Unwilling Vows | JJK

Summary

Había descubierto algo sorprendente sobre su marido... ahora él tendría que recuperarla o arriesgarse a perder su bien más preciado. A Ariana Castille le horrorizaba la idea de que las negociaciones de una fusión empresarial hubiera acabado comprometiéndola con el arrogante empresario Jeon Jungkook. ¡Cómo si ella fuera algo con lo que comerciar! Aunque Jungkook representaba todo lo que detestaba en un hombre, lo cierto era que también era el más carismático que había conocido en la vida. Pronto quedo bien claro que Jungkook no tenía la menor intensión de tolerar que el suyo fuera un matrimonio únicamente de conveniencia... y, lejos de la sala de juntas, Ariana se veía incapaz de resistirse a él.

Genre
Drama
Author
GgukHeroine
Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Llovía a mares, pero la joven que acababa de bajarse del taxi parecía no percatarse del agua que la empapaba. Pagó al conductor y se paró bajo la farola para mirar una dirección en un papel.

Era una de esas casas. Todas se parecían, con sus bonitas entradas y sus elegantes escaleras. Había una placa al lado de la puerta. Llamó al timbre, pero estaba mojado y su dedo resbaló. Quizás fueran los nervios. Respiró profundamente y lo intentó con más firmeza.

Al momento, un hombre con uniforme de portero abrió la puerta.

—¿Puedo ayudarla, señorita? —le preguntó con exagerada educación.

—Me gustaría hablar con uno de sus miembros, el señor Harry Metcalfe.

El hombre enarcó las cejas y la miró con más atención.

—El señor Metcalfe está en una fiesta privada ahora mismo, no creo que quiera que se le moleste. Pero, si lo desea, puedo pasarle un recado de su parte.

—No, creo que no —repuso ella levantando la barbilla—. Necesito hablar con él en persona. Es urgente. Así que... ¿Podría avisarle, por favor?

Por un momento, se preguntó qué haría si él le negara el paso, pero el hombre se echó a un lado y ella entró en el gran vestíbulo. Había varias puertas, todas ellas cerradas. Supuso que tras una de ellas se celebraba la fiesta privada en la que estaba Harry, pero no sabía en cuál.

—Espere en la sala de lectura y veré lo que puedo hacer —le comentó el portero—. Pero no puedo prometerle nada.

Miró a su alrededor, la sala era muy oscura, casi tétrica. Había elegantes sillones de cuero rodeando a mesas de centro y vitrinas llenas de lo que parecían valiosos incunables. Aquella habitación parecía haberse quedado sumergida en el pasado, congelada en el tiempo. O quizás fuera ella la que se sentía así. Desde que, seis horas antes, viera aparecer una rayita azul en un tubo de plástico, todo su mundo había dejado de girar.

—Harry —susurró en medio de aquella sala vacía—. Harry, tienes que ayudarme. No sé qué hacer.

Oyó una puerta abriéndose tras ella y se giró con alivio, pero no le duró mucho porque no era Harry el que entraba, era alguien desconocido, alguien más alto y moreno, y no tan guapo. Harry tenía mucho encanto y una sonrisa que podía derretir icebergs.

La boca de ese hombre, en cambio, parecía de acero. Sus ojos eran de un azul helador y su pelo negro como la noche.

—¡Vaya! ¿A quién se le ha ocurrido la idea de invitarte, cariño? ¡Porque le romperé el cuello!

—Creo que es un error. Estoy esperando a Harry Metcalfe —repuso mirándolo sobresaltada.

—Ya me imagino. Pero Harry está en una despedida de soltero con unos amigos, entre ellos su futuro suegro. Así que ya supondrás que tu intrusión sería inapropiada —dijo mientras se metía la mano en el bolsillo y sacaba la billetera—. ¿Cuánto va a costarme que desaparezcas?

—No sé quién es, pero... —repuso incrédula.

—Y a mí no me importa quién eres tú —la interrumpió él—. Lo que me fastidia es lo que eres, porque este no es ese tipo de fiesta. Así que, pórtate bien y lárgate de aquí —añadió el hombre mientras sacaba unos billetes de su cartera—. Dime cuánto te pagan normalmente, más el viaje en taxi, y así podemos los dos seguir adelante con nuestras vidas. No es nada personal —le dijo mirándola de arriba abajo—. En otras circunstancias seguro que habría disfrutado mucho con tu espectáculo. Y, si me hubiera tomado otra copa, hasta podrías haberme convencido, pero ésta no es la ocasión. Esta noche no. Así que será mejor que vayas a tu próxima cita.

Ella lo miró fuera de sí.

—¿De qué demonios está hablando? He venido a ver a Harry y no me iré hasta que lo haga.

—Me temo que sí se irá. Y si es necesario llamaré a la policía —repuso él yendo hacia ella y metiéndole unos billetes por el escote.

No pudo evitar gritar, mientras se echaba hacia atrás y le tiraba el dinero.

—¿Cómo se atreve a tocarme, asqueroso malnacido?

—¿Quieres decir que no se puede tocar? ¡Qué novedad! ¡Vaya, hombre, llega la caballería! ¡Lo que me faltaba! —exclamó al ver que se abrían las puertas y entraba un hombre más joven.

—El tío Giles te está buscando —explicó el recién llegado—. ¡Vaya! —exclamó al ver a la joven—. Ahora veo por qué estabas tardando tanto. ¿De dónde ha salido esta preciosidad?

—Eso debería preguntártelo a ti, querido Jack.

—¿Así que tenemos espectáculo, después de todo? Pues yo no lo he organizado. Pensé en hacerlo, pero cuando me enteré de que iba a estar el tío Giles, pensé que no sería muy apropiado. Pero qué chica tan adorable. ¿Por qué no nos adelantas parte de tu espectáculo aquí abajo, cariño? ¿En un pase privado para nosotros dos? —le dijo comiéndosela con los ojos.

—No —contestó de inmediato el otro hombre—. Puede que tú estés lo suficientemente borracho como para pedirle tal cosa, pero yo no. Además, nos esperan arriba y ella ya se iba —añadió mientras la tomaba por el brazo.

—No me toque —repuso ella, apartándose—. No lo entienden. No soy lo que creen que soy. Conozco a Harry. Soy amiga suya y tengo que hablar con él ahora mismo. Es muy importante.

—Los amigos de Harry están arriba, en su fiesta de despedida de soltero, y está claro que tú no estás en la lista de invitados. Así que vete, por favor —le dijo mientras la tomaba por los hombros para obligarla a girarse y la empujaba hasta la puerta.

Ella luchó para zafarse de sus manos. Su gabardina y su bolso cayeron al suelo. Se agachó para intentar recogerlos y tropezó. Casi cayó al suelo, pero las fuertes manos del hombre la sujetaron.

Allí estaban el portero y algunos otros hombres que contemplaban entre divertidos y estupefactos la escena. La mayoría reían y la gritaban para que se fuera. Sintió cómo su vestido se rasgaba en la espalda y, muerta de pánico, quiso gritar, pero no le salió la voz.

En medio del caos, vio a Harry, de pie al final del vestíbulo. Se quedó tan pálido como una sábana, mirándola con la boca abierta como si fuera su peor pesadilla.

Lo llamó con desesperación y pánico en su voz.

—Harry, ayúdame, por favor. Tienes que...

Pero él no se movió. Sólo su expresión cambió. Pasó de la sorpresa a la culpabilidad y de ésta al enfado.

Entonces ella dejó de luchar y dejó que las manos que la sujetaban por los hombros la empujaran hasta la puerta del club. Allí, el hombre de los ojos azules le entregó la gabardina y el bolso y la miró con desdén.

—Yo que tú pensaría en cambiar de oficio. No creo que esto sea lo tuyo, preciosa —le dijo.

Y con esas palabras, cerró la puerta, dejándola en medio de la fría calle, mojada aún por la lluvia, y sintiéndose más sola de lo que había estado en su vida.