BRILLO DE LUNA

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Summary

En un mundo cubierto de sombras, sin luna, sin consuelo, y con el eco de una infancia rota. Brillo de luna es un cuento oscuro y simbólico sobre el miedo, la pérdida de la inocencia y el peso de lo que callamos. Una historia breve, intensa y poética que deja marcas como cicatrices en la memoria. La historia de un alma pequeñita, apenas iluminada por el brillo de la luna que cada noche la acompaña en su tormento: como testigo silencioso, como caricia de consuelo, como un atisbo de esperanza y belleza que incluso logra colorear la sangre en el suelo. Rodeada de gritos, llanto y dolor constante. Testigo y víctima a la vez. ADVERTENCIA: Contenido violento, temas de violencia familiar, trauma y suicidio

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

BRILLO DE LUNA

Voces viajan con el viento, voces y gritos que llegan a sus oídos; sus pasos, tambaleantes y ligeros, una mirada perdida en algún punto en el cielo.

Contempla la luna brillando en medio del abismo negro sobre su cabeza, acompañada de su elegante tropa de estrellas, esferas de luz que hasta cierto punto le sirven de consuelo a su alma dolida.

Recuerda el sonido de las gotas de sangre estrellarse violentamente contra el suelo a cada golpe, los gritos desgarradores y el llanto que empapaba las mejillas y nublaba la vista de aquella mujer, que le mostraba una sonrisa incluso en medio de su tormento.

Se mira así misma en el pasado, resguardada en un rincón de la habitación observando el liquido rojo que se derramaba de esas gruesas y espantosas manos; El dolor emocional que oprimía su pecho, miedo que erizaba su piel haciendo temblar su pequeño cuerpo, la tristeza que se apoderaba de su corazón, viéndose reflejada en sus ojos negros y vacíos, ojos a los que se les robaba la inocencia y el amor, siendo que ni siquiera el brillo de la luna podía aclararlos, volviéndose más oscuros que la noche.

El aire entrando a través de la ventana dejando como único rastro de su presencia el ligero ondeo de las cortinas. Recuerda con facilidad el frío que hacía aquellas noches, la coloración de sus dedos a causa de este.

Las paredes heladas marcadas con sangre y sufrimiento, muros de un hogar roto que ocultaba secretos; una prisión silenciosa ya que nadie era capaz de escuchar los lamentos de quienes sufrían dentro, una prisión de la que jamás creyó poder escapar.

Su corazón palpitante, fuerte y veloz, incluso parecía que iba a estallar dentro; su respiración entrecortada al presenciar esa mano alzarse contra ella, el grito ahogado acompañado de sollozos al ver a alguien más recibir ese dolor.

Noche tras noche, la luna asomando en la ventana, testigo de las lágrimas cayendo con cautela en las mejillas de la niña y la mujer, hasta que en dado momento fue como si el cielo por fin se compadeciera.

Tan pequeña, vulnerable y débil, rodeada de botellas de alcohol y vidrios rotos que cortaban su piel, abriendo paso a un hilo de sangre entre sus dedos. La ferocidad de la tormenta que rugía por justicia cegó y otorgo valor a la mujer, a quien la niña solía llamar “mamá”; o quizás simplemente dio impulso a lo que ella ya deseaba desde hace tiempo.

Sus ojos perdidos, negros y vacíos, que al ser espectadores de otra atrocidad más, finalmente perdieron todo brillo e inocencia; un enorme charco de líquido rojo que alcanzo sus manos, permitiéndole sentir entre los dedos la sangre tibia en el suelo, que, de cierta forma, trajo paz a su conciencia.

Ahora, sus pequeños pies desnudos caminan sin rumbo en el bosque, pasando por encima de ramas y piedras puntiagudas que se incrustan en su piel; la tierra ensuciando sus dedos y bichos trepando por sus piernas.

Su vista se ha tornado cada vez más borrosa a medida que avanza, sufriendo por el hambre y la sed, cansancio que, cuando menos, sirve de distracción para el dolor en las heridas y rasguños que ya han comenzado a infectarse.

Andando en soledad, es difícil concentrarse en lo que estaba buscando al entrar al bosque. Y es que, la mujer, quien aquella noche de muerte juró proteger a su hija con cuerpo y alma, al final resultó ser tan frágil como cristal delgado, muñequita de porcelana que se rompió al reparar en la monstruosidad de su actuar, el haber apuñalo a una bestia frente a la niña; no logrando concebir ser quien terminó por arrebatarle la inocencia.

Sin embargo, para la pequeñita, todo aquello ya no tiene importancia alguna, buscando a su mamá, que simplemente se alejó con una cuerda en mano en dirección a este monstruo verde.

Envuelta en un mar de sombras causadas por los recuerdos y las voces en su memoria, avanza siendo acechada por una enorme bestia de ojos brillantes de la cual creyó haberse librado ya, y sin embargo continua en su mente atormentándola.

La luna ilumina a quien parece ser el recuerdo de una sonrisa, el producto de un amor antiguo y la consecuencia de violencia constante. Un alma perdida deambulando en le bosque, escuchando y guiándose por el peculiar sonido de los árboles moverse con el viento.

Sombras y voces la rodean, la atormentan, atacando y apuñalando lo que queda de ella. Su mundo que se vuelve inestable y cruel; la tierra tiembla bajo sus pies, se tambalea, amenazando con caer; su vista nublada todavía es capaz de sentir y ver un par ojos feroces.

Ruega por la misma luz que la salvó en un principio; el brillo de la luna parece perderse lentamente a la llegada de nubes de tormenta, alejando incluso el amor con el que la salvó la primera vez.

La enorme bestia peluda abre la boca dejando escapar los gritos antiguos de sus víctimas. Tiene los dientes tan puntiagudos y deformes que parecen vidrios, derramando sangre, aquella sangre que conoce muy bien. Levanta su pata mostrando las garras, como muchas veces ha hecho antes; en sus ojos el ferviente deseo de herirla, matarla y, esta vez, nada podrá salvarla.

Devora su mente y alma hasta quedar satisfecha, relamiéndose las patas, aún con rastros de los dolorosos recuerdos de la niña, saborea su tristeza y el miedo incesante de los ojos vidriosos de su víctima, cristalizados por las lágrimas. Una bestia inconmensurable formada de rencores y lamentos.

Las nubes terminan por cubrir el cielo entero, envolviendo el bosque en tinieblas y tonos grises, dejando como único rastro de la luna un ligero destello apenas visible, al tiempo que traen vientos más fuertes y ruidos estridentes.

El viento ondea mechones de cabello negro y acaricia a manera de consuelo la mejilla de la pequeña, llevándose su último aliento, el recuerdo de una sonrisa, un abrazo, un beso, llanto, sangre, gritos y, por supuesto, el brillo de la luna. Las hojas caen sobre su cuerpo inerte en el suelo, cubriendo a su vez un montículo de tierra donde descansa la bestia; acariciando en su descenso los pies de una mujer, sobresalientes de la copa de un árbol.