Donde comienza la grieta.
Cuando las sombras de lo prohibido comienzan a danzar a través de las grietas del hielo y del fuego.
Obi-Wan, Anakin y Ahsoka se encontraban recorriendo uno de los pasillos del templo, de camino al nivel medio, donde se encontraba la Sala de simulación, ya que querían retomar el entrenamiento de ayer que habían dejado pendiente. Aunque, claro, no podían faltar los comentarios entre esos dos que alteraban los nervios de Obi-Wan.
— No sé cómo el peso de tu ego no te ha dejado estampado contra el suelo aún, maestro — comentó Ahsoka, cruzada de brazos.
— Espera sentada, sabionda, porque ese día nunca llegará —respondió Anakin con su típica sonrisa arrogante.
Ahsoka rodó los ojos.
—Tu ego ha estado más alto e insoportable desde que sacaste a Obi-Wan de su borrachera, cuando intentaba hacerse pasar por un cazarrecompensas para atrapar a unos traficantes —recalcó, haciendo un esfuerzo titánico para no reír de forma escandalosa.
Obi-Wan miró a ambos con expresión reprobatoria.
—Solo para aclarar: no estaba borracho. Es que me cayó un poco mal… lo que sea que me hayan servido —argumentó con seriedad.
Anakin soltó una carcajada estrangulada.
— Como tú digas, viejo aburrido. Aunque yo vi, en primera persona, cuando comenzaste a reír como idiota, porque según tú, estabas viendo puntitos de colores que después se transformaban en dulces gatitos.
—En ningún momento dije que estaba viendo dulces gatitos, Anakin —trató de desmentir Obi-Wan, aunque no pudo evitar desviar la mirada hacia otro lado.
Una sonrisa maliciosa y pícara tiró de las comisuras de los labios de Anakin.
—Oh, claro que sí, Kenobi. Recuerdo muy bien que incluso saliste persiguiendo a esos dulces gatitos imaginarios de colores chillones —acotó con satisfacción.
Se estaba divirtiendo de lo lindo viendo a Obi-Wan incómodo y a Ahsoka con los ojos llorosos de tanto aguantar la risa que quería salir a toda costa.
—Ya admítelo, maestro, y dilo con todas sus letras: estabas drogado, no borracho —añadió Ahsoka con malicia, para luego estallar en escandalosas carcajadas.
Y, para terminar de sepultar la poca dignidad de Obi-Wan en esos momentos, tanto Anakin como Ahsoka chocaron los cinco, un gesto cómplice que revelaba su complot para burlarse de él.
Obi-Wan estuvo tentado a hacer un agujero con su sable de luz en el suelo del templo y enterrar su cabeza ahí. Esos chiquillos se la estaban pasando de maravilla burlándose de sus momentos vergonzosos. No sabía en qué estaba pensando cuando permitió que esos dos revoltosos entraran a su vida.
Especialmente el primero.
—Ustedes dos son la razón por la que tengo canas prematuras —apuntó Obi-Wan con resignación.
Otra ronda de risas descaradas estalló frente a sus narices. Malditos mocosos.
La vergüenza ajena lo invadió de sopetón cuando las personas del pasillo se les quedaron mirando por las burlas traicioneras y poco elegantes que le estaban lanzando sus acompañantes.
—No, maestro, eso solo quiere decir que te estás volviendo un viejo gruñón.
—¡Anakin! —exclamó Obi-Wan con reproche.
—¡Anakin, sí! —se burló Anakin, con una imitación exagerada de la voz de su maestro.
Se agarró el puente de la nariz y contó hasta diez para no perder la paciencia. Pero luego una sonrisa pequeña tiró de las comisuras de sus labios, rindiéndose ante ese carisma caótico de Anakin que parecía diseñado para jugar con su juicio.
Sin embargo, los tres se quedaron mirando en medio de un silencio repentino, procesando el momento tan hilarante que habían protagonizado. Hasta que la risa de Ahsoka rompió con la seriedad del momento.
Se le unió Anakin, el cual no dudó ni un segundo en secundar a su aprendiz con una alegría infantil y cristalina que en muy pocas ocasiones se le veía.
Por el contrario, durante unos instantes Obi-Wan intentó mantener la compostura, la seriedad y la formalidad que tendían a dominar su carácter, no obstante, su esfuerzo perdió la batalla contra la diversión que había logrado infiltrarse a través de las capas de su disciplina, arrancándole una risa pequeña, pero genuina.
Fue una pequeña tregua que encontró su lugar entre esas frías paredes, donde los tres poco a poco fueron calmando sus emociones hasta que la demostración de alegría espontánea se desvaneció entre los pilares del pasillo.
Cuando doblaron a la izquierda, sintió una mirada penetrante, por lo que alzó el rostro con curiosidad, topándose con los brillantes ojos azules de Anakin. Y fue en ese momento que ambos sintieron como si sus mundos se hubieran detenido durante unos segundos, para luego empezar a orbitar alrededor del otro, como si nada más importara.
Azul acero contra azul eléctrico.
Opuestos, pero similares al mismo tiempo.
Caos y calma.
Fuego y hielo.
Pasión desbordada y control autoimpuesto.
Regresaron a la realidad cuando escucharon la puerta metálica de la Sala de Simulación abrirse. Ambos apartaron la mirada con rapidez, algo incómodos y cohibidos.
Intentó regular su respiración, ya que sintió como si hubiera sido arrancado de la existencia misma para ser arrastrado a un mundo donde solo existían los expresivos ojos de Anakin, capaces de internarse entre las gruesas capas de su alma, esa que siempre intentaba mantener bajo control, pero que parecía tener una especie de debilidad por aquel que en muchas circunstancias lo sacaba de quicio.
Y Anakin no estaba mejor, apretaba su mano enguantada con un gesto nervioso en un intento desesperado por distraerse de los latidos acelerados de su corazón. No sabía qué hacer, lo que sintió fue una supernova estallando dentro de su pecho, alterando sus emociones y pensamientos a niveles cósmicos.
Entraron sin decir nada.
Ahsoka se les quedó mirando por unos instantes, curiosa ante una pequeña alteración en la Fuerza que oscilaba entre los dos maestros. No era peligrosa, pero sí intensa, como la presencia de una tormenta que ya llevaba mucho tiempo quieta, contenida, esperando el momento oportuno para desatar su poder. Aunque no le resultaba del todo extraño, ya que no era la primera vez que detectaba una tensión extraña y sofocante entre ellos. Los evaluó sin que se dieran cuenta, notando un leve temblor en la mano enguantada de su maestro y como Obi-Wan ajustaba los pliegues de sus mangas, un claro gesto de nerviosismo. Se cruzó de brazos y entrecerró los ojos, para después sonreír con picardía; no sabía qué había ocurrido exactamente entre esos dos para que se percibiera cierta incomodidad alrededor de ellos, pero tarde o temprano, terminaría averiguando la verdad.
Cuando Ahsoka entró, Anakin ya estaba frente al panel de control, buscando opciones de escenarios con una mueca de concentración muy impropia en él, como si quisiera evitar algo a toda costa.
Por otra parte, durante unos segundos, la mirada de Obi-Wan lo siguió con un detenimiento casi obsesivo, atrapada entre los hilos de la telaraña de ese andar seguro, magnético y desbordante que se alzaba con la imponencia y la autoridad de un rey que ningún otro jedi era merecedor de portar.
—¿Les parece si intentamos algo más dinámico esta vez? —propuso, sonriendo de manera maliciosa.
—Nada de eso, Anakin. Cuando dijiste eso la vez pasada casi termino carbonizado por una explosión sorpresa que, a todo esto, Ahsoka tuvo el atrevimiento de agregar —objetó Obi-Wan, sin mirar a Anakin a los ojos.
—¡Oh, vamos! ¡Fue una idea brillante! Y sí, puede que estuvieras a punto de convertirte en una antorcha humana, pero viendo el lado positivo, al menos aprendimos a trabajar en equipo y bajo presión, maestro —defendió la Togruta, con los brazos cruzados y alzando una ceja.
—Además de darnos nuevo material para burlarnos de ti, maestro —agregó Anakin con descaro.
Obi-Wan se agarró el puente de la nariz por segunda vez en el día, obligando a su mente a recordar que era indebido el querer saltar sobre su compañero para ahorcarlo. Las ganas de irse y buscar a los clones para entrenar de una manera más tranquila era tentadora, pero las contuvo, después de todo, le gustaba ese ambiente caótico y de hermandad que Anakin y Ahsoka creaban a su alrededor sin ser realmente conscientes de eso, aunque siempre lo tuvieran como el blanco de sus bromitas.
Además, para atormentar más a su pobre y cansada mente, no quería perder la oportunidad de volver a sentir la energía arrolladora de esa mirada azulada, que era capaz de crear tempestades implacables como de aplacarlas con el fuego de sus emociones.
Suspiró, derrotado.
Estaba tan ensimismado en sus contradicciones internas, que no se dio cuenta que Anakin lo observaba de manera disimulada desde el panel de control, tratando de descifrar a través de sus expresiones lo que le ocurría a su maestro, puesto que la Fuerza alrededor de él estaba inquieta y cansada, como si estuviera a punto de generar una grieta en sí misma para poder liberar la carga que la estaba colapsando. Eso le resultó atípico, más viniendo de alguien como Obi-Wan, que era conocido por la capacidad extraordinaria que tenía para contener sus emociones, pero al mismo tiempo, eso quería decir que debía ser algo realmente grave como para causar ese desequilibrio.
No pudo evitar que un maldito nudo le estrangulara la boca del estómago y la garganta, como si su propio cuerpo quisiera desaparecer. Le descomponía sentirlo así, al borde de perder el control, más cuando estaba acostumbrado a que la regla general fuera que era más probable que él se terminara descontrolando, no Obi-Wan. Para su desgracia, no sabía si era su culpa porque siempre lo empujaba al límite y ponía en jaque su estabilidad mental, o por algo que haya dicho sin pensar, ya que su maestro siempre prefería callar para no agregar otra culpa a su interminable y patética lista de cosas de las cuales se arrepentía.
Cerró los ojos por unos segundos, agobiado. Y por un momento se sintió mareado, como si esa perturbación en la Fuerza también lo afectara a él, casi advirtiéndole de que algo importante se estaba gestando entre los rincones más ocultos y sepultados de Obi-Wan, como si algo del pasado quisiera ver la luz que por tanto tiempo se le negó.
Ahsoka lo miró preocupada, no era normal verlo tan silencioso y pensativo, como si algo lo estuviera torturando por dentro. Iba a decir algo, pero prefirió guardar su voz para más tarde, cuando fuera el momento de hablar con Anakin a solas y preguntarle qué le ocurría.
Mientras tanto, se conformó con observar y analizar el comportamiento de ambos. Llevaban dos años estándar en guerra y, desde el año pasado, percibía que la dinámica entre ellos se había vuelto rara y única, alejándose de lo que el Código demandaba con respecto a los vínculos y apegos, muy distinta a cuando los conoció.
Y no, no se refería a que fueran muy emocionales con el otro, para nada; pero sí habían miradas que se sostenían por más tiempo de lo permitido, como si se pudieran comunicar con la mente. La preocupación que siempre estaba latente, la dinámica caótica y la confianza absoluta que compartían les permitían lanzarse comentarios sarcásticos, irónicos y cariñosos de una manera bastante peculiar.
Por eso estaba acostumbrada a que a veces se intercambiaran miradas con una intensidad que era capaz de crear un ambiente sofocante y pausado, como si sus almas estuvieran trazando planes en conjunto para luego ponerse manos a la obra, ejecutando estrategias muy efectivas.
Pero ver a Anakin en ese estado y a Obi-Wan como si su mente estuviera en otro lado, se salía de lo que era normal entre ellos, puesto que en el aire parecía flotar una tensión en la que hasta sus cuerpos parecían querer romperse, como si ya no pudieran soportar el peso de algo.
Lo que se estaba gestando ahora estaba resultando ser más intenso que cuando detectó esa perturbación en la Fuerza cuando entraron.
Cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna, con los brazos todavía cruzados y sus ojos concentrados en desentrañar el misterio que tenía delante. Aunque lo que más la preocupaba y asustaba por partes iguales, era que la Fuerza comenzó a cambiar en ese preciso instante, de manera sutil, pero con una intensidad que le causó un estremecimiento que le remeció hasta los huesos. Y no sabía cómo, pero sí tuvo la certeza de que aquello cambiaría todo lo que alguna vez creyeron conocer o entender.
El primero en romper esa tensión que parecía tener la intención de devorarlos sin piedad, fue Anakin, que en un intento desesperado por controlar el temblor de su mano mecánica, tomó los controles del panel y comenzó a buscar escenarios al azar, como si el hacerlo pudiera arrastrarlo lejos de todos aquellos pensamientos que lo acosaban y se alimentaban de sus miedos más profundos. Continuó de esta manera por unos segundos hasta que, finalmente, se detuvo en uno: Coruscant en ruinas. Un paisaje devastado, cubierto de humo y escombros, con enemigos ocultos y ataques imprevisibles. Justo como se sentía por dentro.
— ¡Listo! Prepárense. Y maestro, esta vez intenta no ser alcanzado por el fuego, por favor. No quiero tener que cargar tu cuerpo hacia el ala médica y recibir una reprimenda —suplicó Anakin con mofa, pero esa burla no alcanzó a tocar sus ojos, los que a toda costa trataron de esconder los pensamientos que no se le tenía permitido tener.
Ahsoka notó esa sombra en su mirada, pero no dijo nada, prefirió fingir que no se había dado cuenta de nada. Y Obi-Wan…él simplemente no pudo mirarlo a la cara, no cuando sus pensamientos tomaban un rumbo que no deberían.
—A este paso es más probable que tú me termines matando, Anakin —contestó, con voz queda.
Ahsoka desvió la mirada, incómoda ante el ambiente tan tenso que había caído sobre ellos. Anakin, en cambio, soltó una risa forzada que no hizo más que reforzar la pesadez que generó el comentario dicho por Obi-Wan, ya que tanto Ahsoka como Anakin percibieron que esas palabras estaban cargadas de algo que los hizo tensarse.
Todos fueron arrancados de las garras de ese tenso silencio cuando el zumbido del panel de control indicó el inicio de la simulación. Los tres se posicionaron en sus puestos de forma automática y, por unos minutos que parecieron durar siglos, ninguno se movió, centrados en estudiar y absorber hasta el más mínimo detalle del entorno; el cemento resquebrajado bajo sus pies, la distribución de los escombros, posibles lugares donde ocultarse, el fuerte olor a humo, a metal, a sangre…y, sobre todo, a muerte. Todo para poder crear una estrategia sólida. En eso, detectaron al menos una docena de siluetas moverse entre los escombros, los que claramente llevaban armamento poderoso y destructivo.
Cuando el mapa de lo que debían hacer se trazó en la mente de Obi-Wan, con un gesto de su mano le indicó a Ahsoka que se escabullera entre los escombros para que de este modo, cuando recibiera la señal, cayera con la precisión de una sombra sobre los enemigos, sin darles la posibilidad a estos de defenderse. Mientras tanto, él y Anakin servirían de distracción.
En el instante en que Ahsoka desapareció de su campo de visión, miró a su compañero de reojo, el cual trataba por todos los medios de disimular la tensión en sus hombros, el temblor en su mano enguantada y en cómo tragaba saliva con dificultad. Estas señales provocaron un estremecimiento en el maestro, quien soltó una exhalación profunda en un vano intento por someter a sus emociones con el ímpetu de siempre.
Obligando a sus mentes a concentrarse netamente en la batalla, ambos se colocaron en posición de combate y activaron sus sables de luz; uno con un gesto elegante de la muñeca, y el otro con un movimiento que denotaba poder, valor y confianza; armas que, con su brillo, parecían proyectar sombras sobre sus rostros, revelando la danza de la oscuridad de sus más profundos secretos.
Cuando los primeros enemigos se lanzaron hacia ellos con disparos precisos desde distintos flancos, Anakin, haciendo gala de ese carácter impulsivo y temerario, corrió sin inmutarse entre las ráfagas, esquivando con agilidad, precisión increíble y bloqueando con el sable de luz, el cual se movía como si fuera una extensión más de su cuerpo. La adrenalina que intoxicaba su cuerpo le ayudaba a olvidar por unos instantes esos ojos azul acero y aquella voz; peligrosamente elegante y suave, que podía acariciar con la delicadeza de la seda o cortar con la precisión de una hoja de plasma: esa misma que tenía el poder de ponerle los pies en la tierra como de desestabilizarlo, y lanzarlo a esa habitación oscura en la que sus emociones eran un caos imparable, impredecible, destructivo y poderoso.
Llegó un punto en que todo su alrededor dejó de existir, ya no escuchaba los gritos de los enemigos, el sonido de los disparos ni las instrucciones de su maestro, porque todo se había reducido a que debía olvidar las sensaciones, pensamientos y emociones prohibidas que despertaban un fuego abrasador en su interior, y qué mejor que llevar todo eso a la batalla. Para olvidar, para adormecer su mente y alma con sangre y batalla.
Por su lado, Obi-Wan se movía con pasos precisos y calculados, analizando a sus oponentes de manera minuciosa, buscando puntos débiles y usando la Fuerza cuando era estrictamente necesario. En su temple era donde podía mantener a raya ese anhelo y apetito por aquel huracán de movimientos fluidos que le quitaban el sueño, el aliento. Lo ponía frente a frente a esa sombra que, siempre rastrera y sigilosa, buscaba una oportunidad de encontrar una fisura, por muy pequeña que fuera, en su escudo de contención para tentarlo, empujarlo hacia lo que se le tenía prohibido.
Ahsoka los observaba desde la ventana de un edificio en ruinas, esperando la señal. Aunque, por lo que parecía, la verdadera batalla estaba en la mente de ambos hombres, los que, sin darse cuenta, estaban creando un baile hipnótico, calculado, salvajemente elegante y desbordado. Donde se repelían y atraían al mismo tiempo. Se movían con una agilidad y flexibilidad que pocas veces los había visto desplegar juntos durante un entrenamiento.
Era fascinante cómo, sin ser conscientes de la presencia del otro, sabían cuando luchar espalda con espalda, saltar y contorsionar sus brazos de tal manera que los sables hacían cortes imposibles sin lastimar al otro. Sabían con solo una mirada o una postura cuándo atacar al mismo tiempo, por separado o intercambiar sus sables. Aquella visión le puso los vellos de punta, ahora entendía a los clones cada vez que estos luchaban lado a lado con ambos generales y luego hablaban de sus hazañas con una mezcla entre asombro e incredulidad.
En eso, vio como Obi-Wan hizo la señal con la mano izquierda que estaba esperando, por lo que bajó del edificio y se deslizó como una sombra entre los escombros sin ser detectada por los enemigos. Mientras avanzaba, el olor a metal, polvo, sudor y rabia comenzó a infiltrarse a través de sus fosas nasales, provocando que en su rostro apareciera una mueca que demostraba todo su desagrado ante tal mezcla nauseabunda de hedores. Luego, al ver que los enemigos ya estaban en el flanco en el que los quería, se impulsó sobre un pedazo de muro y saltó, encendiendo sus sables. Sin que tuvieran tiempo de reaccionar, Ahsoka les cayó encima, lanzando patadas y estocadas certeras con sus sables, los cuales resplandecían y parecían borrones luminiscentes cuando los giraba o los manipulaba con una rapidez vertiginosa.
No se detuvo, al contrario, se convirtió en un torbellino imparable que, con astucia y agilidad, desarmaba cualquier tipo de defensa, incluso en el combate cuerpo a cuerpo, donde usaba su estatura pequeña para sorprender, golpear en lugares a los que tenía mayor acceso y engañar, demostrando lo mucho que había aprendido de Anakin, ya que ocupaba su creatividad y el entorno para crear contraataques efectivos y que reducían con prontitud a sus adversarios.
De pronto, todos sus sentidos se agudizaron cuando el suelo comenzó a estremecerse bajo sus pies, produciendo un retumbar sordo y brusco que los alertó. Al girar levemente la cabeza, descubrieron que las detonaciones se estaban activando en cadena, como si la tierra misma quisiera consumirlos. No les quedó otra opción más que separarse; Ahsoka quedó atrapada al otro lado del campo de batalla, luchando como una tormenta contra los enemigos que la rodeaban.
Por su parte, Anakin y Obi-Wan quedaron en el centro, hombro con hombro. Los músculos de sus cuerpos estaban tensos, expectantes, atentos a cualquier cambio que se pudiera producir en el ambiente. Respiraban al unísono, como si fueran una misma entidad, empapados en sudor, despeinados, con heridas leves surcando sus rostros y sus vestiduras cubiertas de polvo y hollín. Podían sentir el calor del otro, la cercanía y esa conexión especial que siempre los había caracterizado en batalla, rozando los bordes de sus mentes, como si la Fuerza misma hubiera forjado un puente de cristal entre ellos. Intercambiaron miradas con la profundidad de los océanos y la intensidad de un volcán, cargadas de estrategias no dichas que sólo sus mentes eran aptas para descifrar.
Conscientes de lo que debían hacer, Anakin se autoasignó como señuelo; no lo pensó dos veces cuando se lanzó hacia el frente, comenzando a guiar a los enemigos hacia un espacio reducido, creado por una pared hecha de pedazos de cemento y piedra. Obi-Wan corrió y, confiando ciegamente en su compañero, saltó sobre él, a lo que este, sin siquiera verlo, solo percibiendo la tan conocida vibración que ocasionaba su maestro en la Fuerza, se agachó, sintiendo el instante exacto en que las botas contrarias se posaron sobre su espalda e impulsaron en el aire, para después caer con suavidad y elegancia, moviendo el sable de luz con una precisión tan quirúrgica, que en menos de un minuto ya todos los objetivos se encontraban tendidos en el suelo.
El hielo y el fuego de sus miradas se encontraron una vez más, para luego obsequiarse mutuamente una sonrisa de medio lado, felicitándose en silencio por el buen trabajo en equipo que habían hecho. Sin embargo, Obi-Wan, que estaba luchando por no perderse en aquellos luceros, una alteración anormal en la fuerza lo obligó a desviar su atención hacia el suelo, logrando detectar, sólo unos segundos antes, un explosivo cerca de ellos, por lo que, dejándose llevar de manera visceral por aquel instinto protector que se activaba cada vez que su compañero estaba en peligro, se lanzó contra él sin darle tiempo a que le preguntara qué era lo que estaba sucediendo. Lo atrapó entre sus brazos para protegerlo con su propio cuerpo, incluso, llegando a proteger su nuca al cubrirla con una de sus manos, y se giró justo a tiempo cuando el objeto explotó, el cual liberó una onda expansiva tan descomunal que los lanzó a varios metros.
Y fue en ese preciso instante, entre el fuego y el eco de la explosión, donde la primera grieta se abrió, sigilosa, pero imposible de cerrar.








