Prólogo
Dicen que las cicatrices con el tiempo dejan de doler. Que uno aprende a convivir con ellas hasta que apenas se notan. Yo nunca lo logré. Mis cicatrices no están en la piel, están en lo que perdí, en las decisiones que me arrancaron pedazos de alma.
Amar a Rindou Haitani fue mi mayor condena y mi única salvación. En sus brazos descubrí la calma, y en sus errores aprendí lo que significa romperse de verdad. No fue un amor fácil; fue un amor que me obligó a elegir entre huir o quedarme, entre odiarlo o seguir aferrándome a lo que sentía por él.
Y cuando creí que todo había terminado, cuando pensé que la vida no podía ponerme otra prueba, llegó él… Matteo. Mi hijo. La razón por la que aprendí a respirar cuando ya no tenía aire. El recordatorio de que, aunque el pasado duela, el futuro todavía puede nacer entre nuestras manos.
Este no es un cuento de hadas. Es mi historia. La de una mujer que aprendió a amar aun cuando amar significaba sangrar. La de una madre que estaría dispuesta a enfrentarse al mundo entero si era necesario.
Porque aunque las cicatrices nunca desaparezcan, ahora tengo un motivo para llevarlas con orgullo.