CÓMELOS Y DEVÓRAME
Nat despertó sudoroso a mitad de la noche. El corazón le golpeaba las costillas de forma tan violenta que tenía miedo de que se le saliera del pecho. Se llevó una mano al pectoral como si pudiera así masajear su desbocado corazón.
La sangre, el sonido de los huesos rotos, el sonido viscoso y acuoso de las tripas siendo engullidas. Rostros deformes… el olor a muerte y el anuncio de un mundo que estaba perdido.
Nada de aquello que vio lo preparó para aceptar lo efímero de la vida.
Cerró sus ojos buscando recordar su piel viva, lo rosado de sus mejillas luego de aquel beso por el cual había pedido permiso. Una pequeña sonrisa trepó por el rostro de Nat. Pescó de su bolsa de dormir un viejo trapo que aún guardaba algo de aquel perfume de la persona que amó… que ama.
Se llevó aquel trapo ensangrentado a su nariz. Algún día perdería su olor… pero jamás a él.
Un sonido lo alertó, hizo que abriera sus ojos. Barrió su mirada por el aula de la universidad donde solían dormir todos los sobrevivientes juntos. Los bancos estaban apilados contra las ventanas tapiadas, pero si uno se concentraba podía escuchar aquellos quejidos de los zombies afuera de la universidad. Sus compañeros estaban dormidos, algunos de ellos en pareja… abrazados.
No podía evitar sentir aquel pinchazo de envidia en su corazón.
Lo que debería darle calor era Max…
Dos meses antes. Una semana post virus-Z.
El silencio reinó en aquella reunión del consejo.
Max se había puesto de pie silenciando a Mark quien solo apretó la mandíbula.
—Nadie está de acuerdo con ese plan ¿Para que sacrificarse moviéndose de ala? —cuestionó en tono firme— Es un plan estúpido. Somos más de 20 personas ¿Y nadie ve falla en ese plan?
Mark suelta un gruñido molesto y avanza en paso seguro. Gems se incorpora seguido de Nat quien cada uno para a su propio phi.
—Phi… P’Max…—Nat lo empuja con su cuerpo, la voz del menor fue suficiente para detener el abalanzamiento.
—¿Ahora vienes a cuestionar? —siguió Mark— Los he mantenido vivo durante una semana ¿Has visto alguna casualidad?
Gems toma a Mark de la nuca para hacerlo inclinar y llegar a su oído. Los hombros de Mark bajaron, sus puños se aflojaron.
—Yo opino igual que Max—habló Zee desde su posición. New se giró sorprendido— no creo que sea bueno mover de ala.
—Pero estaríamos más cerca de la cafetería, el conducto nos lleva directo a la cocina—retrucó New. Zee tomó su mano y le besó los nudillos.
—Lo sé, nong, pero… aun así, no me da buena espina.
Max señala a Zee, su mirada dura puesta en Mark.
—¿Escuchaste? —dijo, su tono ahora más tranquilo— ¿Nadie más entiende esto? —preguntó ahora al resto de la gente.
Nat barrió su mirada también, buscando gente que apoyara la idea. El resto de sus compañeros y amigos escondieron la mirada.
—El silencio es una respuesta ¿Alguien tiene algo para decir? —preguntó Mark. Gems miró a Nat, había algo en su mirada que Nat percibía como duda, él pensaba como aquellos que se escondieron.
—La gente tiene hambre, Max—volvió Mark su mirada a Max— La comida está puesta en raciones demasiado pequeñas. Es necesario.
Max volvió su mirada a Zee quien solo suspiró derrotado, los hombros caídos y desvió su mirada.
—Sabes que es una misión de muerte cruzar la universidad…—sentenció Max.
Mark se acercó lo suficiente para hablar en un tono bajo, el brazo de Max rodeó a Nat por la cintura y lo alejó para resguardarlo en su costado.
—Estoy dispuesto a perder unos pocos para salvar a muchos.
Mark tuvo la última palabra.
Con ello se alejó de ellos y Max dejó caer sus hombros. Nat se volvió al mayor, la mano en su mejilla.
—Phi…—el beso en la frente lo silenció.
—Estoy bien ¿Mh? —le dedicó una sonrisa, un poco iluminada en su mirada— Cambiaremos de Ala, y podremos tener más comida. Será bueno para la comunidad.
Nat podía percibir que estaba tratando de convencerse.
—Hiciste lo que pudiste, todo saldrá bien, phi.
Max lo abrazó un poco más fuerte.
Poco después el mundo a su alrededor se comenzó a mover.
Los más jóvenes levantaban el campamento y lo cargaban en sus mochilas. El gimnasio había sido su primer puesto de locación, cuando todo se desató. En una semana habían logrado juntar algunas cosas, entre ellas colchonetas que servían para aliviar el frío y duro suelo al dormir. Nat era de ellos. Cargó en su mochila y enrolló las colchonetas de Max y la suya.
Nat levantó su mirada y vio a Max entre los mayores, armados con bastones puntiagudos, bates y algunas cosas punzo cortantes que armaron en base a vidrios rotos. Había una sola arma de fuego en el lugar, el cargador a la mitad, reservado para casos excepcionales. El arma estaba en manos de Mark, quien la portaba como un trofeo en su cintura.
Max levantó su mirada de donde afilaba un cuchillo y sonrió. Le guiño el ojo. Nat se sintió tímido de repente, demasiado.
—P’Nat…—la voz de Gems le llamó la atención— ¿Encontraste el mapa?
Nat se volteó, volviendo a su tarea.
Las formaciones estaban frente a las puertas del gimnasio. Nat había cargado su mochila al hombro, dispuesto a correr luego de que el frente abriera camino. El silencio era imprescindible para poder pasar desapercibidos por los zombies que habían entrado en la universidad.
—Nong…—susurró una voz entre los murmullos nerviosos.
Nat buscó el dueño de aquella voz inconfundible. Siguió el susurró de Max, y lo vio parado en la línea trasera de control. Ambos acortaron distancia entre ellos.
—Ven un momento
La mano caliente de Max tomó su muñeca y lo guió cerca de las gradas y lejos de los oídos ajenos. Nat caminó, ligeramente torpe por la mochila en su espalda. Max se inclinó ligeramente para esconderse en las gradas.
—Phi…—se rió el menor— ¿Qué haces?
Max lo chistó con un dedo en alto. Nat levantó su mano libre y se cubrió la boca, a su vez reprimiendo las risas.
Resguardados en las gradas. Max dejó su arma a un lado, un palo con un cuchillo en la punta.
—Phi… Estas temblando—Nat tomó ambas manos del mayor y les dio un suave apretón. Las guió a sus propias mejillas.
—Lo sé, estoy algo nervioso —rió el mayor.
Nat giró ligeramente su rostro para besar la palma de su mano antes de pararse en puntas de sus pies para robarle un pequeño beso de los labios.
—Todo saldrá bien hoy…—susurró.
Max menea la cabeza.
—No es por eso…
Max suelta sus manos y busca algo en su bolsillo trasero. Sacó una bola de papel, dudando si abrirlo o no, simplemente se lo dio a Nat.
—¿Qué es esto Phi? —preguntó el menor, la palma de su mano hacia arriba acunando la bola de papel.
—Antes de que todo esto se fuera al carajo ¿Recuerdas que estábamos en la biblioteca? —Max detuvo el pequeño discurso para ver entre las gradas y volver su atención a Nat— Me escribiste un papel…
—Sí, preguntando si querías ser mi novio…
Max comenzó a balbucear, sus mejillas ligeramente rojas. Rio nervioso ante su propia conducta.
—Ábrelo…
Nat lo hizo. El papel arrugado, manchado y ligeramente rasgado tenía clara su letra.
“Phi Max… ¿Quieres salir conmigo?” se leían con claridad, luego dos casillas con opciones… “Sí” y “No”.
El “sí” tenía un gran tick, y pequeños corazones. Había algo más, escrito en tinta azul…
“¿Tienes libre el sábado? Se estrena la segunda part-...” La oración estaba sin terminar, interrumpida por una línea de la misma tinta, como alguien que perdió el control. Y no fue solamente él quien lo perdió. El país entero lo hizo.
—Oh…—dijo Nat su atención volviendo al “sí”.
—Sé que no es momento—comenzó Max— y sé que bueno, nos hemos comportado como nov-...
La mano libre de Nat subió, sus dedos perdidos en el cabello en la nuca del mayor. Lo hizo encontrar a medio camino. Sus labios buscaron los ajenos dejando atrás esos besos juguetones, esos besos que no tenían título sino la mera necesidad de no perder la cordura en aquel mundo nuevo. Las manos de Max reaccionaron un poco tarde, pero lo tomaron por la cintura, y lo atrajeron contra el fornido y caliente cuerpo.
El beso duró lo suficiente como para robar el oxígeno de ambos.
—Realmente llevo demasiado tiempo enamorado de ti, nong…—susurró divertido— más del que me gustaría admitir.
—Lo sé, no me sacaste los ojos de encima desde que entré al equipo de básquet. No soy tan tonto…—se carcajea el menor. Su mano libre acaricia la mejilla del más alto— y yo no sabía que el nerd iba a tener semejante cuerpo.
La mano de Nat bajó por el pecho del hombre.
Antes que pudieran seguir más, escuchó la voz del llamado de Mark a prepararse en sus posiciones. Max se alejó y llevó las propias manos a su nuca.
—Espera, antes de irnos…
Max se apresuró a deshacer el broche de su collar. Una especie de cuero con una hermosa flecha de metal en la punta. Nat la aceptó en su mano, el metal aún caliente de estar en contacto con la piel del mayor.
—¿Max?
—Quiero que sea para ti, nong…—Max le dejó un beso en la frente.
—¿Me ayudas? —preguntó el menor.
Nat se dio vuelta y sintió el nuevo peso en su cuello al momento en que Max le abrochó el collar. Su mano de inmediato va al dije que colgaba de su cuello y lo escondió bajo su camiseta.
Nat se volteó.
—¿Por qué se siente una despedida? —La voz de Nat se quebró un poco, nervioso, inquieto.
Las grandes manos de Max lo tomaron del rostro y besaron sus labios.
—No lo es, pero quiero que sea la promesa de que siempre volveré a ti…—susurró Max. —La promesa de que jamás te dejaré atrás… de que te esperaré…
Max solo sonrió y compartieron un último beso.
La voz de Zee dio la última llamada a sus posiciones, y ambos se escabulleron de regreso. Algo en Nat aún pesaba en su corazón…
Y cuánta razón tenía…
Presente. Dos meses de Virus-Z.
Ese día habían perdido mucha gente. Y lo que para Nat había sonado como una despedida lo fue.
Ese día fue el que más bajas han tenido, casi la mitad del grupo pereció a manos de los zombies, y quienes corrían peligro de hacerlo murieron a su propia mano. Nada borraría esa imagen de su cabeza…
La de Max. Los zombies lo mordían y arrancaban su carne con tal de que el resto llegara a salvo. Los ojos de Max perdiendo el brillo característico, el color rosado de sus mejillas incluso bajo la sangre portaban un color blanco pálido.
Jamás se perdonaría, jamás perdonarían a aquellos que hicieron que Max sufriera semejante destino.
Su mano viajó al collar, la flecha tibia entre sus dedos. La acercó a sus labios y la besó. Había perdido el recuerdo de los labios suaves contra los suyos. Era cuestión de tiempo para que todo desapareciera.
El grupo se iba reduciendo a medida que pasaban los días, uno que otro iba perdiendo la vida en las misiones. Ahora solo había 13, contándolo a él, de los sobrevivientes. El ejército había intentado entrar varias veces, pero las misiones de rescate resultaron fallidas. Nat en el fondo sabía que los habían dejado morir.
Aquel día debían salir a buscar víveres para esa semana… y no serían los únicos que comerían.
La mañana siguiente llegó, Nat no había pegado un ojo en lo que quedaba de la noche, su mente se había ido a un lugar alejado abandonando su cuerpo mientras observaba aquel canal de ventilación, aquél que llevaba directo a la cocina.
El amanecer era el único momento del día donde todo parecía normal, o al menos, así comenzaba a sentirse. Era solo un momento de silencio donde aquellos quejidos y gruñidos aterradores callaban dejando un silencio de muerte.
La luz dorada se colaba entre las tablas de madera y los pupitres, dibujando líneas sin sentido sobre la pared blanca del aula.
Pero el movimiento de sus compañeros iniciando su día lo volvía a traer a la realidad.
La higiene era escasa y a veces era lo mejor, el aroma a muerto ayudaba a esconder el aroma a ser vivo. Un corazón calmo, pasos silenciosos, todo jugaba a favor de poder pasar a los depredadores que se escondían en los pasillos.
Luego de un desayuno ligero se montaron, aquellos divididos en defensa, recaudadores y atacantes. Mark permanecía en el aula como guía junto con los mapas. Los recaudadores, Nat y James, solían ser quienes iban por los conductos hasta la cocina. Siendo los más pequeños. Los atacantes causarían ruido hasta poder alejar a los zombies de la cocina y alrededores, mientras la defensa cuidaba de los recaudadores.
El plan de Mark había funcionado, pero siempre tenía una falla, Nat siempre la encontraría.
Miró a James con una sonrisa tratando de brindarle fuerza de voluntad para abrir la ventilación. Nat fue detrás de él, el collar escondido bajo su camiseta.
Un mes antes. Un mes del virus-Z.
No podían oír más allá de los golpes violentos de los zombie que acechaban contra la puerta de la dirección.
—¡Tanto ruido tenías que hacer! ¡Idiota! —gritaba Mark, tomando a Zee por el cuello de la camisa y empujándolo contra la pared.
Nat solo se quedó parado observando mientras Zee y Mark forcejeaban. Net, Tutor y Gems trataban de separarlos.
—¿Crees que lo hice a propósito? —dijo Zee entre dientes buscando sacarse a Mark de encima.
El plan había sido ir a la oficina de la dirección a buscar las llaves. Zee golpeó en su apuro el micrófono del intercomunicador de la escuela, y algo en su camino hizo un gran ruido. La dirección se iluminó en los radares de los zombies como un enorme faro que decía comida gratis.
—Viniendo de ti ¿Quién sabe? Después de Max…
Aquello se ganó un puñetazo por parte de Zee, elevando la pelea en violencia. Tutor y Net lograron sacar a Zee de encima de Mark. Nat cerró sus ojos y se giró. Era tirar sal en la herida, Zee era el mejor amigo de Max y Nat… bueno…
Zee se acercó a Nat, agitado y se quedó a su lado, una forma de protegerlo supuso.
Nat simplemente volteó a la ventana mientras escuchaba a Mark ir de un lado a otro hablando por la radio. El patio de la universidad siempre verde se veía algo vacío, suponiendo que estaban la mayoría presionando contra la pared buscando entrar. Algo se iluminó en su mente.
—Cruzamos el patio…—dijo Nat— habrá que dividirnos, pero creo que podemos llegar…
Mark se detuvo en seco.
—Antes de que digan algo, si nos quedamos aquí adentro, nos van a comer igual—declaró Nat— al menos con esto tenemos una chance de luchar.
Nat apretó la cadena en su mano, una de las únicas armas que portaba.
Mark pareció dudar, pero el golpe de los zombie pareció convencerlo lo suficientemente rápido.
Los grupos se formaron dependiendo del lado que tomarían. Nat y Gems, siendo los más pequeños, podrían escabullirse con mayor facilidad. Mark con Tutor y Zee junto con Net, iniciaban juntos para terminar separarse y entrar al ala donde estaba la base. Nat no estaba muy convencido, pero lo veía más factible. Gems y él podrían esconderse con facilidad.
Romper la ventana solo causaría ruido, que era lo que querían evitar. Con cuidado, Gems y Nat abrieron la ventana lo suficiente para poder salir primero y terminar de forzarla para que el resto saliera. Zee puso una mano en su hombro y le dio un apretón.
Nat asintió y avanzó siguiendo a Gems, tomando el camino por el jardín y la facultad de arte culinaria.
Gems se detuvo en seco y Nat hizo lo mismo, deteniéndose detrás de una columna. Los pasos de los zombies eran lentos, torpes, chuecos. El aroma a muerte fue traído por la ligera brisa de la tarde. A uno de ellos le faltaba un brazo, algo que no era extraño de ver.
Gems se veía dudoso. Nat intentó llamar su atención, su mano se levantó indicando rodear el pasillo y tomar la escalera que unía con el departamento de Arte Visual. Gems lo miró, fijo, demasiado tiempo y asintió.
Gems se acercó a la columna donde se escondía Nat.
—Podemos tomar el conducto que nos deja en la entrada de…
Gems le tapó la boca, y asintió. Nat tomó aire y avanzó. La escalera se acercaba a medida que los lentos pasos los hacían llegar. El ligero tintineo de la cadena en su mano, hizo que Nat la sostuviera en su pecho.
Gems subió primero, y antes de que Nat pudiera poner un pie sobre la escalera…
—Lo siento…—susurró.
Las manos de Gems se estiraron y tomaron la cadena que Nat tenía entre sus manos y lo empujó al suelo. El ruido inconfundible llamó la atención de aquellos zombies, que entre rugidos se echaron a correr en un trote torpe. Nat solo pudo ver a Gems subiendo la escalera de dos en dos hasta desaparecer de su vista, fue en cámara lenta.
Nat reaccionó lo más pronto que pudo echándose a correr. La mochila en su espalda entorpece su andar, sus pasos resonaban por el pasillo perseguido por aquellos zombies.
Vio una puerta abierta, el baño de mujeres, y se metió de lleno allí. Algunas puertas estaban cerradas, sangre seca debajo de ellas. Tomó un palo partido a la mitad y se metió en el único cubículo abierto. Cerró la puerta y subió al retrete. Llevó su mano a su boca buscando apagar su respiración agitada.
Su cuerpo estaba sumido en adrenalina y no podía parar de temblar. Podía escuchar los pasos arrastrados del zombie que se acercaba lento. Pasó de largo, entre gruñidos. Nat intentó asomarse por encima de la puerta para observar, pero al ponerse de puntas de pie se resbaló, su pie se metió dentro del inodoro y perdió el equilibrio golpeando su cabeza contra la pared. El zombie percibió el sonido golpeando contra la puerta, sus brazos estiradas buscando cazar a Nat de alguna forma, por debajo de la puerta.
El grito de Nat se escuchó por todo el baño, por todo el pasillo incluso. Al ver la cabeza del zombie asomarse por debajo de la puerta tomó con firmeza el palo y lo incrustó en el centro de la frente con gran fuerza y violencia. Arrancó el palo y lo volvió a apuñalar, una y otra y otra vez entre gritos de puro miedo y terror.
Las lágrimas que había contenido fluyeron con libertad, su mente finalmente entendiendo que Gems lo había dejado ser carnada para lograr escapar. Lejos de ver al zombie, podía ver a Gems retorciéndose con cada puñalada. El zombie había dejado de moverse, pero Nat no se detuvo hasta asegurarse que no se volvería a levantar.
Retorció el palo en la cuenca del ojo del zombie, agitado.
Se bajó del retrete y abrió la puerta, aún armado con el palo en alto. Al salir sintió sus rodillas aflojarse, su mano libre se estiró para tomar de la bacha del baño y apoyarse. Jadeó, la vida pasando delante de sus ojos.
Por el rabillo de su ojo vio una sombra corpulenta en la entrada del baño, cubriendo la salida en su totalidad. Sin pensarlo dos veces, Nat levantó el palo en alto dispuesto a darle su merecido al siguiente. No se iría sin luchar.
La adrenalina abandonó su cuerpo de inmediato, dejándolo frío. Congelado en su lugar.
—No…
La voz de Nat murió en su garganta cuando reconoció a aquél debajo de la sangre, su carne hecha jirones… pálido, con una mirada vacía. Uno de sus brazos había sido arrancado a la altura del hombro.
—Phi Max…—jadeó el menor con el poco aire que aún quedaba en sus pulmones.
Zombificado, en un estado a medio descomponer, se encontraba el hombre de su vida. Aquél que se había sacrificado por gente que no lo merecía. Pese a eso, no bajo el palo. La punta afilada de la madera apuntó directo a Max.
Max se quedó allí, parado en la puerta, ligeramente retorcido sobre su propio eje. El zombie respiraba por la boca, su mandíbula ligeramente desencajada.
Nat agarró con firmeza el palo, el collar que colgaba de su cuello se sentía ahora mucho más pesado. No se animaba a bajar la guardia, a negociar con aquel ente. Antes que pudiera decir algo más, Max se giró sobre su pierna buena y continuó marchando lejos de allí.
Lo primero que cayó fue el palo, lo segundo fue Nat sobre sus rodillas. Sus brazos se aferraron sobre sí mismo buscando brindar el propio calor que le fue arrebatado. Sus ojos estaban abiertos de par en par, asustado, confundido, traicionado. Un tumulto de emociones que no tenían ni comienzo ni fin, todos encadenados el uno al otro.
Nat volvió al aula que funcionaba como guarida, pero en su mirada había algo más que simple sed de venganza. Había un propósito.
Presente.
La noche había caído, las horas más peligrosas para los humanos. La falta de luz artificial los convertía en una presa fácil para sus depredadores, pero… Nat era diferente.
Nat era uno de esos depredadores.
Esperar el momento justo era esencial, el momento donde estuviera uno de ellos desprevenido… solo. Con un golpe certero en la cabeza caería como un costal sobre el suelo en medio de la noche.
Nunca los mataba, no. No porque no quisiera, porque aquello solo dañaba el alimento, pero quizás sí se divertía al ver cómo se retorcía mientras Nat lo arrastraba por el pasillo rumbo al aula de música.
Abrió la puerta con la llave que agregó a su collar mientras James se retorcía, buscando liberarse de los nudos, liberar su boca para gritar, pedir ayuda… correr.
Nat lo miró y solo levantó su dedo. Lo presionó contra sus labios, el gesto universal para que guardara silencio.
Giró la llave de la puerta y la abrió arrastrando a James adentro. La cerró detrás de ambos.
—Cariño…—dijo el menor— la cen-...
Un rugido gutural lo interrumpió, el aroma a sangre, a carne lo volvía loco.
—lo siento que no pude venir antes…—susurró.
Los gritos ahogados de James ya eran demasiado molestos. Los calló con una patada al estómago.
—¿Me perdonas por no venir ayer?
Max, la versión zombie de Max, estaba agazapado contra la estufa amurada a la pared. La cadena en su cuello lo mantenía controlado, encadenado como un animal a un poste esperando por su dueño.
Nat había aprendido que no podía acercarse a menos que haya comido, así que, sin mediar mucha palabra, terminó de acercar a James.
Se había acostumbrado a ese sonido tan grotesco, uno que en un principio le parecía vomitivo, ahora le sonaba a esperanza. Nat le dedicó una sonrisa tierna, simplemente contento de verlo comer de aquella forma. Nat había descubierto que a Max le gustaba abrir los cuerpos en el abdomen y comer los órganos primero. Luego, mordisqueaba los músculos de los brazos y muslos, solo si aún seguía con hambre los días siguientes.
Era esos momentos en los que Nat aprovechaba para acercarse.
—Han sido días difíciles…—dijo Nat a un Max que no lo oía— no veo la hora de terminar con ellos…
Nat con la marga de su camisa le limpió la comisura de los labios, como si el resto de su rostro no estuviera lleno de sangre.
—Pero sé que Mark será el más difícil, pero no imposible…
Nat tomó un trozo de carne que arrancó con sus propias manos y lo acercó a los labios de Max quien lo atrapó como un animal salvaje. Nat procuró tener cuidado con sus dedos.
—Y luego… me comerás a mí.
Nat se acurrucó contra su pecho, su rostro escondido en el cuello sin pulso de Max. Repartió pequeños besos en la zona. Siempre después de comer estaba un poco más caliente, se sentía más vivo que muerto.
—Te amo… te amo, phi.
Un gruñido fue su respuesta.