Dónde todo inició
Las historias de terror no siempre comienzan con eventos horribles o tragedias. No. A menudo comienza con cálidas mañanas en hogares acogedores y llenos de armonía y paz. En familias que se aman y que son el ideal de todos aquellos que las miran.
Para Maksim su vida había sido así, llena de magia, color, fantasía, y diversión al ser una familia de raíces circenses, para este pequeño y regordete rubio la vida era más que feliz. Sus padres ambos trapecistas estaban siempre a su lado, había nacido para llenar aún más de alegría el circo que era su hogar. Siempre que sus padres estaban preparando su acto, estaba ahí, sentado a los pies de la pista central, sus padres daban acrobacias peligrosas en el aire mientras él con sus pequeños bodys coloridos, mejillas sonrosadas que hacían resaltar su dorada cabellera, chupete en sus rojos labios, mirada brillante en lo alto, aplaudía con sus regordetas manos cada que su madre le hablaba desde lo alto.
—Será mejor que nosotros, llevará el legado de la familia a lo alto—
Se escuchaba siempre decir de su padre, Jos a veces era un padre muy determinado, incluso cuando el pequeño Maksim siempre quería ir del lado de los animales, Jos lo regresaba a las pequeñas cuerdas y juegos de equilibrio que comenzaba a preparar para el pequeño. Sophie por otro lado alentaba a su hijo en disfrutar de los animales que tenían en el circo. Aún tenían tiempo, Maksim tenía 3 años, su mirada aún reflejaba la inocencia, alegría y curiosidad infantil.
El olor a caramelo quemado y aserrín fresco se adhería a la ropa de Maksim, una fragancia de hogar que incluso la gente de fuera envidiaba, pues el amor fluía… en el único niño pequeño que quedaba en el circo. Todo era tan espectacular que a veces esa calma, ese futuro brillante asustaba más que nada.
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Para cuando Maksim cumplió 7 años la magia de los días había empezado a desgastarse, ya no eran mañanas muy brillantes, ni llenas de color y diversión; ahora tenía responsabilidades, muchas. A veces debía levantarse con el sol, para ayudar a su padre en las tareas de mantenimiento que le daban al circo y su alrededor, otras debía estar temprano con su maestro que literalmente era el ringmaster quien le enseñaba a leer y escribir, sumar y restar siempre le decía que eran pasos importantes para ser un buen circense. En las mañanas tranquilas era su madre la que con pequeños besos y cosquillas lo despertaba para que desayunaran juntos antes de ir a escondidas a saludar a sus amigos los animales, y después ir directo a la pista central y comenzar sus ejercicios.
Para Maksim el ser acróbata era algo que hacía por su padre, su pasión era cuidar de los elefantes, camellos, caballos, tigres, leones e incluso de las llamas que tenía el circo, pero Jos decía que eso no era para alguien de su estirpe, eran trabajos denigrantes, él no pensaba así. Amaba a los animales, la paz que transmitían y los increíbles actos que se podían realizar con ellos.
Jos rayaba en la crueldad muchas veces, exigían a su hijo como si este fuese un adulto, lo castigaba cuando fallaba, le gritaba delante de todo el mundo, ignoraba a todos con tal de según el “sacar lo mejor, pues lo tenía”, muchas veces llegó a lo físico cuando Maksim caía a la red o se soltaba de las cuerdas y trapecios, sus castigos eran bastante cuestionables y duros. Las peleas con su esposa cada vez eran más y mucho más físicas.
—No pasa nada Maksim, mientras mamá esté aquí tú y yo vamos a estar bien—
Esa frase había comenzado a ser un mantra para ambos, el circo volvería a moverse por todo el país y los espectáculos de los que se hablaba era para ponerlo en lo alto. Siempre habían sido los mejores y al ser el único niño entre carpas era el consentido, pero también el más observado.
—Si no puedes dar simples acrobacias en la arena ¿Qué harás cuando tengas que subir a lo alto de la carpa? ¿Vas a querer ser siempre un inútil levanta mierda?—
Los gritos de Jos se podían escuchar incluso sobre el rugir de los tigres, que caminaban con desesperación dentro de sus jaulas, puesto que cada vez que Jos intentaba enseñar a su hijo en las alturas los gritos eran parte de la rutina.
—Estoy harto de que llores ¡Deja de llorar!—
La sonora cachetada llenó el espacio de la pista principal, los jadeos de Maksim se interrumpieron por el abrupto acto, mientras su suave mejilla se abría y dejaba correr un hilito de sangre junto con sus lágrimas.
Ni Maksim ni Jos sabían que este iba a ser uno de los muchos momentos donde la sangre correría, ninguno de ellos o nadie del circo imaginaban que los horrores vendrían, se avecinaba como tormentas en el mar, que el destino se escribía literalmente en sangre, cada que Jos entrenaba a su hijo. Que las duras, frías y despectivas miradas que Jos le daba se regresarán triplicadas en fuerza, Jos jamás imaginó que ese pequeño rubio hermoso que nació para llevar su legado se convertiría en quien lo sellará para siempre.
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Para cuando llegó a la pubertad, las chicas o las adicciones no eran el mayor problema ni para Maksim ni para Sophie, todos los días despertaban y dormían en un temor constante que dependía del humor de Jos.
Cuando eran los días no tan malos, los gritos o bofetadas eran el pan de cada día, pero cuando los días eran los peores, entre latigazos y días bajo el ardiente sol sed y hambre, mantenían al pequeño niño alerta.
Para desgracia de todos Jos se había vuelto un problema, un peligro y un caso grave de violencia. Desde el ringmaster hasta los “fenómenos” del circo se habían tomado la molestia de frenar sus acciones. Después de años de vagar por todo el país, de ser de los mejores circos se habían establecido en una pequeña ciudad no muy lejos de la capital, casi al este de Alemania, no era ni el mejor, ni el peor lugar. Así que la vida circense se había hecho un poco más llevadera para algunos que dejaron de vivir en carpas y tenían pequeños terrenos con casitas acordé a su vida.
Para la familia de Jos eso era aberrante, según él habían hecho de la vida circense una burla, pantomimas de lo que habían sido, se sentía ultrajado y traicionado por todos aquellos que “desobedecieron” el orden natural de las cosas.
—Somos un chiste, ya no sé cómo se podría restaurar el circo y ser como antes, éramos increíbles…
—¿En que afecta quieran más que solo carpas y lodo?— La voz de Maksim saltó inesperadamente de lo grave a lo agudo, voz adolescente después de todo.
—Alguien estúpido como tú jamás comprenderá de lo que hablo—
Ese día en particular Maksim comprendería muchísimas cosas, no solo con el circo y tradiciones, valores y afecto, ese día marcaría el inicio del final de la gran familia. Las historias de terror no siempre comienzan con eventos horribles que ponen el punto definitivo. No. Las historias de terror comienzan ahí, en una familia que lo tenía todo y... lo perdió.
Para Maksim, el inicio del fin no fue un grito, sino un quiebre. El eco de la bofetada con la que dio inicio está historia de terror y horror, del dolor punzante en su cuerpo y alma, se había transformado en algo más frío y peligroso. Esa noche cuando se fueron a dormir, la familia no se fue con el temor habitual. Se fueron a dormir con una profecía flotando en el aire.
Pasadas las tres de la madrugada, un silencio tan denso como el terciopelo de la carpa principal cubrió el campamento, roto solo por el murmullo inquieto de los tigres. Maksim, que dormía sobre esteras en el suelo de la caravana de sus padres, despertó.
El llanto de su madre y las súplicas que está soltaba entre jadeos, caló en los huesos de su pequeño cuerpo, se levantó lo más rápido que pudo, y a lo lejos cerca de la pequeña carpa que usaban como hogar vio a su padre, de nueva cuenta golpeaba a su madre.
La ropa de Sophie estaba prácticamente en trozos que cubrían pocas partes de su cuerpo, Maksim podía ver la magullada y sangrienta espalda de su madre, cada corte que el látigo había abierto, cicatrices que habían cerrado ahora estaban al rojo vivo de nuevo, sus piernas entre un rojo y morado asomaban el daño que ya le había hecho. Su cabello contaba la historia completa, el moño que siempre traía estaba deshecho, mechones negros salían y caían en todas direcciones, cubriendo un peor maltratado rostro.
—¡Déjala!— gritó lo más fuerte que pudo, mientras corría al encuentro con su madre.
La luz que se desprendía del interior de la carpa le permitió ver cuando su padre levantó en lo alto su daga, una daga única que se había heredado de generaciones pasadas, orgullo de Jos, estaba siendo usada para amenazar a una muy herida y lastimada Sophie.
—¡Papá para!, ¡Dejala!—
Cuando llegó a donde sus padres estaban todo explotó, un calor opresivo y un brillo naranja batiéndose contra las lonas. La carpa estaba ardiendo.
No fue un accidente. La carpa de Jos y Sophie era el epicentro. El fuego rugía con una furia hambrienta, ascendiendo por la lona de la carpa principal como un demonio liberado. Pero eso no fue lo que horrorizó al pequeño niño. No.
Fue ver cómo su padre encajaba esa saga hasta la empuñadura en el blando cuerpo de su madre, llegó antes de que el segundo golpe diera en ella, su pequeño cuerpo fue el escudo para su madre, dándole en el rostro, ese rostro que hasta el momento había sido hermoso e infantil, era atravesado por el filo, dejando una marca sobre su lado izquierdo, de no haber cerrado los ojos, pudo haber sido peor. El grito de Sophie rompió sobre de todo lo que estaba y antes de que Jos volviera a lastimar a su hijo, empujó toda la fuerza que quedaba y ahora era ella el escudo.
Todos los artistas que habían salido por causa del humo, y gritos fueron los testigos del horror, de los segundos que cambiaron no solo la vida de esa hermosa y próspera familia. Si no la de todos ahí.
Él no sintió el impacto en su rostro; sino el calor metálico de la sangre corriendo por su mejilla, un nuevo río que se unía a las lágrimas. Luego, el silencio. Jos había sacado la daga. Sophie había caído, su cuerpo blando ahora inerte, un escudo final entre su hijo y el monstruo que amó. El rostro de Maksim, surcado por la herida, se torció en una mueca que ya no era infantil.
No era tristeza; era una furia fría y total. El amor y el respeto por su padre no se desgastaron, se incineraron en un instante, dejando solo la necesidad primaria de aniquilar el mal. Ese pequeño rubio angelical, dejó de existir, no lloró, ni gritó, de su pecho salió un sonido gutural que resonó en todo el recinto; ya no era la voz de un infante, era de la un hombre quebrado, nacido en ese mismo instante.
Jos, el trapecista, se inclinó, buscando la daga en el suelo; pero al estar tan ebrio Maksim fue más rápido. La urgencia, la agilidad aprendida en años de entrenamiento forzado, se desató. El niño regordete había desaparecido. El adolescente, herido y furioso, se abalanzó sobre el arma. Sus manos temblaron al cerrarse alrededor del mango.
Y entonces pasó tan lento, como si hubieras puesto la cámara ultra lenta en una carrera para ver a detalle cada milésima de segundo de una vuelta en la curva, permitiendo a Maksim contemplar el pánico crudo en los ojos de Jos.
No hubo tiempo para súplicas.
Maksim se movió con la precisión de un acróbata desquiciado. Levantó la daga con ambas manos. No fue un golpe limpio, sino una descarga de dolor reprimido: el recuerdo de los latigazos, los gritos, la sed y el hambre, todo canalizado en el filo. La hoja ancestral se hundió y se hundió de nuevo, no en un acto de defensa, sino en una ejecución despiadada, un castigo final.
Y así de rápido como cayó el cuerpo de Jos inerte a un lado del de su madre, así de rápido termino de extenderse el fuego por todo el circo, los demás artistas salieron de su estupor y corrieron en su dirección, tenían que cubrir todo antes de que los bomberos y policías llegarán, eran su familia, los del circo se protegían.
—El fuego fue accidental—, declaró el Ringmaster con voz grave y autoritaria. —Jos y Sophie... murieron en el incendio. El niño estaba fuera. Nadie más lo vio. Nadie más hablará. ¿Entendido?— todos asintieron, y mientras algunos llevaban los cuerpos al fuego, los demás se llevaban al niño, las autoridades cuando llegaron hicieron lo suyo. Cuando lograron sofocar el fuego, todo había cambiado, y en las cenizas de un circo destruido el mundo de todos los presentes había cambiado.
Las personas muchas veces no se dan cuenta de lo que ocurre hasta que es demasiado tarde, no pueden ver la tragedia y el horror avecinarse. A veces piensan que cuando el horror y terror aparecen se presentarán como en las películas, lo que no se dan cuenta es que lo que ahí se ve es falso.
El horror y el terror de esta historia fue real, tan real que jamás nadie la vio o vivió y solo en cuentos y actos circenses se relatara cómo la tragedia en un acto. Desde esa noche Maksim murió junto con sus padres, nadie más lo volvió a ver jamás. Esa noche también el circo desapareció, ese campo ardió y ni artistas ni animales se quedaron. La historia contaría después que ese circo renaceria como el de los horrores, con actos macabros y artistas infernales.
Rictus nació de las cenizas de Maksim.