Prologo
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Quiero agradeserles a todos los que an esperado mi regreso.
Capitulo creado por tatakiHaise9
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La felicidad puede aparecer en los lugares más inesperados.
A veces creemos que solo habita en lo costoso, en lo brillante, en aquello que todos desean tener.
Pero, con el tiempo, descubres que la verdadera felicidad puede nacer de algo tan simple como un detalle...
Un objeto común, sin valor para el mundo, pero que fue entregado con tanto amor que terminó quedándose contigo.
No lo guardas solo porque lo aprecias.
Lo guardas porque, de alguna manera, se volvió una parte de ti.
Estas viejas experiencias que están a punto de ver se perdieron entre los años.
Con el paso del tiempo se convirtieron en simples ecos, recuerdos que ocurrieron mucho antes del comienzo de la historia que todos conocemos.
En aquellos días, la casa que hoy resuena con risas, pasos y discusiones era distinta.
Todavía no temblaba con el ruido de once voces, ni con el caos del día a día.
En ese entonces, sus paredes guardaban solo la presencia de una pareja joven, llena de esperanza y de amor por el futuro que estaban a punto de construir.
En el patio delantero de la casa, un hombre corría de un lado a otro ayudando a su esposa embarazada: el amor de su vida.
La había conocido años atrás, cuando ella trabajaba como vigilante de autopistas. Fue uno de esos momentos que parecen escritos por el destino: una multa, una conversación torpe... y un flechazo instantáneo.
Ahora, el fruto de ese amor estaba a punto de llegar al mundo.
Aún no sabían si sería niño o niña, pero en ese momento eso era lo de menos. Lo único que importaba era que el coche arrancara a tiempo.
—¡Maldita sea, Lynn! ¡Puedes apresurarte AHORA MISMO! —gritó Rita, con una calma que solo el pánico podía ofrecer.
Lynn Sr., sudando como si acabara de correr una maratón, arqueó la espalda con heroísmo y rebuscó desesperado en sus bolsillos.
—Claro... claro, cariño... —jadeó—. ¡Solo... necesito... encontrar... las malditas llaves!
Un largo y bastante complicado viaje por carretera después la pareja por fin había llegado a hospital más cercano
Después de una interminable sinfonía de gritos, ruidos, y fluidos que sería mejor no mencionar —sin olvidar un desmayo estratégico por parte del padre—, el caos fue reemplazado por un sonido nuevo: el llanto fuerte y vibrante de una bebé.
—Felicidades, señora Loud —dijo el doctor, entrecerrando los ojos ante el volumen de aquel primer llanto—. Es una hermosa niña... y, diría, bastante saludable.
Rita, agotada pero sonriendo, alzó las manos con ternura.
—Por favor... déjenme ver a mi bebé...
El doctor le entregó a la pequeña, y en cuanto la niña sintió el calor de su madre, sus llantos comenzaron a calmarse.
Lynn Sr., aún pálido pero consciente, se incorporó lentamente para contemplar la escena. El aire del cuarto parecía brillar con esa calidez que solo tienen los comienzos.
Rita miró a su esposo con una sonrisa radiante, mostrando sus dientes perfectos y los ojos llenos de lágrimas.
—Conoce a tu bebé, cariño... —susurró—. Conoce a Lori.
La noche ya era lo único reconocible tras un día eterno.
Gracias a la vieja furgoneta familiar —recientemente heredada y bautizada con orgullo como Vanzilla—, por fin habían logrado regresar a casa.
—Ah... por fin en casa —suspiró Lynn Sr., besando el volante con exagerada devoción—. Gracias, Vanzilla... no habría llegado sin ti.
Rita lo observó con una mezcla de cansancio y diversión.
—Jejeje... vamos, cariño. Es hora de descansar —dijo con una sonrisa débil pero dulce.
Lynn ayudó a su esposa a bajar del auto y la acompañó hasta la puerta. Pero antes de entrar, una voz familiar los detuvo:
—Veo que volvieron, Loud... qué felicidad —dijo el señor Gruñón, con su característico tono sarcástico desde el porche vecino.
—¡Sí, señor Gruñón! —respondió Lynn con entusiasmo—. ¡Y adivine qué! ¡Ya nació la bebé!
—Qué lindo... —gruñó el hombre, antes de añadir, sin cambiar el gesto—. Mantela, fuera de mi propiedad.
Y acto seguido, azotó la puerta con su habitual mal humor.
Rita soltó una carcajada suave mientras entraban a casa.
—Al menos él no cambia nunca —dijo.
—Ni quiero que lo haga —respondió Lynn, sonriendo mientras cerraba la puerta detrás de ellos.
Rita, demasiado cansada para seguir en pie, se recostó en la cama con su bebé entre los brazos.
—Cariño, creo que sería mejor que duerma en la cuna... —susurró Lynn con suavidad.
Pero Rita no estaba dispuesta a soltarla. La pequeña se acomodaba con tanta paz sobre su pecho que parecía imposible separarlas.
Lynn sonrió. Se acercó, les dio un beso a ambas y se recostó a su lado.
Así, los tres quedaron dormidos, envueltos en el silencio tranquilo de la noche.
Afuera, la casa descansaba por primera vez como un verdadero hogar.
Y mientras la luna los observaba desde la ventana, la pequeña —aún sin entender nada del mundo— percibía algo que sí reconocía instintivamente:
amor. Mucho amor.
Había pasado un mes desde el nacimiento de Lori, y la pequeña ya se había convertido en una fuente inagotable de movimiento y curiosidad.
De un rincón a otro, todo captaba su atención: luces, sonidos, colores... nada escapaba a su diminuta mirada exploradora.
—Es una chica bastante inquieta —comentó Lynn, sosteniendo su taza de café con ojeras heroicas.
—Sí... —respondió Rita, mientras intentaba doblar una manta que Lori había tirado por tercera vez—. Y le gusta demasiado agarrar cosas.
Lynn la miró con cierta preocupación.
—Pusiste todos los objetos peligrosos o afilados fuera de su alcance, ¿verdad?
—Por supuesto, cariño —contestó Rita con una sonrisa cansada.
Había pasado un mes desde el nacimiento de Lori, y sus padres ya habían librado más batallas de las que esperaban: contra el sueño, el cansancio... y los incesantes llantos nocturnos.
Aun así, entre bostezos y pañales, ambos sabían que no cambiarían nada de aquello.
—Ah... estoy tan cansada —murmuró Rita, dejándose caer en el sofá—. Siento que no puedo más.
Sus ojos, sin embargo, se suavizaron al mirar a la pequeña durmiendo plácidamente en su cuna.
—Pero mírala... —susurró, sonriendo con ternura—. Es que es tan linda.
Lynn se acercó y cubrió a su esposa con una manta.
—Aún me sorprende cómo alguien tan pequeño puede tener tanta energía —dijo, dejando escapar una risa baja.
—Lo sé... —respondió Rita, suspirando—. Pero me preocupa que un día intente jugar con algo peligroso mientras estamos distraídos. Si tan solo tuviera algo con qué entretenerse...
Lynn se quedó pensativo, frotándose el mentón.
—Mmm... algo con qué jugar, ¿eh? —repitió con una sonrisa que empezaba a dibujarse en su rostro.
Los días pasaban, y tanto Rita como Lynn aprendían, entre pañales y sonrisas, cómo cuidar a la pequeña Lori. Descubrían lo que le gustaba y lo que no: cómo odiaba el puré de pera, pero se derretía por el de manzana, cómo sus manitas buscaban constantemente nuevos objetos y cómo su risa podía iluminar cualquier cansancio.
Pero había algo que no dejaba de rondarle la cabeza a Rita. Algo que su esposo hacía últimamente, a escondidas, y que la mantenía intrigada.
—Dice que es una sorpresa —murmuró, mientras curaba un rasguño reciente en sus manos—. Viene de vez en cuando con heridas... pero siempre insiste en que es un secreto.
Rita, aunque preocupada, confiaba plenamente en Lynn. Sabía que cualquier cosa que él planease vendría del corazón
Otro día más había pasado, pero esta vez era diferente. Especialmente por lo que estaba a punto de suceder.
Rita tenía a la bebé en brazos. Cada día Lori crecía un poco más, y eso llenaba de alegría a su madre. No hay nada que una madre desee más que ver crecer a una parte de sí misma, observando cómo, poco a poco, se vuelve fuerte y curiosa ante el mundo.
Rita miró a su hija, que la devolvía la mirada con esa felicidad inocente que solo un bebé puede mostrar.
—Sabes, Lori... sé que eres muy pequeña para entender lo que digo —susurró Rita—. Pero quiero que sepas que eres lo más feliz que nos ha pasado a tu padre y a mí. No quiero ponerme sentimental, pero verte crecer, tan grande y tan fuerte... me llena de alegría.
—Sí, incluso noto cómo jalas mi cabello, jajaja... sin duda sacaste eso de mí —rió suavemente—. Mira, eres un bebé y puede parecer tonto que te diga todo esto, pero quiero que sepas que siempre estaré aquí. Siempre te voy a amar, cuidar y proteger...
—Si fallas, mamá estará allí para darte un abrazo; si triunfas, estaré allí para sonreírte y darte el doble de abrazos... y si caes, siempre te levantaré. Jamás lo olvides. Sé que harás grandes cosas... sé que lo harás. Incluso cuando creas que no estoy mirando, estaré allí.
La bebé, obviamente, no podía comprender todas esas palabras. Pero su pequeño corazón sentía algo: la calidez de la sonrisa de su madre y todo el amor que emanaba de ella.
Rita comenzó a cantar suavemente:
—Oigan, bien sentí la tranquilidad y deleite mi cuerpo, al vivir en este lugar... nada hay, nada hay que temer... todo será feliz... y llené a este ángel con todo el amor que puedo dar...
Lori comenzó a reír mientras Rita la hacía “volar” entre sus brazos. Entonces, sus ojos se posaron en su esposo, y Rita se sonrojó.
—¡Lynn! ¿Cuánto llevas ahí?
Lynn sonrió con complicidad y sacó algo de detrás de su espalda: un pequeño conejo de peluche.
—Lo hice yo —dijo tímidamente—. Me costó... pero como en la cocina, se aprende del error.
La bebé se mostró inmediatamente interesada en el conejo que sostenía su padre.
—Lo llamé Bum Bum —continuó Lynn—. Es un lindo conejo para una hermosa princesa... pero primero necesita algo especial para que tenga magia y pueda proteger a nuestra querida Lori.
Lynn abrazó el peluche con fuerza, con una sonrisañ cálida.
—¿Qué haces, cariño? —preguntó Rita, curiosa y divertida.
—Estoy pasando parte de mis superpoderes de papá a este conejo, para que proteja a nuestra bebé —respondió Lynn.
Luego, entregó el conejo a Rita.
—Ahora lo más importante... el amor de mamá.
—Jeje, Lynn... bueno, Lori —dijo Rita, acariciando suavemente el peluche—. Este conejo tendrá parte de mis sentimientos. Nunca olvides lo que te dije: te ayudará cuando yo no esté, cuando sientas miedo
Rita besó tiernamente al conejo y se lo pasó a su hija. Lori lo abrazó de inmediato.
Tanto amor, tantas sensaciones... todo parecía mágico para la pequeña.
Ambos padres rodearon al conejo y a su hija con abrazos.
—B... bu... Bum Bum... —balbuceó Lori.
Lynn y Rita se miraron, incrédulos y felices.
—¡Sus primeras palabras! —gritaron al unísono.
Ya entrada la noche, colocaron a Lori en su cuna y la observaron mientras abrazaba a su conejo.
—Eres un gran padre —susurró Rita.
—Y tú una gran madre —respondió Lynn.
Se besaron suavemente y se retiraron a descansar, mientras Lori sentía todo el cariño y el amor que ahora habitaban en ese pequeño conejo.
Solo hay una palabra que describe ese momento... felicidad.
Por desgracia, las mejores cosas no duran para siempre... y eso incluye el paso del tiempo.
Un año había pasado desde el nacimiento de Lori, y la familia Loud volvió a llenarse de alegría con la llegada de su segunda hija: Leni.
Era una bebé hermosa, tan dulce y risueña como lo había sido Lori en sus primeros meses. Pero, como todo cambio, trajo consigo nuevos desafíos.
El tiempo que antes pertenecía solo a Lori ahora debía compartirse entre dos pequeñas. Y aunque sus padres la seguían amando con todo su corazón, la niña no podía comprender por qué las miradas, los brazos y las canciones ya no eran solo para ella.
Lo peor, sin embargo, no fue eso. Fueron los constantes llantos nocturnos de Leni, tan fuertes que apenas dejaban dormir a su hermana mayor.
Pero Lori tenía algo que la ayudaba a soportarlo: su conejo.
En medio del ruido y las sombras de la noche, la pequeña abrazó a Bum Bum con fuerza. El suave peluche parecía irradiar el mismo calor y amor que alguna vez recibió de sus padres.
Y así, entre sollozos y sueños, Lori se quedó dormida. No porque el mundo estuviera en silencio, sino porque su pequeño corazón todavía recordaba lo que era sentirse amada.
El tiempo, silencioso y cruel, siguió avanzando.
Primero fue Leni. Luego Luna. Después Luan. Y una a una, las risas y los llantos llenaron la casa hasta que cada rincón tenía un eco diferente.
Cada nueva llegada traía alegría, sí... pero también le robaba un pedacito del tiempo que alguna vez había sido solo de Lori.
Al principio no lo notaba. Se sentaba cerca de su madre mientras esta alimentaba a Leni y sonreía. Pero pronto los brazos que antes la alzaban con ternura se ocuparon en acunar a otra bebé.
Y los juegos con papá se hicieron más cortos, más apresurados, más llenos de “luego, cariño” o “espera un momento”.
Lori aprendió a esperar.
Y, sin que nadie se lo pidiera, empezó a ayudar.
Cuando Leni lloraba, ella era la primera en correr a buscar el chupete.
Cuando Luna tiraba los juguetes, ella los recogía.
Cuando Luan se ensuciaba, Lori trataba de limpiarla antes de que mamá se enojara.
Era solo una niña, pero ya actuaba como si fuera una adulta.
Sus padres, agotados pero orgullosos, empezaron a decírselo cada vez más seguido:
—Eres nuestra gran ayudante, Lori.
—Eres la hermana mayor, tienes que dar el ejemplo.
—Tú sabes comportarte, cariño.
Palabras que parecían dulces... pero pesaban más de lo que nadie imaginaba.
Y cada vez que se sentía abrumada, cuando el ruido era demasiado o el cansancio la hacía temblar, ella hacía lo único que sabía: abrazar a su conejo Bum Bum.
Se acurrucaba en un rincón de su cama, con los ojos llenos de lágrimas silenciosas, y lo apretaba contra su pecho.
El peluche, gastado ya por los años, todavía conservaba el aroma leve de sus padres y esa calidez que ninguna otra cosa podía darle.
—Todo estará bien, ¿verdad, Bum Bum? —susurraba.
Y aunque el conejo nunca respondía, en su mente escuchaba la voz de su madre, aquella que solía cantarle:
“Nada hay... nada hay que temer... todo será feliz...”
En esos momentos, Lori podía fingir que todo seguía igual. Que seguía siendo la bebé de la casa. Que no tenía que ser fuerte, ni responsable, ni perfecta.
Solo una niña con su conejo, intentando sentirse amada otra vez.
El día del nacimiento del nuevo bebé fue, en apariencia, otro momento feliz en la familia.
Una nueva luz llegó a la casa. Era un bebé hermoso, de cabello blanco como la nieve. Lori lo miraba con asombro, y Leni, confundida, tiró de la falda de su madre.
—¿Por qué su pelo es así? —preguntó curiosa.
Rita solo sonrió.
—Cada uno de ustedes es único —respondió con ternura.
Lori no entendía del todo, pero no pudo evitar pensar que el pequeño se parecía un poco a su conejo, Bum Bum. Blanco, tranquilo y con una paz que parecía llenar la habitación.
Pero esa misma paz no duró demasiado.
Con el nuevo bebé, la casa volvió a llenarse de ruido, llantos y carreras. Y una vez más, el tiempo se volvió un lujo escaso.
Lori comenzó a notarlo rápido.
Ya no había abrazos antes de dormir, ni historias susurradas al oído. Su madre estaba siempre ocupada con el bebé. Su padre, entre pañales, biberones y reparaciones, apenas tenía tiempo para reír con ella.
Fue entonces cuando lo comprendió: la única manera de recibir atención era siendo perfecta.
Cuando ayudaba a sus hermanas, cuando limpiaba sin que se lo pidieran, cuando evitaba que Leni o Luna se lastimaran... entonces sus padres la miraban y sonreían.
—Eres nuestra niña responsable, Lori —decían.
Pero si algo salía mal, aunque no fuera culpa suya, la frase siempre era la misma:
“Se supone que eres la mayor. Tienes que ayudarnos. Tienes que cuidar de tus hermanas.”
Ese día, Luan había hecho un desastre en la cocina. Harina, huevos y risas por todas partes.
Rita llegó corriendo y, aunque Luan recibió su regaño, Lori también tuvo que escuchar lo suyo.
—¿Dónde estabas, Lori? —le dijo su padre con el ceño fruncido—. Tienes que estar pendiente, cariño
Ella no respondió. Solo bajó la cabeza, asintiendo con un “sí, papá” que le quemaba en la garganta.
Cuando por fin subió a su habitación, el cansancio la alcanzó. Cerró la puerta, se dejó caer sobre la cama y dejó escapar un sollozo pequeño, casi mudo.
No quería que nadie la escuchara.
Allí, en el rincón, estaba Bum Bum.
El mismo conejo de siempre, con las costuras un poco gastadas, pero con esa mirada suave que parecía entenderlo todo.
Lori lo tomó entre sus brazos y lo abrazó con fuerza.
—Nunca gritas... —susurró con voz temblorosa—. Nunca te vas. Siempre estás aquí.
Apretó su rostro contra el peluche y, por un momento, el mundo se volvió silencioso.
No había gritos, ni órdenes, ni culpas. Solo el suave olor a infancia y la sensación de que, aunque fuera por unos minutos, alguien la escuchaba de verdad
.El tiempo, ese ladrón silencioso, siguió su curso.
Ahora, la familia Loud era más grande que nunca. Lucy, la más pequeña, apenas comenzaba a balbucear sus primeras palabras. Y mientras tanto, Lori se había convertido en la guardiana de todos.
Cada día parecía un desafío nuevo.
Luna, llena de energía, hablaba sin parar de música y de un concierto al que quería ir.
—¡Va a ser legendario, Lori! ¡Súper legendario!
Lori solo suspiró, mirando el calendario donde los días se acumulaban como tareas sin terminar.
—Ojalá solo sea una fase, Luna —murmuró con una sonrisa cansada.
Por otro lado, Luan pasaba horas practicando chistes frente al espejo.
—¿Sabes cuál es el colmo de un reloj? ¡Tener tiempo para todo! —decía riendo, mientras la casa se llenaba de globos, cuerdas y tartas falsas.
Lori se tapaba la cara con la mano.
—Por favor, que no empiece con las bromas de agua otra vez...
Lynn, la deportista, no conocía el descanso. Jugaba con cualquier cosa que pudiera patear, lanzar o golpear.
Un día rompió un florero. Al siguiente, una ventana.
—¡Ups! ¡Punto para mí! —gritaba emocionada.
Lori, con una escoba en la mano, solo podía rezar para que su madre no lo notara.
—Lynn, te juro que un día me vas a volver loca... —decía, mientras recogía los pedazos.
Leni, en cambio, era un caso aparte.
Un alma dulce, pero con un sentido de la orientación... inexistente.
Lori aún recordaba el día en que su hermana casi sube al auto equivocado.
—Leni, esa no es nuestra van, es una camioneta de helados.
—¿En serio? Pero huele igual —respondía sonriente.
A veces, Lori pensaba que necesitaba ojos en la nuca para poder controlarlo todo.
Y aun así, había una pequeña luz en medio del caos: Lincoln.
El único chico de la familia era diferente.
Tranquilo, atento, y sobre todo, responsable. Nunca se metía en problemas.
—¿Necesitas ayuda, Lori? —preguntaba, ofreciéndose a cuidar a Lucy o a recoger juguetes del suelo.
Ella siempre le sonreía con alivio.
—Gracias, pequeño héroe —decía, despeinándolo con ternura.
Y aunque se sentía orgullosa, también sabía que cada día le pesaba más la responsabilidad.
A veces, cuando el cansancio la vencía, se encerraba en su habitación y buscaba a Bum Bum.
El conejo, ahora algo desgastado, seguía allí.
Lo abrazaba fuerte, cerraba los ojos, y por un momento, el ruido del mundo desaparecía.
Era el único momento del día en el que podía ser solo Lori, no la hermana mayor, ni la vigilante, ni la responsable.
Solo una chica... que todavía necesitaba un abrazo.
Las semanas pasaban, y la familia Loud hacía todo lo posible por manejar su tiempo entre tantas voces, risas y llantos.
No era fácil. Nunca lo fue. Pero era lo único que podían hacer.
Mientras todos seguían con su rutina caótica, Lori comenzó a notar algo... algo que la asustó más que cualquier travesura de sus hermanas.
Cada vez que se miraba al espejo, su reflejo era distinto.
Primero fueron unos pocos granos. Luego, los lentes temporales. Y más tarde... los frenillos.
La pubertad.
Ese extraño enemigo invisible que llegaba sin avisar.
Ahora, frente al espejo, veía a una chica con el rostro cubierto de granos, los labios atrapados tras una sonrisa metálica y una mirada cansada, mucho más vieja de lo que debería.
Y lo peor era que en la escuela no la dejaban olvidarlo.
Las burlas, las risas disimuladas, los susurros.
Cada palabra era como una pequeña aguja que le perforaba la confianza.
Y cuando llegaba a casa, no había tiempo para llorar.
Siempre debía ser la responsable, la fuerte, la hermana mayor.
La que cuida. La que enseña. La que no se queja.
Esa tarde, Lori se quedó mirándose al espejo del baño.
El silencio pesaba más que cualquier ruido de la casa.
Su reflejo parecía mirarla con pena, como si fuera otra persona.
Entonces bajó la vista... y allí estaba él.
Su viejo conejo, Bum Bum.
El peluche la observaba desde el lavabo, tan gastado, tan familiar, tan lleno de recuerdos.
Lori lo tomó con las manos temblorosas y lo puso frente al espejo.
Por un segundo, quiso imaginar que no estaba sola.
—¿Te parezco fea, Bum Bum? —susurró con voz quebrada.
Y en su mente, como un eco cálido y tierno, escuchó la respuesta:
“Siempre luces hermosa, pequeña.”
Las lágrimas comenzaron a caer, lentas y pesadas.
Lori sonrió entre sollozos, esa sonrisa metálica y temblorosa que reflejaba tanto dolor como esperanza.
Y abrazó al conejo con todas sus fuerzas, como si al hacerlo pudiera mantener unida a la niña que alguna vez fue.
Día sábado.
El día más feliz para casi todos... y también para Lori.
Después de una semana llena de tareas, llantos, deberes y responsabilidades, al fin podía respirar un poco.
El aire olía a pasto recién cortado y a libertad.
Aun así, cada vez que alguien la miraba de reojo en la calle, Lori bajaba la cabeza.
Sentía el calor subirle a las mejillas.
—Seguro están viendo mis granos... —murmuraba para sí, intentando ocultar el rostro tras su cabello.
Ese día había salido a devolver unos libros a la biblioteca.
Caminaba distraída, repasando mentalmente todo lo que debía hacer al llegar a casa, cuando de pronto...
¡PUM!
El choque fue tan repentino que ambos cayeron al suelo, y los libros volaron por todas partes.
—¡Ay! Perdón, no estaba mirando por dónde iba —dijo Lori, agachándose rápidamente para recogerlos.
Una mano apareció frente a ella, ayudándola a juntar los libros uno por uno.
Cuando alzó la vista, se encontró con unos ojos cálidos y una sonrisa nerviosa.
—Eh... hola... linda... —balbuceó el chico, poniéndose rojo enseguida—. Digo... digo... soy Libro. No, espera... Roberto. Me llamo Roberto.
Lori soltó una pequeña risa, tapándose la boca.
—Yo soy Lori.
Por un momento, el ruido de la calle desapareció.
Solo estaban ellos dos, en medio de aquel pequeño caos de hojas, libros y sonrisas torpes.
El chico le devolvió la sonrisa, igual de avergonzado.
Y sin saber por qué, Lori sintió algo nuevo: una calidez extraña, distinta al amor de familia o al consuelo de Bum Bum.
Ese día, todo cambió.
El tiempo, siempre tan implacable, siguió su curso.
Los juguetes fueron desapareciendo de la habitación de Lori, uno tras otro.
Primero las muñecas, luego los cuentos ilustrados.
Solo quedaba Bum Bum, sentado en una esquina de su cama, observando silencioso cómo la niñez se desvanecía.
Lori ya no era una niña.
Su voz había cambiado un poco, su ropa también.
Y aunque aún tenía la misma sonrisa, había algo distinto en su mirada: una mezcla de inseguridad, esperanza y esa confusión inevitable que llega con la adolescencia.
Ya no dormía con él todas las noches; a veces lo dejaba sobre el escritorio, o se olvidaba de él debajo de una pila de ropa limpia.
Pero cada vez que sus ojos se encontraban con los de aquel peluche, un pequeño nudo se formaba en su pecho.
Era como si una parte de ella la mirara en silencio, pidiendo que no la olvidara.
Aun así, la vida seguía.
Y con ella, llegaron los primeros amores.
Fue en la escuela donde conoció a Bobby Santiago.
Un chico amable, torpe y encantador, que tenía una sonrisa cálida y una paciencia infinita.
Él no se reía de sus frenillos ni de sus lentes, y cada vez que ella hablaba, parecía escucharla de verdad.
—Tu sonrisa es linda —le dijo un día, mientras caminaban por el parque.
Lori bajó la mirada, recordando cuántas veces se había escondido por sentir vergüenza de ella.
—No digas eso —respondió, sonrojada.
—Lo digo porque es verdad.
Fue entonces cuando algo en su interior cambió.
El mismo calor que una vez sintió al abrazar a Bum Bum, esa sensación de seguridad y ternura, comenzó a surgir cada vez que Bobby le hablaba.
Era como si su viejo conejo, su amigo silencioso, se hubiera convertido en él.
Pequeños gestos comenzaron a llenar sus días:
Bobby esperándola en la salida, compartiendo su almuerzo, cargando su mochila cuando ella estaba cansada.
Y cada vez que él hacía algo dulce, Lori sentía lo mismo que cuando era niña y creía que Bum Bum la protegía de todo.
Pero sin darse cuenta, esa ternura se mezcló con algo más: miedo.
Miedo a perderlo, a que un día desapareciera como todos los demás juguetes de su infancia.
Por eso, comenzó a aferrarse.
Le escribía mensajes cada hora, se molestaba si no respondía, quería saber dónde estaba, con quién.
Decía que era amor... pero, en el fondo, era otra cosa.
Era la misma necesidad de no volver a sentirse sola.
De no volver a perder a alguien que la hacía sentir segura.
En su habitación, Bum Bum seguía allí, sobre la repisa, observando todo desde la distancia.
Ya no era su confidente. Ya no era su consuelo.
Pero, de algún modo, seguía siendo parte de ella.
Una noche, mientras hablaba con Bobby por teléfono, Lori vio al conejo en el estante.
Por un momento, sintió una punzada de nostalgia.
—Bobby... —susurró—, gracias por estar conmigo siempre.
Del otro lado del teléfono, el chico rió suavemente.
—Claro, Lori. Siempre voy a estar para ti.
................
Era una tarde soleada, perfecta para caminar por el parque.
Lori y Bobby iban de la mano, riendo y hablando de cualquier cosa: películas, música, y lo horrible que era hacer tareas un sábado.
A lo lejos, un grupo de chicas las observaba con evidente envidia.
—¿En serio? —susurró una—. ¿Por qué sale con esa chica? Si tiene más granos que cara...
Bobby lo escuchó.
Por un instante frunció el ceño, luego giró la vista hacia Lori, que reía sin darse cuenta de nada.
Su cabello se movía con el viento, sus ojos brillaban cuando sonreía.
Y entonces, sin poder evitarlo, bajó un poco la mirada... miro su trasero que estaba formando muy bien
y se sonrojó.
Bobby (pensando): “Personalidad... definitivamente personalidad.”
Se rió solo, y Lori lo miró confundida.
—¿Qué pasa, Bobby?
—Nada, nada... —dijo, rascándose la cabeza, intentando disimular su sonrisa.
Lori se encogió de hombros y siguió caminando, mientras Bobby solo pensaba lo afortunado que era de estar con ella.
Por primera vez en mucho tiempo, Lori no pensaba en el espejo, ni en los frenillos, ni en los granos.
Solo en lo bien que se sentía ser querida tal como era.
...........................
Era una tarde tranquila en la casa de los Loud.
O bueno, tan tranquila como podía serlo con seis niños corriendo por todos lados.
Leni intentaba ponerle un sombrero a Lincoln, Luna practicaba acordes con su guitarra, Luan hacía chistes malos, y Lynn jugaba con una pelota dentro de la sala, algo que ya había provocado más de un “¡cuidado con la lámpara!” de parte de Rita.
Entre risas, el padre apareció con una caja en las manos.
—Muy bien, familia —dijo Lynn Sr., con una sonrisa—. Es hora de continuar con una tradición de heredar
Todos se quedaron en silencio, incluso Luna dejó de tocar.
Rita, que tenía una ligera pancita y acariciaba su vientre, sonrió.
— se trata de dar algo que ya no uses a tu hermano o hermana menor —explicó con dulzura.
Los ojos de todos brillaron con curiosidad.
—Así que estuvimos buscando en sus habitaciones —continuó el padre, levantando la caja—, para encontrar cosas que puedan ser parte de esta tradición.
Leni dio un pequeño grito de emoción.
—¡Ay, espero que no hayan agarrado mis zapatos nuevos!
Rita rió.
—No, cariño, solo cosas que ya no utilizan
Luan su viejo muñeco de payaso, Luna una púa de guitarra gastada, Lynn una pequeña medalla de su primer torneo, Leni un listón con el que solía hacer moños para todas...
Y entonces, llegó el turno de Lori.
Rita sonrió con suavidad y levantó algo que todos reconocieron enseguida:
Bum Bum, el conejo de peluche.
Tenía una oreja algo doblada y una costura deshecha en el brazo, pero seguía igual de tierno que siempre.
El corazón de Lori dio un salto.
Por un instante, se quedó sin aire.
Sus manos temblaron sobre las rodillas, y tuvo que tragar saliva antes de hablar.
—Cariño —dijo Rita, mirándola con ternura—, ¿no te molesta heredarle esto a tu hermano verdad?
Todos la miraban.
Sus hermanas esperaban su respuesta, algunas sonriendo, otras distraídas, pero todas atentas.
Lori sintió un nudo en el estómago.
Quería gritar que no, que Bum Bum era suyo, que había estado con ella cuando nadie más lo hacía.
Pero al mirar a su madre, al vientre redondeado, y al resto de sus hermanos, simplemente forzó una sonrisa.
—No me molesta, mamá —dijo, con la voz apenas temblando—. Es solo un peluche.
Rita asintió con orgullo y le acarició el cabello.
—Sabía que dirías eso, mi amor. Eres toda una señorita ya.
Todos aplaudieron, y la conversación siguió entre risas y comentarios, pero Lori apenas los escuchaba.
Solo veía cómo Bum Bum desaparecía en la caja, envuelto con cuidado.
Y aunque intentó mantener la sonrisa, una parte de ella sintió que algo dentro se rompía suavemente.
Como una costura vieja... justo en el brazo de su conejo
El calendario en la cocina tenía un gran círculo rojo alrededor del día viernes.
Debajo, con marcador azul y muchas florecitas dibujadas por Leni, podía leerse:
“Baile de primavera – Lori ✨”
La sola idea le hacía temblar las manos.
No era miedo al baile en sí, sino a los espejos, a las luces, a las miradas.
A que alguien notara cada grano que ni el maquillaje lograba cubrir del todo.
Rita entró en su habitación con una sonrisa cansada pero cálida.
Su vientre ya estaba notoriamente redondo, y cada paso parecía requerirle más esfuerzo.
—Cariño... —dijo suavemente, dejando un pequeño frasco sobre el escritorio—. Es una crema que usaba cuando tenía tu edad. Tal vez te ayude un poco con la piel.
Lori la miró, sorprendida.
—¿De verdad crees que servirá?
—No lo sé —respondió su madre, riendo con ternura—. Pero al menos te hará sentir que estás haciendo algo. A veces eso ya ayuda más de lo que crees.
Rita se sentó en la cama, acariciando el borde de una almohada.
—Lamento no poder ayudarte con el vestido o el peinado como antes. Este pequeño en mi barriga no me deja ni respirar tranquila.
—Está bien, mamá —respondió Lori, sonriendo débilmente—. No te preocupes, Leni y Luna me ayudan.
—Claro que lo hacen —dijo Rita, orgullosa—. Eres una gran hermana, Lori.
La adolescente bajó la mirada.
“Una gran hermana.”
Sí, la frase que todos repetían... incluso cuando lo único que quería era volver a ser solo una hija.
Obviamente Lori sentía de vez cuando que no podía lidiar con esta situación
Sus pensamientos giraban entre el miedo al baile, el miedo a que Bobby no quisiera bailar con ella... y la sensación de vacío que no la abandonaba desde que Bum Bum ya no dormía a su lado.
Así que Intento varias veces recuperar el objeto más preciado que tenía
Primera noche.
Lori esperó a que todos se durmieran. Caminó descalza por el pasillo, con el corazón latiendo tan fuerte que temía despertar a alguien solo con eso.
Empujó la puerta de Lincoln con cuidado, apenas lo suficiente para mirar dentro.
El niño dormía profundamente, con una sonrisa tranquila y el conejo apretado contra su pecho.
Lori se acercó.
Estiró la mano.
Pero justo cuando sus dedos rozaron la tela, el piso crujió.
Lincoln giró en sueños, murmurando algo incomprensible.
Lori retrocedió de inmediato y contuvo la respiración.
—Lo siento, Bum Bum... —susurró, y volvió a su habitación sin hacerlo ruido.
Segunda noche.
Decidió intentarlo de nuevo.
Había esperado hasta que su padre apagara la televisión y la casa entera se sumiera en silencio.
Llevaba calcetines gruesos para no hacer ruido.
Esta vez llegó hasta la cama de Lincoln y, con extrema delicadeza, comenzó a levantar la cobija.
El conejo estaba allí, al alcance de su mano.
Pero una vocecita infantil interrumpió la escena.
—¿Lori? —murmuró Leni medio dormida desde el pasillo—. ¿Por qué estás espiando a Lincoln?
El alma se le cayó al suelo.
—Ah... nada, Leni. Solo... revisando si durmió con los dientes limpios.
—Ah, bueno —dijo Leni, riendo somnolienta antes de volver a su cuarto.
Lori suspiró. Otro intento fallido.
Tercer intento.
Durante la tarde, mientras ayudaba a preparar la cena, vio cómo Lincoln dejaba el conejo sobre el sofá antes de irse al baño.
Era su oportunidad.
Lori lo miró desde el otro lado de la cocina.
Solo unos pasos. Solo un instante.
Pero justo cuando se acercó, Rita apareció con una sonrisa amable y una lista de tareas.
—Lori, cariño, ¿puedes ayudarme a doblar la ropa del bebé?
Ella tragó saliva, mirando al conejo sobre el sofá.
—Claro, mamá... ya voy.
Cuando regresó, el muñeco ya no estaba. Lincoln lo había vuelto a llevar a su habitación.
Cuarta y última noche.
Esa vez ni siquiera intentó levantarse.
Solo se quedó despierta, mirando el techo y apretando una almohada contra su pecho como si fuera él.
—No necesito a Bum Bum —murmuró entre dientes, con lágrimas en los ojos—. No lo necesito...
Pero las lágrimas no mentían.
En el silencio de la habitación, lo que más dolía no era haber perdido el conejo...
sino saber que el mundo entero esperaba que ya lo hubiera superado.
..............
La casa Loud estaba inusualmente tranquila aquella tarde.
El sonido del reloj en la sala era lo único que rompía el silencio.
Rita y Lynn Sr. habían salido al hospital para un chequeo rutinario, y Lincoln estaba en casa de su nuevo amigo, Clyde.
Por primera vez en mucho tiempo, Lori estaba completamente sola.
Rita y Lynn Sr. habían salido al hospital para un chequeo rutinario, y Lincoln estaba en casa de su nuevo amigo, Clyde.
Por primera vez en mucho tiempo, Lori estaba completamente sola.
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas, como si marcara un compás lento y triste.
Ella caminó despacio por el pasillo, mirando las puertas cerradas de cada habitación.
Cuando llegó a la de su hermano, dudó.
Pero algo dentro de ella la empujó a entrar
En la cama, ordenado como si la habitación hubiera sido armada para una foto, estaba Bum Bum.
Su oreja seguía doblada, su mirada bordada seguía igual de tierna.
Y aun así, se sentía distinto.
Más ajeno.
Lori se acercó lentamente, como si tuviera miedo de despertarlo.
Se sentó al borde de la cama y estiró una mano temblorosa.
Por fin lo tocó.
La suavidad de la tela le trajo un torrente de recuerdos: risas, canciones, noches de miedo, la voz de su madre cantando...
Todo volvió de golpe, como un eco lejano.
—Hola, Bum Bum... —susurró, apretando el peluche contra su pecho—.
¿Sabes? No sé si voy a poder ir al baile... todos dicen que me veo bien, pero yo no lo creo.
Y mamá... está tan cansada...
Papá también...
Y Lincoln... ya tiene a sus amigos...
Lori tragó saliva.
—A veces pienso que tú eras el único que me escuchaba.
El único que nunca se reía de mí.
El teléfono vibró en su bolsillo.
El sonido la hizo saltar del susto.
Lo sacó con manos torpes.
Era Bobby.
Pero la chica no respondió.... simplemente no tenía fuerzas para tomar ese teléfono que últimamente había Sido su mayor fuerte constante de estabilidad
Entonces algo paso...puede ser algo que fue extraño...algo que para muchos no tiene sentido simplemente es algo que pasa por la mente de alguien preocupada y angustiada, en un estado emocional delicado
—No tienes que tener miedo, pequeña Lori.
Crecer no significa dejar de ser tú.
Esa voz era del conejo o de ella misma...nunca sabremos...
La chica abrió los ojos asustada pero como estaba tan agotada y triste simplemente respondió como si está situación tan extraña fuera de lo más normal
Lori bajó la mirada.
—Pero... me siento sola.
Todos están ocupados. Mamá con el bebé, papá con el trabajo, mis hermanas con sus cosas...
Lincoln ya no me necesita.
Y tú... tú tampoco estás conmigo.
Siempre lo estoy —respondió la voz dulce en su mente—.
Solo que ahora, el mundo también necesita una parte de ti.
Ya no soy tu escudo, Lori... solo un recuerdo.
—Pero yo te necesito —dijo ella, con lágrimas cayendo por sus mejillas.
—Entonces recuérdame. No me guardes.
No me pierdas por miedo a crecer.
Por un momento, Lori solo lo miró.
Las costuras, la tela gastada, esa expresión tranquila que parecía contener todos los años que compartieron.
-eres perfecta tal y como eres Lori, algún momento te darás cuenta...siempre estaré allí para ti, incluso cuando ya no esté... cómo dijo tu madre hace mucho tiempo antes por qué tú sabes soy el amor de tus padres hacia a ti...eso nunca cambiará
El teléfono vibró en su bolsillo.
El sonido la hizo saltar del susto.
Lo sacó con manos torpes.
Era Bobby.
—¿Hola? —dijo, intentando sonar tranquila.
—Hey, Lori —respondió él con su voz cálida—. Solo quería saber si estás bien. No te he visto en todo el día.
Ella sonrió débilmente.
—Sí... sí, estoy bien. Solo... pensaba un poco.
—En mí, espero —bromeó él.
Lori soltó una pequeña risa, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
Por un momento, no se dijeron nada.
Solo el sonido de la lluvia llenaba el silencio entre ambos.
Entonces, sin saber muy bien por qué, Lori miró al conejo y dijo:
—Bobby... ¿tú crees que es tonto guardar cosas viejas?
—Depende —respondió él—. Si te hacen feliz, no puede ser tonto.
Ella miró a Bum Bum, con una sonrisa quebrada.
—Eso pensaba yo...
El chico latino sentía que algo no estaba bien así que pregunto si todo estaba bien
Ella sonrió entre lágrimas.
—Sí... estaba hablando con un viejo amigo.
—Ah... —respondió él, confundido—. Bueno, te veo en el baile, ¿sí?
—Sí, claro...
Colgó despacio.
Y entonces volvió la vista a Bum Bum.
—Parece que... ya no estoy tan sola —susurró.
El conejo “sonrió“.
O al menos eso creyó ella.
Lori lo abrazó con fuerza, hundiendo la cara en la tela.
El olor a infancia, a calma, a amor, la envolvió por última vez.
Y entre sollozos, comenzó a tararear una vieja melodía que su madre solía poner en la radio:
“Te juro que te amo...
Afuera está lloviendo...
Por dentro estoy temblando porque tú vas...”
Su voz se quebró, pero continuó:
“Muy pronto partirás...
Muy pronto partiré...
No queda mucho tiempo...”
Lori cerró los ojos.
“Te juro que te amo...”
El eco de la canción se mezcló con la lluvia que caía afuera.
Y por un instante, pareció que Bum Bum la abrazaba de vuelta.
Cuando la canción terminó, Lori dejó el conejo sobre la cama de Lincoln, acariciándole una oreja.
—Gracias por cuidarme, Bum Bum.
—Gracias por dejarme hacerlo —respondió la voz, ya lejana, como un suspiro entre la lluvia.
Y así, mientras el trueno retumbaba a lo lejos, Lori salió del cuarto.
El teléfono volvió a vibrar, trayéndola de regreso al presente.
El pasado, en cambio, se quedó allí...
sobre la cama, en forma de un conejo que había sido amado más de lo que nadie podría imaginar.
Lori abrió la puerta de la habitación de Lincoln.
La luz del atardecer entraba por la ventana, bañando el cuarto con un tono dorado y cálido.
Allí estaba Bum Bum, el viejo conejo de peluche, descansando plácidamente sobre la cama, igual que siempre, como si nada hubiera cambiado.
Por un instante, Lori sonrió.
Recordó los juegos, los abrazos, las vacaciones,
todas esas noches en que lloraba en silencio y encontraba consuelo entre sus orejas suaves.
Cuando nadie estaba allí, él siempre lo estaba.
Pero esta vez... no se acercó.
Solo lo miró desde la puerta, con una mezcla de tristeza y paz en el pecho.
—Es momento de partir... —susurró.
El baile escolar había llegado.
Las luces giraban, la música sonaba, y por primera vez en mucho tiempo, Lori se sentía ligera.
No fue elegida reina del baile,
pero ganó algo mucho más importante: sonrisas sinceras, amistades nuevas... y el corazón de Bobby.
El chico la tomó de la mano, nervioso, mientras ambos reían sin razón aparente.
—Te amo, Boo Boo Osito —dijo Lori, entre risas y sonrojos.
La frase se escapó sin pensar...
y por un segundo, sonó tan parecida a Bum Bum que Lori se quedó en silencio.
Bobby no lo notó, solo sonrió y la abrazó.
—Yo también, Lori —respondió él, y la besó.
El mundo giró a su alrededor: luces, risas, música, juventud.
Y en medio de todo eso, Lori supo que una etapa terminaba.
Bum Bum ya no estaba entre sus brazos,
pero de alguna manera, seguía allí,
acompañándola mientras daba su primer paso hacia una nueva versión de sí misma.
La niña había crecido.
Y el conejo... seguía cuidando su corazón,
aunque ahora lo hiciera desde lejos.
Epílogo
La casa estaba en silencio.
Afuera, el viento jugaba con las hojas del viejo árbol del jardín, haciendo que su sombra bailara sobre las paredes del cuarto.
Lincoln aún no había regresado.
Y sobre su cama, entre las mantas arrugadas, descansaba un viejo conejo de felpa de color gris claro, con una oreja un poco más caída que la otra.
Bum Bum.
Sus botones ya no brillaban como antes,
y una costura en su costado mostraba los rastros de años de abrazos, lágrimas y sueños.
Pero en esa quietud, parecía sonreír.
El peluche observaba la puerta entreabierta, la misma por donde hacía unas horas había asomado Lori.
Su mirada —o lo más cercano a eso que podía tener un juguete— aún retenía el eco de aquella presencia.
Podía sentir el calor, la nostalgia, y el cariño que aún habitaban en ella.
“Ha crecido tanto...”
Si hubiera podido suspirar, lo habría hecho.
Recordaba cada noche en que la niña lo abrazaba hasta quedarse dormida,
cada lágrima que había empapado su pelaje,
cada secreto que le había susurrado en voz baja creyendo que nadie la escuchaba.
Recordaba cuando temía dormir sola.
Cuando le pedía que la protegiera de las pesadillas.
Cuando lo apretaba tan fuerte que parecía que ambos compartían el mismo corazón.
Y ahora...
ahora ella bailaba, reía, y tenía a alguien que cuidara de ella de otra forma.
Ya no necesitaba su voz muda ni su calor de algodón.
“Así debe ser...” pensó el viejo conejo, mientras una corriente de aire movía una cortina y dejaba entrar la luna.
La luz plateada lo envolvió, y por un instante, su sombra pareció adoptar una forma viva, como si sonriera.
Siempre estaré aquí, pequeña... —murmuró el silencio del cuarto.
No era una voz, ni un pensamiento, sino algo más profundo, algo que simplemente existía.
No importaba cuántos años pasaran,
ni cuántas veces la vida la hiciera reír o llorar,
él seguiría allí: en los recuerdos, en las palabras, en el eco de su amor más puro.
Porque esa era la promesa que se había hecho el día que fue creado:
Proteger a Lori.
Hacerla sentir amada,
hasta que no lo necesitara más.
Y mientras la lluvia empezaba a caer suave sobre el techo,
Bum Bum descansó tranquilo, rodeado del tenue perfume infantil que aún quedaba en las sábanas.
No había tristeza.
Solo un dulce silencio, lleno de orgullo.
Había cumplido su propósito.
Y aunque el tiempo siguiera avanzando,
su corazón —hecho de retazos, hilos y amor verdadero—
seguiría latiendo,
muy dentro de la niña que un día lo llamó su mejor amigo.....
Pero este historia tan emocionante y emotiva no es un final, al contrario es solo el comienzo y ahora ese comienzo ha llegado el momento de mostrar....nos vemos en el primer capítulo.
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