Prefacio
Los demonios habían muerto.
La guerra de mil años, una herida purulenta oculta bajo la piel de Japón, finalmente había terminado. Muzan Kibutsuji y sus Lunas Demoníacas se habían desvanecido con el sol de la mañana, convertidos en cenizas y en un mal recuerdo. Pero la paz no llegó. En su lugar, se instaló un silencio pesado, el silencio de un cementerio demasiado lleno.
El mundo, ignorante de la bala que acababa de esquivar, siguió girando. La era Taishō daba sus últimos pasos hacia la moderna y turbulenta Shōwa. El rugido de los trenes ahogaba el eco de las katanas rotas, y la luz eléctrica de las ciudades proyectaba nuevas y largas sombras. En los parlamentos y en los cuarteles, se susurraban nuevas ideologías, se forjaban nuevas ambiciones imperiales. La oscuridad no había sido vencida; solo había cambiado de rostro, abandonando las garras sobrenaturales por el atractivo de los uniformes y las banderas.
Para los pocos que sobrevivieron a la última batalla, el mundo se había vuelto un lugar extraño. Eran fantasmas de una guerra secreta, héroes de una epopeya que nunca sería contada. El Cuerpo de Cazadores de Demonios, su propósito cumplido, se disolvió en la historia, dejando a sus últimos miembros a la deriva en un océano de normalidad que ya no entendían.
Y ninguno se sentía más a la deriva que Tengen Uzui.
El antiguo Pilar del Sonido, el extravagante Dios de las Festividades, ahora era el guardián de un silencio. Cada mañana, su peregrinaje lo llevaba al mismo lugar: un claro oculto en las montañas, el cementerio de los Cazadores. Su único ojo recorría las hileras de sencillas estelas de piedra, recitando en su mente los nombres de los camaradas caídos. Rengoku. Kocho. Mitsuri. Obanai. Himejima... Muichiro.
Pero su mirada siempre terminaba en la única tumba que rompía la uniformidad. Un magnífico y solitario ángel de piedra, cuyo rostro era el de Florence Hiragizawa. Su mano, la única que le quedaba, a menudo descansaba sobre la base de granito, sintiendo el frío de una ausencia que el tiempo no podía mitigar.
Había luchado para darles un mundo libre de monstruos. Había sobrevivido para criar a la siguiente generación: Akihiro, el último y precioso legado de un amor imposible; y Tenma, la ruidosa y extravagante promesa de un nuevo comienzo.
Sin embargo, mientras observaba a sus hijos crecer en esa paz ganada con sangre, escuchaba el murmullo distante de los tambores de una nueva guerra, una guerra de hombres. Y comprendió que su misión no había terminado. La batalla contra los demonios había sido por la supervivencia del cuerpo. La que se avecinaba sería por la supervivencia del alma.
La era de los Cazadores de Demonios había terminado. Pero la batalla de sus hijos, en un mundo que había cambiado sus monstruos por ideologías, apenas estaba a punto de comenzar.