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Casi 18

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Summary

Alex acaba de cumplir 17 y, por primera vez en mucho tiempo, siente que quizás este último año pueda ser diferente. Que con un poco más de enfoque, de control, de dejar atrás lo que pesa, las cosas empezarán a encajar: los exámenes, el futuro, incluso esa versión de sí mismo que no duele tanto al mirarse al espejo. Hay gente que le dice cómo avanzar, y por primera vez alguien parece entenderlo de verdad. Hay silencios que se sienten como fuerza, decisiones que parecen liberadoras. Kate sigue ahí, aunque a veces las distancias crezcan sin que nadie lo busque. Ms. Williams ve cosas que Alex prefiere no nombrar. Y en casa, el eco de ausencias antiguas se mezcla con el ruido de siempre. Alex cree que todo va a acabar bien. Que solo necesita seguir empujando, callar un poco más, soltar lo que frena. Que el cubo roto en su estante algún día se completará. Pero los pozos no avisan cuando se abren. La depresión se cuela en la rutina, el aislamiento se disfraza de independencia, y lo que parece avance a veces es solo caer más hondo, paso a paso, sin ruido. Una historia sobre traumas que no gritan, sobre crecer en medio del caos sin manual, y sobre esa delgada línea entre creer que estás saliendo y darte cuenta de que el fondo está más cerca de lo que pensabas.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Cap. 1 - Rutina

A veces siento que el final de esta historia está cerca. Quizá solo sea mi cabeza intentando borrar los recuerdos que pesan demasiado... y por eso a veces me quedo vacío.

Si alguna vez tuviste esa misma sensación, tal vez me entiendas.

No sé en qué momento exacto dejé de esperar algo de los días. Quizá fue antes de lo que imagino: cuando descubrí que algunos encajan sin esfuerzo, y otros tenemos que sobrevivir a base de silencio.

El sarcasmo es mi abrigo barato contra el frío. No me gustan las sorpresas, ni los regalos, ni la atención. En mi cumpleaños, mi padre apareció con una botella medio vacía y dijo que era "su regalo". No me lo podía creer, me fui corriendo a mi habitación

Y ahora estoy aquí, tumbado en mi cama mientras miro el techo escuchando el horrible sonido del despertador, pero no hay prisa por levantarse. Permanezco en la penumbra de mi habitación, con la sábana arrugada sobre el pecho. El tiempo se estira, pesado, como si cada minuto que pasa fuera un ladrillo sobre mí. Siento el frío del suelo, pero no lo suficiente como para moverme de inmediato.

Mi rutina tiene un orden que ya duele por lo predecible: primero, enciendo el teléfono y reviso los mensajes. Siempre es la misma pantalla vacía, pero lo hago de todos modos, como si el gesto pudiera convocar algo distinto.

Me arrastro a la cocina con los ojos medio abiertos, sin hablar. Me preparo el café de siempre: demasiado fuerte, demasiado negro. Lo sostengo entre las manos, dejando que el calor se filtre a través de mis dedos, como un pequeño intento de sentir algo que no sea vacío.

—¿Otra vez despierto tan tarde? —mi madre asoma la cabeza por la puerta—. Ya casi llegas tarde al instituto.

—No importa —respondo sin mirarla, girando la cabeza hacia la ventana—. No creo que el mundo vaya a notarlo.

—Siempre dices eso —su voz se mezcla entre reproche y cansancio—. ¿Y el café? ¿Lo vas a tomar o no?

—Sí, lo tomo —murmuro, mientras me siento en la mesa—. No quiero discutir hoy.

—No te hagas el desentendido —dice, con un leve suspiro—. Algún día tendrás que aprender que los días no esperan.

El portazo del pasillo anuncia la llegada de mi padre antes de que aparezca. Su figura tambaleante entra en la cocina, el aliento a alcohol colgando entre nosotros.

—Si suspendes aunque sea una asignatura este semestre, prepárate para arreglártelas solo —dice, con la voz cortante, intentando mantener el equilibrio sobre sus pies inestables.

Lo miro de reojo. El desorden en su ropa, el olor fuerte, los ojos vidriosos... todo me hace sentir que estoy acostumbrándome demasiado a esto.

—No es como si me importara tu aprobación —respondo, manteniendo la calma que puedo reunir—.

—¡Eso no es excusa! —grita, dando un paso hacia mí y casi chocando contra la mesa—. Te crees que todo se soluciona solo por sentarte ahí y mirar el techo.

—Pues quizá prefiera mirar el techo que estar gritando contigo —replico, dejando la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

Su mirada se cruza con la mía y por un segundo parece que va a abalanzarse, pero tropieza con un taburete y se apoya torpemente contra la pared, murmurando algo que no alcanzo a entender. Mi corazón late con una mezcla de miedo y desprecio que no sé muy bien cómo explicar.

No espero a que diga nada más. Agarro la tostada que estaba sobre la mesa, me echo la mochila al hombro y salgo por la puerta. Camino hacia el autobús, mordiendo la tostada mientras el crujido entre los dientes me recuerda que todavía estoy vivo.

El frío de la mañana me golpea el rostro, y el mundo sigue allí afuera, ruidoso e indiferente. Yo sigo caminando, un paso tras otro, dejando atrás la cocina y los gritos, masticando mi desayuno como si pudiera tragar también toda la tensión que dejo atrás.

El aire frío me despierta del todo antes de llegar a la parada. El autobús ya está ahí, bufando como un animal cansado. Subo sin mirar a nadie, paso la tarjeta y busco el asiento de siempre, junto a la ventana.

Pongo los auriculares. La música empieza a sonar, suave, envolvente. No pienso en qué canción es; solo dejo que me saque un poco del ruido, de las voces, del recuerdo del olor a alcohol en la cocina.

Fuera, las calles pasan como fragmentos sueltos: una tienda, un perro, un niño con una mochila más grande que él. Todo se ve más soportable detrás del cristal. A veces imagino que el autobús es una especie de cápsula, una isla que se mueve sobre el asfalto, lejos de todo lo que me espera cuando baje.

La música me da ese pequeño espacio donde no tengo que pensar en nada, donde puedo quedarme quieto, mirando cómo la ciudad se estira sin pedirme nada a cambio.

Cuando el autobús se detiene frente al instituto, la música todavía suena en mis oídos. No la apago. La dejo correr hasta el último acorde, como si pudiera estirar un poco más ese momento de calma antes de volver a poner los pies en el ruido.

El aire huele a pintura fresca y a nervios. Gente por todas partes: risas, mochilas nuevas, perfumes demasiado dulces. Algunos se abrazan como si no se hubieran visto en años. Yo camino entre ellos con los auriculares aún puestos, invisible por decisión propia.

Kate me ve antes de que pueda fingir que no la vi. Me sonríe, con esa mezcla entre ternura y fastidio que solo ella sabe usar.

—Llegas tarde —dice, cruzándose de brazos.

—Como siempre —respondo, encogiéndome de hombros.

—Tu talento para la puntualidad sigue intacto.

—Y tu sarcasmo también.

Ella ríe, y por un momento me acuerdo de por qué todavía la soporto.

A unos metros, Brandon ya está rodeado de su grupo de siempre. Habla fuerte, como si el volumen fuera sinónimo de importancia. Cuando me ve pasar, su sonrisa se tuerce.

—Mira quién volvió —dice, lo bastante alto como para que lo escuchen todos—. El filósofo triste.

No contesto. Nunca lo hago. Aprendí que el silencio a veces duele más que cualquier palabra.

Entre el bullicio del pasillo, distingo una cara nueva: un chico alto, pelo ordenado, mochila sin una sola mancha. Se ve demasiado tranquilo para ser su primer día.

—Hola —me dice, girándose hacia mí con una sonrisa pulida—. Soy Ethan. Nuevo por aquí.

—Alex —respondo, sin mucho interés.

—Encantado —añade. Su tono es amable, pero algo en su forma de mirarme me hace sentir como si ya hubiera decidido quién soy.

El timbre suena y todos nos dispersamos hacia las aulas. Me siento junto a la ventana, el único lugar donde puedo mirar sin que nadie espere una respuesta.

Unos minutos después entra una mujer joven, con una carpeta llena de papeles y una sonrisa que parece esforzarse por mantenerse firme.

—Buenos días a todos —dice—. Soy Ms. Williams, su nueva profesora de Literatura. Espero que este año podamos aprender algo más que fechas y autores.

La mitad de la clase ni levanta la vista. Brandon hace un gesto de aburrimiento exagerado; un par de chicas del fondo disimulan risas. Ms. Williams finge no notarlo. O quizá realmente no le importe. Su voz tiene algo diferente, una calma que no se siente forzada.

—Este semestre leeremos varios textos —continúa—. No me interesa que los repitan de memoria, quiero que los entiendan. Que los sientan, incluso.

—"Qué intensa"—, murmura alguien. Varios se ríen. Yo no.

Ella empieza a escribir en la pizarra, y yo bajo la mirada hacia mi cuaderno. La música sigue resonando en mi cabeza aunque los auriculares ya estén guardados. Afuera, el ruido del pasillo se diluye. Por un momento, todo se siente quieto, y no me parece tan terrible estar ahí.

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