1. Una beca, una promesa
Narra Anong
Decir que mi vida ha sido un paseo solo porque vengo de una buena familia o porque estudio en una de las mejores universidades de Tailandia... sería una gran mentira.
No me malinterpreten, estoy realmente agradecida. Tengo unos padres que me tratan como a una princesa, dos hermanos que, aunque siempre están discutiendo conmigo por cosas triviales, me quieren (y yo a ellos), y una casa donde nunca me ha faltado nada. Pero el verdadero problema —mi gran némesis— es la presión. Esa maldita presión de ser ”la hija ejemplar“, ”la futura doctora Anong“, ”la niña perfecta de la alta sociedad“.
Todo el mundo tiene expectativas sobre mí. Quieren que brille. Que nunca me equivoque. Que sea tan precisa como un manual japonés. Y aunque mis padres siempre me dicen que no importa lo que elija hacer con mi vida, que si no quiero seguir con el negocio familiar —la reconocida cadena de hospitales que ellos dirigen— no hay problema... la verdad es que, cuando te miran con esos ojos llenos de esperanza, es imposible no sentir que debes estar a la altura.
—No importa qué carrera elijan, mientras sean felices —solía repetir mi papá, acomodado en su sillón de cuero con una taza de té humeante en la mano—. Si deciden no seguir con el hospital, lo aceptaremos.
Spoiler: mi hermano mayor y yo decidimos estudiar medicina. (Mi hermanito menor, por otro lado, se convirtió en la oveja negra de la familia... está estudiando derecho y sueña con ser juez. ¡Es tan dramático!) Siempre fui una estudiante ejemplar. Tal vez demasiado. Sacaba notas perfectas, participaba en todo, y casi podía recitar de memoria todos los órganos del cuerpo humano antes de cumplir los diecisiete. Así que, cuando se presentó la oportunidad de mi vida —un programa de intercambio de dos años en la Universidad de Osaka, Japón— no lo pensé dos veces.
—¿Japón? —preguntó mi mamá, con los ojos brillando como si ya estuviera empacando la maleta.
—Japón —respondí, con el corazón latiendo a mil por hora.
—¿Y el idioma?
—Aprenderé. Aunque tenga que estudiar con veinte maestros al mismo tiempo.
Lo decía en serio. No iba a dejar pasar esa oportunidad. Japón contaba con uno de los mejores programas de medicina del mundo, y justo en mi área favorita: medicina regenerativa y terapia con células madre. Mis padres, después de una larga charla en la sala con té, dulces y un PowerPoint que preparé con mis argumentos (sí, soy así de intensa), finalmente aceptaron.
Y así comenzó la cuenta regresiva.
Durante cuatro meses, estuve sumergida entre libros, audios en japonés, clases con profesores nativos y videos de cocina japonesa. Dormía poco, soñaba con kanjis y tenía pesadillas en las que confundía“arigatou" con ”gohan“.
La despedida fue como una película. Mi mamá lloraba como si me estuviera yendo a otro planeta. Hasta intentó subirse al avión.
—¡Te juro que, si no fuera por tu padre, me iría contigo!
El vuelo fue largo y agotador. Pero cuando finalmente llegué, a las dos de la madrugada, Osaka me recibió como si acabara de despertar. Las luces, los edificios brillando como estrellas, y una energía que parecía decirme: “Bienvenida al caos maravilloso”.
Un hombre de unos cincuenta años, muy amable, me estaba esperando en la salida del aeropuerto. Era el chofer que mis padres habían contratado para llevarme a donde necesitara.
—¿Quiere comer algo primero, señorita Anong?
—Por favor, me estoy muriendo de hambre.
Después de una cena rápida, llegamos al departamento. Era pequeño y acogedor, con una vibra tranquila que me hizo sentir menos lejos de casa. Mis padres se aseguraron de que no me faltara nada: un chofer a mi disposición, alguien que limpiaría y mantendría la despensa llena, clases de idiomas, defensa personal y una regla dorada: contacto diario con la familia.
Al día siguiente, justo a las 9 a.m., sonó el timbre. Era la señora encargada de ayudarme con el departamento. Me recibió con una sonrisa cálida y un desayuno digno de Instagram.
Después de comer, me armé de valor y decidí salir a explorar la ciudad por mi cuenta. ¡Qué gran error! Terminé perdida. Caminé durante media hora y, de repente... ¡caos total! Y para colmo de males, había olvidado mi teléfono en casa. Bravo, Anong. Un aplauso para ti.
Estaba a punto de entrar en pánico cuando, de repente, choqué —literalmente— con una chica.
—¡Lo siento! —exclamé, haciendo una reverencia torpe.
—No, no, fue culpa mía —respondió ella, con una voz suave y una sonrisa que me dejó... en shock.
Era bajita, incluso más que yo. Su cabello negro caía como seda y sus ojos eran tan grandes que parecían mirar más allá de mi alma.
—Soy nueva aquí... me perdí. Y no traje mi teléfono —le dije, riéndome un poco de mí misma, a la vez que sentía que la desesperación me acechaba.
Ella me miró, asintió y dijo:
—Te guiare a tu casa. No te preocupes.
Y así lo hizo. Me guio por calles que parecían sacadas de un anime, sin hacer muchas preguntas, con esa calma tan característica de Japón que te deja sin palabras. Cuando finalmente llegamos al edificio, le agradecí mil veces. Ella solo sonrió de nuevo, hizo una reverencia y se marchó, como si fuera un pequeño milagro con piernas.
Almorcé contándole todo a la señora del departamento, quien me miró como si fuera una niña de cinco años que se había perdido en el supermercado.
—Deberías dejar que el chofer te acompañe... al menos hasta que te acostumbres —me sugirió.
Tenía razón. Así que, después del almuerzo, salimos a explorar la ciudad juntas. Esta vez sí, con el chofer. Y con el teléfono.
Fuimos a la universidad, y ella me mostró calles importantes, tiendas, estaciones de metro y templos escondidos entre los edificios... Pero, sinceramente, no podía dejar de pensar en ella.
La chica del choque. La cosita tierna. Mi primera persona en Japón.
Y aunque solo era el primer día, su rostro seguía en mi mente como una melodía que no podía dejar de tararear.








