Prologo.
Todo poder se erige sobre un promontorio de piedra, y toda gloria se celebra bajo la mirada de los cuervos.
En el corazón de Asthergard, la noche del ascenso era un eco de oro viejo. Los altos muros de Bultourye, teñidos por miles de antorchas, albergaban una verdad incómoda: la lealtad es un bien que se compra con banquetes, pero que se sella con sangre. El Marqués Carlos vestía la corona, pero su trono era, por ahora, solo temporal.
Afuera, más allá de la luz, el Bosque de Belleny susurraba viejos presagios. Adentro, el aire pesado de la fiesta estaba saturado de incienso, vino especiado y la hiriente sinceridad de un bufón. Un chiste cínico sobre el fango y el poder fue suficiente para exponer la fragilidad de la nueva nobleza, revelando que, bajo la capa de terciopelo, la ambición seguía siendo tan cruda como la tierra.
La fiesta celebraba una coronación, pero el verdadero pacto, peligroso y antiguo, esperaba en la penumbra de el bosque belleny.