Prólogo
Mis lágrimas se derramaban, pero no por él.
El hombre esposado a la camilla tenía la boca rota, la nariz hundida por tantos golpes que ya no podía distinguirse bien el rostro y escupía sangre con cada respiración.
—No me mires así —susurré acomodando mis guantes—. Tú no te mereces morir así... Te merecías algo peor.
Trata de hablar, pero solo logra un gruñido asfixiado.
—Esto no es justo ¿verdad? —le digo mientras preparo la jeringa—. A mí me enseñaron a salvar, pero también me enseñaron a que las escorias como tú no valen nada.
Escupe la sangre y cae sobre mi bata blanca.
—Qué cliché —musito —. Siempre lo mismo con ustedes, ni siquiera saben morir con dignidad.
Él abre la boca, una exhalación inútil. Ya es tarde.
—Esto no lo hago por mí —digo con la voz quebrada—. Ella no merecía eso... y menos que la tocaras con tus manos asquerosas.
Mis lágrimas no deberían caer, pero lo hacen.
Él me mira sin entender, su cuerpo se arquea y se convulsiona en silencio. Yo me quedo ahí con los dedos sobre su cuello buscando un pulso que sé que no encontraré.
—No debería sentir esto —murmuré mientras su respiración se detenía—. Pero lo hice.
Las enfermeras entran corriendo y yo... finjo.
—¡Paro cardíaco! ¡Necesito ayuda aquí!
Hago lo que se espera, pero nada resulta, no porque no sepa, sino porque yo decidí que no.
La máquina a mi lado pitó una línea recta.
Él se va y con él un pedazo más de lo que alguna vez fui porque si no pude salvarla al menos me encargaré de que estas escorias no sigan respirando.