1.- El Eco De La Concordia
En las sombras de Valtherion de
El palacio de Valtherion se alzaba como una fortaleza de piedra gris bajo un cielo encapotado, sus torres afiladas perforando las nubes cargadas de una llovizna incesante que caía como un lamento silencioso. Construido siglos atrás por los primeros reyes devotos de la Eterna Luz, sus muros estaban impregnados de historia y sangre, cada grieta narrando batallas olvidadas y pactos sellados con oraciones. El aire dentro de la sala del trono era denso, saturado por el incienso que ardía en pebeteros de hierro colgados de las vigas oscuras, un aroma acre que se mezclaba con el moho de las paredes y el frío que se filtraba por las rendijas de las ventanas altas y estrechas. Las velas parpadeaban en candelabros oxidados, su luz temblorosa proyectando sombras danzantes que parecían danzar como almas atrapadas sobre las paredes talladas con cruces y figuras de santos erosionadas por el tiempo. El suelo de mármol negro, pulido hasta reflejar los destellos de las llamas, estaba frío bajo los pies, y las cortinas de terciopelo rojo, descoloridas y raídas en los bordes, colgaban como heridas abiertas, temblando con cada ráfaga de viento que se colaba desde el exterior.
La sala era un eco de poder y opresión, un lugar donde el peso de la corona se sentía en cada rincón. En el centro, un trono de madera oscura dominaba la estancia, su respaldo adornado con espinas talladas que parecían clavarse en la imaginación, flanqueado por dos sillas vacías que alguna vez albergaron a consejeros caídos en desgracia. El silencio era roto solo por el crepitar de las velas y el murmullo lejano de los cánticos que ascendían desde la Gran Catedral, un sonido que se adhería a la piel como una oración inescapable. En este escenario, Adrián se encontraba atrapado, su figura encorvada bajo el yugo invisible de su linaje, mientras la Reina, envuelta en su autoridad austera, observaba desde su asiento con ojos que cortaban como vidrio.
Adrián se apoyó en una columna agrietada, los dedos arañando el borde de su capa negra - ¡Otra vez con tus sermones! - y golpeó la columna con el puño, dejando una marca roja en sus nudillos.
La historia susurra que Valtherion, desde su fundación, había sido un reino de fe inflexible, donde la magia fue desterrada tras la Gran Purga, un evento que dejó cicatrices en la tierra y en las almas. La Reina, educada en las doctrinas de la Eterna Luz, había internalizado esa rigidez, convirtiéndose en la guardiana de una tradición que asfixiaba a su hijo. Ella tamborileó los dedos sobre el brazo tallado de su trono de madera oscura - Silencio, hijo. - se inclinó hacia adelante, ajustando el broche de plata de su vestido con un chasquido.
Adrián se frotó la mano con una mueca - ¡Obediencia! - giró hacia la ventana empañada, - Me humilla cada día, comparándome con esos fantasmas. -
La leyenda cuenta que los fantasmas a los que se refería eran los ancestros de Valtherion, héroes canonizados cuya perfección era un yugo para los vivos. La Reina cruzó los brazos, el crujido de su vestido resonando - Él busca tu bien, aunque seas un cabezota. - señaló la puerta entreabierta donde las cortinas se movieron.
Adrián apoyó una mano temblorosa en el marco de piedra fría - Ella al menos me escucha… - el aliento empañando el vidrio, - a diferencia de ese tirano. -
La Duquesa, hermana menor de la Reina, había sido una figura marginal en la corte, conocida por sus susurros de disidencia y su vínculo secreto con Adrián, un refugio en medio de la tormenta familiar. La Reina se puso de pie - Cuidado con lo que dices. - sus ojos entrecerrándose, - Su ira es sagrada, y la Duquesa te busca. -
Adrián se pasó la mano por el cabello desordenado - ¿Y qué si me busca? - los hombros tensos, - Prefiero su apoyo a tus cadenas. -
La tensión en la sala crecía, alimentada por años de conflicto entre la voluntad de Adrián y la autoridad de su madre. La Reina dio un paso hacia él, la mano temblando - No entiendes el peso de la corona. - giró la cabeza hacia el trono vacío, - Tu padre lo lleva por todos. -
Adrián apretó los puños, la respiración acelerada - ¡Peso! - dio un paso hacia ella, - Él me rompe el alma, y tú lo defiendes. -
El rey, ausente en cuerpo pero omnipresente en espíritu, era un hombre de hierro cuya sombra se cernía sobre el palacio, su ausencia física solo amplificando su control. La Reina rozó el respaldo con los dedos, un suspiro escapando - La santidad no es tuya. - se irguió, - La Duquesa susurra veneno, y tú lo tomas. -
Adrián dio un golpe al aire con la palma abierta - ¡Veneno! - alzó la voz, - Si me da fuerzas, lo tomo. Él me quita el aire. -
La sala parecía contener el aliento, las sombras danzando más rápido con cada palabra. La Reina señaló la ventana, donde las campanas начали sonar - Levántate de ahí. - el tañido vibrando, - La conferencia te espera, no tolerarán tu insolencia. -
Adrián deslizó la espalda por la columna, la cabeza inclinada - ¡Que vayan al infierno! - se dejó caer, - Iré, pero no por él, sino por mí. -
El sonido de las campanas marcaba el inicio de la Conferencia de Paz, un evento que prometía unir a los reinos pero que olía a trampa para Adrián. Se puso de pie, sacudiéndose el polvo de la capa, miró hacia la puerta donde una sombra (¿la Duquesa?) pareció observarlo.
La Reina se recostó contra el respaldo, los dedos tamborileando - Ve, entonces. - cerró los ojos, - La corona pesa más que tu orgullo. -
Adrián dio un paso hacia la puerta, la capa ondeando tras él.La Reina abrió los ojos, el silencio roto solo por el crepitar de las velas.
Adrián se detuvo, mirando hacia atrás, la mandíbula tensa - Sus heridas son mías. - respiró hondo, - No me doblegaré ante él. -
La Reina susurró, su voz un murmullo - La iglesia siempre gana. - inclinó la cabeza, - No lo olvides. -
Adrián empujó la puerta, el chirrido llenando la sala.Se levantó, ajustando el velo, se dirigió a una ventana, mirando la lluvia.
El pasillo que Adrián recorrió estaba iluminado por antorchas que chispeaban, sus llamas proyectando sombras que parecían seguirlo. Adrián caminó por el pasillo, las botas resonando en la piedra.
La lluvia golpeaba las ventanas, un reflejo del tumulto interior de la Reina. Se detuvo en un cruce, apoyando la mano en la pared - Si ella está ahí. - la respiración pesada, - No volveré a ser su sombra. - el eco de las campanas en sus oídos.
Suspiró, apoyando la frente contra el vidrio frío.
Adrián continuó, la capa rozando el suelo.
Se volvió, el trono vacío pareciendo juzgarla.
Adrián bajó los peldaños con pasos firmes, llegando a una escalera.
Se sentó de nuevo, los dedos inmóviles.
Adrián salió al patio, la lluvia golpeándole el rostro.
Cerró los ojos, el incienso apagándose lentamente.
Adrián se ajustó la capa, mirando hacia la catedral.
La sala quedó en penumbra, el silencio envolviéndolo todo.
Adrián se alejó, la lluvia borrando sus huellas en el barro.
Susurró una oración, las velas parpadeando en la oscuridad.
Adrián se detuvo bajo un arco, la sombra de la Duquesa reapareciendo.
Caminó hacia la puerta con pasos cansados.
Adrián respiró hondo, el eco de las campanas aún en sus oídos.
Abrió la puerta, el frío entrando como un suspiro.
Adrián dio un último paso, desapareciendo en la noche.
Se quedó en el umbral, la sala vacía a su espalda.
La noche se cerró sobre el palacio, las campanas continuando su tañido como un recordatorio de los deberes que Adrián cargaba, mientras la figura de la Duquesa permanecía como un enigma en su mente, un faro en la oscuridad de su rebelión.








