Lo I no se puede por lo III ergo lo II.
Era uno de esos días en que el periódico olía más a mentira que a tinta, en que las primeras planas no anunciaban noticias sino epitafios disfrazados de logros, en que la Marina, con la solemnidad de un mago sacando conejos de una auditoría vacía, declaraba con voz de notario funerario: “No hallamos corrupción”, como si la corrupción fuera un objeto perdido y no el aire que respiran los despachos, como si bastara con no encontrarla para que dejara de existir, como si negarla fuera exorcizarla —pero no, claro que no, porque mientras tanto, en un rincón mugriento de la ciudad, un capitán acusado de sobornos se ponía una bala en la sien dentro de un contenedor de basura, sin juicio, sin cámaras, sin testigos, solo con la compañía del silencio oficial y la burla del destino, porque aquí la justicia no llega tarde, no llega nunca, y cuando alguien cae, no lo juzgan: lo suicidan, lo desaparecen, lo convierten en nota a pie de página, en “caso cerrado por muerte natural (aunque el orificio en la cabeza diga lo contrario)”, y mientras eso ocurría, mientras el humo del disparo aún flotaba en el aire como una metáfora demasiado obvia, en otra sección del mismo periódico —ese artefacto de papel que aún pretende tener autoridad moral— se informaba, con letra pequeña y tono de disculpa, que ochocientos sesenta y cuatro mil niños habían abandonado la escuela, no por capricho, no por rebeldía adolescente, no por videojuegos ni por redes sociales, sino porque el sistema educativo ya no es un camino, es un cementerio de promesas rotas, donde las becas llegan cuando ya no hay pupitres, donde los maestros huyen como ratas de un barco que se hunde en aguas de burocracia y desidia, donde el Estado no educa, administra el fracaso con gráficas de colores y conferencias de prensa con PowerPoints que dicen “estamos reduciendo el impacto”, como si el impacto fuera un virus y no el colapso estructural de una nación que ya no cree en sus propias mentiras, y entonces, ahí, en medio de ese desastre coreografiado, alguien —algún burócrata con título de Harvard comprado en Mercado Libre— tuvo la osadía de escribir, con toda la seriedad del mundo, la frase que lo resume todo: “Lo primero (la verdad institucional) no se puede por lo tercero (la deserción escolar), ergo lo segundo (la corrupción sistémica) es la única realidad que queda”, y uno lee eso y no sabe si reír, llorar, o prenderle fuego al edificio del INEGI, porque es una confesión disfrazada de silogismo, una rendición envuelta en lógica barata, un epitafio escrito con tiza en la pizarra de un salón abandonado, porque sí, claro, la verdad institucional —esa farsa que dice que las cosas funcionan, que los sistemas son transparentes, que los auditores no mienten— ya no puede sostenerse, no porque haya pruebas en su contra, sino porque la gente dejó de creer, porque los niños dejaron de ir a la escuela, porque los militares prefieren morir antes que enfrentar la justicia, porque las auditorías “no hallan nada” como si la corrupción fuera un fantasma y no el dueño del edificio, y entonces, ante ese vacío, ante ese agujero negro de credibilidad, solo queda lo segundo: la corrupción, no como anomalía, no como excepción, sino como sistema, como método, como religión de Estado, como la única verdad que nadie puede negar porque está en cada contrato, en cada factura inflada, en cada pupitre roto, en cada niño que camina hacia el metro con una caja de chicles en la mano y un diploma que nunca tendrá, y uno se pregunta, con la amargura de quien ya no espera nada pero sigue escribiendo porque no sabe hacer otra cosa: ¿cuándo fue que dejamos de fingir que esto se podía arreglar? ¿Fue cuando el primer niño dejó la escuela? ¿Cuando el primer auditor dijo “no encontramos nada”? ¿Cuando el primer militar se suicidó “por casualidad”? No importa. Lo importante es que ya estamos aquí. En el capítulo donde la corrupción no se esconde. Se exhibe. Se pavonea. Se ríe en cámara. Porque ya no necesita ocultarse. Porque todos lo saben. Y nadie hace nada. Porque ya ni les importa. Y mientras tanto, yo, Pepito Díaz II, sigo aquí, escribiendo estas líneas como quien clava un cuchillo en un cadáver para ver si aún sangra —sabemos que no sangrará, pero lo hacemos igual, por dignidad, por rabia, por oficio, por vicio, por esa terca esperanza de que alguien, en algún lugar, lea esto y diga: “¡Ah, carajo, tenía razón.” —aunque sea demasiado tarde.
“Lo primero no se puede por lo tercero, ergo lo segundo es lo único que queda (y nadie lo niega, porque ya ni les importa)” por Pepito Díaz II, en su rol de narrador maldito, cronista del colapso con corbata de seda barata y alma de tinta quemada.








