Mientras Soñamos. by MickelH at Inkitt
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Mientras soñamos.

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Summary

Todo comenzó un día. Y desde entonces, nada fue igual. Todos íbamos a desaparecer. Solo era cosa de esperar.

Genre
Horror/Scifi
Author
MickelH
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Único capítulo.

¿Cuánto tiempo ha pasado? Ya no lo sé, y no importa.

¿Cuándo comenzó? Ese día lo recuerdo en su totalidad. Recuerdo que caí dormido. En el momento pensé que todo fue cosa de una sesión interminable de estudio. Mi cabeza dolía en una jaqueca y mis ojos ya no daban más de sí. Fue algo instantáneo, como si me hubiese desvanecido. Al siguiente día tomé el autobús, como era habitual, para llegar a mi universidad. Nadie lo supo en el momento. Y tomó una semana para que nos diéramos cuenta.

La semana siguiente no tenía exámenes, por lo que estaba junto a mi novia. Estábamos viendo televisión. Solo estábamos usando el tiempo para apagar nuestros cerebros y besarnos. Lo normal, supongo.

Pero… volvió a suceder. Ambos nos desvanecimos, o nos desmayamos. Volvimos en nosotros luego de una hora exacta. Todo sucedió a las 22:37 de la noche del jueves. No le dimos mucha importancia, a pesar de que hablamos de lo ocurrido por varias horas. Algo nos asustaba de aquello. En ese momento, buscamos una explicación lógica. La mala película, haber comido más de la cuenta. Nos fuimos a dormir sintiéndonos algo mejor.

Al siguiente día, en la radio, la noticia venía de todos lados del mundo. No solo fui yo o mi novia quienes cayeron presa del sueño; fue el mundo entero. El mundo entero cayó dormido a las 22:37. O bueno, eso fue a la hora local. Pero daba igual. ¿Cómo era posible que el mundo en su totalidad cayera presa del mismo fenómeno? La mayoría de los expertos estudiaba y buscaba una explicación lógica. Otra parte, la que cree en lo espiritual, creía que todo era una señal del fin del mundo. Daba igual por lo que se optara. Ninguna era correcta en ese momento.

Lo peor vino tan solo unas horas después de aquella transmisión radial. Estábamos en el aula. La mayoría estaban lo suficientemente distraídos como para tener una clase normal. El profesor, que lo intentó, y tiene mi respeto por aquello, terminó uniéndose a la plática. Entre todos intentamos calmarnos. No éramos expertos, apenas estudiantes de segundo año de una carrera que ya no tiene importancia. Aun así, intentamos llegar a una respuesta. De hecho, muchos incluso creían tener la razón.

Pero, algo más ocurría. Los reportes comenzaron a llegar de inmediato: cien personas desaparecidas en el mundo. Todas entre la franja de horario en la que nadie estaba consciente. ¿Coincidencia? Nadie lo sugirió. La televisión, a través de un noticiero, dio la alarma.

Obviamente, había pánico. En todas partes las personas cayeron dormidas, y luego de eso, algunas personas desaparecieron de forma inexplicable. Recuerdo leer los foros en internet. La policía de los lugares donde estas personas fueron vistas por última vez dio varios testimonios.

Uno era el de una mujer, una madre, que se esfumó en su propia sala. Los vecinos encontraron a un bebé solo, llorando y una cacerola con comida en el suelo.

Otro fue el de un hombre que estaba junto a un grupo de amigos en una ciudad de Canadá. Se suponía que era una noche para celebrar, pues uno de ellos había obtenido un ascenso en su trabajo. El grupo estaba en la calle cuando desapareció. No había ningún rastro de él.

Y así es como la red recogió todas las desapariciones.

Algunos pensaron: ¿y si revisamos cámaras de vigilancia? Todo, absolutamente todo, se saltaba esa hora. A lo menos eso fue la primera respuesta que se obtuvo cuando se revisaron los primeros registros. Era… peor. Y solo podríamos saberlo a la semana siguiente.

El día lunes, todos intentamos seguir nuestras vidas normales. Era raro… No, la verdad, no creo que haya palabras para describir cómo se percibía todo. La mayoría sentían pánico. El día jueves se acercaba. Algunos eran positivos al respecto. Decían: «No pasará. Fue cosa de dos veces». Muchos otros esperaban lo peor. La verdad… me gustan mucho las matemáticas, y en esos momentos pensaba que la probabilidad de desaparecer era mínima. Casi imposible. Fuese lo que fuese el fenómeno, iba a terminar en algún momento. Pero un amigo mío quitó esa esperanza. «Por muy ínfima que sea la probabilidad, a alguien le debe tocar. Alguien debe tener la mala suerte».

Llegó el día jueves. Estaba solo en el departamento. Recuerdo que llamé a mi madre. Ella, como no podía ser de otra forma, estaba angustiada. Digo… si las teorías eran correctas, otras cien personas iban a desaparecer. ¿Y si era yo? ¿Y si era mi madre? ¿Y si era mi novia? ¿Y si era alguien que conocía?

Unos minutos antes del plazo fatal, intenté beber mucha cafeína, azúcar, pastillas para la concentración. Me sentí seguro. Si mi memoria no falla, esa noche la ciudad estaba en silencio. Y yo también lo estaba. Observé cómo cada segundo final pasaba ante mis ojos. Y tan pronto el reloj marcó la hora, estaba en negro.

Desperté… Por suerte. Eso me alivió… Llamé a mi madre una vez más, a mi novia y a mi amigo. Todos estaban bien. Mi corazón latió con alegría. Duró poco. Al día siguiente, el reporte llegó. Una chica, una adolescente que vivía en la misma ciudad que yo, ya no estaba. Ella tuvo la mala suerte junto a 99 personas más esparcidas por el mundo.

Fueron tres semanas. La mayoría los llamaban: Los idos en sueño. No me gustaba. ¿Había una forma de hacerlos volver? Todos buscaron. Usaron de todo. Pero no estaban. La chica de mi ciudad fue inteligente; su celular tenía el GPS activado. Sus padres tenían un rastreador. Pero no estaba. En ningún lugar. Los policías empezaron la búsqueda. Yo sabía que no encontrarían nada. Era un presentimiento. Era lo que todos temíamos.

El gobierno de mi país convocó a una asamblea de emergencia. Recuerdo que el presidente de ese entonces salió en televisión. Llamó a la calma. A seguir nuestras vidas. Ellos, y el mundo, estaban estudiando el fenómeno con todos los recursos posibles. Y algo en esas palabras se sentía vacío; carentes de significado. No lo sé…

Mi novia y yo fuimos a cenar. Era nuestro aniversario. Día sábado. Por algún motivo, creímos que aquello debía ser algo especial. Y lo fue. En nuestra compañía todo el caos se sentía tan tranquilo. Recuerdo que en broma le pedí matrimonio. Ella aceptó con otra broma.

La siguiente semana fue idéntica. Otras 100 personas.

Y así fue la semana siguiente. Y la siguiente.

Y de la nada, era nuestra realidad. Muchos, eso sí…, no quisieron aceptarla. Era como si fuese la crisis económica del siglo XX. Algunos saltaban de edificios. Otros recurrían a métodos menos agradables. Pero era así… Yo era un cobarde, o un valiente, dependiendo de cómo se mire. Seguí mi vida. Esperando a que lo que fuese que pasaba terminara.

Una semana, se reportó que el mismo presidente había desaparecido. El pánico ya no era algo excepcional. Era la regla. Muchos intentaron aprovecharse de la situación. Ladrones y comerciantes, sobre todo. La iglesia, en todas partes, comenzó una campaña de «Salvación». No puedo asegurar cuántas personas se volvieron religiosas en cuestión de días. Incluso mi novia y mi madre. Yo intentaba mantenerme de mi lado. Pero, las cosas no podían ser más difíciles. Un día recé. La última vez que lo hice fue cuando era un niño. Y ahora, tenía miedo tal como en ese entonces.

Alguien tenía que ser víctima de la mala suerte. Iban miles. Y con cada uno que desaparecía, la probabilidad aumentaba.

Una semana ya no estaba un vecino.

Otra semana ya no estaba un científico.

Otra semana más, y ya no estaba una madre o un padre.

Y todos nos preguntábamos: ¿será mi turno? Eso era lo peor. Ya dije que muchos recurrieron a… métodos extremos para no afrontar lo que significaba lo que muchos llamaban La Hora de la Muerte. Cuando el reloj marcaba cada segundo, se percibía como un peso atroz. Mi corazón comenzaba a latir con fuerza y mis manos temblaban. Algunas semanas mi novia estaba junto a mí. Nos tomábamos de las manos esperando lo mejor. Ella apretaba más fuerte que yo.

Pasaron unos cuantos meses. Ya nada era igual. Los científicos se habían rendido en su mayoría y las religiones experimentaron una nueva ola de poder. Y no importaba en cuál posición uno estuviera; la muerte, o lo que creíamos que era muerte, era segura. Una vez por semana, y a una hora exacta. Sin distinción. Sin nada que pudiésemos hacer.

Mi madre se vino a vivir conmigo al departamento. Prefería tenerla cerca. Ya saben…

Mi novia a veces era presa del pánico general. Una vez la sorprendí con un cuchillo en su mano y lágrimas en los ojos. No sabía qué hacer.

Mi cabello comenzó a caerse, igual que el de ella. La mayoría del mundo intentaba mantenerse firme. El trabajo seguía, los supermercados debían seguir funcionando, al igual que los hospitales y los despachos de abogados. Algunos creían que con la religión estaban salvados. Solo debían arrepentirse de sus pecados. El resto seguía su rutina intentando mantenerse cuerdos. Incluso los ladrones más sanguinarios temían a la muerte. Muchos incluso enmendaron su camino.

No podía creer que terminase mi segundo año de carrera en medio de lo que fuese esto.

Pero como a todos, la tristeza debía llegar.

Pasó la hora. Dormí. Cuando desperté, revisé que mi madre estuviese bien. Si mi novia no estaba junto a mí, era la primera a quien llamaba. Y luego el ritual seguía. Era la nueva normalidad. Asegurarse de que cada ser querido siguiera ahí. Llamé a mi amigo. El tono no daba. La operadora era clara: «El número al que intenta llamar no existe». Llamé a su padre. Las lágrimas me dijeron todo.

Alguien debe tener la mala suerte…

Mi novia llegó unos minutos después de aquello. Me abrazó mientras lloraba. A mi amigo lo conocía desde la escuela. Inseparables. Tuvimos la suerte de ser aceptados en la misma universidad. Y ahora, no existía. Ya no estaba. Por un momento, sentí la necesidad de ir a una iglesia. No porque comenzara a creer o pensar que mi alma necesitaba salvación. No, solo quería gritarle unas cuantas cosas a Dios. O lo que fuese. Ya no me importaba.

Pero si mi amigo ya no estaba… en algún punto mi madre y mi amada iban a desaparecer. Y… deseé con todas mis fuerzas ser yo el primero en irse. Me sentí egoísta. Pero ya no había nada que hacer. Todo se trataba de esperar la Hora Maldita.

Pasábamos las vacaciones casi encerrados. Algunas veces salíamos a beber. El alcohol era… un amigo más. Y este no iba a irse. Mi novia comenzó a caer conmigo. No había nada para nadie. Ya no.

Luego de unos meses, mi universidad comenzó a prescindir de algunos alumnos y profesores. Fueron pocos. Pero era algo necesario. Comencé mi tercer año con una fría capacidad de interés. Ya no importaba nada. Y la mayoría pensaba igual. Mis notas eran buenas a pesar de que no me importaba. Quién sabe, quizás todo terminaría… Y tendría que encontrar trabajo. Ese sentimiento de volver a la rutina era lo que me mantenía vivo.

¿Cuántas personas iban? No lo sé. Había una página web que contabilizaba semana a semana quiénes ya no se encontraban entre nosotros… Dejó de operar. El contador se quedó quieto.

Un día de la Hora Maldita… ocurrió lo que temía. Mi madre ya no estaba. Una parte de mí se desplomó. Física y mentalmente. Mi novia estaba ahí. Me abrazó mientras ambos no podíamos articular palabra. Mi amigo era una cosa… Pero mi madre… ¿Qué había que hacer? Llevé una de sus prendas preferidas y un elefante blanco de porcelana que le encantaba. Enterré ambas en un parque alejado. No había funeral. Como con el resto, solo quedó un símbolo.

Y con todo, me sentí aliviado. Ella ya no tendría que lidiar con esto. Nunca más. Ojalá estuviese en paz.

Después del suceso… decidí casarme. Hay pocas personas que valen la pena en el mundo. Y mi novia era una de ellas. La ceremonia fue… humilde. Pocos amigos y familiares en nuestro departamento. La caminata al altar fue a través del pasillo con algunos vecinos espiando desde sus puertas. Por suerte, un cura estuvo dispuesto a hacerlo. Y yo no podía esperar más. Quizás no había salvación; y quería pasar lo poco que quedaba de mi vida junto a quien amé.

Pasó el tiempo. Un año, para ser exacto. Y el fenómeno se volvió mucho peor. Ya no eran cien. Eran mil. La comunidad científica se alteró. A lo menos los pocos que seguían luchando. Durante ese año perdí a un profesor que estimaba mucho y a un tío lejano.

Pasó otro año… Y ahora por noche eran diez mil. No solo eso. Las ciudades comenzaban a verse solitarias y frías, llenas de polvo y memorias. Este año mi suerte, o la de quienes me rodeaban, fue mayor. No perdí a nadie querido. O quién sabe.

Pero… creo que muchos ya intuíamos que iba a suceder. Un año más. Cien mil por semana. Seguíamos siendo millones aún. Y todos sabíamos cuál era el final. Lo peor vino con la incertidumbre. Digo, ya existía antes, pero… No sé cómo explicarlo.

Me titulé entre miedo y hambre, entre terror e incertidumbre. No sé cómo lo logré, y no me importaba. Ese cartón con mi nombre no significaba nada. Trabajamos poco. El mundo ya no era un lugar adecuado para nada. Aún había dinero, sí, pero ¿qué importaba?

Y fue este año donde el golpe más duro llegó. Con mi novia teníamos un ritual sencillo: los jueves nos acostábamos a ver nuestras películas favoritas y comer como idiotas. De alguna forma logramos que lo peor fuese tolerable. Qué va, incluso logramos que la muerte se sintiera feliz. Y cuando volteé y puse mi mano sobre su lado de la cama… Todo aquello se desmoronó. No había felicidad.

El cuchillo que ella usó alguna vez para… aquello, seguía en un cajón. Lo miré durante horas. Solo me senté allí, en mi sala, observando el filo sin vida contra mi piel. Me arañé unas cuantas veces. No me decidía. Ella era hermosa. El aroma de su pelo castaño, sus ojos y su risa. Ella fue más fuerte que yo en el final. Ella estuvo conmigo en las buenas y en las malas, especialmente en estas últimas. En la muerte, logramos encontrar paz y amor. Incluso motivos para seguir luchando…

Y ahora, estaba solo.

Se hizo de día. No me moví, y no aparté el filo de mi piel. Me emborraché como nunca antes. Un vecino casi entra a la fuerza. Desperté en el hospital unas horas después. No entendí qué sucedió. No dejé de llorar. Le pedí al médico unas cuantas veces que me matara. Sus ojos lo decían todo. Él quería hacerlo, por mi bien. Pero no lo hizo. Y varias de las noches siguientes lo maldije, una y otra vez.

Al final, caí también en la religión. Comencé a creer porque quería pensar que me volvería a encontrar a todos los que perdí.

Y así siguió.

Y yo me hundía cada vez más en mi propia soledad. En mi propio vacío…

Y ahora estoy aquí, preguntándome si escribo esto por suerte o no. Vamos en el sexto año desde que empezó. Y ya casi no hay nadie en mi ciudad. La mayoría se mudó a una ciudad única. En el resto del mundo la situación es casi idéntica. La mayoría no soportó. Y el resto solo espera. Con todo, a veces doy vueltas entre calles sucias y sin sentido. Lo hago de noche. El alumbrado público funciona solo en algunos sectores; el resto son ventanas oscuras. A veces veo a otra persona. Se dice que los ojos son las ventanas del alma. ¿Qué vi entonces en todas esas personas que transitaban en la oscuridad como yo? Supongo que no tiene sentido hacerme esas preguntas. Todos perdimos a alguien.

Las palabras sobran en este punto de la vida. Nadie sabe si esto es un castigo divino, un castigo natural o si es algo peor. Y no importa. Todos estamos condenados a desaparecer. ¿Qué habrá más allá cuando sea mi turno? Lo voy a descubrir en algún punto.

Hoy es jueves. Quizás es mi turno.

Como sea. Este diario es solo para desahogarme. Si alguien sobrevive… Ojalá sepan la respuesta.

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