Prologo
Rido Kuran jamás ocultó su verdadera esencia: la crueldad y el sadismo corrían por sus venas como un veneno elegante y antiguo. Para aquel vampiro ancestral, no existían lazos afectivos ni escrúpulos; incluso la familia era prescindible si oficiaba como obstáculo en su ambición desbordante. Las personas, a su entender, sólo eran piezas reemplazables en su tablero de dominio, peones destinados a obedecerle y profesar respeto, sin opción de rebelarse o escapar a su voluntad.
Su retorno, luego de años sumido en las tinieblas del letargo, fue marcado por una obsesión singular y devoradora: hallar a su sobrina, consumir su linaje puro y, así, absorber el poder absoluto que convertiría al mundo en su propio escenario de devastación. El resto de la humanidad, el resto de los vampiros, no tenía cabida en sus planes; nada existía fuera de ese deseo brutal y egocéntrico.
No obstante, el destino posee una ironía fina y misteriosa, tejida en los hilos invisibles de la existencia. Justo cuando el camino parecía despejado para su malévolo propósito, apareció ante él una figura inesperada: Kiryuu Zero, un joven cazador cuya mirada contenía más sombras y secretos que cualquier otro ser, humano o vampiro. Zero no era sólo un obstáculo; era la grieta en la armadura de Rido, la contradicción viviente de todo lo que creía inmutable. El joven cazador, con su pasado marcado por cicatrices invisibles y enigmas no revelados, se convirtió, sin saberlo, en el contrapeso necesario para la tormenta que Rido pretendía desatar.
¿Quién habría supuesto que el vampiro más cruel y despiadado encontraría en aquel cazador la llave de su propio destino? La historia, ahora, estaba a punto de volcarse de maneras insospechadas, pues el odio y la avidez de poder de Rido pronto se enfrentarían a la fuerza inquebrantable de un vínculo que ni él mismo habría podido anticipar.

Rido Kuran

Kiryuu Zero
