★PRÓLOGO★
— ¿Ho-Hola? ¿Mamá? —
La pregunta hecha por el pequeño había quedado en el olvido, al igual que su propio aire, no había calma, sino caos tras el silencio ante su pregunta.
— ¿M-Mamá? ¿D-Dónde estoy? —
De sus labios habían escapado suaves sollozos, cargados de temor y desesperación ante la idea de estar solo en ese mundo blanco sin que alguna señal de vida le respondiera, solo su propia voz regresada en forma de eco.
De las muros altos de tonos blancos comenzaron a surgir siluetas, largas y oscuras, con orificios abriéndose como grandes farolas, intensas que lo cegaban por un momento, haciendo que su mano se pusiera al frente de sus ojos para mitigar el dolor, siluetas se engrandecían, el pequeño de cabello castaño temeroso retrocedió, tragó con dificultad, buscando valentía a pesar de que sus pies temblaban sin parar, de pronto algunas siluetas se deslizaban a él y formaban cuerpos sólidos, cuerpos pequeños, eran gatitos que maullaban y ronroneaban para darle la calma que necesitaba, eso provocó una sonrisa del más pequeño.
Su cuerpo ya no temblaba, con calma se sentó en el suelo de aquel mundo en blanco… Podía reír, estar más alegre con aquellos gatitos que le rodeaba, recibiendo gentiles frotes, ronroneos y suaves patitas encimándose con curiosidad en todo su cuerpo.
De pronto se escucharon pasos, y con ello una figura oscura que soltaba humo con cada movimiento, sus ojos rasgados y color miel se iluminaron con el entorno, más su vestimenta elegante y oscura contrastaba con el entorno.
— Que criatura tan curiosa tenemos el día de hoy, un humano… ¿Te perdiste cachorrito? —Habló suave y amable, el ser misterioso acomodó a la altura del pequeño, notándolo temeroso ante su presencia, por lo que formó una pequeña sonrisa. — No tengas miedo cachorrito… Eres bienvenido a nuestro mundo. —Extendió su pata ante el pequeño, quien desconfiado acercó la mano, y una vez ambos se habían tocado un viento sopló, y el blanco que los rodeaba se había transformado en colores que le daban vida a las paredes, el infante no evitó en reír alegre y avanzar de la mano de aquel desconocido mientras la luz envolvía sus cuerpos.
…
—Eric… ¿Me estás escuchando? —
El mencionado levantó la mirada al escuchar la voz de su madre, parpadeó confundido, por alguna extraña razón, su realidad se había quedado en pausa, y su mente nadaba en un lago de sueños… “¿Dónde estoy?” Se preguntó mientras observaba sus manos sostener un aro de plástico, a su alrededor podía escuchar suaves risas, personas charlando y sonidos de muchos juegos mecánicos, lo había olvidado, estaba en una feria de su pueblo, y él estaba por lanzar los aros a unas botellas.
— Eric, debes decirle a tu padre que te quedarás conmigo. —Habló Liane, con una voz suave, gentil.— Así… Podremos estar juntos, tesorito. —
Eric mantuvo sus labios cerrados al escucharla, giró su cabeza para observar el rostro de su madre, ojeroso, cansado, que contrastaba con su voz dulce y llena de ternura, sumado de una bella sonrisa, aunque forzada.
— ¿Amor? —Liane hizo una pausa, buscando mantener una sonrisa que dolía para sí misma.— Es importante que le digas a tu padre que quieres quedarte conmigo, que te encuentras bien. —
El joven no daba respuesta al pedido de su madre, causando un silencio incómodo, Liane observaba como su hijo solo miraba a las botellas y comenzar a lanzar los aros para intentar ganar algún premio.
— Pastelito, esto es en serio… —Siguió obteniendo un silencio, uno que se sentía como un juicio sobre su espalda, no pudo más, tomó a su hijo de los hombros, firme para que solo la viera a ella, esta vez no ocultó su dolor tras una sonrisa. —Tu padre quiere separarnos, no podemos permitir que se salga con la suy- —Sus palabras quedaron a medias, Cartman se había zafado de sus manos.
— Si no fueras una ramera drogadicta no estaríamos en esta situación —Escupió con furia, ignorando el rostro de dolor de su madre por cómo le hablaba.
La madre apretó sus labios, sentía su corazón romperse por sus palabras tan filosas, podía jugar que le habían cortado el alma.— Sabes que eso quedó en el pasado, Cartman, ¡No merezco que me hables así! —Buscó defenderse ante las crudas palabras de su hijo.— Cartman… Sé que hemos tenido diferencias. —Hizo pausa, permitió que sus lágrimas salieran, viéndose vulnerable ante su hijo.— Pero debemos ser unid- —
— ¡YA BASTA MAMÁ! — Eric, sin querer captó la atención de toda la gente que pasaba por ahí, todos atento a la discusión de madre e hijo.— ¡Tú y papá son unos malditos egoístas! ¡Solo importan sus caprichos! — Su voz se quiebra, cuanto odiaba que sucediera eso.— Estoy cansado de esto, déjame en paz. —
Eric no quería llorar, no frente a toda esa gente, se dio la vuelta dejando en el suelo los aros, ignorando los gritos de su madre de que volviera, no quería estar con ella, solo deseaba desaparecer.
El sonido de los juegos mecánicos, las risas y canciones de la feria se perdían con sus pasos, ahora solo lo acompañaba el sonido de la nieve al pisar, el viento soplar las hojas de los arboles y los grillos que lo acompañaban, se había adentrado a un área más natural del South Park.
El lugar estaba oscureciendo, pero no tenía miedo, ese silencio le traía paz, calma, su cuerpo podía relajarse tras haber huido de esa situación con su madre.
En su avanzar notó un pequeño puesto entre los árboles, iluminados por faroles colgantes y pequeñas luciérnagas, una figura oscura descansaba en el escritorio, iba a alejarse, hasta escuchar la voz del desconocido, suave, tranquila.
— Buenas noches jovencito ¿te gustaría probar una máscara? —
Eric se asomó, notando que había un estante con máscaras, de un diseño de gatos, observó todas, eran de la mitad, de muchos colores y figuras que lo acompañaban, pensando en sus adentros que eran muy bonitas.
Sus ojos se centraron en una máscara particular, blanca, de manchas marrones, curvas doradas que adornaban la máscara, simulando ser los bigotes de un gato, lo que más le había encantado era los orificios donde iban los ojos, de un lado era café, y del otro azul, justo como sus ojos, no pudo evitar la admirarla en silencio, acariciándola con su pulgar de forma inconsciente.
De pronto una suave risa salió de los labios del desconocido, quien se inclinó en su pequeño escritorio.
— Me da gusto verte, cachorrito. —
