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El gran salón del castillo de Cryonix, el territorio del gélido norte, que solo veía el brillo tenue del sol cuatro meses al año, relucía con la blancura del hielo. Las columnas estaban talladas en cristal puro, y la débil luz del sol que entraba por los ventanales se fragmentaba en arcoíris sobre el suelo de mármol blanco. El aire frío y limpio acompañaba la solemnidad del momento.
Jimin, el heredero, caminaba con paso firme hacia el trono. Su capa de terciopelo azul ondeaba tras él, bordeada de plata. Su cabello blanco como la luna caía sobre sus hombros con suavidad, y sus ojos, con la apariencia de dos glaciares azules, brillaban con el peso del poder y el miedo a la catástrofe.
El gran día había llegado. La coronación del nuevo rey de Cryonix. El Reino del Invierno. El reino de la calma, la razón, la soledad y la melancolía.
Los nobles se inclinaban a su paso, todos lo admiraban. Todos lo temían. Porque Jimin, desde su nacimiento, había sido una anomalía. Su magia era poderosa, sí. Pero inestable. Incontrolable. Como el hielo que se forma bajo los pies y se rompe sin aviso.
Su corazón estaba encadenado por años de disciplina. No sentia ningún tipo de emoción. La pérdida de sus padres, congelados por accidente en una tormenta que él mismo había desatado siendo niño, transformó su corazón en un pedazo de hielo, frío y duro. Desde entonces, no sentía. No debía sentir. Porque sentir era peligroso.
Y ese día, debía parecer perfecto.
—Su Alteza —susurró Taemin, su mano derecha, al llegar al pie del trono—. Ya está todo listo. Todo el reino lo espera.
Jimin asintió, conteniendo el temblor que amenazaba con surgir. No de miedo. Sino de algo más oscuro. Algo más profundo. Algo que hervía bajo la superficie helada de su piel.
El sacerdote alzó la corona, una diadema de cristal puro forjada en el Lago Congelado de Naeril, solo visible una vez cada siglo.
—Jimin de Cryonix —entonó el anciano—. ¿Aceptas gobernar este reino con sabiduría, justicia... y contención?
Una chispa de duda cruzó los ojos del joven rey. Contención...
Pero dijo:
—Sí. Acepto.
La corona tocó su cabeza, el momento se volvió eterno.
Y luego... ocurrió.
Un viento gélido, más fuerte que cualquier invierno, estalló desde su pecho y desde sus manos. La sala se oscureció al instante. Las ventanas se rompieron por la presión del hielo que se extendía, como si la emoción reprimida durante años por fin encontrara su camino.
Taemin gritó su nombre. Los nobles huyeron entre el pánico y la escarcha que les trepaba por los tobillos. Las antorchas se extinguieron. Afuera, la nieve comenzó a caer, primero despacio, luego como una furia desatada.
La magia se había descontrolado.
Cryonix cayó en un invierno eterno.
Jimin, en el centro de la tormenta, cayó de rodillas. No sentía frío. No sentía nada.
Solo el vacío.
❄️🔥
Lejos de ahí, en el cálido corazón del sur, el Reino de Firelgad ardía bajo un sol perpetuo. El desierto florecía con lava. Los campos de roca roja brillaban con minerales incandescentes. Y en el salón del trono, donde el mármol era negro y parecía hervir, Jungkook escuchaba la noticia con el ceño fruncido.
—¿El heredero de Cryonix ha congelado su reino entero durante su coronación? —repitió.
El consejero, sudando incluso dentro del aire más fresco del palacio, asintió.
—Sí, Alteza. Se dice que ni un solo rayo de sol ha tocado el hielo desde entonces. Todo ha quedado atrapado en una era glacial... por obra de su incontrolable magia.
Jungkook se levantó con furia contenida. Era alto, de músculos marcados por el entrenamiento y la guerra. Su cabello, largo hasta los hombros, era negro con reflejos rojizos. Sus ojos... dos brasas negras, ardientes,q con destellos rubíes, siempre al borde de la combustión.
—Y quieren que yo vaya a resolverlo. —La palabra “yo” se incendió en su lengua como lava.
—El tratado lo exige —respondió el consejero—. Solo el príncipe del fuego puede derretir el corazón del hielo. Fue un juramento firmado hace generaciones, para evitar la guerra en caso de que esta situación ocurriera. Durante generaciones la realeza de Cryonix ha tenido que controlar su magia para que no ocurriera el desastre que el nuevo rey ha ocasionado. Y en previsión se firmó que Firelgad les tendería la mano en beneficio mutuo.
Jungkook se giró hacia el enorme vitral que mostraba los dos reinos: Cryonix en tonos de blanco y azul, y Firelgad en rojo y oro. En el centro, una figura, el infinito de agua y llamas, símbolo de la unión imposible.
—Él me odia —dijo en voz baja.
—Y usted también lo odia, Alteza.
—Sí —murmuró Jungkook, pero su mirada se perdió en algo más profundo—. Aunque odio más la idea de perder nuestro mundo por su terquedad.
❄️🔥
El viaje fue largo. El fuego no se lleva con el hielo, y cada paso hacia el norte era una tortura para el heredero de Firelgad. Su magia latía incómoda bajo su piel, y sus caballos, acostumbrados al calor, resoplaban con cada ráfaga helada.
Cuando finalmente llegó al Palacio de Cryonix, el espectáculo era surreal.
Torres cubiertas de nieve. Puentes suspendidos sobre abismos congelados. Estatuas de hielo donde antes había fuentes. El castillo parecía dormido, como un cuento maldito.
Jimin lo esperaba en la sala del trono. Solo, frío y majestuoso.
Llevaba una capa nueva, blanca como el alba, y una corona que parecía tallada en escarcha. Sus ojos se fijaron en los de Jungkook sin una sola emoción. Pero el fuego dentro del príncipe sintió el tirón invisible.
Atracción.
Jimin demasiado hermoso. De una belleza afilada como una estalactita. Letal.
—Príncipe del Fuego —dijo Jimin con voz neutra—. Has venido.
—No porque lo desee —replicó Jungkook—. Sino porque nuestro mundo lo exige y es mi obligación.
—El mundo se congela. ¿Y me culpan?
—¿No deberían? —Jungkook se acercó un paso, y el hielo bajo sus botas se agrietó. La magia de ambos se tensó, tocándose apenas, como dos bestias listas para el ataque.
Jimin sostuvo su mirada. Había algo detrás de su frialdad. Algo que temblaba. Que gritaba. Pero estaba enterrado. Muy hondo.
—No puedes ayudarme —dijo él—. Nadie puede. Esto... es mi castigo.
—No lo es —Jungkook negó con la cabeza—. Es tu prisión.
Se acercaron más. El aire vibraba. La nieve comenzaba a derretirse ligeramente cerca del fuego que rodeaba a Jungkook. El hielo alrededor de Jimin se volvía agua. Soltó un suspiro que se convirtió en vaho.
Y Jimin retrocedió.
—No creas que puedes entrar aquí y salvarme como en tus batallas —espetó—. No somos una historia épica ni tampoco romántica.
—No —dijo Jungkook—. Somos una tragedia esperando redención.
Y en ese momento, Jimin sintió algo romperse. No en el aire si no en su Interior, en su pecho.
Una grieta diminuta.
Un chasquido que el príncipe de fuego, sin saberlo, ya había provocado.
❄️🔥
Esa noche, Jungkook no pudo dormir. La cama de hielo, el techo de cristales. Todo era demasiado inhóspito y carente de calidez. Pero no era solo el frío lo que lo mantenía despierto. Era él.
Jimin.
Su presencia lo perseguía. Su silueta etérea. Sus labios gruesos y sin sonrisa. La forma en que su voz sonaba como una tormenta a punto de estallar.
“¿Qué hay dentro de ti?“, pensó Jungkook. “¿Qué ocultas con tanta rabia y dolor?“.
Y sin saber por qué, se levantó y caminó hacia la torre más alta. Donde lo había visto desaparecer horas antes.
El hielo crujía a su paso. La luna se reflejaba en las paredes de cristal. Cuando abrió la puerta de la torre, lo encontró allí.
Jimin estaba de pie junto a una ventana abierta, dejando que la nieve se posara sobre el alféizar. No se giró.
—No puedes dormir —dijo, como si lo supiera.
—No —admitió Jungkook.
—¿Tienes miedo?
—No. Solo curiosidad.
Finalmente, Jimin lo miró. Y sus ojos ya no se veían igual de vacíos. Había una chispa. Una que Jungkook no supo si era dolor... o esperanza.
—La curiosidad mata al fuego —susurró Jimin.
—Y el hielo, cuando se derrite... se vuelve agua.
Jimin tembló. Apenas un segundo. Pero suficiente.
Y Jungkook lo supo. El hielo podía fracturarse, lo podía derretir.
Solo necesitaba calidez... dedicación y tiempo. Y Jungkook no era alguien que se diera por vencido sin ganar. Él siempre triunfaba.