Aroma a esperanza

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Summary

Dicen que el amor lo cura todo El dulce arrullo de las hojas que pronto se marchitarán, el murmullo de la sangre convertirse en veneno y la dulzura de la esperanza que se implanta con una semilla de amor en tu corazón... Sanarás yo se que sanarás

Genre
Other
Author
Asahi Arata
Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

La mirada apenas se ajustaba para ver su reflejo en el espejo. La tos no paraba de atormentar su cuerpo; la sangre salía de su boca junto con nuevos pétalos color verde, aún inmaduros, que crecían dentro de él.

Las manos le temblaban al arrancar con cuidado aquel pétalo atorado en su garganta. No podía respirar correctamente, sus pulmones gritaban porque el oxígeno llegara a ellos.

Sus jadeos eran gritos ahogados entre la sangre y las lágrimas que inundaban su rostro.

Por fin pudo sacarlo y su respiración empezó a modularse. Se miró en el espejo después de enjuagarse la sangre que manchaba su piel.

—¿Cuándo parará esto? —se preguntó sin obtener respuesta.

Las cosas que experimentaba eran una enfermedad rara e incurable. Solo había una forma de que la flor que crecía en su interior no lo estrangulara ni lo envenenara.

Eran pocos los avances médicos y registros de aquellos que portaban la flor en su interior. No nacían con ella, pero cuando alguien amaba de verdad y se negaba a compartir ese sentimiento, este se convertía en raíces dentro del corazón.

La cura: exponer ese amor a la persona amada…

Se sentó en el sillón de su pequeño departamento, observando la oscuridad. Despertarse de esa manera, casi ahogándose, se debía a que había soñado con él…

—Ni siquiera puedo controlar mi mente cuando duermo —murmuró, soltando un pesado suspiro. Ya era la novena noche que no dormía bien por lo mismo.

Las ojeras en su rostro eran más que visibles y debía verse bien para mañana. Era la Junta extracurricular de todas las agencias y preocupar a sus amigos era lo que menos quería.

Cerró los ojos sin intentar dormir. Estaba exhausto, pero pensar que volvería a despertar de esa manera lo aterraba.

Las horas pasaron y el sol hizo sus primeras apariciones; los rayos se colaban por las persianas. Abrió los ojos y siguió su rutina de cada mañana: preparar su ropa, meterse a bañar, tratar de ocultar con maquillaje los rastros en su rostro, vestirse y salir de su departamento.

Esta vez la sede de la reunión sería su propia agencia, y desde que llegó todos corrían apurados para que todo saliera perfecto.

El primero en llegar, como siempre, fue Shoto. Se acercó a saludarlo, pero Izuku lo evadió rápido con la excusa de no tener los papeles para oficiar la Junta.

Shoto no era tonto. Algo andaba mal en Izuku. Siempre había sido demasiado profesional como para olvidar algo así, pero algo en su andar lo alertó. Además, el aroma fresco que desprendía su cuerpo le causó curiosidad.

No era el perfume habitual del de cabello verde, pero estaba seguro de haberlo olido apenas estuvo frente a él. Incluso en sus dedos, que habían rozado los de Izuku, permanecía ese mismo aroma.

Negó con la cabeza y trató de alcanzarlo, pero lo interceptaron y lo llevaron al gran salón.

Así, poco a poco, los demás fueron llegando y la hora se acercaba. Antes de salir de su oficina, Izuku remarcó el maquillaje; todo estaba perfecto. Minutos después ya estaba detrás del telón.

Cuando este se abrió, sonrió como era habitual en él, pero su postura no era la misma. Había rebasado ya el metro noventa, y sin embargo, parecía medir veinte centímetros menos.

Para sorpresa de todos, se veía perdido en sus pensamientos, con la mirada fija únicamente en los papeles que estaban en el podio para no no encontrarse con esos ojos que conocía de memoria: los de Bakugou Katsuki.

—Bienvenidos a todos a esta nueva asamblea. Es un honor que nos acompañen, como siempre, y espero que estas nuevas normas que se establecieron las acepten, al igual que las misiones previstas. Estas no serán mencionadas aquí, se les entregará una carpeta a cada uno. Es un asunto extracurricular y debemos tener a los mejores héroes activos de toda la región.

Su voz grave salió con normalidad, aunque un poco más rasposa, y el temblor en sus manos no lo dejaba en paz. Cuando alzaba la mirada, sus ojos se conectaban con los de Katsuki.

La oratoria siguió, punto por punto. Al final, sería All Might quien continuara para acordar lo siguiente. Izuku terminó su discurso y se dispuso a salir sin ser detenido.

Aún quedaban cosas por discutir en la Asamblea, así que nadie se interpondría en su camino de regreso al encierro.

Pero cuál fue su sorpresa al abrir la puerta de su oficina creyendo que lo había logrado. Qué maldito error suponerlo.

Se quedó frío al encontrarse con esos ojos color granate. Su corazón empezó a latir con fuerza, y ese aroma dulce volvió a llenar la habitación. Su respiración se agitó cuando vio al rubio levantarse de la silla y correr hacia él.

—Deku —soltó Katsuki, y por primera vez Izuku vio terror en su mirada.

Bakugou sacó un pañuelo con rapidez y limpió la sangre que volvía a salir de su boca…

El pañuelo se empapó en segundos. Bakugou presionaba con torpeza, como si no supiera qué hacer, como si sus manos fueran a romper algo tan frágil.

Izuku quiso apartarlo, esconderse, como había hecho todos esos años. Pero sus fuerzas lo traicionaron. Cayó de rodillas, tosiendo sin parar, escupiendo flores que aún no tenían forma, apenas brotes desgarrando su garganta.

—¡Deku! —la voz de Katsuki se quebró.

Las manos fuertes lo sostuvieron, lo obligaron a recargarse en su pecho, a que dejara de luchar en vano contra ese ahogo. El héroe número dos, el imparable Dynamight, temblaba al abrazarlo.

Izuku cerró los ojos con fuerza. Había soñado mil veces con ese calor, con ese contacto, pero no de esa manera. No arrodillado, sangrando flores que gritaban por él y lo que nunca se había atrevido a decir.

—Kacchan… —su voz era apenas un hilo, casi sin aire—. No… no me mires así…

Pero Bakugou no podía apartar la vista. Conocía perfectamente la forma de esas flores… Lirios del Valle…

Era una flor hermosa, pero tan tóxica que el veneno se extendía rápidamente y no sabía cómo Izuku aún estaba con vida.

—¿Desde cuándo? —preguntó con brusquedad, aunque sus ojos lo delataban: estaban llenos de miedo.

Izuku soltó una risa rota, la clase de risa que solo existe cuando el dolor ya ha pasado de todos los límites soportables. Se limpió la boca con el dorso de la mano, manchándose aún más.

—No lo sé… Ni siquiera lo recuerdo.

Los ojos de Katsuki se abrieron con un terror genuino. Izuku no necesitaba explicar más.

—Idiota… —murmuró Bakugou, pero no había insulto en sus labios, solo un nudo insoportable en la garganta.

Izuku trató de levantarse, de alejarse, pero su cuerpo estaba demasiado débil. Katsuki lo sostuvo con firmeza, apretándolo contra sí.

—Déjame, Kacchan… —suplicó—. No quiero que me veas así, quizás pueda mo…

Las palabras quedaron flotando en el aire, heladas. Bakugou lo sujetó más fuerte, como si pudiera evitarlo con solo sus brazos.

—¡No digas estupideces! ¡No vas a morir, maldita sea! —su grito resonó en la oficina, pero se quebró al final, ahogado por el temblor de su voz.

Izuku lo miró con tristeza. Los ojos verdes, apagados por el cansancio, brillaban aún con una ternura que Katsuki jamás había querido reconocer.

—Hay cosas que no se pueden detener… ni aunque seas tú…

El rubio apretó los dientes, furioso contra el mundo, contra sí mismo, contra esa enfermedad absurda.

—Dime qué hacer… —susurró, casi rogando.

Izuku sonrió con amargura. Una sonrisa tan rota que le dolió incluso a Bakugou.

—La cura ya la sabes… pero es demasiado tarde.

Los ojos granate se llenaron de un pánico brutal.

—¡No! ¡Dilo! ¡Dímelo, maldita sea! —exigió, sacudiéndolo apenas, como si pudiera arrancar la respuesta de sus labios—. ¿Dime a quien debo de traer?

Izuku cerró los ojos, y otra tos violenta lo hizo escupir flores ya formadas, de un rosa pálido que manchaba el suelo como una alfombra venenosa. Se aferró a la camisa de Katsuki, mojándola con sangre.

—… ¿a quien? Lo que necesito es amarte… y que me ames de vuelta… —murmuró con voz temblorosa, apenas audible.

Katsuki se quedó inmóvil. Las palabras fueron dagas directas a su pecho. Izuku lo había dicho, por fin. Y él… él no sabía qué responder.

En su interior, todo se agitaba: la rabia de no haber visto antes, la culpa de cada palabra, la confusión de no entender lo que sentía ahora. Pero no salía ni un solo ruido de su boca.

Un silencio más cruel que cualquier rechazo.

Izuku lo entendió. Lo vio en su mirada. Lo supo sin que Katsuki pronunciara nada.

El aire se volvió insoportable. El rubio aún lo sostenía, pero Izuku sintió que lo perdía más que nunca.

—No te preocupes… —susurró con un hilo de voz, apenas sosteniéndose en sus brazos—. Sé que no es tu culpa… nunca pedí nada.

Y con esas palabras, Izuku dejó caer la cabeza en su hombro, totalmente agotado.

Katsuki lo sostuvo, pero sus manos ya no sabían qué hacer. El héroe que siempre tenía respuestas, que siempre encontraba una salida, estaba roto, ahogado en un silencio que lo condenaba tanto como a Izuku.

La oficina quedó llena del aroma dulce y metálico de las flores manchadas de sangre. Una fragancia que Bakugou nunca olvidaría.

Continuará...