Terca
¿Alguna vez has pensado en la posibilidad de no haber nacido? ¿De poder ver desde una capa opaca todo lo que pasa fuera, pensar que es maravilloso estar allí… y recordar que nunca lo verás? Yo vivía así. Dentro de ese huevo que nunca se abriría. Solo ella me daba esperanzas de nacer… Ella aún no sabía lo que yo era, ella aún no tenía la edad suficiente para saberlo. Yo simplemente era una amiga que aún no había nacido. Ella me llevaba a todos lados, siempre estábamos juntas. Siempre… Hasta que… Ella… Hasta que yo tuve que nacer. Me llamo Chikah: La chikorita maldita…
Hace ya algún tiempo que los investigadores pokemon habían descubierto a los “huevos malos”: unos huevos pokemon que jamás nacerían y, en caso de que ese huevo se abriera, su contenido solía ser una masa repugnante, probablemente fruto de la descomposición del pokemon que debería haber estado creciendo allí. No se sabe a ciencia cierta el porqué de la existencia de esos huevos ni cómo se forman… Simplemente aparecen. De un fuerte meganium macho y una recién evolucionada meganium hembra nació un pequeño huevo verde. Huevo que jamás se abriría. Tras la primera inspección de los huevos en la casa de aquellos profesores se dieron cuenta de que yo jamás nacería. Apartaron aquel huevo de los dos meganium y se dispusieron a tirarlo a la basura… Pero una mirada infantil a sus espaldas lo paró. Aún recuerdo ese primer momento: “Papi, mami… ¿Ese es mi pokemon?” Los profesores dieron media vuelta al escuchar la dulce voz de su hija. Ella tenía 3 años en aquel entonces y era preciosa. Los padres se miraron con algo de miedo y susurraron “No podemos hacer nada...”, acto seguido entregaron con una sonrisa forzada el huevo a la pequeña. Lo cogió con sus pequeñas manos… Era cálido, muy cálido… Tan cálido…
Al parecer, aquellos profesores estaban criando a esos meganium para criar a un buen pokemon stater para su hija. Pero algo salió mal… Huevo malo.
Pero eso no importaba, no me importaba. Solo me bastaba el calor que me daba aquella pequeña cuando me abrazaba contra su pecho. Cuando acariciaba aquel huevo malo con tanto cariño, amor e ilusión. Creyendo que yo algún día nacería. Me llevaba a la biblioteca, me enseñaba a sus amigos, me mostraba imágenes de mis evoluciones, de compañeros de tipo y de otros pokemon. Me llevaba a las guarderías para jugar con los demás pokemon… Pero otros de los efectos de los huevos malos es que los demás pokemon huyen de ellos. Por lo tanto, cuando ella y yo salíamos a jugar juntas, ella siempre se quedaba sola en un banco… Mirando a los demás divertirse. Sentía como su corazón se aceleraba… Se ponía triste, pero ella aguantaba sus lágrimas. Ella no quería dejarme sola. Porque yo se supone que iba a ser su primer pokemon. Tantas veces me entraban ganas de gritarle “¡Vete! ¡Déjame sola! ¡No soy nada! ¡Ni siquiera sé si existo! ¡Fuera! ¡Vete!”, pero aunque lo intentara, ella no podía escucharme.
Dentro de esa dura cáscara, en este espacio pequeño vivía yo. Soñaba que me curaba, que me volvía un huevo normal y podía nacer… Que corría por los campos junto a ella y entrenaba a su lado. Que pasaba de los pokemon que habían huido de mí, pero que aún así, nosotras teníamos muchos amigos. Una vez ella me dijo que no le gustaban mis evoluciones, que le gustaba cargar con mi peso. Llevarme subida en su cabeza y que viera el mundo junto a ella, a su misma altura. Yo quería hacer eso… Pero luego despertaba, abría los ojos y volvía a ver la cáscara dura. Las sombras opacas tras ella… Me entristecían.
El día de su cuarto cumpleaños, y en un intento de que dejara de llevarme a todas partes, a mi única amiga le regalaron un pequeño Nidoran macho. Casi me muero de miedo. Durante unas horas yo permanecí encima de la mesa, observando aquellas sombras jugar. Observándola a ella jugar con aquel Nidoran. Al cabo de un tiempo sus padres le dijeron que ese Nidoran era su primer pokemon. Ella asintió. Mi corazón dio un gran vuelco. Quería morir. Pero ella se paró, miró a sus padres y preguntó “¿Y qué pasa con Chikah?”. Los padres se quedaron en blanco ¿Quién era Chikah? Sin dudarlo le preguntaron por aquel ser y ella me señaló a mí: al sucio y repugnante huevo malo. Yo era Chikah. Yo tenía un mote, un nombre solo para mí. Yo era algo. Me sentí viva, como si pudiera escapar de allí y correr libremente por el mundo. Ella se levantó corriendo y vino en mi busca, me acercó a su nuevo compañero y desde lo más profundo de mi ser deseé que no lo hiciera. “Mira, Nicolás, ¡esta es mi amiga Chikah!”, dijo sonriente. El pequeño Nidoran dio unos pasos atrás asustado, sin entender por qué su entrenadora le mostraba aquel huevo maldito y lo presentaba como algo vivo. La miró varias veces confuso y, tras unos minutos, dio un pequeño paso al frente. Olió el huevo y le dio un pequeño golpe con el hocico. “Chikah es muy terca y aun no quiere salir”. Y nunca saldría…
El tiempo fue pasando con lentitud. Siempre hacíamos lo mismo, los tres íbamos de un lugar a otro. Se acercaban a nosotros por Nicolás y se alejaban por mí… Yo quería ser normal, como Nicolás, pero no era posible. En una noche, aquel Nidoran me sacó de la cama en la que dormía con mi amiga. Pensaba que iba a acabar conmigo. Abrió la puerta lentamente y me llevó hacía una pequeña línea de luz: la habitación de los profesores.
—No hay manera de arrebatarle el huevo. Con lo fácil que sería intercambiarlo por otro huevo de chikorita sano —comentó la mujer.
—Ya ni siquiera los padres saben que ese huevo fue suyo. Mientras más tiempo pase con ese huevo, peor será para ella —continuó el hombre.
—Si para su siguiente cumpleaños no lo hemos intercambiado, se lo tendremos que decir…
Quería llorar, pero no podía, no sabía cómo hacerlo. Siempre había pensado que Nicolás era un enemigo, ya que él era popular y podía correr junto a ella. Pero en aquella ocasión, antes de que aquella luz se apagara, me miró. Vi su mirada brillante entre mi oscuridad. Me sentí protegida. Y a partir del día siguiente… Volvimos a ser los apartados del pueblo. Siempre que alguien se metía con el huevo en el que yo habitaba, Nicolás se metía en pelea con quien lo hacía. Llegó un momento en el que nuestra vida se basaba en ir al gran árbol de la pradera y sentarnos a su sombra a leer cuentos. Era como si pudiera notar la brisa en mi cuerpo. Aunque nosotros éramos lo peor del pueblo, y, en cierta medida, la vergüenza para la familia, nosotros 3 estábamos felices juntos. Pero toda felicidad tiene un final…
Aún siendo unos profesores reconocidos por muchos, estos personajes trabajaban para una extraña organización a los cuales les debía dinero… Y el dinero era lo que alimentaba dicha organización. Un tranquilo día, mientras caía la noche, se escuchó una fuerte explosión en una de las granjas pokemon. Todos salimos fuera viendo el desastre: las llamas, la destrucción y los pokemon muertos por el suelo… Entre el humo aparecieron unas formas humanas y otras de pokemon, podía ver una macabra sonrisa en sus rostros. Aquellos hombres y los profesores tuvieron una discusión y, al acabar sin negociación, ellos mataron a los profesores. Todos nos apartamos de la casa. Aquellos despreciables humanos entraron en la casa llevándose todo lo de su interior, incluso nuestros juguetes. Mi compañera les suplicó que pararan pero ellos no escucharon.
—¡Dejadlo! ¡Por favor! ¡Si no lo hacéis cuando sea grande iré a por vosotros con Chikah!
—¿Chikah? Un mote muy raro para un Nidoran…
—No… Él es Nicolás… Chikah es quien está aquí dentro… —rectificó la información mi compañera.
—¿Qué? Puffjajajajajajaja. Estúpida cría… ¿Cuánto tiempo llevas esperando a que ese huevo se abra?
—Hace… más de un año…
—¿No ves qué ha cambiado un poco el color del huevo? ¿Qué está más oscuro que antes? Eso que tienes en tus manos, que de seguro has estado protegiendo a toda costa, es un huevo malo. Un huevo maldito. Nunca nacen. Seguramente lo que haya dentro ya debe de estar muerto —explicó aquél hombre.
—No… Es mentira… No te creo… Ella… Ella solo es muy terca… Le gusta dormir… Por eso aun no… Estoy segura de eso…Es muy terca... Ella aún… Porque ella…
—Aish… Estoy hasta los cojones de ti niña.
Acto seguido uno de sus pokemon le arrebató la vida con sus garras. Nicolás estaba petrificado. Las lágrimas de mi compañera y su sangre caían sobre el huevo. Podía notar como era embadurnada por tal mezcla de fluidos. Ella… Ella era mi única amiga… Mi primera amiga… El primer ser que confió en mí… Que siempre lo hizo y que aun sabiendo la verdad… Estuvo a mi lado… ¿Por qué no podía hacer nada? ¿Por qué ella fue así de buena conmigo? ¿Por qué esos estúpidos Flare me han arrebatado lo más preciado que tengo?
Literalmente notaba su sangre cubriéndome…
Entre las risas del Team Flare, los chasquidos del fuego y el ahogado llanto de Nicolás se pudo escuchar un “crack”. El huevo se había roto. Saltó un pequeño trozo de huevo al suelo. Mi amigo miró con miedo el huevo, mientras que los Flare lo hacían con expectación por ver mi cadáver. Del pequeño agujero salió una hoja verde, preciosa y sana. Se movía con soltura, bailando. Aquel tipejo parecía divertirse, y yo también quería hacerlo. La hoja se movió rápidamente saliendo de esta al menos 10 hojas más que le rasgaron la cara y uno de sus ojos. Del interior del huevo comenzaron a salir unas enredaderas que lo sujetó con fuerza por el cuello hasta que cayó al suelo, cadáver. El huevo se abrió en dos, dejando ver la figura de una pequeña chikorita, sonriente y con los ojos más rojos, brillantes y llenos de vida que haya visto nadie. La sangre de mi antigua compañera cayó sobre mi cuerpo. Miré atrás y con mis látigos tomé su cabeza para que me mirara. Mírame, estoy aquí, frente a ti. Aunque ya no estés junto a mí, siempre, siempre seremos amigas. Lo prometo, lo juro. Correré por todos los campos, nadaré por todos los ríos, lagos y mares. Escalaré montañas, treparé árboles, me empacharé de bayas, tomaré la mejor leche de miltank que haya probado un ser vivo. Porque yo, estoy viva. Aquí y ahora. Jamás te olvidaré amiga mía… ¿Y sabes que es lo primero que haré? Vengarte.
Moví mi hoja de la cabeza con soltura, soltando miles de hojas afiladas hacia aquellos asquerosos tipos. Podía ver como su sangre iba inundando la hierba en la que tantas veces jugué con ella. Sus pokemon me temían, seguían escondiéndose al verme. Nicolás intentaba ayudarme con los pokemon que se atrevían a amenazarme. Cogió una pokedex de unos de los muertos y la tiró al cielo, me gruñó para que la mirara. Y sonreí con picardía. “Chikorita, tipo planta ???, Nivel 225”. ¿De verdad estos quieren jugar así conmigo? Con ayuda de mis látigos salté y atrapé la pokedex. Me subí encima y la utilicé como una alfombra mágica hasta llegar a uno de los humanos, le quité una de las piedras eternas que portaba y la utilicé en mí. Luego acabé con él con un rápido movimiento de látigo. Al cabo de unas horas todo se veía cubierto de sangre. Los pokemon que sobrevivieron quedaron libres, y miles de pokemon fantasmas comenzaron a vagar por el lugar. Yo respiraba fuertemente mirando con ojos grandes al suelo. Nicolás se acercó a mí y juntos nos dirigimos a donde ella descansaba. La cogimos con cuidado y la enterramos dejando parte de mi aroma para que ningún pokemon se acercara a ella.
—Esta es la despedida Nicolás —le dije.
—Ya lo sabía, sabía que después de esto te irías.
—Creo que me he convertido en alguien solitario…
—Te entiendo… Hasta la próxima, Chikah. Cuando nos veamos, déjame invitarte a unas ricas bayas… ¡Y asustaremos a algunos Magikarps!
Me alejé de mi antiguo hogar con una sonrisa en la boca. Sentí una gran fuerza tras de mí, al girarme observé que él ya no era un niño, acababa de evolucionar en un genial Nidorino. Aun así, él agachó la cabeza y comenzó a llorar.
—¡Muchas gracias! ¡Gracias por confiar en mí, Nicolás!
—¡Idiota! ¡Vete ya! ¡No quiero que digan que me junto con gente rara!
No pude evitarlo, aquellas lágrimas que tanto deseaba comenzaron a brotar de mí. Corrí cuanto pude fuera del terreno de la casa. Más y más deprisa, huye, ¡deprisa! ¡No quiero volver allí! ¡No quiero recordar lo malo! Solo quiero ser libre. ¡Libre! Cansada, paré bajo el árbol donde solíamos tomar el fresco. Vi salir el sol, vi el color. El olor… La brisa… Y entonces, la escuché… “Sabía que nacerías… Pero mira que eres terca, Chikah… Mira que eres terca…”