Prólogo
Sinceramente, Jimin estaba un poco indeciso con todo aquel asunto de la escuela de posgrado.
No porque no le gustara la ciencia. (Sí le gustaba. Le encantaba la ciencia. La ciencia era lo suyo.) Ni tampoco por la carretada de evidentes señales de alarma.
Era muy consciente de que comprometerse con años de semanas laborales de ochenta horas poco valoradas y mal pagadas tal vez no fuese bueno para su salud mental. De que pasarse las noches trabajando hasta la extenuación frente a un mechero Bunsen para descubrir un segmento de conocimiento trivial quizá no fuera la clave de la felicidad. De que probablemente dedicarse en cuerpo y alma a las actividades académicas, con solo algún que otro descanso esporádico para robar unos bocadillos que alguien hubiera dejado desatendidos, no fuese una elección sabia.
Era muy consciente y, sin embargo, nada de todo aquello lo preocupaba. O tal vez sí, un poco, pero podía sobrellevarlo. Era otra cosa lo que lo refrenaba de entregarse sin reservas al círculo más notorio y amargavidas del infierno (a saber, un programa de doctorado). Lo refrenaba, esto es, hasta que lo invitaron a hacer una entrevista para el Departamento de Biología de Stanford y se topó con El Tipo.
El Tipo cuyo nombre nunca llegó a saber.
El Tipo al que conoció tras entrar dando trompicones, a ciegas, en el primer baño que encontró.
El Tipo que le preguntó:
—Por curiosidad, ¿Hay alguna razón concreta para que estés llorando en mi baño?
Jimin soltó un chillido. Intentó abrir los ojos a pesar de las lágrimas y lo consiguió a duras penas. Todo su campo de visión estaba desenfocado. Lo único que distinguía era una silueta acuosa: alguien alto, de pelo oscuro, vestido de negro y… ya. Nada más.
—Pues... ¿No es el baño de hombres? —tartamudeó.
Nada. Silencio. Y luego:
—No.
La voz de El Tipo era profunda. Muy profunda. Realmente profunda. Profunda como un sueño.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿De verdad?
—Bastante, teniendo en cuenta que esté es el baño de mi laboratorio.
Bien. Ahí lo había atrapado.
—Lo siento mucho. ¿Tienes que...?
Señaló hacia el urinario, o hacia donde creía que estaban los urinarios. Le escocían los ojos, incluso manteniéndolos cerrados, y tenía que apretarlos con fuerza para aliviar el picor. Intentó enjugarse las mejillas con la manga, pero la tela de su camisa era barata y demasiado fina, ni la mitad de absorbente que el algodón de verdad. ¡Ah, las alegrías de la pobreza!
—Solo tengo que tirar este reactivo por el desagüe —contestó él, pero Jimin no lo oyó moverse. Quizá porque el le estuviera bloqueando el lavabo. O tal vez porque El Tipo lo hubiera tomado por un bicho raro y estuviese contemplando la posibilidad de echarle encima a la policía del campus. Eso pondría un final despiadadamente abrupto a sus sueños de doctorarse, ¿no?—. No lo utilizamos como baño, solo para tirar los residuos y lavar los utensilios.
—Vaya, perdón. Pensé...
Sin atinar. Había pensado sin atinar, como era su costumbre y maldición.
—¿Estás bien?
Debía ser muy alto, o al menos más que el. Pues parecía que su voz le llegaba como de tres metros más arriba.
—Claro. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque estás llorando. En mi baño.
—Ah, no estoy llorando. Bueno, un poco sí, pero solo son las lágrimas, ya me entiendes.
—No, no te entiendo.
Jimin suspiró y se dejó caer contra la pared de azulejos.
—Son lentes de contacto. Caducaron hace un tiempo, y tampoco es que antes fueran de muy buena calidad. Me destrozaron los ojos. Me los quité, pero... —Se encogió de hombros. Con un poco de suerte, mirando hacia donde se encontraba El Tipo—. Tardan un rato en mejorar.
—¿Te pusiste lentes de contacto caducados?
Parecía personalmente ofendido.
—Sólo un poco caducados.
—¿Qué es «un poco»?
—No sé. ¿Varios años?
—¿Qué?
Pronunció aquella palabra de una forma tajante y precisa. Definida. Agradable.
—Sólo un par, creo.
—¿Sólo un par de años?
—No pasa nada. Las fechas de caducidad son para los cobardes.
Un ruido brusco, una especie de bufido.
—Las fechas de caducidad son para que no te encuentre llorando en un rincón de mi baño.
Salvó que aquel tipo fuera el mismísimo señor Stanford, tenía que dejar de llamarlo su baño.
—No es nada. —Jimin le quitó importancia al asunto con un gesto de la mano. Habría puesto los ojos en blanco si no hubiera sido porque le ardían—. Por lo general, el escozor dura solo unos minutos.
—O sea, ¿que ya lo has hecho más veces?
El joven frunció el ceño.
—¿El qué?
—Ponerte lentillas caducadas.
—Por supuesto. Las lentillas no son baratas.
—Los ojos tampoco.
Hum. Buen argumento.
—Oye, ¿nos hemos visto antes? A lo mejor anoche, en la cena de presentación de los futuros doctorandos.
—No.
—¿No fuiste?
—No me van esos rollos.
—Pero ¿y la comida gratis?
—No compensa las charlas triviales.
A lo mejor estaba a dieta, porque ¿qué clase de alumno de doctorado decía algo así? Y Jimin estaba seguro de que El Tipo estaba haciendo el doctorado; el tono altivo y condescendiente lo delataba. Todos los doctorandos eran así: se creían mejores que todos los demás solo porque tenían el dudoso privilegio de masacrar moscas de la fruta en nombre de la ciencia por noventa céntimos la hora. En el lúgubre y oscuro infierno del mundo académico, los alumnos de posgrado eran las criaturas más humildes y, por lo tanto, debían convencerse de que eran las mejores. Jimin no era psicólogo clínico, pero le parecía un mecanismo de defensa bastante de manual.
—¿Has hecho la entrevista para incorporarte al programa? —quiso saber El Tipo.
—Sí. Para la hornada de Biología del próximo curso.
—Dios, cómo le quemaban los ojos—. ¿Y tú? —preguntó mientras se los apretaba con la palma de las manos.
—¿Yo?
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—¿Aquí? —Un silencio—. Seis años. Más o menos.
—Ah. ¿Te queda poco para doctorarte, entonces?
—Pues…
Jimin se percató de que El Tipo vacilaba y se sintió culpable al instante.
—Espera, no tienes por qué contestar. La primera regla de la escuela de posgrado: no preguntes por los plazos de presentación de las tesis de otros alumnos.
Un segundo. Y luego otro.
—Cierto.
—Lo siento. —Ojalá hubiera podido verlo. Las interacciones sociales ya eran bastante complicadas de por sí; lo último que necesitaba era contar con menos pistas por las que guiarse—. No pretendía imitar a tus padres en Acción de Gracias.
El Tipo dejó escapar una risa suave.
—No podrías ni aunque quisieras.
—Vaya. —Jimin sonrió—. ¿Padres insufribles?
—Y Acciones de Gracias aún peores.
—Eso les pasa a los estadounidenses por abandonar la Commonwealth. —Tendió la mano hacia donde, más o menos, esperaba que estuviera su interlocutor—. Soy Jimin, por cierto.
Empezaba a preguntarse si no acabaría de presentarse al desagüe cuando lo oyó dar un paso hacia el. La mano que se cerró en torno a la suya estaba seca, y caliente, y era tan grande que podría haberle rodeado el puño entero. Todo lo de aquel hombre debía de ser enorme. La altura, los dedos, la voz.
No le resultó del todo desagradable.
—¿No eres estadounidense? —le preguntó él.
—Canadiense, aunque de padres coreanos. Oye, si por casualidad hablas con alguien del Comité de Admisiones, ¿te importaría no mencionarle mi percance con las lentillas? Creo que no me haría parecer un aspirante precisamente estelar.
—¿Eso crees? —dijo en tono socarrón.
Lo habría fulminado con la mirada si hubiera podido. Aunque a lo mejor no se le estaba dando tan mal conseguirlo, porque El Tipo se echó a reír; no fue más que un resoplido, pero Jimin adivinó que era una risa. Y tampoco le resultó desagradable.
Cuando El Tipo lo soltó, Jimin se dio cuenta de que se había quedado agarrado a su mano durante más tiempo del debido.
Uy.
—¿Tienes pensado matricularte? —preguntó El Tipo.
Jimin se encogió de hombros.
—Puede que no me ofrezcan la plaza.
Pero había hecho muy buenas migas con la profesora que lo había entrevistado, la doctora Aslan. Jimin había tartamudeado y mascullado mucho menos que de costumbre. Además, su puntuación en el examen de acceso a la escuela de posgrado y la nota media de su expediente eran casi perfectas. A veces no tener vida resultaba útil.
—Vale, ¿tienes pensado matricularte si te ofrecen la plaza?
Sería tonto si no lo hiciera. A fin de cuentas, se trataba de Stanford, que tenía uno de los mejores programas de Biología. O, al menos, eso era lo que Jimin se remachaba para ocultar la petrificante verdad.
Que era que, sinceramente, estaba un poco indeciso con todo aquel asunto de la escuela de posgrado.
—Pues… quizá. Debo decir que la línea que separa una excelente elección de carrera profesional y una cagada vital crítica se me está volviendo un poco borrosa.
—Parece que te inclinas más hacia la cagada.
Le dio la sensación de que El Tipo estaba sonriendo.
—No. Bueno… Solo es que…
—¿Solo es que qué?
Jimin se mordió el labio.
—¿Y si no soy tan bueno? —le soltó.
¿Por qué, Dios, por qué estaba desnudándole los miedos más profundos de su secreto corazoncito a aquel tipo desconocido del baño? ¿Y qué sentido tenía, además? Cada vez que les exponía sus dudas a sus amigos y conocidos, todos le repetían automáticamente las mismas expresiones de ánimo trilladas y vacías. «Te irá bien. Puedes hacerlo. Yo creo en ti.»
Seguro que aquel tipo haría lo mismo.
No tardaría mucho.
Estaba a punto.
En cualquier momento…
—¿Por qué quieres hacerlo?
¿Eh?
—¿Hacer… qué?
—Doctorarte. ¿Cuál es tu razón?
Jimin carraspeó.
—Siempre he tenido una mente inquisitiva y la escuela de posgrado es el entorno ideal para estimularla. Me aportará importantes destrezas transferibles…
El hombre resopló.
Y Jimin frunció el ceño.
—¿Qué?
—No me sueltes la frase que has encontrado en un libro de preparación de entrevistas. ¿Por qué quieres tú ser doctor?
—Es cierto —insistió el en un tono algo débil—. Quiero perfeccionar mis habilidades de investigación…
—¿Es porque no sabes qué otra cosa hacer?
—No.
—¿Porque no has encontrado trabajo en la industria?
—No… Ni siquiera he buscado trabajo en la industria.
—Ah.
Se movió, una figura grande y borrosa que se colocaba a su lado para tirar algo por el desagüe del lavabo. Jimin captó un tufillo a eugenol, a detergente para la ropa y a piel masculina limpia. Una combinación extrañamente agradable.
—Necesito más libertad de la que puede ofrecerme la industria.
—En el mundo académico no tendrás mucha libertad. —Su voz le llegó desde más cerca, como si aún no se hubiera apartado—. Deberás financiar tu trabajo mediante becas de investigación ridículamente competitivas. Ganarías más dinero en un trabajo normal y corriente que te permita tomar en consideración el concepto de fin de semana.
Jimin frunció el ceño.
—¿Intentas convencerme de que rechace la plaza? ¿Es una especie de campaña contra los que usamos lentillas caducadas?
—No. —Jimin oyó su sonrisa—. Voy a hacer la vista gorda y a confiar en que solo haya sido un traspiés.
—Las uso muchísimo y casi nunca…
—En una larga línea de traspiés, claro está. —Suspiró—. A ver, la situación es la siguiente: no tengo ni idea de si eres lo bastante bueno, pero esa no es la pregunta que deberías hacerte. El mundo académico es muchísimo esfuerzo a cambio de muy poca recompensa. Lo que importa es si tu razón para entrar en él es lo bastante buena. Así que, ¿por qué el doctorado, Jimin?
El joven lo pensó, y lo pensó, y lo pensó todavía más. Y entonces habló con cautela.
—Tengo una pregunta. Una pregunta específica que quiero investigar. Quiero averiguar una cosa. —Listo. Se acabó. Esa era la respuesta—. Una cosa que me temo que nadie más descubrirá si no lo hago yo.
—¿Una pregunta?
Jimin notó un cambio en el entorno y se dio cuenta de que ahora El Tipo estaba apoyado en el lavabo.
—Sí. —Sentía la boca seca—. Algo que es importante para mí. Y… no confío en que lo haga nadie más. Porque nadie lo ha hecho hasta ahora. Porque…
«Porque ocurrió algo malo. Porque quiero hacer cuanto esté en mis manos para que no vuelva a suceder.»
Pensamientos intensos para tener en presencia de un extraño, en la oscuridad de sus párpados cerrados. Así que los abrió; seguía teniendo la vista borrosa, pero el ardor había desaparecido casi por completo. El Tipo lo estaba mirando.
Quizá tuviera los contornos borrosos, pero estaba muy presente, esperando pacientemente a que el continuara.
—Es importante para mí —repitió—. La investigación que quiero hacer.
Jimin tenía veintitrés años y estaba solo en el mundo. No quería fines de semana ni un sueldo decente. Quería retroceder en el tiempo. Quería estar menos solo. Pero, como eso era imposible, se conformaría con arreglar lo que pudiera.
Él asintió, pero no dijo nada; se enderezó y dio unos cuantos pasos hacia la puerta. No cabía duda de que se iba.
—¿Mi razón es lo bastante buena como para que me matricule en la escuela de posgrado? —le preguntó, a pesar de que odiaba lo ansioso de aprobación que debía de parecer. Quizá estuviera en medio de una especie de crisis existencial.
Él se detuvo y se volvió para mirarlo.
—Es la mejor. —Estaba sonriendo, pensó Jimin. O algo parecido—. Buena suerte con lo de la entrevista, Jimin.
—Gracias. —El Tipo ya casi había salido por la puerta—. Quizá nos veamos el año que viene —balbuceó el, un poco sonrojado—. Si consigo entrar. Y si no te has graduado.
—Quizá —lo oyó decir.
Y, sin más, El Tipo se fue. Y Jimin nunca llegó a saber su nombre. Pero, unas semanas después, cuando el Departamento de Biología de Stanford le ofreció una plaza, la aceptó. Sin dudarlo.