ℂ𝕒𝕡𝕚𝕥𝕦𝕝𝕠 𝟙: El Niño en el Iceberg
ᴀᴠᴀᴛᴀʀ : ᴛʜᴇ ᴀɪʀʙᴇɴᴅᴇʀ ɴᴀᴛɪᴏɴ

Agua. Tierra. Fuego. Aire. Mi abuela solía contarme historias de tiempos antiguos. Aquellos tiempos de paz y equilibrio entre las Tribus de Agua, el Reino Tierra, la Nación del Fuego y los Nómadas Aire.
Luego todo cambió cuando la Nación del Fuego atacó.
El Avatar era el único capaz de dominar los cuatro elementos. El único con el poder para vencer a los despiadados maestros fuego.
Pero, cuando el mundo más lo necesitaba, desapareció.
Han pasado cien años, y la Nación del Fuego está cada vez más cerca de ganar la victoria en esta guerra. Hace dos años, mi padre junto con los hombres de mi tribu decidieron unirse al Reino Tierra para luchar juntos en contra de la amenaza en común, dejándonos a mí y a mi hermano a cargo del cuidado de nuestra tribu.
Durante un tiempo llegaron nuevos visitantes de la nación aliada. Familias e individuos del Reino Tierra que buscaban refugio debido a la guerra. La tribu aumentó en población, pero hemos aprendido a convivir. Hablando con estas personas descubrí que algunos creen que el Avatar jamás volvió a nacer entre los Nómadas Aire, y que el ciclo se ha roto.
Sin embargo, yo no he perdido la esperanza. Pues es todo lo que me queda. Sigo creyendo que, de alguna manera, el Avatar regresará a salvar el mundo.

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"El Niño en el Iceberg"
La Tribu Agua del Sur era una pequeña pero acogedora comunidad, ubicada en el punto cardinal ya mencionado. El frío a estas horas obligaba a la población a abrigarse bien, a permanecer a veces dentro de sus tiendas e iniciar pequeñas fogatas que duraran unos cuantos minutos.
A menos que tuvieran hambre y decidieran ir a cazar unos cuantos peces por el océano, a bajas temperaturas. A altas horas de la mañana.
— ¿Por qué tenemos que ir tan temprano por comida? El Sol está a penas saliendo.
— Tú insististe en que querías acompañarme ayer y aquí estamos. Pero supongo que eres libre de volver con Gran-Gran a coser pieles para abrigos.
Ante el comentario de su hermano, la niña decidió no dar otra queja y mantener su vista fija en el gran océano, bajo la canoa que los mantenía a flote. Su conexión con el elemento era uno bastante grande, no paraba de admirarlo. Desde pequeña había comprendido por medio de su don que el agua y ella siempre estarían unidos como uno mismo.
El agua control, se dice, es de los más difíciles de aprender. Pues, así como el agua, un verdadero maestro agua debe aprender a ser paciente, estar quieto para poder observar y a ser transparente con los demás.
Los dos hermanos dejaron que la corriente del océano los guiara durante un buen rato, entre los glaciares alrededor del territorio de la tribu. El Sol se encontraba completamente en el cielo. Les daba un poco más de luz para seguir su camino.
— La clave para una buena caza es despertarse al mismo tiempo que la naturaleza... —Lanza en mano, el muchacho apuntaba al océano. Casi podía saborear la comida—. Ahora, mira y aprende Katara, así se atrapa un pez.
Aburrida, Katara se sacó uno de sus guantes e hizo unos movimientos con la mano, logrando sacar un pez completo dentro de una burbuja de agua.
— ¡Sokka, mira! —Llamó con asombro a su hermano, estaba sorprendida de sí misma. Tratando de controlar la esfera y atrayéndola para que él la viera—. Sokka, ¡atrapé uno!
Y aún así, el pescado no duró mucho en el aire. Accidentalmente la punta de la lanza reventó la burbuja de agua, ocasionando que el pez se escapara y mojando a Sokka en consecuencia.
Este se quejó, tiritando por el agua fría— Agh, ¿por qué cada vez que juegas con agua mágica, ¡yo quedo empapado!?
— ¡No es magia! Se llama agua control, y es-...
— ¡Sí! Sí... "Un antiguo arte de nuestra cultura", blah, blah, blah. Ya lo sé. —Interrumpió de nuevo, exprimiendo los restos de agua de su abrigo y cabello amarrado en una coleta—. Quiero decir que si tuviera poderes raros, no estaría molestando a nadie con ellos.
— ¿Me estás diciendo rara? No soy yo la que cree que es buena idea "levantarse con la naturaleza" para salir a pescar —Katara se cruzó de brazos.
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Los días en la tribu agua del sur constaban de largas horas de pesca y construcción de iglúes. Los glaciares brillaban hermosos a ciertas horas, mujeres y niñas se dedicaban a los quehaceres. Los varones del pueblo, que eran pocos, estaban a cargo de entrenar y proveer suficiente alimento para todos.
Cada quien cumplía con sus tareas, incluso los refugiados del Reino Tierra. Muchos de ellos habían estado viviendo allí por más de doce años, llegaban en pequeños grupos de tres a cinco, enviados desde lejos por donde la batalla impactaba.
— No es necesario que cargues con todo eso, pequeña. Déjaselo a mi nieto para cuando regrese. —la anciana Kanna habló algo preocupada.
Junto a ella, una de las refugiadas más recientes del reino de la tierra. Utilizaba la fuerza y rapidez de su juventud para cargar grandes cubos de hielo en sus brazos, llevándolos por todo el lugar como parte de sus actividades cotidianas.
— ¡No es... problema, abuela Kanna! —Haciendo un esfuerzo por mantenerse firme como una roca al caminar con el gran bloque de hielo. La chica le dedicó una sonrisa, tambaleándose un poco—. No tengo mucho más que hacer. Si no trabajo, pienso demasiado.
— Eres muy amable, dulce Rin. —La acompañó a paso lento mientras dejaba otro cubo, las articulaciones de Gran Gran no daban para más—. Tienes brazos resistentes para una jovencita.
— De vuelta en casa, mamá y yo competíamos a ver quien podía cargar la piedra más pesada. Empezábamos con las más pequeñas y por último las más enormes. —Dejando el último, se sacudió las manos en el abrigo.— Ella siempre ganaba. Incluso llegué a pensar que si quisiera podría levantar montañas enteras.
— Tu madre no es una maestra tierra, ¿o sí?
— No, no lo es. Aunque, supongo que sí lo parecía... —Su mirada tomó un tono nostálgico, los recuerdos de hace unos años en su hogar le parecían frescos en su memoria, pero tan distantes a la realidad—. Ella tenía mucha fuerza.
— Entonces es de familia. —La mayor le colocó una mano en la espalda, dándole apoyo y consuelo silencioso con solo una mirada de sus ojos sabios.
Dejar el hogar no es cosa fácil. Rin cumplía ya dos años en el sur. Su emigración a la tribu fue un proceso radical en su vida, se sentía tan extraño. Y aún así, como el cambio de las estaciones provoca a su vez cambios en la naturaleza de las cosas —y con mucha ayuda de Gran Gran— Rin aprendió a acostumbrarse.
— Ya haz trabajado mucho por ahora. Ve a relajarte un rato, ¿sí? Abrígate bien y mira por dónde pisas, no queremos que caigas congelada.
— Claro, abuela Kanna. Esperaré a Katara y a Sokka cerca de la entrada al pueblo. Quizá pronto estén de regreso.
Eso la emocionaba un poco. Los hermanos se habían convertido en amigos muy cercanos luego de que le dieran la bienvenida tan cordialmente al pueblo. Eran de la edad, los tres unidos por una misma causa, por lo que se entendieron a la perfección.
Tuvieron mucho tiempo para hablar de ambas naciones, de sus culturas, de la infancia durante la guerra. Rin podía ver el lazo familiar inquebrantable que tenían.
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— ¿No te gusta como guío? Entonces debiste haber usado tus poderes mágicos del agua.
— ¿¡Entonces es mí culpa!?
— Sabía que debía haberte dejado en casa. Mujeres a cargo, problemas seguro.
Por desgracia, incluso los vínculos familiares a veces parecen debilitarse. Una corriente de agua tosca había empujado a la canoa hasta chocar con una plataforma de hielo, misma en el que ambos discutían ahora.
Katara estaba inquieta, así como el agua debajo de ellos.
— Eres el más machista, ¡inmaduro y cabeza hueca! ¡Y me avergüenza ser tu hermana! —Sacada de quicio, no podía evitar que su irritación la consumiera en ese mismo instante.
— ¿Inmaduro? ¿En serio? ¡No soy yo quien está haciendo berrinches como niña pequeña!
— Soy la que más tiene derecho a hacer "berrinches" aquí. ¡Desde que mamá murió, me hago cargo de todo en el campamento! ¡Yo sola! ¿Sabes lo horrible que es tener que lavar tu ropa?
Aún con su hermana gritándole sobre el olor insoportable de sus prendas, Sokka se dio cuenta de algo que ella no. El enfado y la tensión del momento hacia que el agua control de Katara se activara inconscientemente. Grandes cantidades de agua siendo expulsadas del océano en cada pequeño ademán, con cada pisotón.
— ¡Katara, ya cálmate! —
¿Cómo podía culparla? A veces él decía unos comentarios bastante inmaduros.
— ¡No, no me digas que me calme! Ya no te pienso ayudar más en nada. ¡De ahora en adelante, tú te puedes encargar de lo tuyo!
Con un último pisotón en el hielo, la marea tuvo tal magnitud que terminó rompiendo un enorme témpano entero. Las grandes partes de hielo volaron por doquier, callando la discusión y obligando a ambos a permanecer agachados. Luego de eso, pudieron tomarse un momento.
Katara estaba sorprendida con lo que acababa de pasar, incluso dejó de lado su enojo por un momento, cuestionándose si de verdad ella había causado eso. Sokka, que de por sí ya veía el poder de su hermana como un fenómeno no natural, ahora estaba seguro de que ella se había vuelto loca.
— Genial, pasaste de rara a lunática... —Dijo con sarcasmo.
— Sokka, algo está brillando en el agua...
— Vaya, ¡ahora de lunática a delirante!
— ¡Sólo mira! —Señalando un dedo hacia las profundidades del océano fue lo que bastó ps ta que su hermano dejara de hablar.
Como si las cosas no se podían poner peores, la luz que al principio era tenue se acercaba más a la superficie. El agua vibró con fuerza hasta que expulsó una enorme, casi titánica bola de hielo. La estructura era perfectamente esférica y es de donde provenía aquella luz azulada.
El brillo era suficiente como para divisar unas siluetas dentro del hielo. Una de estas sombras parecía incluso humana, sentada en una posición de meditación. Se veía intimidante. Y entonces, pegaron un sobresalto al verlo abrir los ojos.
— ¡Está vivo! ¡Hay que ayudarlo! —Guiada por su mero instinto, Katara se apresuró a quitarle una de sus armas a su hermano.
— ¡Katara, no! ¡No sabemos que es esa cosa! ¡Vuelve aquí!
Con el garrote comenzó a golpear la gran esfera, ignorando los constantes gritos de Sokka que solo trataba de protegerla de la posible amenaza dentro del hielo.
Quizá Katara de verdad no medía bien sus acciones y había corrido directamente a un posible peligro sin pensar en las consecuencias. O quizá sentía la responsabilidad de tener que ayudar a quien veía estar en aprietos, tratando de enmendar la situación que había ocurrido a causa de la discusión con su hermano.
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La gran columna de energía iluminó con fuerza hasta los rincones más profundos de todo el polo Sur. El resplandor casi cegador, tan pueo y poderoso que parecía atravesar el mundo. Las focas árticas bramaron, los peces pingüino se escondieron cerca de los glaciares. Solo el resoplido constante del motor del barco de la Nación del Fuego rompía brevemente el momento.
— Por fin... —En la cubierta principal, un joven permanecía de pie, rígido, con los brazos en cada costado y los puños bien apretados.
El viento helado y la luz golpeaba su rostro cicatrizado, un contraste al hogar de fuego que solía tener. Sus ojos rastreaban el horizonte en busca de algo que llevaba años persiguiendo. Su respiración se volvió pesada, casi incrédula.
Lo había encontrado. El Avatar.
— Tío Iroh, ¿sabes lo que esto significa?
— Que no podré terminar mi juego. —respondió detrás suyo este hombre ya mayor de edad que sorbía té tranquilamente.
La mesa frente a él estaba ocupada por un juego de fichas a medio terminar. Cada tanto movía una pieza distraídamente, solo para mantener su mente ocupada en un rato de paz — una paz que su sobrino desconocía por completo.
— Me refiero a mi búsqueda. Esa luz viene de una fuente increíblemente poderosa. ¡Tiene que ser él! —señaló a la exposición de luz azul en el cielo con firmeza.
El rostro del mayor adoptó una mirada calmada, un tanto sarcástica.
— O quizá son sólo luces celestiales... Hemos discutido esto antes, príncipe Zuko. No quiero que te entusiasmes por nada. —Moviendo una ficha de su juego, hizo un ademán hacia su sobrino—. Será mejor que te relajes, ¿por qué no disfrutas de una taza de té de jazmín?
— ¡No necesito ningún té relajante! —expresó en un grito—. Necesito capturar al Avatar.
El joven príncipe permaneció agitado, su pecho subiendo y bajando con fuerza. Para él no era sólo una señal. Era un paso más cerca de su destino.
Así que, ordenando a sus soldados seguir un nuevo rumbo directo a la luz, el tío Iroh colocó su última ficha con el símbolo del aire grabado en esta. Dando fin al juego.
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Pronto el Sol cayó desde su espacio libre en el cielo. Lo único que iluminaba las tiendas de campaña de la tribu eran las fogatas. Los pobladores, tanto nativos como refugiados comían lo que habían cazado, dando gracias por otro día lejos de ataques de la Nación del Fuego.
Todo estaba siempre tan tranquilo en el Sur, pero esa noche en particular el ambiente estaba inquietamente sereno.
Rin llevaba horas en el borde del poblado, con los pies medio hundidos en la nieve, recta y con los brazos cruzados bajo manto verdoso gastado. La Luna daba luz tenue a los glaciares a lo lejos.
La abuela Kanna salió al no verla entre las personas, suponiendo que seguía en el mismo lugar que la había dejado.
— Rin... acércate a la fogata, niña. Te vas a morir de frío ahí.
— No —respondió sin mirarla. Su respuesta fue firme, pero agradecía la atención de la mayor—. Aún no han vuelto. Dije que los recibiría.
— Apuesto que los espíritus guiarán sus pasos. Los acompañan en cualquier momento. —dijo la abuela, aunque sonaba más a un deseo que a una certeza.
«Ojalá los espíritus también guiaran un poco de calor a mis manos», pensó Rin con la mandíbula apretada. El viento fresco movía sus trenzas con facilidad, casi haciéndola querer darse la vuelta y hacer caso a Kanna.
Las horas se deslizaron como hielo derritiéndose. Pero, ella permaneció inmóvil, como roca enterrada en la nieve. Y entonces, ya de madrugada, un sonido la atravesó.
Un rugido gigantesco. Pisadas que sacudían el suelo. Rin dio un paso hacia atrás, instintivamente lista para salir corriendo... pero lo que vio no fue un oso-morsa. Ni un lobo polar, ni la infinidad de animales que se le podían ocurrir que hubieran podido hacer un sonido así.
Era simplemente enorme. Peludo, blanco con marrón. Con seis patas y ojos inocentes. No recordaba haber visto algo igual, era un bisonte.
— ¡Rin! —Sokka levantó las manos rápidamente mientras bajaba de la criatura.
— ¿De dónde te robaste este animal..? ¿Eso vamos a comer? —con incredulidad dio un paso hacia atrás. En realidad, esa cosa no se veía comestible del todo. En la espalda tenía una silla de montar marrón igual de gigante.
— ¡Calma, todo está bien! Todo está... más o menos bien. —Dudoso se acercó para calmarla a ella y a la multitud que se había hecho en la entrada al pueblo.
La silueta del gran animal no fue pasada por alto. Adultos y niños despertaron armando una conmoción de la cual Sokka intentaba hacerse cargo, pero a duras penas y puro. No fue hasta que Gran Gran apareció que toda la multitud calló a murmullos.
— ¿Qué está ocurriendo? Tardaron todo un día. Empezábamos a creer que se habían perdido.
— ¡Ya sé, perdón Gran-Gran! —Katara bajó después, con ojos cansados pero brillosos de emoción—. Pero, encontramos a alguien.
Su tono bajando hasta ser un susurro, como queriendo contar un secreto. Señaló el lomo del bisonte. Ahí, acurrucado como en un día de invierno, estaba un chico. Su piel parecía cálida incluso en el clima de bajas temperaturas, su respiración suave, casi demasiado tranquila para ser humana. Una flecha azul adornaba su cabeza rapada, tan clara como tinta recién trazada.
Todos observaron con una mezcla de fascinación y recelo. ¿Cómo podía dormir con tanta tranquilidad? No parecía ser de algún lugar cercano. Tampoco tenía finta de guerrero. Mucho menos un soldado.
— ¿Quién es? —A Rin le desconcertaba, preguntando con tono seco, casi áspero.
— Lo encontramos en un iceberg. —explicó Katara— Dormido. Con... bueno, una luz gigante y una explosión de energía y... —se detuvo—. Te lo explicaré después. Está helando, ¿crees que podemos llevarlo a tu tienda para que siga descansando?
La del reino tierra parpadeó. Un iceberg. Luces. Energía. Un niño calvo. Un bisonte volador.
El mundo se había vuelto oficialmente más loco de lo que ya estaba.
— ¿Eh...? —Le tomó a Rin un momento para procesar la poca información que tenía. Se quedó quieta, pero en un instante pegó un brinco—. ¡Ah-! ¡Sí, por supuesto!
Sus piernas se impulsaron en dirección a donde estaba la vivienda temporal de la chica.
Ella entró corriendo, abriendo de par en par la tienda donde dormía con otros tres de su misma nación. Katara y Sokka acomodaron al niño con cuidado, como si fuera de cristal. Este suspiraba en sueños, daba vueltas en las mantas.
Tres figuras, enrolladas en mantas verdes y cafés, dormían hechas bulto. Eran refugiados del Reino Tierra: un hombre anciano de cabello gris, una mujer joven con un vendaje en la mano, y un niño de no más de ocho años; abrazaba un muñeco hecho con pieles.
La mujer parpadeó sobresaltada al sentir a alguien más de los cuatro que siempre dormían juntos, y el anciano chasqueó la lengua, molesto por el ruido.
— ¿Y ahora qué pasa? —murmuró el anciano con voz ronca, frotándose los ojos— ¿Un ataque?
— No, uno nuevo. —Respondió Rin.
— ¿A estas horas?
— Largo día —Dijo Sokka esta vez, resoplando.
Por fuera se podía escuchar la charla entre Katara y Gran Gran abuela respecto a qué harían con el nuevo muchacho.
— ¡Los demás vayan a dormir! —Anunció Gran-Gran abuela. Llevándose a ambos nietos lejos de la tienda de Rin—. Ahora, me van a contar todo, vamos.
— Ahh, hogar dulce hogar. Ya quería volver a casa. Y a una vida normal. —Sokka se llevó una mirada mala de su hermana.
Mientras tanto, de vuelta en la pequeña tienda, el niño de ocho años abrió medio ojo. Observando, frunciendo la nariz y murmurando:
— ¿Está calvo a propósito?
— Duérmete. —Ordenó Rin en un susurro suave. A lo cual, el niño obedeció.
El anciano, sin embargo, no se volvió a acostar. Observó al muchacho un largo rato, ojos entrecerrados.
— ¿Tiene familia? —preguntó sin apartar la mirada.
— ¿Cómo saberlo? Katara dijo que lo "encontraron".
— Pobre de nosotros y pobre de él —murmuró finalmente, y volvió a su manta, aunque no durmió enseguida.
La tienda cayó en silencio. El bisonte mugía afuera, para luego quedarse dormido también.
Rin se quedó sentada.
Observó al muchacho con flecha en la cabeza otro buen rato, dormido en su espacio, una arruga apenas notable formándose entre sus cejas. Ella sentía que debía quedarse despierta, pues sí lo que Katara había dicho sobre luces, energía y más cosas eran ciertas, estaría preparada. Estaba cansada, pero lanzaba de esas miradas afiladas.
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La respiración del chico era corta y temblorosa.
Tormenta. Hielo. Appa rugiendo entre las nubes negras y el sonido de la lluvia. El mar girando, olas que se tragaban todo en un torbellino de miedo.
— ¡Ah! —jadeó, incorporándose de golpe.
La tormenta en su mente desapareciendo al instante.
La oscuridad dio paso a los rayos del Sol, cálidos, temblorosos. Un nuevo amanecer filtrándose entre las costuras del techo de pieles. A su alrededor, las mantas de tres personas estaban dobladas y vacías.
El aire olía a nieve, a grasa de foca y a ceniza húmeda. Su cuerpo envuelto en una manta que no recordaba. El suelo era duro, pero estable. Encontró por ahí la parte superior de sus prendas que de seguro se las habían quitado para dormir mejor.
Parpadeó, confundido.
«¿Dónde...? ¿Dónde está Appa?». Su corazón comenzó a latir con fuerza, los pensamientos atropellados. Movió la cabeza con torpeza, buscando algo familiar, un rugido, un aliento cálido. Pero lo único que encontró fue... a ella. Rin.
Estaba de cuclillas en una esquina de la tienda, su espalda perfectamente erguida. No había señal de cansancio en su rostro, ni de sorpresa por verlo moverse.
Su mirada era punzante, fija... increíblemente incómoda. Lo hizo tragar en seco.
— Ah... hola. —Su voz sonó demasiado alta para el silencio que los rodeaba—. ¿Es... tu tienda?
Rin no respondió. Simplemente lo miró, midiendo cada gesto, cada respiración. Su calma era tan firme que lo hizo sentir torpe, fuera de lugar.
— Eh... soy Aang —por fin se presentó, levantando la mano en un saludo débil—. Y tú... debes ser-
— Alguien que no se asusta tan fácil. —interrumpió Rin, voz baja.
Él abrió la boca, luego la cerró, sin saber cómo interpretar eso.
— Uhm... ¿de acuerdo?
El silencio hizo su trabajo. Pasaron unos segundos incómodos. Aang sintió el impulso de volver a acostarse y fingir que dormía, quizá así dejaría de mirarlo.
Entonces Rin habló otra vez, con una seriedad casi burlona:
— Babeas cuando duermes.
— ¡No babeo! —protestó con voz quebradiza e infantil.
Rin arqueó apenas una ceja, y Aang comprendió que sí, efectivamente había perdido ese debate.
— Bueno... supongo que tal vez lo hago. —Dijo entre una pequeña risa luego de pensarlo bien.
Rin lo observó con atención. Había algo curioso en su manera de mirar: no era desconfianza, ni frialdad. Era como si tratara de descifrar quién era él, qué clase de historia cargaba detrás de su sonrisa y los notables tatuajes en forma de flecha por su torso, brazos y cabeza.
— Um... ¿dónde están Katara y Sokka? —preguntó al fin.
— Afuera.
— ¿Y Appa?
La chica ladeó la cabeza, estudiando la ansiedad que se dibujó de inmediato en su rostro.
— Mi bisonte —Se apresuró a explicar conteniendo algo de aire en sus palabras.
— También afuera. —Rin dijo—. Imposible ignorar algo tan grande.
Aang exhaló con alivio, dejando caer sus hombros.
La cortina de piel se movió y una ráfaga fría entró junto a Katara, quien sonreía con una sonrisa casi tierna.
— ¡Despertaste! Tranquilo, estamos en el pueblo. Vamos, vístete. Todos esperan conocerte —Se agachó un poco para hablarle cara a cara.
Rin no intervino y salió de la tienda estirando sus brazos hacia el cielo en un tipo de calentamiento matutino luego de estar sentada toda la noche.
Momentos después salieron Aang y Katara, siendo recibidos por los únicos treinta pobladores de la Tribu Agua del Sur. La bienvenida fue incómoda.
— Aang, este es todo el pueblo. —Katara presentó. Aang dio una reverencia respetuosa a todos.
La tribu no sonrió ni un poco. Con sus tatuajes y prendas exóticas no parecía del todo un fugitivo del Reino Tierra, que eran las únicas personas del mundo a las cuales estaban acostumbrados a ver desde hace unos años.
Él era muy sonriente. Muy colorido.
— ¿Tengo algo en la cara..? ¡Appa me estornudo, ¿no es así?! —Se revisó de pies a cabeza, pero estaba en lo incorrecto al suponer eso.
— Nadie ha visto un maestro aire en cien años. Pensábamos que se habían extinguido. Hasta que mi nieto y nieta te encontraron.
De entre la multitud, Kanna se acercó con la mirada firme. Su voz anciana tan sabia como siempre, sus palabras resonando en la cabeza de los presentes como un recuerdo amargo de algo que debía haber ocurrido, pero no fue así.
A Aang le tomó un momento. Sorprendido, como si le hubiesen dado una noticia.
— ... ¿Extinguido? —repitió a lo bajo para sí mismo.
— Aang, ella es abuela mía y de Sokka.
— Llámame Gran-Gran abuela. —Corrigió la mayor sin sonreír todavia. Su mirada seria le recordaba a la de la niña de la tienda. Aunque al parecer, absolutamente todos aquí lo miraban así.
— ¿Qué es esto? —esta vez, Sokka intervino. Arrebatando con una mano uno de los artefactos que el maestro aire tenía. Un palo largo de madera—. Qué pésima arma. No tiene filo, ni punta. No puedes apuñalar a nadie con esto.
— No es para apuñalar. Es para volar. —Aang sonrió inocente, tomando de vuelta su palo de madera el cual desplegó una ala de color anaranjada.
La multitud de gente soltó murmullos de sorpresa al escucharlo. "Volar" fue la palabra clave que hacía a muchos dudar, pero no podían estar seguros. Jamás en sus vidas habían estado frente a un maestro aire en persona. ¿De qué podía ser capaz?
— ¡Es magia! ¡Hazlo otra vez! —gritaban unas niñas pequeñas, fascinadas con el artefacto.
— No, es aire control. Me permite manejar las corrientes de aire y mi planeador.
— ... Entonces muéstranos. —La voz de Rin subió unos cuantos tonos para sobrepasar los murmullos de los demás. Su mirada ahora escéptica, casi retándolo a hacer una demostración de sus muy presumidos poderes— Según tengo entendido, las personas no vuelan.
— ¿Sí? Pues, averigua bien.
Una mezcla de orgullo y ganas de impresionar lo mandaron a abrirse paso. Tomó otro impulso para un salto grande y abrió el planeador. Un remolino de aire y nieve blanca alrededor suyo. Los niños gritaron emocionados, Katara se llevó las manos a la boca en sorpresa. Sokka, resignado, ya esperaba lo peor.
Aang se elevó como si el cielo lo reconociera. Giró, dio una vuelta alrededor de un par de tiendas, subió y bajó con libertad, haciendo maromas que arrancaron gritos y aplausos.
Rin lo siguió con la mirada, sin expresión, pero sus ojos brillaban un poco. No era fascinación exagerada, era... curiosidad.
El muchacho maestro aire, sintiéndose ambicioso, cerró los ojos, sonriente mientras dejaba que el viento lo guiara. Sin contar que el mismo viento lo traicionaría y lo haría estrellarse directamente con la construcción improvisada que Sokka llamaba orgullosamente:
— ¡¡Mi torre de control!! —exclamó acercándose mientras la montaña de nieve le caía en la cara.
— ¡Eso fue increíble! —Aang se levantó con la ayuda de Katara, quien estaba más que entusiasmada ahora si eso era posible.
— Excelente, eres maestro aire y Katara es maestra agua. Juntos podrán perder el tiempo todo el día. —dijo Sokka con sarcasmo transparente. Su hermana rodó los ojos.
— ¿De verdad eres maestra agua? —los ojos de Aang brillaban en ilusión.
— Bueno, casi lo soy, creo... Aún me falta aprender mucho.
— Muy bien, basta de juegos. —Interrumpió Gran-Gran, tomando a su querida nieta del brazo y guiándola de ahí—. Vamos Katara, tienes trabajo.
Alejándose de los demás, la de ojos azules expresó nuevamente la fé que le tenía a Aang, un maestro aire. Un pedazo de esperanza que había aparecido justo frente a ella en tiempos de crisis. Sentía tan afortunada, tan feliz.
— Te dije que era real, abuela. Por fin encontré un maestro que me enseñe.
— Katara, no te ilusiones demasiado con este niño.
— ¡Pero, él es especial! Lo presiento. Parece que guarda mucha sabiduría en él.
Giró la cabeza para encontrarse a unos metros de ella al muy sabio de Aang, con la lengua adherida a su planeador el cual se había congelado. El acto medio tonto hizo reír a los más pequeños.
Rin se acercó por detrás de los menores.
— Al parecer sí vuelas. Aunque aterrizas... —miró la base hecha de nieve que Sokka intentaba salvar— regular.
— Ej po' el fdío. —se excusó entre una risa, no se le entendía muy bien por su artefacto pegado a su lengua.
Rin, aún seria, bajó la mirada un instante. Como si no quisiera que nadie notara que la hazaña y las maniobras en el aire la habían impresionado más de lo que permitía mostrar.
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— Los sabios dicen que el Avatar es el último maestro aire... Hoy ya debe tener más de cien años.
El humo saliente del barco del príncipe de la nación del fuego no era lo único oscuro en el ambiente.
Su propósito también lo era. El impulso de Zuko por mejorar sus habilidades lo había llevado a días y noches sin dormir. Debía ser el mejor si quería capturar al último maestro aire.
Debía dominar todas las técnicas que su tío a veces se negaba a enseñarle por el hecho de que "aún no estaba listo".
— Ha tenido todo un siglo para dominar los cuatro elementos. ¡Yo necesito más para poder vencerlo! —Se acercó con semblante molesto e intimidante hacia el mayor—. ¡Tú vas a enseñarme las series avanzadas, quieras o no!
— ...De acuerdo. —Iroh se resignó. Sacando un plato con palillos en mano, el olor a comida hizo fruncir el ceño a su sobrino—. Claro, ¡después de que termine mi pato asado!
Sonriente y sin más que agregar, comenzó a comer. Zuko estaba más que disgustado, ¿cómo podía comer en un momento así? Estaban a punto de hacer historia en unas horas, y su tío no hacía más que llenarse la gran barriga que tenía.
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Los pasos pequeños de los niños se hundían en la nieve con inocencia desordenada, mientras Sokka, con su garrote azul intentaba imponer disciplina y respeto.
— Bien, hombres. Es importante no mostrar temor cuando se enfrenta a un maestro fuego. En la Tribu Agua se pelea hasta el último guerrero en pie. Porque sin fuerza, ¿cómo podríamos llamarnos hombres? —alzó el arma con aire de superioridad—. Así que, ¡rostros fieros! ¡Nadie parpadea hasta que yo diga!
Los niños lo vieron unos segundos, sus caras regordetas y adorables temblando entre el esfuerzo y las ganas de reír. Uno incluso levantó la mano para pedir ir al baño. Después, otro giró la cabeza y vio a Appa acostarse en el manto blanco del suelo.
— ¡Bisonte!
Y todos corrieron. Las risas estallaron como campanas infantiles. Trataban de subirse a la cola mullida del animal, tocando su pelaje suavemente.
— ¡No–no–NO! Dejen de acariciarlo, ¡eso es–eso es un área peligrosa táctica! —Sokka protestó desesperado.
— No creo que te estén escuchando. —comentó Rin con tono plano. Entre el bullicio se acercó lo suficiente como para intentar apartar a uno de los niños, pero este fue más rápido.
— Sí, ya lo noté. Qué útil.
Rin siguió de pie, no para juzgarlo, sino para... medir.
— No estás molesto solo por eso, ¿no? —Reflexionó con su respuesta—. Es por él.
Refiriéndose a Aang. El mar crujió a lo lejos, Sokka suspiró pateando la nieve bajo ellos.
— Ese chico es raro. Flechas en la cabeza, ropa del siglo pasado, aparece congelado en un iceberg, y– —señaló a Appa con ambas manos—. ¡Monta... esa cosa!
— No parece peligroso. —Ella admitió, inclinando la cabeza—. Aunque... supongo que la gente peligrosa a veces tampoco parece serlo.
La frase quedó flotando en el aire frío. Sokka se cruzó de brazos, mirada fija en los niños tocando el pelaje del bisonte con reverencia.
— ... Hace años que ya no existen maestros aire.
— Sí, bueno... todos sabemos eso. —le respondió Rin, asintiendo despacio.
— Él no parece saberlo. —susurró como si de alguna manera Aang pudiera oírlo de tan lejos— Katara cree que estuvo en ese hielo cien años. Pero... él no está consciente de eso.
Rin dejó escapar una exhalación, manteniéndose quieta al escuchar la información.
— Sí el mundo avanzó todo un siglo sin él... —pausó— entonces qué ilusión tenemos de que algo va a cambiar.
Un silencio pesado. Sokka lo rompió, hablando más bajo esta vez:
— ¿Crees que se vuelva peligroso?
— Creo —dijo suavemente— que cualquier persona con poder y pérdida puede ser peligrosa. Si no sabe dónde pisar.
Sokka tragó saliva, pero se obligó a permanecer con la mirada valiente. No tenía por qué mostrar incertidumbre, siempre valiente.
— Pues, si cabeza de aire se pone loco... le pondré los pies sobre la nieve.
— Claro. Aunque por ahora no lo empujes a ponerse loco, ¿si? Se ve tranquilo.
Sokka abrió los ojos con indignación.
— ¡Oye, yo no empujo! Yo solo—
— Y gritas mucho. —observó Rin. No esperaba ganar nada con eso, solo quería decirlo.
— Se le llama imponer respeto, ¿sí? —Le frunció el ceño aún indignado—. Ahora, debo recuperar a mi armada.
Appa ahora tenía a la docena de niños de la tribu colgando de sus cuernos, encima de su cabeza y jugueteando con su nariz. Sacó la lengua para darles un saludo amistoso a los pequeños.
— Suerte con eso.
— ¡Qué es eso! ¡Hay algo en el cielo! —gritó un niño desde la cabeza del bisonte.
El mundo se detuvo por un instante.
Muy a lo lejos, un trazo rojo fuego rasgó el cielo azul, dejando una estela ardiente que brillaba en contraste con la nieve como sangre roja. La bengala se elevó, explotando en un destello.
Los niños quedaron petrificados. Incluso Appa levantó la cabeza, bramando inquieto. La tribu entera comenzó a asomarse desde sus tiendas, rostros confundidos, susurros tensos como hielo a nada de romperse.
Sokka parpadeó.
— Es.. —susurró— una bengala de señal de ataque.
Rin giró hacia él, ojos fijos y mandíbula tensa.
— Está seguro. —No fue una pregunta.
Sokka asintió una sola vez. El gesto pequeño pero lleno de peso.
— ¿Acaso provino de..?
— Del Este. —interrumpió él nuevamente. Dejó su garrote en la nieve y corrió, regresando con una lanza de hueso.— Del barco de la Nación del Fuego, atascado en el hielo. Papá no dejaba que yo y Katara nos acercáramos.
Rin sintió el pulso acelerarse bajo su piel.
— Aang...
El nombre cayó pesado en el estómago de ambos adolescentes. Sokka no decía nada, pero la respuesta estaba en sus ojos: sí.
• • • ༄ 𓆝 𓆟 𓆞 𓆝 𓆟
Katara. Aang. En un barco de guerra abandonado hace cien años. Y ahora el cielo anunciando a cualquiera que buscara señales.. que algo había despertado ahí.
No, no a cualquiera... A quien intentaba cazar la libertad y el poder que implicaba el Avatar.
— Despierten a mi tío. Díganle... que ya estamos cerca.
Es impresionante lo que la gente puede llegar a hacer cuando se tiene determinación... y poco control sobre sus acciones. El príncipe Zuko se mantuvo cerca de la cubierta, mirando hacia el horizonte con ayuda de su catalejo.
Tenía al último maestro aire en la mira.









