Lobo
Un oscuro coche militar se desplazaba a través de un bosque desolado, con la única compañía de una voz que resonaba desde el asiento trasero. Era la voz de Michael Neil, un soldado alemán de 37 años, cuyo uniforme gastado mostraba los estragos de la guerra con agujeros en los codos y hombros. Delante de él, un compañero, William Weber, de 42 años, conducía. William había perdido la audición en su oído derecho a causa de una granada y, al notar la seriedad de su camarada, intentó romper el hielo.
Michael le preguntó a dónde se dirigían, a lo que William respondió que iban a la trinchera en la frontera. William, en un intento de aliviar la tensión, le preguntó si era cierto que tenía una familia. La respuesta de Michael fue una evasiva, sugiriendo que se enfocaran en sobrevivir en lugar de inmiscuirse en los asuntos de los demás. Con una mirada penetrante y seria, Michael miró fijamente la cabeza de William, quien insistió en saber cómo se sentía.
"He comido ratas, gusanos, aves y murciélagos...", respondió Michael con una franqueza impactante. William lo interrumpió, comprendiendo que la había pasado mal, pero trató de encontrarle el lado positivo: habían logrado ganar más territorios. Michael, sin embargo, miró por la ventana y contraatacó con una dura verdad: "A costa de la vida de mis camaradas... A costa de la vida de miles de personas que seguro tenían una familia". William, resignado, comentó que "este mundo es cruel... el lobo te come a ti o tú te comes el lobo", y Michael asintió, reconociendo la verdad de esas palabras.
Al caer la noche, decidieron acampar y dormir por turnos. Michael se ofreció a vigilar mientras William dormía, y le dijo que le tocaba el turno a las doce y media. En un momento de silencio, Michael le preguntó a William por qué no se había ido después de que la granada le explotara. Con la cabeza baja, William reveló la trágica historia de su vida. Se había casado y tenía una hija, pero había sido enviado a la trinchera del norte. Extrañando a su familia, les había escrito una carta para decirles que estaba bien, pero el día que la iba a enviar, el coronel Schmidt lo llamó para darle la noticia de que su familia había muerto a causa de una bomba francesa. Su hija, de tan solo nueve años, había muerto calcinada junto a su esposa. William confesó que intentó suicidarse, pero su cuerpo se paralizó, razón por la cual no se movió cuando la granada estalló a su lado.
Al amanecer, se dirigieron de regreso a la carretera para continuar su viaje, ya que el coronel Schmidt tenía algo que decirle a Michael. De repente, un soldado francés disparó contra el espejo trasero del coche militar. Un disparo hirió a Michael en el hombro, pero continuó corriendo y logró saltar al auto. William, asombrado por la situación, se preguntó cómo los franceses habían llegado tan lejos, especulando que la trinchera del este podría haber caído, una posibilidad que, de ser cierta, los pondría en un grave aprieto. Cuando una bala le dio a una rueda del coche, se dieron cuenta de que no tenían más opción que correr para salvar sus vidas. Michael solo tenía una pistola CZ P-10 C, pero estaba vacía.
Salieron del coche y, mientras corrían, una bala impactó en la pierna de William. "Corre, Michael, tienes que informar de est...", gritó antes de que un disparo en la cabeza pusiera fin a su vida. Michael huyó mientras una lluvia de balas lo perseguía. Se escondió detrás de un árbol, preguntándose cómo los franceses habían llegado hasta allí. La trinchera del este era una de las más sangrientas, con 200 soldados muriendo cada semana; era imposible que hubiera caído.
En lo profundo del denso bosque, el silencio era absoluto, interrumpido solo por los sonidos de la naturaleza y el latido acelerado de un corazón. Michael, empapado de sudor y con los nervios a flor de piel, llenó su cantimplora con agua de un pequeño lago, sintiendo un breve alivio al confirmar que no era tóxica. La muerte de William aún resonaba en sus oídos, la imagen de su camarada cayendo ante la bala francesa, una escena que se repetía sin cesar en su mente. "¡WILLIAAAM!", gritó Michael, el nombre de su amigo una plegaria desesperada en la oscuridad.
El mundo se desvaneció, el bosque se volvió un borrón de árboles y arbustos. El único sonido que escuchaba era el eco de la bala en su cabeza y los gritos de sus perseguidores. Corrió, con los pulmones ardiendo y los músculos adoloridos. Se obligó a seguir, el rostro de su familia como un faro en la oscuridad, una fuerza que lo empujaba a seguir adelante.
Se escondió detrás de un árbol, con los oídos atentos a cualquier sonido. Su corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. El silencio se cernía sobre él, un silencio que solo significaba una cosa: que lo estaban cazando. Se arrastró por el suelo, moviéndose de árbol en árbol, con la certeza de que una bala lo esperaba en cualquier momento.
"¿Por qué?", susurró. "¿Por qué demonios nos siguen?".
De repente, una voz, gruesa y rasposa, rompió el silencio. "¡Estás solo, alemán! ¡No tienes a donde ir!".
Michael se detuvo. Los pasos de alguien moviéndose entre los arbustos se acercaban. Agarró su pistola vacía con fuerza, la inútil arma de plástico le daba algo de consuelo. Se inclinó sobre una roca y esperó.
Los pasos se acercaban, y Michael pudo ver la silueta de un soldado francés entre la maleza. Su corazón se encogió. El francés se detuvo, apuntando con su rifle en la dirección de Michael. Michael lo miró fijamente a los ojos, sintiendo un escalofrío. El soldado alzó una mano y se rió. "No puedes huir, chico. Te estamos persiguiendo desde hace dos días".
Michael se sorprendió. "¿Dos días?" "¿Qué quieres de mí?".
El soldado francés se acercó a Michael con una sonrisa maliciosa. "Te queremos a ti, chico. Tu coronel, Schmidt, quiere que le entreguemos una carta. La carta la escribió tu padre, ¡pero es solo para ti! No quiere que la vea nadie más". El soldado extendió la mano hacia Michael y le ofreció un pequeño sobre.
Michael miró el sobre, luego a la cara sonriente del soldado. La curiosidad le picaba. ¿Por qué le entregaría el sobre a él? ¿Y qué tenía su padre que ver con esto? Con cautela, Michael tomó el sobre, su corazón latiendo salvajemente. El soldado francés se puso de pie, su expresión cambió a una de seriedad.
"El coronel Schmidt nos pidió que te encontráramos. Esta carta es la razón por la que estás aquí, en la trinchera de la frontera".
Michael recordó lo que William le había dicho. "El coronel Schmidt dijo que te tenía que decir algo". La pieza encajó en el rompecabezas. El coronel los había enviado a él y a William a la trinchera para que este soldado pudiera encontrarlo. Pero, ¿por qué? Michael sintió un nudo en el estómago.
"¿Qué es esto?", preguntó, con la voz temblorosa.
"Una misión, chico. Una misión de tu padre", dijo el soldado. "Él nos dijo que su vida, y la tuya, están en peligro si esta carta no llega a las manos correctas. Hay una traición en tu propio ejército. El coronel Schmidt es parte de una conspiración que ha estado vendiendo información a los franceses, y tu padre lo descubrió. Por eso lo mataron, por eso están detrás de ti".
Michael abrió el sobre con las manos temblorosas. "Michael, mi querido hijo", leyó. La carta estaba escrita en un código. El soldado francés le explicó cómo descifrarla, y Michael se dio cuenta de que su padre le había advertido sobre un ataque inminente y una traición en sus filas. Las lágrimas brotaron de sus ojos. William, su amigo, no había muerto por accidente. Había sido una emboscada, un plan para llegar a él.
El soldado francés, con una mirada de profunda tristeza, le ofreció su mano. "No somos enemigos, chico. No en esto. Hay que irse antes de que se haga de noche".
Michael se levantó, su corazón lleno de ira y dolor. Su padre no había muerto en la batalla, había sido asesinado. William no había muerto en la batalla, había sido traicionado. La guerra había cambiado. Ya no era un soldado que lucha por su país, sino un hombre que lucha por la verdad, por la vida de su familia y la memoria de su padre y su amigo.
Con la carta en la mano, Michael siguió al soldado francés a través del bosque. El lobo ya no era solo el enemigo en el frente, sino un traidor en sus propias filas. Y él, Michael Neil, no iba a dejar que el lobo se lo comiera. Ahora, él era el lobo. La persecución había terminado, la misión apenas comenzaba.