LA MISIÓN
La casa de Louis Tomlinson era una exageración en cuanto a tamaño, fácilmente podría albergar a cinco familias de al menos cuatro miembros cada una, pero cuando se tenía tanto dinero normalmente se compraban cosas estúpidas como una casa que ocupaba una manzana completa en la zona más exclusiva de Manchester.
Con un movimiento flojo Louis dejó las llaves sobre la repisa de mármol negro que estaba al lado de la puerta, se descolgó el bolso Adidas verde del hombro y lo lanzó en el piso antes de llegar al living, se quitó la chaqueta de la misma marca y color y la dejó tirada sobre el sofá de cuero negro que había sido elegido por una diseñadora de la que no recordaba el nombre pero con la cual tuvo que acostarse porque era importante que los tabloides supieran que Louis Tomlinson se tiraba a toda mujer que se acercara a él al menos a una cuadra de distancia. La pobre Eleanor tenía los cuernos más enormes de la historia delsocialité, pero a ella le importaba una mierda, a fin de cuentas estaba saliendo con Louis “piernas y billetera de oro” Tomlinson y la verdad, Louis estaba consciente de que él también tenía tremendos cuernos sobre su cabeza. Nada que su agente no pudiera hacer desaparecer de los medios de comunicación.
Arrastrando los pies, Louis caminó, lo que le pareció, dos millas para llegar a la cocina, tomó una cerveza tan pronto como revisaba sus provisiones alimentarias. No tenía puta idea de qué era lo que tenía en cada bandeja de plástico, su cocinera Gerllet era rusa y prácticamente se hablaban a través de señas, pero la mujer cocinaba delicioso así que Louis la había elegido a ella sobre Franco, un chef reconocido en toda Europa, que por supuesto lo había hecho mierda en la prensa tras rechazarlo. Bien, ahora Franco estaba arruinado porque si había algo que tenía Louis era una especialidad innata en arruinar carreras. No entendía como lo lograba, pero era arriesgado meterse con Tomlinson, el número 28 del Manchester United.
Guiado por el instinto, Louis eligió algo que parecía pollo con una salsa grumosa, mientras veía dar vueltas a la bandeja dentro del microondas buscó su móvil en el bolsillo del pantalón. Su nuevo teléfono no le gustaba, pero claro, había firmado con la empresa que los hacía y como imagen del nuevo modelo debía tener uno, ¿cierto? Marcó el patrón de seguridad y vio titilar la casilla de mensajes de texto y el ícono que indicaba que tenía un par de llamadas perdidas. Los ignoró y fue al twitter, con un usuario que se había creado desde que la gente de MegaStars, su agencia de publicidad, se había apoderado de la cuenta personal que tenía en esta red. A la fecha @Louis_Tomlinson tenía…
—¡Mierda, diecinueve millones! —Se sorprendió al ver el número de seguidores. Recordaba cuando la había creado, hacía menos de cinco años cuando entró a jugar en el quipo local de Doncaster y se había emocionado tanto al tener 1000 seguidores y de pronto, todo pasó tan rápido que no sabía realmente lo que ocurría a su alrededor. Había firmado con el Manchester United y ¡bam! Su vida había cambiado. Pasó de vivir con su madre y hermanas en una casita de tres habitaciones a poder comprar la casa más cara que pudo encontrar en Alderley Edge. Se había comprado al menos ocho autos en el último par de años y había comprado al equipo local de Doncaster sólo porque podía y porque cuanto menos, tener a los Donnies era un recordatorio de donde venía.
De pronto el móvil comenzó a vibrar en sus manos y quiso lanzarlo por el lavaplatos en cuanto vio que lo llamaba Marco, su agente.
—¿Qué? —Contestó sin intentar disimular su fastidio.
—Hey, Tommo —Saludó Marco y Louis quiso ahorcarlo a través del teléfono, odiaba que lo llamara Tommo, y no por el sobrenombre en sí sino porque así lo llamaban sus amigos íntimos, y Marco Plavot era cualquier cosa menos su amigo—. Excelente juego el de esta noche. 2 de 3 ¿eh?
Louis resopló, sí, había hecho 2 de los 3 goles del Manchester.
—¿Quieres algo? —Preguntó directamente mientras sacaba la bandeja de comida del microondas.
—Bien, Lou, la verdad es que sí. Fue un excelente resultado para el Manch y la gente no deja de hablar de tus dos goles. Lo que es genial. Pero estaríamos más contentos si tuviésemos un poco más de prensa “social” —No, no quería hacer prensa “social” se dijo Louis a sí mismo dejándose caer en una de las sillas de la mesa de comedor de la cocina—. Tenemos una reservación para el Thai. Eleanor ama ese lugar, así que…
—¿A qué hora? —Preguntó.
—A las dos.
—¿Ella va al próximo juego?
—Sí —Respondió Marco—. Hoy hubo algunos comentarios porque ella no estuvo, no se le ve desde la apertura. Y como el próximo juego es la próxima semana, sería bueno tenerla cerca.
—Estuvimos juntos todo el fin de semana pasado, no es como si llevamos dos meses sin vernos.
—Ya sabes cómo es esto, Tommo.
—No me llames Tommo —Soltó Louis molesto. Odiaba la prensa “social” porque eso era salir con Eleanor y tener a cuatro idiotas con cámaras de largo alcance tras ellos todo el tiempo—. No quiero hacer sociales esta semana, Marco. Tengo que entrenar y…
—Sabes que la prensa social no es una opción, Louis.
—Jódete, Marco.
—Mientras hagas la puta prensa social, puedes mandarme todas las veces que quieras a la mierda.
Louis trancó la llamada y apagó el móvil. Sólo en gesto de revolución silenciosa porque Marco no tenía ningún problema en llegarse hasta allí y sacar el culo de Louis a la calle para ir a hacer cosas románticas con Eleanor. El mayor problema con ella era que casualmente había terminado siendo la hija única de su mayor patrocinante: Adidas. Y dejar ese contrato era como tirar su carrera al basurero. Así que lo que Louis podía hacer era comportarse como una pequeña mierda con Eleanor de manera que fuera ella la que cortara la relación y salvar su pellejo futbolístico.
La comida le supo a nada, pero sabía que se debía únicamente a que su humor se había ido a ese lado oscuro en el que quería ir a patear culos por la calle a todo el que respirar porque, maldita sea, su vida era una mierda.
Y cuando Louis sentía que su vida era una mierda sólo había algo que lo hacía olvidar eso: Él tenía un bar tan grande y bien surtido que no tenía nada que envidiarle al pub más magno de Manchester. Sus ojos se pasearon por las estanterías llenas de licores exquisitos y se detuvieron en el coñac. Tomó una botella y buscó una copa para esta bebida. Si algo había aprendido desde que había entrado en una vida llena de excesivos lujos era como se manejaba el alcohol, en que vasos debía servirlos, a que temperatura debía conservar las botellas y cuantos grados de alcohol tenía cada licor. Había olvidado, deliberadamente, aprender cuanto podía tolerar de cada bebida. Amén por eso.
El líquido ambarino en la copa lo sedujo como Salomé a Herodes, sólo que la seducción no tenía el propósito de la cabeza de un tercero sino de la propia. Se llevó la copa a los labios y el trago le abrasó la garganta y calentó sus entrañas, haciendo que su cuerpo se sintiera a la altura del infierno.
Más tarde, cuando no quedaban más que dos dedos de coñac, Louis prescindió de la copa y tomó directamente de la botella, la dejó rodar vacía en la barra de su bar y corrió hasta al sofá donde había dejado la chaqueta con anterioridad. Su casa y la soledad de la misma, de pronto lo hicieron sentir asfixiado y sólo necesitaba salir.
Huir. Correr… Volar... Saltar.