo hogar. La pequeña Maria se hallaba recostada junto a su hermana de adopción, Ingrid, y apoyaba su cabecita en el pecho de la joven. Ingrid no podía ver el cabello de la niña, extrañamente blanco, pero hermoso, que solía caer sobre sus hombros como las aguas de una bella cascada se posan sobre un río. Esta vez solo podía imaginárselo, encerrado como estaba en la prisión de su traje de protección NBQ.

—Jannik, ¿no puedes ir más rápido? —inquirió Ingrid visiblemente inquieta.

—¿Todavía más? Es peligroso con este terreno tan abrupto —repuso el muchacho.

—Es que… tengo miedo de que hayan descubierto nuestra huida y vayan tras nosotros. Aún nos encontramos dentro del recinto del santuario, aunque estemos ya cerca de la salida de la zona de seguridad…

—¡La he visto! La Mujer Mariposa Negra ha vuelto a aparecer en mis sueños.

La repentina voz de Maria hizo enmudecer a Ingrid y Jannik, quienes dejaron de hablar inmediatamente y dirigieron sus asombrados ojos hacia la niña.

—¿Estás bien, cielo? —trató de averiguar su hermana.

—Me ha dicho que los tres peregrinos son más fuertes que los moradores del infierno, pero que deberán luchar por su vida. No me lo ha dicho con palabras, sino con su mente.—afirmó la pequeña con una absoluta tranquilidad, como si solo fuera testigo y no protagonista de los hechos que había predicho.

En esos momentos el vehículo estaba ya saliendo al exterior, alejándose del recinto subterráneo que había marcado hasta ahora la existencia de los tres jóvenes.

—¡Jannik, cuidado!

Era el grito desesperado de Ingrid. El muchacho dio un volantazo tratando de esquivar un rebaño de vacas que se habían vuelto salvajes tras generaciones enteras naciendo en las zonas radiactivas.

¡Uf! Por poco —resopló el adolescente.

Los tres miraron en dirección al nuevo mundo que emergía ante ellos, a las tierras radiactivas que ahora empezaban a pisar y que daban paso a quién sabe qué monstruos o bestias campando por sus alrededores. Pronto se sorprendieron de que aquella naturaleza había hecho crecer la vegetación, que ahora se sentía libre por fin y lo invadía todo a falta del depredador que desde siempre la había controlado, el ser humano. Ingrid miró un antiguo mapa que había conseguido antes de partir.

—Si mis cálculos no me fallan, debemos estar cerca de la ciudad de Malmö.

—¡Ja! ¿Cómo lo sabes? ¿Acaso un simple mapa de hace 50 años, cuando la Tierra aún no había sido destruida, puede mostrarte el verdadero camino? ¿Y desde cuándo sabes interpretar los mapas? Yo creo que estamos perdidos, que desconocemos dónde estamos —dijo Jannik en tono de reproche y mostrando al mismo tiempo la desesperación más absoluta.

—Venga, Jannik. Tenemos que calmarnos. No podemos abandonar ahora. Estoy segura de que no estamos muy lejos de Malmö —trató de tranquilizarlo la muchacha.

De repente, el vehículo se detuvo, quedando los tres a merced de la naturaleza amenazante, en medio de altos árboles y frondosas plantas.

—¡Mierda!

—¿Qué ocurre Jannik? ¿Por qué nos hemos parado? —quiso saber la joven, totalmente sorprendida.

—Parece que las ruedas se han hundido en el suelo arenoso y no puedo hacer avanzar el todoterreno.

¡Estupendo! —soltó Ingrid, que ahora parecía haberse contagiado del malhumor de su compañero—. ¿Y ahora qué hacemos, Jannik?

Pero el muchacho no contestó. Su mirada estaba fija en un punto lejano y su cuerpo parecía haber perdido la determinación y la voluntad que mueve a todo ser humano.

—Es la Mujer Mariposa de la Muerte. Está allí —dijo Maria, señalando con el dedo.

—¿Qué demonios…? Yo no veo nada —se apresuró a afirmar la joven.

Pero aquella criatura se alzaba majestuosa por encima del cielo gris ceniza de aquellas tierras, suspendida en el aire, con sus negras alas extendidas y sus inquietantes ojos brillando como rayos maléficos. Poseía un cuerpo largo y esbelto, de negra oscuridad, como sus alas. Solo Jannik y Maria podían observarla, y solo el joven parecía sucumbir a su maligno poder. Hasta que, pasados unos instantes, la perturbadora entidad se desvaneció completamente.

—¿Te encuentras bien, Jannik? —quiso saber su compañera.

—Eh… sí. Solo… necesito descansar un poco —respondió él con débil voz.

Antes de que los dos jóvenes hubieran terminado de hablar, Ingrid observó con espanto cómo Maria se había alejado de ellos y, sin dejar de señalar con el dedo índice, se había dirigido a lo que parecía la entrada de un espeso bosque. Entonces la joven empezó a correr hacia allí en busca de su hermana. Mientras, Jannik, todavía algo aturdido por la terrible experiencia de la siniestra visión, apenas podía seguirlas.

—¡Maria! ¡Espera! ¡Maria! —gritaba Ingrid con todas sus fuerzas sin dejar de correr.

Ambos jóvenes llegaron por fin a aquella zona forestal, pero no había ni rastro de la niña.

—¡Hemos perdido a Maria! ¡Dios mío! ¡La hemos perdido! —se lamentaba la muchacha entre sollozos.

—Ingrid, ¡no te muevas! ¡permanece lo más quieta que puedas! —la voz de Jannik era una orden reducida a un levísimo susurro.

Una jauría de perros los estaba rodeando. Los dos jóvenes habían oído historias de cómo algunas de las dóciles mascotas abandonadas a su suerte tras el desastre nuclear habían sobrevivido, reproducido durante generaciones y transformado en manadas salvajes que recorrían amplios parajes de una naturaleza también superviviente. De alguna manera sus cuerpos habían sufrido mutaciones que los habían hecho resistentes a la radiación, superando el cáncer y otras enfermedades que esta provocaba.

Ingrid pudo percibir que aquellos animales eran aparentemente similares a los perros del pasado, aunque su comportamiento mostraba que se habían asilvestrado. Sin embargo, una observación más profunda le hizo ver que de entre aquella manada de diez perros, al menos dos carecían de cola y uno había nacido con un solo ojo. Pero, a pesar de ello, su conducta parecía la misma que la de sus compañeros.

Pero en aquellos tensos momentos, una nueva visita se sucedía en el bosque. Se trataba esta vez de una manada de lobos, que parecían haber corrido la misma suerte en cuanto a su supervivencia que la de sus hermanos cánidos. Después de todo, el perro no dejaba de ser una subespecie del canis lupus, evolucionada desde tiempos ancestrales por la necesidad de alimentarse de los restos de comida que parecía poder aprovechar de su relación con el hombre.

Súbitamente, los lobos, que no dejan de ser la especie dominante y que se encuentran en la cima de la cadena alimenticia, atacaron al grupo de perros, que, a pesar de ser más numerosos y tener un comportamiento salvaje, eran también criaturas mucho más débiles que sus parientes, que intentaban morderlos a dentelladas en una lucha desigual pero violenta. Estos momentos de confusión fueron aprovechados por Ingrid y Jannik para escapar y alejarse de aquella zona de peligro.

Durante su desesperada carrera para ponerse a salvo, que no parecía tener fin, vieron con horror algunos animales que parecían haber sufrido terribles mutaciones: ranas con combinaciones de colores imposibles, insectos que se alejaban en sus formas, tamaños y dibujos de la familiaridad habitual, aves a las que les faltaba una pata, y hasta un bisonte a lo lejos que parecía tener dos cabezas. Un museo de los horrores en un bosque de bestias. En otras ocasiones, sin embargo, la normalidad parecía ser lo habitual. Entonces la joven Ingrid pensó: Este es el mundo de caos y destrucción que provoca el ser humano con su egoísmo y maldad. Esto es lo que la Gran Guerra Nuclear nos ha legado. Hasta las criaturas más salvajes tienen más dignidad que el hombre, pues dentro de su aniquilación tratan de conservar su vida y adaptarse a sus nuevas circunstancias. Y ello les honra, ya que no se lo hemos puesto fácil.

EL HOMBRE DE LA CABAÑA

Ingrid y Jannik notaban ya el cansancio de las largas horas de caminata. Andaban sin rumbo fijo en medio de la inmensidad forestal. Entonces la vieron. Una cabaña que se alzaba en un claro del bosque. Nada tendría de particular en estas tierras de ruinas, sería otro de los vestigios que habrían quedado en pie en mitad del caos. Nada tendría de particular… si no fuera porque a ambos les pareció ver una silueta humana que rondaba por los alrededores de la vivienda. Y cerca de allí dos cruces hechas de manera rudimentaria se levantaban del suelo quizá para honrar a seres queridos que ya marcharon.

¿Acaso había sido posible que un ser humano hubiera sobrevivido todos estos años a la barbarie destructiva y a la contaminación radiactiva que se posaba sobre todas las cosas existentes como un recordatorio de las viles acciones de unos seres depravados que no tuvieron piedad de nada ni de nadie? Pero lo cierto era que los dos adolescentes no se atrevían a inmiscuirse en el universo de un ser que quizá había perdido toda esperanza, que era posible que viviera con la inercia del que ya nada espera, o, quizá también, lo más inquietante de todo, que fuese un individuo que hubiera perdido la razón o constituyera una seria amenaza para sus vidas.

Pero ¿era real aquello que estaban viendo? ¿O se trataba de un sueño perturbador, de una ilusión que se alejaba de la verdad y se acercaba a un mundo que ciertamente solo existía en las dimensiones de lo desconocido y de la locura? A estas alturas de agotamiento físico extremo y de la desesperación por no encontrar el destino soñado, ni a la pequeña Maria, no estaban dispuestos a comprobarlo. Así que procuraron alejarse sin ser vistos de la cabaña y del hombre que parecía habitarla, prosiguiendo su incierto camino.

LA VICTORIA DE LA VIDA

Agotados, se dejaron caer vencidos encima de unas rocas del sendero del bosque. Cerca había un árbol que tenía una telaraña. Ingrid observó su extraña forma y composición, pues, a diferencia de una telaraña simétrica normal, esta era desordenada e irregular, con grandes agujeros que la circundaban. La joven quiso avisar a su compañero. Pero era demasiado tarde. La araña apareció en el campo de visión y acercándose hacia Jannik le picó en la pierna sin que tuviera la más mínima oportunidad de defenderse. Ingrid veía con total impotencia cómo a cada minuto que pasaba el cuerpo de Jannik se debilitaba cada vez más, seguramente a causa del veneno del arácnido. Pero Ingrid no estaba dispuesta a abandonar al joven. Después de tratar de eliminar como pudo el veneno de su herida, continuaron la marcha con una voluntad inquebrantable.

—¡Vamos, Jannik, agárrate a mí! ¡No nos detengamos! ¡Tenemos que seguir! ¡Debemos intentar buscar ayuda!

Quizá fuera la suerte. Quizá fuera la determinación más férrea. Quizá fuera la protección divina que no los había abandonado. Pero Ingrid y Jannik vieron algo a lo lejos, una visión que les llenaba de temor, pero también de esperanza.

EL MUNDO QUE NOS RODEA. CAPÍTULO FINAL.

AUTORA: INGRID CHRISTENSEN

Este es el mundo que nos rodea ahora. Un mundo nuevo de nuevas oportunidades. Pues ahora nos hallamos en el Santuario de Dinamarca. Ellos nos condujeron hasta aquí. Fueron los salvadores que nos vieron cansados y malheridos en aquel bosque de las bestias. Los que se acercaron con sus trajes protectores y se presentaron ante nosotros como otros seres humanos, soldados aventurados a cumplir una misión de ilusión y expectativas. La de comprobar si la radiactividad había disminuido 50 años después de la gran tragedia. La de intentar reconstruir en el exterior un universo de renovada existencia, un nuevo comienzo, un nuevo amanecer.

Fueron aquellos que encontraron perdida a la pequeña Maria y se la llevaron con ellos para protegerla. Los que fueron testigos de nuestro encuentro, de Jannik y yo reuniéndose de nuevo con la niña, de mi inmensa alegría al lanzarme corriendo hacia ella y besarla, abrazarla como si fuera el último día de nuestra existencia. Solo que no era nuestro último día, sino el inicio de una nueva era.

Fueron los que nos aseguraron que probarían un antídoto para tratar de curar a Jannik de la picadura de esa araña. Los que nos dijeron que no perdiéramos la esperanza de que finalmente mi compañero se restableciera. Los mismos que nos acogieron en su santuario, tras cruzar todos juntos el puente que lleva de Malmö a Copenhague.

¿Y qué puedo decir más? Que le estoy sumamente agradecida a la vida después de todo. Pues el empuje vital sigue, a pesar de los intentos de destrucción del ser humano. Así lo hemos visto cuando la naturaleza ha intentado readaptarse de nuevo y continuar. Los tres hemos vencido al mundo de sombras que nos rodea. Es el triunfo de lo que se abre paso de nuevo. Es la victoria de la vida.

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