Capítulo 1.
El aire en la ciudad de Veridia siempre había olido a dinero y poder, una mezcla embriagadora de gasolina de lujo, café caro y la fría elegancia del acero y el cristal de sus rascacielos.
Pero esa noche, el aroma predominante sería el de la pólvora, el polvo y el miedo.
La catedral de Santa María de la Luz, una joya gótica de cinco siglos de antigüedad que albergaba entre sus muros siglos de historia y fe, se erguía imponente contra el cielo estrellado.
Y entonces, el mundo estalló.
No fue una explosión cualquiera.
Fue el estallido gutural de un volcán naciendo en el corazón de la ciudad.
Una luz cegadora, primero blanca y luego anaranjada y roja, devoró las vidrieras centenarias, escupiendo al cielo un tornado de fuego, piedra esculpida y recuerdos pulverizados.
La onda expansiva reventó los cristales de los edificios circundantes en una sinfonía de mil campanas rotas, y un rugido, tan profundo que se sintió en los huesos antes que en los oídos, tumbó a la gente como si fuera hierba ante una guadaña.
El corazón de Veridia sangraba fuego y escombros.
En el caos subsiguiente, entre la nube de polvo que avanzaba como una marea gris, cinco figuras se movían con una precisión obscena.
Eran sombras que cortaban el humo, fantasmas que danzaban en el infierno que ellos mismos habían creado.
No corrían asustados; se desplazaban. Un protocolo coreografiado al milímetro.
La primera, ágil y pequeña, con una capucha negra que ocultaba su rostro, trepó por una escalera de incendios con la gracia de una araña.
Nami.
Llevaba bajo el brazo una tablet blindada con todos los datos de la operación.
—¡Movimiento! ¡Patrulla SWAT girando en la calle Oeste!.— Su voz, fría y clara, sonó en los microcomunicadores de apenas un milímetro que todos llevaban.
—Desviación confirmada. Cubridme.— respondió una voz serena y profunda.
Robin, alta y esbelta, su silueta apenas visible tras el velo de polvo, desvió su carrera hacia un callejón lateral, lanzando una pequeña esfera que, al impactar contra el suelo, desplegó una cortina de humo denso y irritante, bloqueando el paso de los primeros respondedores.
Un tercero, Sanji, esprintaba con elegancia letal, sus piernas poderosas impulsándole sobre los capós de los coches averiados.
—¡Malditos perros! ¡Casi me rocían con el champagne!.— Refunfuñó, esquivando un chorro de agua de una manga rota.
Su traje táctico, impecable, no tenía una mancha.
—¡Menos hablar y más correr, cocinero de mierda!.— Gruñó una cuarta voz.
Luffy, cuyo movimiento era más un rebote elástico e impredecible que una carrera, pasó como un rayo junto a Sanji, riendo entre dientes, una risa vacía, un sonido mecánico que no transmitía alegría, sólo la excitación de una misión cumplida.
—¡La fuga está al norte! ¡Sólo tres calles!.
Y luego estaba ella.
Hela.
La quinta sombra.
La última en abandonar el perímetro de la catedral.
No corría.
Caminaba con una determinación aterradora a través del caos, su figura alta y letal recortada contra el fuego.
Su capucha había caído, revelando una melena de un rojo oscuro, como sangre coagulada bajo la luna, que flameaba tras ella.
No miraba atrás.
No necesitaba hacerlo. Los gritos, las sirenas, el crujir del metal al enfriarse… todo era ruido de fondo para ella.
Sus ojos, de un dorado penetrante y cruel, escaneaban el entorno con desprecio, calculando cada variable, cada amenaza potencial.
Un policía joven, con la cara manchada de polvo y puro terror, le apuntó con su pistola temblorosa.
Sus ojos se encontraron.
Los dorados de Hela no parpadearon.
No mostraron miedo, ni ira, ni nada.
Sólo un vacío tan absoluto que le heló la sangre al hombre.
Su dedo se encogió en el gatillo, pero no pudo apretarlo.
Ella pasó a su lado como si no existiera, desvaneciéndose en una bocacalle antes de que él pudiera recuperar el aliento.
Escalaron edificios de apartamentos usando ganchos y cuerdas de fibra de alta resistencia, sus movimientos eran un ballet de fuerza bruta y años de entrenamiento inhumanos.
Evadieron drones policiales cambiando de rumbo por alcantarillas y túneles de mantenimiento que sólo ellos conocían.
Eran fantasmas, leyendas urbanas para las agencias de inteligencia: Los Supernovas.
Finalmente, en un muelle abandonado, lejos del epicentro del dolor, un furgón blindado y sin marcas los esperaba, sus motores diesel roncando suavemente.
La puerta trasera se abrió automáticamente.
Uno a uno, entraron en silencio.
Nami, Robin, Sanji, Luffy. Hela fue la última.
Se detuvo un instante en la entrada, sus ojos dorados barriendo la ciudad iluminada por el distante resplandor del incendio.
Una esquina de sus labios, perfectos y mortales, se curvá en algo que nunca podría llamarse una sonrisa.
Luego, entró.
La puerta se cerró y el furgón se disolvió en la noche, invisible.
___
El contraste no podía ser más brutal.
Del caos infernal de Veridia a la gelida y estéril quietud del Centro de Mando de La Pirámide.
Enterrado a cincuenta metros bajo un complejo de oficinas anodino en las afueras de la ciudad, era un mundo de acero bruñido, pantallas holográficas de luz azulada y un silencio sólo roto por el zumbido de los servidores.
Los cinco estaban de pie, formados en línea frente a una plataforma elevada.
Habían cambiado sus ropas tácticas negras y sucias por uniformes igualmente negros, impecables, sin insignias ni rangos.
Eran tablas rasas, vacíos. No había palmaditas en la espalda, ni suspiros de alivio. Sólo la expectativa del informe.
Una figura apareció en la plataforma, proyectada como un holograma.
No tenía rostro, sólo una voz digitalmente distorsionada que salía de una silueta borrosa.
Era la Voz. Su único enlace con la cúpula de La Pirámide.
—Informe de la Operación Catedral.— resonó la voz, neutra y fría.
Nami dio un paso al frente.
Su tablet ahora conectada a la red segura.
—Objetivo primario: eliminación del Arzobispo Valerius. Cumplido. El objetivo fue neutralizado antes de la detonación principal. Objetivo secundario: recuperación de los datos de la red financiera oculta del Vaticano dentro de la cripta. Cumplido. Todos los datos fueron extraídos y el servidor físico, destruido en la explosión. La explosión fue atribuida correctamente a una falla estructural y a gas acumulado. No hay pruebas forenses que apunten a un artefacto externo.
—Bajas colaterales.— Interrumpió la Voz.
Nami no vaciló.
—Estimación inicial: doscientos setenta y ocho confirmados. Cuatrocientos heridos. La cifra final puede variar. La mayoría eran feligreses en la misa de las nueve.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier reprimenda.
No importaban.
Eran números. Estadísticas. Fallout previsible.
—¿Complicaciones?.— Preguntó la Voz.
Fue Hela quien habló, en un susurro de seda y acero que cortaba el aire frío.
—Ninguna de importancia. La respuesta de las autoridades fue la esperada. Lenta y desorganizada. Barridos de seguridad predecibles.
Pero en su mente, por una fracción de segundo, no vio escombros ni humo.
Vio algo más.
Desde lo alto de un edificio, en el momento justo antes de la explosión, había barrido la zona con sus gemelos de visión nocturna.
Y en la terraza de un lujoso hotel, a casi un kilómetro de distancia, había visto a un hombre.
Alto, ancho de hombros, con un abrigo rosa pálido absurdamente llamativo sobre un traje claro.
Llevaba gafas de sol a pesar de la noche. Y parecía estar mirando directamente hacia ella, como si supiera exactamente dónde estaba.
Y sonreía. Una sonrisa amplia, desquiciada, llena de una confianza tan profunda que era un desafío en sí mismo.
Ella había apartado la vista al instante, desechándolo como una anomalía irrelevante.
Pero la imagen de esa sonrisa, grotesca y fascinante, se había quedado grabada en su memoria de forma irritante.
—La operación es un éxito completo.— Concluyó la Voz.— Procedan a la descontaminación y al reabastecimiento. Serán reactivados en cuarenta y ocho horas. Disolución."
Las luces holográficas se apagaron. Los cinco se giraron en perfecta sincronía y comenzaron a caminar hacia diferentes pasillos.
No hubo despedidas. No eran un equipo. Eran herramientas que volvían a su caja.
Mientras se dirigía a su celda de reabastecimiento, Hela no podía sacarse de la cabeza aquella imagen.
El hombre del abrigo rosa. ¿Quién era? ¿Un espectador rico y idiota? ¿Algo más?
Sintió algo que hacía décadas no sentía: un prurito, una minúscula punzada de curiosidad.
Y, aunque jamás lo admitiría, el más leve y peligroso eco de algo que podría haberse sentido como… emoción.
___
En el ático más exclusivo de Veridia, con vistas panorámicas al fuego que aún consumía la catedral, Donquixote Doflamingo sostenía una copa de brandy carísimo. A sus pies, el resplandor anaranjado iluminaba su sonrisa de depredador.
Tras él, en la penumbra, estaban sus hombres más leales. Rosinante, su hermano, alto y desgarbado, fumando un cigarro en silencio, su expresión sombría oculta tras unas gafas y una capa.
Roronoa Zoro, con sus tres katanas al cinto, los brazos cruzados, observando el caos con desinterés profesional.
Y Trafalgar Law, joven, inteligente y frío, analizando los flujos de información policial en una tablet.
—Fue ellos.— Dijo Law sin levantar la vista.— Los Supernovas. El modus operandi es idéntico al del atentado del Banco de G-5. Precisión, exceso de fuerza, desaparición total.
Doflamingo rió, un sonido profundo y vibrante que retumbó en la habitación.
—¡Qué espectáculo! ¡Qué arte! Destruir algo tan viejo y querido sólo para matar a un viejo chocho y robar unos números. Es… poesía."
Zoro gruñó.
—Un montón de muertos innecesarios. Ruidosos.
—¡Pero qué ruido tan glorioso, Zoro!.— Replicó Doflamingo, extendiendo sus brazos como si abrazara la ciudad.— Esto cambia todo. El Arzobispo era un peón clave en nuestro juego. Alguien acaba de mover una pieza importante en el tablero. Y yo quiero conocer al jugador.
Se giró, y su sonrisa se desvaneció, replaceda por una curiosidad intensa y obsesiva.
—Quiero saberlo todo sobre ellos. Sobre él. O ella. Quienquiera que esté a cargo de esos… artistas."
Fue entonces cuando Rosinante habló, su voz era áspera por el humo y algo más… una tensión contenida.
—Es peligroso escarbar en agujeros tan profundos, Doffy. La gente que hace esto… no deja rastro.
—¡Todo el mundo deja un rastro, hermanito!.— Dijo Doflamingo, su tono jovial pero con un filo de acero.— Y yo tengo los mejores sabuesos.— Sus ojos ocultos tras los cristales ahumados se posaron en la ventana, buscando en el humo algo que sólo él podía ver.
— Hubo uno… justo antes del boom. En el techo del edificio Kronos. Una silueta. Rápida. Elegante. Letal. Como un halcón.
Se llevó la copa a los labios, pero no bebió. Su sonrisa regresó, más amplia, más demente que nunca.
—Y tenía el pelo del color del fuego. Quiero a ese halcón. Encuéntrenmelo. Desentrañen cada piedra, sobornen a cada fantasma, rompan cada código. Quiero un nombre.
La obsesión había plantado su semilla en la tierra fértil de su locura.
Y Doflamingo no descansaría hasta verla florecer, sin importar cuánta sangre y fuego se regara para lograrlo.
El juego había comenzado. Y él nunca, nunca, perdía.