La base de todo
Dicen que el destino no se escribe con tinta, sino con símbolos.
Y en este mundo, esos símbolos arden, brillan y gobiernan.
Hace siglos, cuando el primer Arcano se alzó entre las sombras del caos, la realidad se dobló bajo el peso de su poder. Uno a uno, los veintidós Arcanos Mayores fueron tomando forma, no como simples cartas dibujadas por manos humanas, sino como entidades vivientes, portadores de orden, cambio, destrucción y redención.
Ellos moldearon los reinos. Ellos decidieron las reglas.
En los años más oscuros del pacto, las cartas femeninas fueron silenciadas.
La Justicia fue sentenciada por cuestionar las leyes que ella misma ayudó a escribir.
La Muerte fue sellada por traer verdades que nadie estaba listo para enfrentar.
La Luna fue acusada de enloquecer a quienes soñaban con libertad.
La Estrella, de inspirar rebelión en los corazones más jóvenes.
La Emperatriz, de querer gobernar sin permiso.
Y La Sacerdotisa, de guardar secretos que el Sacerdote temía.
Una a una, fueron despojadas de su nombre, relegadas al olvido, convertidas en mitos, herejías o amenazas.
Pero el destino no olvida.
Y el tiempo, como el tarot, da vueltas.
Durante mucho tiempo, los Arcanos convivieron en un equilibrio inestable, unidos solo por un pacto tácito: que ningún reino impusiera su visión al otro. Pero todo pacto es una cuerda que se tensa, y el tiempo ha ido afilando sus extremos.
Ahora, los reinos se preparan para la guerra.