La Máquina de Vida y Muerte 1

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Summary

Un hombre inmortal, una espada maldita, y una mujer que ha vivido mil años sin envejecer. Odrin Edevane debe enfrentar a lo que nunca debió ver: la verdadera naturaleza de la inmortalidad… y a quien la ha corrompido. Una épica oscura entre sombras, ciencia prohibida y mitología antigua, donde cada paso es una oración por la redención… y cada golpe, un eco de la muerte que no perdona.

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45
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n/a
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16+

La Dama Collingwood

Aún recuerdo ese día. Era invierno, y durante mucho tiempo ella había esperado ese momento, la oportunidad de convertirse en alguien independiente y valerse por sí misma. Yo era un mero observador, pero siempre me sentí orgulloso de lo que ella había logrado hasta entonces. Cuando me refiero a “ella”, hablo de la hermosa Vianey Hayley Collingwood, una mujer que parecía la belleza personificada: alta, esbelta, de piel blanca como la leche, rubia y con ojos azules como el cielo. Era como ver una ninfa del bosque encarnada en esta bella mujer que, para mi suerte, decidió que yo formara parte de su vida.

Como toda hija de banquero, cargaba un fuerte legado sobre sus hombros. Encargarse de los bienes familiares no era tarea sencilla siendo la única descendiente en quien recaía toda la confianza del señor Collingwood. Sin embargo, por razones del destino, dejó de lado ese legado para convertirse en artista. ¡Una artista mujer en Londres!, exclamó su padre en tono burlón cuando ella reveló sus planes. Aun así, nunca se rindió ante ese sueño intangible. Y aquí estábamos, a punto de abrir las puertas de la galería que, con tanto esfuerzo, consiguió.

La pequeña galería quedaba cerca de Regent’s Park y, aunque era modesta —ya que compró todo con sus propios ahorros, dado que su padre no le dio nada—, había logrado un buen lugar para exponer sus obras. Todo estaba listo. Su hermano menor, Din, y yo nos encargábamos de la seguridad en la entrada. Aunque no estábamos en un barrio pobre de Londres, siempre existía el riesgo de que algún ladrón o ebrio aprovechara la ocasión. El frío disminuyó un poco hacia las once, cuando se abrieron las puertas de la galería. Yo estaba bastante nervioso, sobre todo por la suerte de Vianey. Esperaba que lograra vender sus obras, que eran realmente buenas, muy realistas, de tono academicista. Había adquirido esas habilidades tras pasar horas practicando y estudiando.

Algunas horas después, ella se acercó a mí amablemente y, con tono alegre, comentó:

—Saludos, mi querido Odrin, ¿cómo te encuentras en tus labores?

—Vamos, Vianey, me conoces desde hace mucho… No tienes que ser tan formal.

—Jajaja, es cierto —dijo ella con un tono burlón—, aunque he hablado con tantos caballeros que ya me resulta difícil desprenderme de este molesto tono.

En ese momento, busqué las palabras adecuadas para aligerar el ambiente. Decidido, le dije:

—Entonces, mi estimada dama, ¿sería tan amable de acompañar a este pobre hombre desdichado a tomar una copa de vino después de tan laborioso día?

Ella respondió entre risas:

—Por supuesto, mi querido caballero, con mucho gusto acompañaré a tan desdichado hombre a tomar una copa de vino después de tan agotador trabajo.

Ambos reímos del chiste, pero en ese instante su hermano Din interrumpió:

—Muy bien, par de tortolos, pongámonos manos a la obra. Me parece que ha llegado alguien importante.

Din tenía razón. Frente a la galería se detuvo un carruaje lujoso. Dos hombres bien armados descendieron, abrieron las puertas y colocaron una especie de alfombra para que el aristócrata no ensuciara sus zapatos. Todos nos quedamos perplejos, intentando adivinar de quién se trataba. Pero por más que hubiéramos rezado, no habríamos imaginado quién era. Del carruaje bajó un hombre alto, de unos dos metros, erguido, de piel blanca y cabello negro. Sus ojos parecían dos faros; su presencia era intimidante. Vestía un traje color vino y llevaba un gran bastón rojo. Con lentitud, se acercó, observando a Vianey con interés. Una vez frente a la puerta, la miró, ignorándonos por completo. Estiró su mano, tomó la de ella, hizo una reverencia y besó su dorso. Luego dijo:

—Señorita Vianey Collingwood, es un placer conocer a tan grande artista en ascenso. Permítame presentarme: mi nombre es Clarence Providence, conde de Hamburgo. He venido desde muy lejos para ver su obra.

Vianey, sorprendida, respondió:

—Ehhh… Es… Usted es muy amable, lord Providence, pero me temo que no soy una gran artista… Al menos todavía.

—¡Jajajaja! Creo que es usted demasiado modesta, señorita Collingwood. Es obvio que dentro de usted alberga un gran talento que podría sernos… Mmm, muy útil por así decirlo.

En ese momento, no sospeché la tragedia que este hombre traería a nuestras vidas. En mi ignorancia, fui culpable de no comprender qué sucedería en los días siguientes. No me juzguen; sé que estoy adelantando hechos, pero escribir esta parte de la historia solo me llena de culpa y desolación por todo lo que permití que ocurriera.

El hombre entró a la galería y pasó unas tres horas conversando sobre las obras, hablando con Vianey y tomando su mano como si fueran viejos amigos. No malinterpreten, no estaba celoso, pero percibía una extraña aura que no me permitía apartar la atención de ellos. Cerca del cierre, él dijo:

—Bueno, mi estimada señorita, debo decir que sus obras me han dejado intrigado —comentó con aire decidido—. Por ello, procederé a comprar todas sus obras. Me las llevaré todas, si está en su alcance, claro está.

Vianey, sorprendida y casi al borde del desmayo, exclamó:

—¡Señor Providence! Sería un honor, pero me sentiría culpable si gasta tanto dinero en una artista novata.

—Tonterías —respondió él—. El dinero no es problema, y si tengo que invertir en usted, me sentiré muy contento y agradecido.

Vianey no tuvo opción y aceptó la oferta. Para mí, fue sospechoso que comprara todas las obras en la primera exposición de una artista, pero me convencí de que no debía pensar mal. Para ella, esto significaba un gran impulso para su carrera.

El hombre pidió que llevaran sus obras a su mansión, ubicada a las afueras de la ciudad, y que bajo ninguna circunstancia dejara de asistir la señorita Collingwood. Ella misma debía hacer entrega de las obras, ya que también ofrecería mostrarle su colección privada. La entrega se haría al día siguiente, cerca de las cinco de la tarde.

Me pareció extraño que pidiera su presencia, pero mi inexperiencia en este mercado no me permitió prever que algo extraño estaba ocurriendo. Esa noche cancelamos nuestra cita. Ella debía embalar y preparar las obras para su transporte, lo que le tomaría mucho tiempo. Me sentí desilusionado, pero la intriga me invadió aún más. La intriga sobre este hombre me incomodaba borrosamente; algo en sus ojos, en su mirada, me hacía sospechar que algo extraño sucedía. Sé que estoy narrando los hechos de forma apresurada, pero creo que en este momento debo detenerme.

Yo no soy puramente londinense. Mi padre era un marino, un soldado rígido que solía comerciar en algunos países de Sudamérica. Allí conoció a mi madre, quien, si bien era una dama adinerada de familia acomodada, se enamoró perdidamente de un simple marino. Durante mucho tiempo fueron felices, hasta que mi madre contrajo tuberculosis y, al poco tiempo, falleció. Esto llevó a mi padre a que nos adentráramos en el mar en incontables viajes. Creo que lo hizo para alejarse del recuerdo de mi madre, que le aprisionaba el corazón, pero, sin quererlo, me enseñó todo lo que sabía. Así, me hice con conocimientos sobre el mar y sobre el puerto que, aunque no lo pareciera entonces, me serían de gran ayuda en el futuro.

Pero ¿por qué les cuento esta parte de mi historia? Porque en ese preciso momento recordé el nombre de un capitán, alguien con quien mi padre había tenido tratos en el pasado y cuya reputación aún resonaba entre los marineros. Quizás Din podría recordarlo mejor que yo. Sin perder tiempo, le pedí a Din que contactara a un amigo de su familia, el capitán de la marina Edward Thomas, quien quizás podría proporcionarme información sobre este hombre. Din accedió y concertó una reunión para la tarde siguiente.

Esa noche no pude dormir. La tormenta de ideas que asolaba mi cabeza era inquietante. Muchas veces me detuve a reflexionar sobre por qué estas preocupaciones cruzaban mi mente. Solo era un aristócrata derrochando dinero, ¿no? Sin embargo, sus ojos tenían algo, una extraña aura que no me dejaba descansar ni apartar esos pensamientos. Debía averiguar de qué se trataba.

Por la mañana, me levanté con un fuerte dolor de cabeza. No había descansado, pero pronto me vestí y salí a caminar por las frías calles. Traté de estar tranquilo, observando a mi alrededor mientras soportaba el clima glacial. Intenté no pensar demasiado en el asunto. Al mediodía, Din me reprochó por no haber aparecido en la galería para ayudar, pero lo ignoré y solo pregunté si había pactado la reunión. Efectivamente, nos reunimos con el capitán en la taberna cerca de la galería a las cuatro de la tarde.

Llegamos temprano, pedimos cerveza para despejar nuestras ideas y permanecimos en silencio largo rato. Din no entendía mis preocupaciones. Al poco tiempo, el capitán Edward hizo su entrada, nos saludó con un apretón de manos y se sentó. Inmediatamente, me preguntó:

—¿Cómo está tu padre?

—Muy bien, señor. Está de servicio en África en este momento, pero nos escribimos regularmente.

—Me alegra saberlo. Es un gran hombre, muy decidido y honorable.

En ese momento, lo interrumpí:

—Señor, es usted muy amable, pero no hemos venido a hablar de mi padre ni de su carrera.

El capitán se sorprendió por mi tono serio, se recostó en su silla y pidió otra cerveza.

—Muy bien, muchacho. Soy un hombre ocupado, así que será mejor que digas rápidamente qué quieres y trataré de ayudarte.

Pensé un momento por dónde comenzar. La respuesta era obvia:

—Señor, necesito saber sobre este aristócrata, el conde llamado Clarence Providence.

El capitán me miró intrigado y preguntó:

—¿Por qué quieres saber de este hombre?

Din intervino, molesto:

—Esto es absurdo, Odrin. No puedo creer que hagas perder el tiempo al capitán con estas estupideces.

El capitán lo calmó:

—Está bien, muchachos. No hay problema. Clarence Providence es un hombre bastante misterioso. No sabemos de dónde proviene su fortuna. Sabemos que tiene un barco en el puerto que llega de vez en cuando, pero desconocemos el origen de sus negocios. Tenemos registros de su familia en Alemania desde hace unos cien años, aunque no es un hombre que se haga notar demasiado. Viaja constantemente, y por alguna razón, no sabemos nada sobre su familia antes de lo que aparece en los registros. No tiene esposa ni hijos y cuenta con un ejército privado completamente a su disposición. Algunos agentes de Su Majestad han investigado y han descubierto que su círculo opera como una especie de secta. Sin embargo, al no representar un peligro directo para la reina, han permitido que sus actividades continúen sin interferencias.

Tenía razón. Algo raro rodeaba a este hombre. No iba a desperdiciar tiempo y le pregunté al capitán dónde estaba su barco. Él me dio la ubicación exacta.

Poco después, el capitán se levantó y me dijo:

—Escucha, muchacho. Sé que eres capaz. Serviste a la corona, igual que tu padre. Pero no hagas nada estúpido alrededor de este hombre. Y si lo haces, hazlo con cuidado.

En ese instante, no supe cuánta razón tenía. Debería haberle hecho caso. Le dije a Din que fuera con su hermana, que la cuidara y no se separara de ella en ningún momento. Sentía que algo estaba ocurriendo, aunque no podía explicarlo. Era hora de averiguar quién era este hombre. Esa noche, allanaría su barco.

Para mí, el misterio aún no se había resuelto. Tenía que estar seguro de quién era aquel sujeto. No podía explicar por qué albergaba ese sentimiento de incertidumbre y angustia, pero algo tenía claro: debía averiguarlo. Contaba con poco tiempo; mi querida Vianey estaba a punto de reunirse con este hombre. Con rapidez, fui a casa a buscar un gancho, una cuerda y una pistola que conservaba desde mis días en el ejército. Me acerqué al barco con sigilo. El lugar estaba vigilado por dos guardias. En ese momento pensé: ¿Este hombre es muy confiado o no guarda nada de valor dentro del barco? Fuera como fuese, estaba decidido a entrar y buscar alguna pista que despejara o confirmara mis sospechas.

Aseguré el gancho a la cuerda y lo lancé por el mascarón de proa, la parte más accesible para subir. La oscuridad era mi aliada, y los guardias no me vieron. Subí con dificultad; el frío entorpecía los músculos de mis brazos, pero logré entrar al barco. Me escabullí entre sombras, avanzando detrás de barriles y cajas de mercancía que se distribuían por la cubierta. Cerca del timón, otros dos guardias permanecían distraídos, demasiado entretenidos para notarme. Seguí adelante. La puerta del camarote estaba cerrada. Saqué mi cuchillo de la bota y, con cuidado para no hacer ruido, hice palanca hasta abrirla.

Dentro, todo estaba sumido en la oscuridad. Rebusqué a tientas hasta encontrar un pequeño pedernal. Lo encendí y, tras varias chispas, divisé una lámpara de aceite. Perfecto. Mi suerte había cambiado. Encendí la lámpara, asegurándome de que la luz fuera tenue para no llamar la atención. Comencé a registrar los cajones del escritorio, pero no encontré gran cosa: solo documentos de transporte y papeles inútiles relacionados con negocios. En otro cajón hallé artefactos extraños: vasijas, armas antiguas, espadas y objetos de valor como rubíes y oro. Esto me pareció curioso, considerando la escasa seguridad del barco. Sin embargo, algo captó mi atención: un pequeño cofre laminado en oro, con un candado. Usé mi cuchillo para forzarlo sin mucho esfuerzo. Dentro encontré un manuscrito, un libro. Era ¡el diario personal de Providence!

Tragué saliva al pensar en los secretos que podría contener. Lo abrí y busqué la última entrada. Era de ese mismo día:

“Después de una búsqueda exhaustiva, al fin ha sido recompensada mi labor en pos de la inmortalidad. He conseguido una vasija, un receptor para el alma de Hela. Esto proporcionará que nuestro propósito de los últimos siglos finalmente dé frutos: la búsqueda de la inmortalidad, controlar la línea entre la vida y la muerte, será por fin mía, y podré dominar toda la materia viva del planeta. Esta chica Collingwood me dará lo que necesito: un alma pura, incorruptible. Al fin podré alcanzar mi objetivo. Esta noche estará lista la máquina. Esta noche se cumplirá mi meta de hace siglos.

Al fin encontré el alma con la suficiente fuerza para albergar el gran poder que necesito para controlar la línea entre la vida y la muerte. Es difícil encontrar un alma pura en estos días, y mucho menos un alma incorruptible. Pero qué sorpresa fue encontrar a esta chica. La he observado durante los últimos diez años, en cada esquina, en cada evento social, en cada escapada de sus padres. La he seguido en su estudio, en su casa, con sus amigas, con sus amigos. Ese olor, ese aroma… Me estremece hasta lo más profundo de mi ser. Casi hace que mi corazón vuelva a latir de emoción. Al fin he encontrado lo que he buscado durante siglos. Al fin podré cumplir mi misión. Y, como si los dioses mismos conspiraran a mi favor, la oportunidad de tenerla se presentó justo cuando menos lo esperaba.

No fue casualidad. Nada en este mundo lo es. Desde que descubrí el secreto de la vasija, supe que necesitaría algo más que simple magia o tecnología. Necesitaba un recipiente humano, alguien cuya esencia fuera tan pura que pudiera soportar el peso del alma de Hela sin desmoronarse. Observé a cientos, quizás miles, pero todos ellos estaban manchados por el egoísmo, la ambición o la corrupción. Todos, excepto ella. Vianey Collingwood. Su alma brilla como una llama en la oscuridad, un faro que guiará mi ascenso al poder absoluto.

Hoy, mientras caminaba entre los asistentes de su galería, pude sentirlo claramente. Su energía vibraba en el aire, casi tangible, llamándome, invitándome a tomar lo que por derecho me pertenece. No puedo negar que sentí una punzada de admiración por ella. Su dedicación al arte, su determinación por romper las cadenas que su padre intentaba imponerle… Me recuerda a mí mismo en otro tiempo, antes de que el peso de los siglos me convirtiera en lo que soy ahora. Pero no hay espacio para sentimentalismos. El sacrificio debe hacerse. El ritual está preparado, y esta noche, cuando la máquina alcance su punto máximo de resonancia, su alma será mía.

Todo está listo. Solo queda esperar unas horas más. Tengo que admitir que nunca imaginé que sería tan fácil ganarme su confianza. Los humanos son criaturas tan simples, tan fáciles de manipular. Unas pocas palabras de adulación, un gesto galante, y ya están dispuestos a entregarse sin preguntas. Aunque, claro, ella no tiene idea de lo que le espera. Nadie lo tiene. Cuando comprendan la magnitud de lo que he logrado, será demasiado tarde. Para entonces, yo ya seré el dueño absoluto de la vida y la muerte.

Esta noche cambiará el destino de la humanidad. Y yo, Clarence Providence, seré recordado como el arquitecto de una nueva era.”