El Secreto de mi Voz (Bickslow x Reader)

Summary

___ y Bickslow crecieron juntos, compartiendo secretos, risas y momentos que marcaron su infancia. Para ella, él siempre fue la única persona capaz de comprenderla en un mundo que parecía demasiado ruidoso y confuso. Con su manera excéntrica y su cariño sin condiciones, Bickslow se convirtió en su refugio. Pero después de la universidad, sus caminos se separaron. Ella eligió la estabilidad; él, la libertad de seguir sus pasiones. Años más tarde, el destino los reúne en una ciudad que ya no es la misma, pero donde los recuerdos siguen vivos. Lo que Bickslow ignora es que ella lo ha amado en secreto desde siempre. Y ahora debe decidir si seguirá guardando ese sentimiento o si, por fin, se atreverá a confesarlo.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. El comienzo de todo

El patio del colegio estaba lleno de gritos y risas. Pelotas rebotaban de un lado a otro, los niños corrían formando equipos improvisados, otros jugaban a perseguirse entre los árboles. La algarabía era tan fuerte que parecía retumbar en cada rincón.

Tú, en cambio, estabas en el extremo más apartado del patio, cerca de la vieja valla de madera. Ahí, donde casi nadie pasaba, habías encontrado un pequeño refugio. Sobre tus rodillas descansaba una libreta llena de garabatos: círculos concéntricos, figuras repetidas una y otra vez, espirales que te calmaban cuando el ruido del mundo se volvía demasiado.

El lápiz se movía con suavidad, dibujando patrones que solo tú entendías. Cada trazo era como un susurro que te ayudaba a mantener el orden dentro de tu mente. Porque afuera todo era caótico: los gritos demasiado fuertes, las risas demasiado agudas, los pasos que parecían golpear el suelo con violencia.

Sabías que los demás niños pensaban que eras rara. Lo veías en sus miradas cuando pasaban corriendo cerca y susurraban entre ellos. "No habla mucho", "siempre está sola", "dibuja cosas raras"... palabras que te pinchaban como agujas aunque fingieras no escucharlas.

A veces deseabas poder unirte a ellos, gritar y correr sin miedo. Pero tu pecho se apretaba con solo imaginar estar en medio de esa multitud impredecible. Así que permanecías allí, escondida en tus dibujos, donde todo estaba bajo tu control.

Un soplo de viento levantó algunas hojas de la libreta, y te apresuraste a sujetarlas antes de que volaran. Entre tus dedos, los trazos se veían más claros bajo la luz del sol: un pequeño mundo creado solo para ti, silencioso, ordenado, seguro.

Ese era tu secreto. Tu manera de sobrevivir a un patio demasiado grande y demasiado ruidoso.

Mientras dibujabas, tres sombras se proyectaron sobre tu cuaderno. Levantaste la vista apenas un segundo: eran algunos de los niños más bulliciosos de la clase. Tenían la sonrisa torcida y esa mirada que ya conocías demasiado bien.

—¿Otra vez dibujando? —se burló uno de ellos, inclinándose para mirar tus hojas—. Parecen garabatos de bebé.

Otro estiró la mano, intentando arrebatarte la libreta, pero la sujetaste con fuerza contra tu pecho.

—¿Es que no sabes jugar como los demás? —preguntó el tercero, con una risa burlona.

El ruido de sus voces te golpeaba como un tambor, cada palabra se sentía demasiado fuerte, demasiado cercana. Respiraste hondo, cerraste los ojos un instante y volviste a abrirlos, clavando tu atención en el lápiz que aún sostenías.

No contestaste.

No valía la pena.

Bajaste la mirada y seguiste dibujando, con trazos más firmes, como si cada línea fuera una muralla que te separaba de ellos. Los niños insistieron unos segundos más, murmurando cosas que apenas alcanzaste a entender, hasta que finalmente se aburrieron y se alejaron corriendo hacia el bullicio del patio.

El silencio volvió a tu rincón, roto solo por el rasgueo del lápiz contra el papel. Dibujar era tu manera de decir lo que tu voz no encontraba. Allí, en esos patrones, estaba todo lo que no podías explicar: tu miedo, tu calma, tu forma de entender el mundo.

Ese era tu secreto.

Tu refugio.

La campana sonó poco después, su repique metálico atravesando cada rincón del patio. El griterío se transformó en carreras apresuradas hacia el edificio. Los niños se empujaban entre ellos, riendo, todavía con la energía del recreo en el cuerpo.

Tú, en cambio, seguiste con la vista fija en tu cuaderno. La rutina era clara: campana, fila, aula. Pero tu mente no respondía igual de rápido. El sonido de la campana aún resonaba en tu cabeza como un eco que no terminaba de apagarse. Y tu mano seguía moviéndose, repitiendo aquel patrón en la hoja como si nada más existiera.

Cuando por fin entraste al aula, todos ya estaban sentados en sus pupitres. Los profesores empezaban a hablar, sus voces llenaban el espacio de palabras que parecían enredarse unas con otras. Tú colocaste la libreta sobre tu mesa, intentando concentrarte, pero tus ojos se escapaban una y otra vez hacia los dibujos.

—Eh, mírenla. Todavía sigue con eso —susurró una voz femenina a tus espaldas.

No giraste la cabeza. Fingiste no escuchar.

De pronto, algo golpeó suavemente la parte trasera de tu cabeza. Una bolita de papel rodó hasta tu pupitre y se quedó allí, inmóvil, como una prueba de la burla.

Las risas no tardaron en explotar a tu alrededor. Algunas contenidas, otras descaradas, todas iguales de hirientes. El calor subió a tus mejillas, y aunque intentaste mantenerte inmóvil, tus manos empezaron a temblar sobre la mesa.

La profesora pidió silencio, pero la risa seguía vibrando en tus oídos, como un zumbido imposible de ignorar.

Así era casi todos los días: un mundo demasiado ruidoso, demasiado rápido, demasiado cruel. Y tú, atrapada en él, buscando en tus dibujos una forma de resistir.

—Bien, basta ya —dijo la maestra con firmeza, mirando a la clase—. Si tanta energía tienen, vamos a ponerla en algo útil.

Tomó una tiza y escribió un problema de matemáticas en la pizarra. Era largo, lleno de números y operaciones que parecían interminables.

—Quiero que alguien lo resuelva.

El silencio cayó en el aula. Ningún niño levantó la mano. Todos bajaron la mirada, fingiendo estar ocupados en sus cuadernos. Algunos murmuraban entre ellos, otros fruncían el ceño intentando descifrarlo, pero nadie se atrevía a responder.

La profesora suspiró y dejó la tiza sobre el escritorio.

Entonces, su mirada se detuvo en ti.

—¿Y tú, ___? —preguntó con suavidad, pero lo bastante alto para que todos lo escucharan—. ¿Qué opinas de este problema?

Sentiste cómo todas las miradas de la clase se clavaban en ti. Tu primer impulso fue encogerte, hacerte pequeña, desaparecer. Pero tus ojos, casi por inercia, se alzaron apenas unos centímetros hasta la pizarra.

Los números bailaron frente a ti... y, de pronto, se ordenaron. Como piezas de un rompecabezas que encajaban solas. Tu mente empezó a procesarlos a una velocidad vertiginosa, saltando de un cálculo a otro, uniendo operaciones, corrigiendo mentalmente errores inexistentes.

La respuesta estaba allí. Clara. Precisa.

—Es... —tu voz salió baja, casi un murmullo, pero firme—. Es setecientos cuarenta y ocho.

Un silencio sepulcral se extendió en la clase.

La profesora parpadeó, sorprendida. Tomó la tiza de nuevo, hizo las operaciones una por una en la pizarra y, finalmente, se giró hacia todos con una leve sonrisa.

—Correcto.

Los murmullos no se hicieron esperar. Algunos compañeros te miraban con asombro, otros con fastidio. La niña que te había lanzado la bola de papel chasqueó la lengua, molesta.

Tú bajaste la cabeza otra vez, apretando el lápiz entre tus dedos. No buscabas impresionar a nadie. No buscabas demostrar nada. Solo habías dicho lo que tu mente había resuelto en cuestión de segundos.

Pero dentro de ti, por primera vez en aquel día, sentiste un leve cosquilleo de orgullo. Una chispa que te recordó que, aunque fueras distinta, había cosas que solo tú podías ver con esa claridad.

La campana final anunció el fin de las clases. Los niños salieron corriendo del aula como una bandada de pájaros alborotados. Sus voces resonaban por los pasillos y se desbordaban hacia la calle del pequeño pueblo, mezclándose con el sonido de bicicletas y ladridos de perros lejanos.

Tú guardaste tu libreta con cuidado en la mochila y te levantaste despacio. No había prisa en tus movimientos, porque sabías que nadie te esperaba al otro lado de la puerta del colegio. Tu casa quedaba en las afueras, a casi media hora caminando, entre calles tranquilas y campos abiertos. Ese trayecto solitario era, en cierto modo, un respiro: solo el viento, el crujido de tus pasos y el murmullo de tus propios pensamientos.

Sin embargo, aquella tarde, la calma no duró.

A mitad del camino, mientras avanzabas con la mirada fija en el suelo, escuchaste el sonido de pasos apresurados detrás de ti. No necesitaste girarte para reconocer las risas contenidas y los murmullos cargados de burla.

—¡Eh, rarita! —gritó una voz que te erizó la piel.

De pronto, una mano brusca te empujó por la espalda. Tropiezas unos pasos hacia adelante, apretando los labios para no soltar un quejido. La mochila se sacudió contra tu costado y por poco pierdes el equilibrio.

—¿Qué haces siempre sola? ¿Acaso ni siquiera sabes hablar como la gente normal? —añadió otro, entre carcajadas.

El calor subió a tus mejillas. No los miraste. No podías. Tus ojos se quedaron fijos en el suelo de tierra y piedras, donde tus zapatillas parecían hundirse. Si los mirabas, sentías que el aire te faltaría por completo.

Las risas se hicieron más fuertes, agudas, crueles. Cada carcajada te atravesaba como una grieta que rompía lentamente tu refugio interior. Tu mundo -ese que construías con dibujos, con números que encajaban como piezas perfectas, con silencios seguros- se desmoronaba frente a la crueldad de esos niños que nunca habían intentado comprenderlo.

Seguiste caminando sin responder, con pasos temblorosos, como si cada uno fuera un esfuerzo titánico por no caer al suelo. El pecho te dolía, y aunque sabías que lo más fácil sería llorar, contuviste las lágrimas.

Porque si llorabas, ellos ganarían.

Y tú no querías darles ese poder.

Y entonces, un nuevo empujón llegó, mucho más fuerte. Tu cuerpo cayó al suelo, la tierra áspera raspando tus manos y rodillas. La mochila se abrió y algunas hojas salieron volando, esparciéndose por el camino.

—¿Qué pasa? ¿Eres muda o algo así? —escupió uno de ellos con desdén.

Temblabas en el suelo. No sabías si por miedo, por rabia o por la mezcla de ambas cosas. Las burlas volvieron a rodearte, como un círculo de voces que no te dejaba escapar.

Las lágrimas amenazaban con salir, pero aún te aferrabas a contenerlas.

Y entonces, una voz clara y firme irrumpió en medio de todo.

—¡Déjenla en paz!

El grupo se quedó quieto. El tono no fue un grito, pero tenía una fuerza que obligó a todos a volverse.

Allí estaba él.

Un niño alto para su edad, con el cabello oscuro y una expresión desafiante en el rostro. Sus ojos brillaban con una determinación que contrastaba con la sonrisa torcida que parecía nunca abandonar sus labios.

—¿No tienen nada mejor que hacer que molestarla? —preguntó, cruzándose de brazos.

Las risas se apagaron de golpe. Los niños que te rodeaban se miraron entre sí con incomodidad, y uno de ellos chasqueó la lengua.

—Bah... míralo, el raro defiende a la rarita —murmuró con desprecio.

El resto soltó una última risa nerviosa, pero sin fuerza. Poco a poco, retrocedieron, como si la presencia del niño hubiera sido suficiente para quitarles las ganas de seguir molestando. Pronto se marcharon corriendo por el camino, arrastrando sus carcajadas hacia otro lado del pueblo.

El silencio volvió a instalarse. Solo el viento agitaba las hojas esparcidas de tu libreta, bailando en círculos sobre el polvo del suelo.

Él se acercó despacio, sin dejar de mirarte. Sus pasos eran tranquilos, firmes, como si no tuviera ninguna prisa. Se detuvo frente a ti y extendió la mano.

—¿Estás bien? —preguntó con voz grave para su edad, pero no sonaba dura; más bien, parecía preocupada.

Tú bajaste la mirada hacia esa mano. Dudaste un instante, pero en seguida apartaste los ojos. El contacto directo era demasiado, incluso cuando alguien parecía querer ayudarte. Apretando los labios, te incorporaste por ti misma, aunque tus rodillas raspadas te dolían y tu andar se volvió torpe.

La tierra aún se pegaba a tu uniforme, y la mochila colgaba torcida sobre tu hombro. Sin embargo, no dijiste nada. No levantaste la vista. Solo reanudaste el camino, como si nada hubiera ocurrido.

El niño parpadeó, sorprendido, y bajó lentamente la mano que aún mantenía tendida.

—Oye... ¿estás bien? —repitió, esta vez con un tono más suave.

No hubo respuesta. Solo el sonido de tus pasos arrastrándose por el suelo, alejándote.

Él no se quedó quieto mucho tiempo. Apenas notó que te alejabas con paso tambaleante, corrió hasta ti, sus zapatillas levantando polvo a cada zancada.

—¡Espera! —exclamó, alcanzándote con facilidad.

No intentó detenerte, solo caminó a tu lado, como si fuera lo más natural del mundo. Sonreía, esa sonrisa amplia y un poco traviesa que parecía no borrarse nunca de su rostro.

—___, ¿verdad? —pronunció tu nombre con seguridad, como si le gustara repetirlo en voz alta.

No respondiste. Tus ojos seguían clavados en el suelo, en el camino de tierra que se extendía hacia las afueras del pueblo. Cada paso te pesaba, y lo único que querías era llegar a tu casa, cerrar la puerta y refugiarte en tus dibujos, donde nadie podía alcanzarte.

Aun así, él siguió hablando.

—Soy Bickslow —se presentó con una ligera risa—. Aunque seguro ya lo sabes... todos en la clase me dicen cosas, como a ti. Supongo que eso nos hace... diferentes, ¿no?

Tus dedos apretaron con fuerza las correas de la mochila. Una parte de ti esperaba escuchar la misma palabra de siempre: rara. Pero no llegó.

Él continuó, saltando sobre una piedra del camino como si no hubiera tensión alguna.

—A mí me dicen raro porque me gusta hacer voces. Ya sabes, hablar como si fueran muñecos o hacer sonidos raros. ¿Quieres escuchar? —sin esperar respuesta, moduló su voz y dijo con tono chillón—: "¡Hola, me llamo Bickslow y voy a ser tu amigo!"

A pesar de ti misma, tus labios temblaron con el inicio de una sonrisa. La escondiste enseguida, bajando más la cabeza.

Bickslow se inclinó un poco hacia ti, intentando mirarte de reojo.

—¿Ves? No es tan malo ser diferente. Yo creo que es mejor. Porque aburrido... nunca soy.

Tus pasos se hicieron más rápidos, como si quisieras huir de esa calidez que no sabías cómo manejar. El corazón te golpeaba con fuerza.

«¿Por qué?» pensaste. «¿Por qué no me ve como los demás? ¿Por qué no dice que soy rara?»

No entendías por qué insistía en caminar a tu lado. Pero en lo profundo de tu mente, una pequeña chispa se encendió: la idea de que, tal vez, no todos estaban destinados a reírse de ti.

El camino se fue estrechando, dividiéndose en dos senderos que conducían a distintos puntos del pueblo. Tú seguiste por el tuyo, con la mirada baja y los hombros encogidos, mientras Bickslow disminuyó el paso hasta detenerse en la bifurcación.

—Bueno... —dijo con esa voz despreocupada que parecía nunca perder—. Yo vivo por aquí. Supongo que nos veremos mañana, ¿no?

Asentiste apenas, sin levantar la vista, aferrándote a las correas de tu mochila como si fueran tu ancla. Parte de ti deseaba llegar cuanto antes a casa y encerrarte en tu mundo. Otra parte, más pequeña, no entendía por qué su compañía no te resultaba tan pesada como la de los demás.

—Entonces... hasta mañana, ___ —añadió él, sonriendo antes de girar sobre sus talones y comenzar a caminar hacia el otro lado.

Sus pasos se fueron alejando poco a poco, perdiéndose entre el polvo y la hierba alta del camino.

Fue entonces cuando, casi sin darte cuenta, levantaste la mirada. Lo observaste marcharse, la silueta del niño alto que se balanceaba despreocupada mientras silbaba una melodía improvisada.

Algo en tu pecho se aflojó. No sabías qué era exactamente: alivio, curiosidad, o quizá una sensación nueva que no podías nombrar.

Solo supiste que, en medio de un mundo que hasta ese día parecía lleno de burlas y soledad, alguien se había quedado a tu lado. Y aunque los caminos se hubieran separado, esa imagen quedó grabada en tu memoria.

El inicio de todo había comenzado.