Prólogo: Parte 1

”Es una certeza innegable, enraizada tanto en nuestro inconsciente como en la frágil lucidez que nos regala la esperanza: si entregas amor, te deben amor a cambio. Y aquel que es incapaz de devolverlo, a mis ojos, ha fracasado en el único propósito real de estar vivo.”
—Para los ojos verdemar de mi Nerissa, cuya perfección vuelve vulgar a la esmeralda más codiciada, y le demuestra a las aguas de la naturaleza su inmensa inferioridad. De quien vive preso de su adoración, Darian.

Ni el interrogatorio ni mi confesión deformada fueron suficientes para saciar la sed de justicia de la Cámara de los Lores.
Lo llaman al estrado.
Entra con los hombros vencidos y la cabeza baja. Trae el cabello crecido y revuelto cayendo sobre sus ojos. Antes, verlo entrar bastaba para iluminar mi día. Y hoy, a pesar de todo, no es diferente; el amor es así de persistente. Aunque esta vez no viene rodeado de aquel brillo dorado, sino del azul del mar, ese que yace en el fondo de todo, donde la vida deja de existir.
Toda la sala fija su atención en él. Desde los asientos, desde los pasillos, desde lo alto de las gradas, todos los ojos lo siguen con hostilidad contenida. Conozco bien esa mirada: es la misma que llevan clavándome desde hace... ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cuatro, cinco, seis?... Da igual, ni una semana necesitaron para reemplazar la indiferencia y el desprecio de siempre por un recelo feroz y acusatorio.
Bajo el peso del escrutinio colectivo, él sube al estrado. El Alto Magistrado le recita rápidamente el juramento de decir la verdad y, sin cambiar su postura, apenas separó los labios:
—Juro.
Dijo una sola palabra. Una. Tan simple, tan inocua, que no debería doler. No debería… y aun así, duele. Y cómo lacera.
Comenzó a relatar nuestra historia. Desnudó aquello que nos pertenecía: mis palabras, mis gestos, mis indirectas; cada actitud que tomé, consciente o no, bajo la confianza íntima que compartíamos, ahora se ha convertido en otra prueba más de mi culpa. Y es bueno que lo haga; así puede arrancarse de encima cualquier vínculo conmigo. Es bueno. Lo es, lo sé. Porque si apenas al cruzar esa puerta hubiera corrido hacia mí, gritando mi nombre entre lágrimas, entonces ya estaríamos compartiendo sentencia. Así que sí… es bueno que hable.
Una lágrima cae despacio por mi mejilla, mezclándose con la sangre que me gotea de la nariz hasta alcanzar mi boca. Sabe dulce. Es lo más dulce que he probado en estos días.
Cuando por fin terminó su testimonio, y como si este juicio no fuera más que una burla perversa, o un vodevil dramático montado solo para saciar el morbo del público, el Alto Canciller se inclinó desde su pedestal y preguntó con impostada solemnidad:
—Alteza, la Cámara ha tomado nota de vuestro pesaroso relato en pos de la verdad. Mas, antes de concluir tan valerosa cooperación, debo atreverme a preguntaros: ¿hay algo que deseéis decirle a vuestra exprometida... algo para nuestra acusada?
Él gira hacia el centro de la sala, justo donde me encuentro. Por instinto, encojo los hombros y tiro de mis brazos hacia abajo, tensando los músculos con la esperanza de que no alcance a ver las pesadas cadenas.
—¿Por qué? —suelta, con la voz quebrada—. ¿Por qué lo hiciste?
Me muerdo el labio inferior hasta sentir el sabor a hierro. Incluso si mi lengua hubiera sobrevivido a las torturas, no habría dicho nada. Sé muy bien que cualquier palabra que escape de mi boca la deformarán para usarla en su contra.
—Si querías oro, te habría dado todos mis tesoros. Si querías estatus, te habría entregado mi título. Si querías sangre... te habría dado la de mi corazón. ¿Por qué mi amor no te fue suficiente?
Lo busco con la mirada, pero él sigue con la cabeza gacha. ¿Cómo su amor no iba a ser suficiente? Si cada declaración suya hacía sonreír a mi corazón. Si cada regalo suyo lo enmarqué, lo custodié bajo llave o lo preservé como una reliquia sagrada; ya fuera en mi alcoba o colgado contra mi pecho, siempre junto a mí.
Si me manché las manos, si derramé sangre, fue por él. Única y exclusivamente por él. Lo hice porque anhelaba verlo pleno, sentado en ese trono que lo persigue hasta en sus sueños. Maté porque mi única meta era devolverle un poco de la luz que él me dio.
Él me da la espalda y mi lucidez se quiebra ante la sola idea de que me odie. La saliva resbala por mi barbilla mientras intento articular explicaciones que nacen rotas, sin forma. ¡Quiero decirle que se equivoca! Que supe leer su corazón y sus ambiciones más puras. Mis piernas me impulsan hacia adelante sin esperar órdenes, pero antes de dar siquiera dos pasos, los guardias me agarran de los brazos amoratados. Inhalo profundo, reuniendo fuerzas para gritar con todo lo que me queda de alma, y entonces... él se vuelve hacia mí. Mueve los labios. No hay sonido, pero lo entiendo a la perfección. Es esa frase que tanto me gusta. La misma que me ha repetido desde el día en que nos conocimos: «Te amo».
—Esta Cámara agradece su testimonio, Vuestra Alteza. Con esta última declaración, los Lores están listos para emitir su fallo.
¿De verdad no me odia? ¿Aun después de todo lo que hice?
—Por el cargo de lesa majestad, alta traición al reino, planificación y ejecución del asesinato de su Alteza, el príncipe heredero...
Yo también te amo, Darian. Te he amado desde el primer día y siempre supe que tu amor era real.
—...así como por tentativa de regicidio contra el segundo príncipe de la línea sucesoria, resultando en la amputación de ambas piernas y su condena a la postración vitalicia...
Cuando mi propia familia me olvidó al aparecer su verdadera hija, tú te mantuviste firme a mi lado. Cuando el mundo entero murmuraba que una sustituta ya no te merecía, te alzaste ante la corte y ratificaste nuestro compromiso.
—La Cámara de los Lores, en nombre de Su Majestad y de las leyes del reino, determina que a la acusada, Nerissa Marquellion, se la halla...
Aún atesoro esas dulces palabras: «Aleja esos absurdos pensamientos. Mi esposa solo serás tú». Él me ama tanto... ¿cómo podría yo no amarlo con la misma ferocidad? Si entregar mi vida sirve para cumplir tus sueños, Darian, mi príncipe azul, entonces me voy sin un solo arrepentimiento.
—¡Culpable de todos los cargos!?









Esta Historia es muy interesante
me encanta como escribes!! <3