Prólogo
Virtud Efímera se sentó frente al monolito. Observó con atención la imponente marca de Cyana manchada con el poder de Kazaer, el Príncipe Abisal. Miró las figuras e inscripciones cuya naturaleza no eran realmente ajenas a ella.
Dentro de ella rezumbó en múltiples colores ¿Miedo? ¿Paz? No. Era algo demasiado complejo lo que se vertía en su interior, al mirar esta tecnología divina. Ahora que la energía de campos confluía para alterar la naturaleza misma un conocedor podría, tal vez, sacrificarse ante sus mecanismos alienígenas.
Ella deslizó sus largos apéndices burbujeantes, carentes en su totalidad de sustancia. El áspero monolito arcano yacía despojado de su esencia primigenia. Estaba más allá de la realidad, y se escaqueaba en la concepción de flujos temporales excéntricos, donde la luz apenas tenía razón.
Sometió su frágil espectro a una síntesis, donde lo continuo se deformó. El sello se marcó en lo que podría ser su mente alzándose con símbolos de la Traidora y Mal Nacida. Fue cuando Virtud Efímera se volvió sustancial, y con aspecto mundano. Caminó mientras sus pies sentían el polvo y el metal. Frío recorría su pálida piel inmortal.
Mientras yacía por propia voluntad, las cuerdas del destino se afinaron en estructuras y entonaciones que enterraron los vestigios de su divinidad. Fue cuando ese último atisbo de fuerza etérea, le desveló una última verdad.
Vio a su hermana, la Muerte Predestinada. Sus enormes ojos negros, y sus apéndices alargados dieron una orden. Marchen, impíos, hasta ser reclamados por el destino otra vez.
Virtud Efímera entonces vio a la mujer que los lanzaría de vuelta al origen antes de caer. La vio envuelta de la canción, y las notas asfixiaban su consciencia.
Pero ella, con un jalón que desgarró su mente cortó la jugarreta divina. Detrás, yacían un espectro metálico y un caballero ardiente. El hombre era su escudo, y poco a poco parecía volverse su armadura.
Ahora los ojos de Virtud Efímera estaban frente al abismo infinito del Destino, donde nadie debería mirar. Las visiones continuaron, mostrándoles lejanos futuros donde aquello que yacía sometido, se desataba. La abominación ¿Era un jugador, o una pieza más del tablero?
Las piezas reestructuraban sus movimientos fuera de los sentidos, desplazando la realidad, el sentido de la lógica e incluso la causa y efecto. Ahora, todo desfigurado, lanzaba fórmulas y procesos, con números ilegibles.
Tomó formas que Virtud Efímera jamás podría describir en su minúscula divinidad.
Vio entonces como las leyes obedecían a las Sumas Divinidades.
Y, luego cayó en un profundo sueño.
Un sueño del cual nunca debería regresar.