La llegada
El portón de hierro de Nevermore se abrió con un chirrido solemne, como si diera la bienvenida y al mismo tiempo advirtiera a quien se atreviera a cruzar el umbral. El edificio se alzaba imponente bajo un cielo gris, sus torres góticas recortándose contra las nubes. No era la primera vez que lo veía, pero en fotos el recinto se presentaba tan magno como tenerlo frente a mí, tan real, hacía que se me erizara la piel. Respiré hondo ajustando la correa de mi mochila.
—La valentía nunca fue la ausencia del miedo —dije para mí mismo mientras cruzaba el umbral que me llevaba a ese nuevo comienzo que tanto había anhelado.
El pasillo principal estaba abarrotado de estudiantes entrando y saliendo de aulas. Platicaban unos con otros, tan normal como cualquier otra universidad. Había criaturas de todo tipo, algunas luciendo con orgullo sus particularidades. Aquí en Nevermore parecía que lo más valioso era aquello que te hace diferente y eso me hacía sentir bienvenido y en casa. Se escuchaba de manera constante el bullicio de las animadas conversaciones, como si el patio fuera el corazón de Nevermore y el ruido de sus estudiantes lo hiciera latir con vida propia.
—Sea bienvenido a Nevermore —habló una voz serena a mi espalda—. Me presento, soy la directora Larissa Weems. Espero que le sea posible adaptarse de manera cómoda. Asimismo, espero poder conocerlo un poco más pronto; sin embargo, en este momento he de atender algunos asuntos. Siéntase como en casa, nos veremos pronto.
Al terminar me regaló una sonrisa impecable, no sin antes observarme con detenimiento. Sus ojos parecieron analizarme demasiado; se sentía como si buscara leer algo más allá de mi rostro.
Cerca de mí se encontraba una mesa donde podía hacer el registro de llegada de estudiantes. Busqué mi nombre. Al encontrarlo supe en qué residencia se me había asignado. Firmé de enterado, pero aunque trataba de ignorarlo, no dejé de sentir la mirada de la directora recorriéndome. Era una mirada seria pero curiosa. Me miró de pies a cabeza y se detuvo un segundo más de la cuenta en mi muñeca, quizá en la pulsera azul. Fue tan rápido que no le di importancia.
Una vez terminé de firmar y revisar, un asistente se acercó y se presentó. Se ofreció a guiarme hasta mi habitación, oferta que terminé por aceptar. Me condujo entre varios pasillos llenos de ventanales, pinturas y uno que otro estudiante, hasta que llegamos a lo que parecía la zona más recóndita de la escuela. Subimos una escalera hasta llegar a la puerta. Al abrir, se despidió.
Me topé con una habitación amplia. Tenía un ventanal redondo al fondo, dos camas, dos escritorios, dos armarios y aquella ventana que llenaba de luz la habitación y tenía una vista perfecta hacia unos jardines. El aire en la habitación olía a flores y pintura fresca. La habitación no era nada extraordinario, solo un cuarto para dos estudiantes.
Después de observar unos minutos me di cuenta de que el lado izquierdo de la habitación ya estaba decorado con luces colgantes y sobre la cama había una cobija colorida. Era todo un estallido de colores. El otro lado se encontraba vacío, como esperándome, aunque lo único que podía pensar era que cualquier intento de decoración de mi parte sería opacado.
—¡Oh, por fin llegaste! Ya me habían hablado un poco de ti —dijo una figura rubia saliendo de entre un montón de cajas—. Soy Enid Sinclair, tu roomie.
Sonrió con una mezcla de calidez y energía que parecía llenar el espacio. Tenía algo en su mirada, casi parecía divertida, como si acabara de escuchar una broma. Por más que traté de adivinar, no pude decir exactamente su edad, pero estaba seguro de que debía ser un año mayor que yo al menos. Pero aun con ello irradiaba una chispa juvenil que hacía prácticamente imposible no fijarse en ella. Tenía estos ojos azules que parecían hipnotizar, pero al mismo tiempo parecían esconder un secreto.
Se acercó sin dudar y me dio un abrazo, cosa que me resultó rara, pero para ella fue como si ya nos conociéramos y nos volviéramos a encontrar. Era curioso. Yo no era una persona de contacto físico; de hecho, me resultaba incómodo, aunque con ella la incomodidad era mínima.
—Un placer conocerte al fin —exclamó mientras se apartaba dándome espacio para dejar mis cosas—. Y… ¿qué estudias?
—Asumo que te refieres a la carrera. Si es así… en realidad son dos —respondí mientras recorría la habitación con la mirada de nuevo—. Psicología sobrenatural y Literatura mágica.
—¡¿Dos?! —Enid abrió los ojos de golpe—. No sé si eres mi nuevo ídolo o si debo preocuparme por tu salud mental. Yo apenas sobreviví a las materias obligatorias de segundo año.
No pude evitar reír. Aquello me hizo sentir que poco a poco la incomodidad de conocer a alguien nuevo se desvanecía. Era algo extraño y nuevo para mí. Había algo en ella que me hacía sentir cómodo sin forzarlo. Con ella no parecía necesario fingir o pretender ser alguien que no soy, aunque quizás sea muy pronto para sacar conclusiones. Se sentía como que con ella era suficiente ser ella misma.
Después de unos segundos su mirada fue a dar a mi muñeca.
—Wow… muchos accesorios. He de admitir, me gusta tu pulsera, la azul —dijo mirándola divertida.
—Ah, sí… sobre eso. Es algo así como un código. La forma más simple de explicarlo es que hay días que me siento más cómodo llamándome Alfredo y otros llamándome Ailana. Los días que sea Ailana lo sabrás porque usaré una pulsera roja. Esencialmente… soy género fluido.
Enid asintió. Tenía una mirada de curiosidad, pero no se notaba incómoda como otros, lo cual me dejó respirar y me hizo sentir menos pesado. Ladeó la cabeza y me sonrió con ternura.
—Anotado. Azul es para Alfredo. Rojo para Ailana, así nunca me equivoco. Si en algún momento olvidas ponértela, aprenderé a adivinar —añadió regalándome un guiño juguetón.
Ambos nos reímos. Mi risa más nerviosa que cómica, pero el ambiente del cuarto se aligeró, como si se hubiera disipado la niebla. Por primera vez, comencé a sentirme en mi propia piel, en un lugar completamente nuevo.
El día de hoy Nevermore no tenía nada preparado para nosotros. Esperaba alguna actividad, así que el resto de la tarde se nos pasó entre las cajas, bromas y conversaciones ligeras. Enid pasaba el tiempo decorando sus cosas con pegatinas llenas de color, mientras yo sacaba mis libros, cuadernos y demás.
En algún momento ella notó que eran demasiados y comenzó a ayudarme. Entre tantos libros se topó con un cuaderno de cuero negro, mi cuaderno de poesía, el cual resbaló de sus manos y cayó abierto a sus pies. Al levantarlo sé que leyó un poco por curiosidad. Me miró, pero yo fingí no notarlo y ella no insistió. Cuando lo puso junto a los demás libros sobre el escritorio me di cuenta de que me encontraba rígido y había estado conteniendo la respiración. No fue necesario decirle nada para que entendiera que era privado.
Al caer la noche la habitación se inundó de luz tenue: las luces de colores de Enid, un par de mis velas de lavanda y la luz de la luna entrando por la ventana. Yo miraba aliviado la escena. El estar así me llenaba de calidez, pero ese sentimiento duró poco. De un momento a otro algo entre las sombras llamó mi atención.
Vi mi reflejo en el espejo del armario. Se me erizó la piel de la nuca. Por unos instantes me pareció ver una sombra parada justo detrás de mí. Parpadeé, pero cuando mis ojos volvieron al espejo ya no había nada.
No sé cómo, pero Enid, estando recostada en su cama, lo notó.
—¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes, no es nada —le respondí regalándole una sonrisa más forzada de lo que quería.
Se recargó sobre su costado mientras me miraba más de lo usual. Me analizaba como si intentara averiguar si decía la verdad. Después de unos segundos habló con una voz suave:
—Aquí nada es “normal”, así que tranquilo, ya te acostumbrarás.
Y esa primera noche en Nevermore, con la risa de Enid flotando al fondo, supe que mi historia apenas comenzaba. Pero deseaba que todo fuera para mejorar.








