Entre La Tierra Y El Infierno by Dagmar at Inkitt
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Entre la tierra y el infierno

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Summary

En cada rincón del mundo existen lugares con historias escalofriantes que se encuentran entre la tierra y el infierno

Genre
Horror
Author
Dagmar
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Tragedia en la escuela Hokaido

No debí aceptar la apuesta. Esa fue la primera frase coherente que se formó en mi mente cuando crucé el umbral de la vieja escuela circular, justo a las doce de la madrugada, con el aliento convertido en vaho y el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. Takumi iba delante, con esa seguridad irritante que siempre mostraba cuando alguien dudaba de su valentía. Sota y Kaede, sus hermanos, me flanqueaban en silencio. Yo cerraba la marcha, convencida de que aquello no era más que una estupidez de adolescentes aburridos. La leyenda de los cuatro demonios me parecía un cuento para asustar niños. Ahora sé que hay cuentos que no deberían contarse jamás.

El edificio olía a humedad y a algo más, algo que al principio no supe identificar pero que se me quedó pegado en la garganta como un presagio. Era un olor dulzón y rancio, el olor de las flores podridas, el olor de la muerte cuando aún no ha llegado pero ya está cerca, acechando entre las sombras. Nuestras linternas dibujaban círculos temblorosos en las paredes desconchadas, revelando pupitres rotos, pizarras agrietadas, calendarios detenidos para siempre en un año que ya nadie recordaba. El bosque exterior, espeso y oscuro como una masa de terciopelo negro, parecía haberse tragado todos los sonidos del mundo. Solo se escuchaba el roce de nuestros pasos y, de vez en cuando, el crujido de la madera vieja, como si la escuela entera suspirara al notar nuestra presencia.

Habríamos avanzado apenas diez minutos por el pasillo principal cuando los escuchamos por primera vez. No eran ratas, no era el viento, no era el edificio asentándose sobre sus cimientos. Eran voces. Voces de niños, sí, pero de niños que no estaban vivos. Pequeñas, agudas, susurrantes, que parecían salir del interior de las aulas cerradas y también del interior de nuestras propias cabezas.


“Si quieren seguir viviendo, es mejor que huyan de este lugar.”


La frase flotó en la oscuridad como una telaraña invisible. Recuerdo que Sota soltó una risa nerviosa, de esas que pretenden espantar el miedo pero solo consiguen delatarlo. Takumi dijo algo sobre altavoces escondidos, sobre una broma de mal gusto. Pero Kaede se quedó callado. Y yo, yo sentí que la temperatura descendía de golpe, como si el frío de Hokkaido hubiera decidido instalarse permanentemente en mi columna vertebral. Seguimos caminando. Ninguno hizo caso. Maldita la hora en que ninguno hizo caso.

Durante dos horas recorrimos aquellos pasillos que parecían no tener fin, que se retorcían sobre sí mismos como si la escuela estuviera viva y nos estuviera digiriendo lentamente. Las voces infantiles nos acompañaron todo el tiempo, repitiendo la misma advertencia una y otra vez, a veces cerca, a veces lejanas, a veces justo detrás de nosotros. En un momento, al pasar frente a un aula cuya puerta estaba entreabierta, juro que vi una sombra pequeña, la silueta de un niño que nos miraba con ojos que no eran ojos, sino agujeros negros donde debería haber habido inocencia. Pero seguimos. Qué estúpidos, seguimos.

Los cuatro callejones aparecieron de repente, como si el edificio hubiera decidido mostrarnos sus entrañas más profundas. Eran idénticos: oscuros, estrechos, con el suelo cubierto de un polvo grisáceo que no se parecía a nada que hubiera visto antes. Recuerdo que nos miramos. Recuerdo que hubo un instante, un brevísimo instante, en el que pude ver el miedo genuino en los ojos de Takumi, y eso me aterró más que cualquier voz espectral. Pero ya era tarde. Algo tiraba de nosotros hacia aquellos pasillos, algo que no era curiosidad ni valentía, algo que se parecía peligrosamente a una llamada.


—Nos separamos —dijo Takumi, y su voz sonó extraña, como si no fuera del todo suya—. Así cubrimos más terreno.


Nadie protestó. Nadie sugirió quedarnos juntos. Ahora sé que en ese momento ya no éramos dueños de nuestras decisiones. Algo estaba operando dentro de nosotros, algo antiguo y paciente que nos había estado esperando durante décadas. Takumi tomó el primer callejón. Sota, el segundo. Kaede, el tercero. Yo me quedé frente al cuarto, sintiendo cómo el aire se espesaba a mi alrededor, cómo el olor a flores podridas se intensificaba hasta resultar insoportable.

No sé cuánto tiempo me quedé allí, paralizada. No sé cuánto tiempo tardé en escuchar el primer grito. Pero cuando llegó, cuando el sonido atravesó la oscuridad como un cuchillo, supe que algo terrible había sucedido. El grito de Takumi fue breve, casi cortés, como si no quisiera molestar demasiado. Luego vino el silencio, un silencio peor que cualquier grito. Después escuché a Sota. Su grito fue más largo, más desgarrado, y terminó con un sonido húmedo que aún hoy, cuando cierro los ojos, puedo escuchar con perfecta claridad. Kaede no gritó. De Kaede solo escuché un susurro confuso, como si estuviera hablando con alguien en sueños, y luego nada. Tres hermanos. Tres muertes. Todo en menos de lo que se tarda en rezar una oración.

Mis pies se negaban a avanzar. Era como si mis zapatillas se hubieran fundido con el suelo, como si el edificio me estuviera reteniendo para algo peor. Pero entonces lo sentí: un aliento en mi nuca, cálido y fétido, un aliento que olía a carne podrida, a tumba abierta, a todo lo que está muerto y no debería respirar. No me giré. Algo en mi instinto más primitivo me dijo que si veía lo que tenía detrás, me volvería loca. Así que corrí.

Corrí como nunca había corrido, sintiendo cómo aquel ser se deslizaba detrás de mí sin prisa, saboreando mi terror, alimentándose de cada latido acelerado de mi corazón. En la oscuridad del callejón, unos ojos rojo escarlata parpadearon frente a mí, bloqueándome el paso. Eran ojos que no pertenecían a ningún animal conocido, ojos que ardían con una luz interna, ojos que habían visto agonizar a cientos de almas y recordaban cada una de sus muertes. Akuma. Supe su nombre sin que nadie me lo dijera, como si el nombre mismo estuviera grabado en el aire viciado de aquel lugar.

Giré a la derecha, encontrando por puro milagro una escalera que subía al segundo piso. Subí los escalones de dos en dos, tropezando, raspándome las rodillas, mientras sentía que aquellos ojos escarlata me seguían a distancia, sin apresurarse, como quien sabe que su presa no tiene escapatoria. El descansillo de la escalera estaba iluminado por una luz mortecina que no parecía provenir de ninguna fuente, una luz grisácea y enfermiza que reveló lo que quedaba de mis amigos.

Estaban allí, a la entrada de una puerta sobre la que alguien había escrito con sangre: “El único camino que puede alejarnos del sufrimiento es el camino de la muerte.” Pero la puerta no era lo peor. Lo peor eran los cuerpos. Los cuerpos de Takumi, Sota y Kaede estaban apilados junto al umbral como marionetas rotas, sus extremidades en ángulos imposibles, sus ojos abiertos fijos en un horror que ya no podían contar. Pero sus bocas... sus bocas aún se movían. Los tres repetían al unísono, con voces que no eran las suyas, voces infantiles, las mismas voces que nos habían advertido al entrar:


“Ustedes que aún pertenecen al mundo de los vivos deben salir de aquí antes de que sea demasiado tarde.”


El grito que solté debió escucharse en kilómetros a la redonda. Lo siguiente que recuerdo es una sensación de vacío, de caída, y luego la nada. Dicen que dos personas que rondaban cerca del edificio me encontraron tendida en el suelo exterior, como si algo me hubiera escupido hacia fuera. Me llevaron a una aldea cercana. Tardé cuatro días en despertar, cuatro días durante los cuales, según me contaron después, no paré de hablar en sueños, repitiendo una y otra vez los nombres de los demonios que había conocido sin ver.

Oni, el del abismo sin fondo. Yokai, el de los ojos carmesí que atrapan el alma en un sueño eterno. Akuma, el que me persiguió por las escaleras. Y un cuarto, cuyo nombre nunca pronuncié dormida, pero cuya presencia he sentido acechándome cada noche desde entonces. Porque los demonios de la escuela circular no se quedan en Hokkaido. Ellos te siguen. Se instalan en los rincones oscuros de tu habitación, en los reflejos de los espejos cuando estás sola, en el silencio que sigue a las tres de la madrugada.

Me mudé cerca del monte Fuji. Pensé que la distancia me protegería. Qué ingenua. Meses después del incidente, una noche en que el viento traía olor a flores podridas, escribí mi última advertencia. La nota que encontraron junto a mi cuerpo en Aokigahara, el bosque de los suicidios, decía la verdad. Pero no toda la verdad. Porque hay algo que no escribí, algo que nunca conté a los aldeanos que me rescataron, algo que me ha impedido descansar en paz desde que tomé aquella decisión desesperada entre los árboles retorcidos.

Lo que no dije es que cuando salté de la ventana del segundo piso, cuando caía hacia el suelo exterior, los vi. Vi a los cuatro demonios asomados a las ventanas de la escuela, mirándome con sus ojos escarlata. Y los cuatro, incluso Oni, incluso Yokai, incluso Akuma, sonreían. Sonreían como quien ve partir a un mensajero que pronto regresará con más almas.

No debí aceptar la apuesta. Pero sobre todo, no debí escapar. Porque ahora sé que nunca debí salir de aquella escuela. Ahora sé que los demonios no me dejaron marchar: me enviaron de vuelta como carnada. Y cuando encontraron mi cuerpo sin vida en Aokigahara, sonrieron de nuevo, porque mi muerte no fue un escape. Fue una invitación. La nota que dejé, mi supuesta advertencia, fue dictada por ellos. Cada palabra fue sembrada para despertar la curiosidad de nuevos visitantes, para atraer a más jóvenes valientes y estúpidos a los pasillos de la escuela circular.

Si estás leyendo esto y eres joven, si sientes que la curiosidad te pica bajo la piel, si crees que las leyendas son solo cuentos, recuerda mi historia. Recuerda que los cuentos a veces mienten, pero las advertencias de los muertos siempre, siempre dicen la verdad. Y si una noche, cerca de Hokkaido, escuchas voces de niños que te dicen que huyas mientras puedas, hazles caso. Hazles caso antes de que sea demasiado tarde, antes de que los ojos escarlata te encuentren, antes de que la escuela circular te reclame como ha reclamado a tantos otros.

Yo ya no puedo salvarme. Pero quizás tú aún estés a tiempo. Aunque, para ser sincera, si estás leyendo estas palabras, si has llegado hasta el final de mi testimonio, es muy probable que ellos ya sepan de ti. Es muy probable que ya estés en sus pasillos. Es muy probable que las voces infantiles estén susurrando ahora mismo, justo detrás de ti, justo donde no estás mirando.

No te gires. No corras. Ya es tarde para ambas cosas.

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