ONE SHOT
Narra Babe
Entró en la cocina buscando un vaso de agua y me encontré a Charlie apoyado en la encimera, sin camiseta, solo con los pantalones de pijama bajos en las caderas, removiendo algo en una sartén.
El olor a café recién hecho llenaba el aire y la luz del anochecer entraba por la ventana.
Me detuve un segundo, mordiéndome el labio.
—Joder, Charlie… ¿tú siempre tienes qué estar así de bueno por las noches?— inquiero con deseo.
Charlie giró la cabeza, sonrió de medio lado y apagó el fuego sin decir nada. Dejó la espátula, se giró del todo y se quedó ahí, quieto, esperando. El desafío brillaba en sus ojos.
No necesito más. Cruzó la cocina en tres zancadas, lo agarró por la nuca y lo besó con hambre, empujándolo contra la nevera. Los imanes cayeron al suelo con estrépito.
Charlie respondió igual de brusco, mordiéndome el labio inferior, mientras sus manos ya bajaban el elástico del pantalón de chándal gris que llevaba puesto.
—Sin ropa interior, como siempre— murmuró Charlie contra mi boca, envolviendo mi pene ya dura con su mano.— Puta comodidad que sabes que me encanta.— solté una risa entrecortada y le bajó los pantalones a Charlie de un tirón.
El miembro saltó libre, pesado y caliente contra su muslo. Sin preliminares, sin palabras bonitas: escupí en mi palma, lubricó rápido y Charlie me giró de cara a la encimera.
Apoyó las manos en el granito frío, separó las piernas y empujó el culo hacia atrás, ofreciéndome.
Solté un gemido ahogado que resonó en la cocina vacía. Charlie me agarró por las caderas y empezó a follarme con fuerza, corto y profundo, el ritmo frenético de quien sabe que no hay tiempo.
Cada golpe hacía que mi cuerpo se sacudiera hacia delante, que mis dedos se abrieran sobre la encimera buscando apoyo.
—Más fuerte, joder…— jadeo, girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro, con ojos oscuros y brillantes.
Charlie obedeció. Una mano subió hasta mi garganta, apretando lo suficiente; la otra bajó a masturbarme al mismo ritmo brutal. El sonido era puro sexo: piel contra piel, respiraciones rotas, el leve chirrido de la encimera bajo nuestros cuerpos.
Yo me corrí primero, con un gruñido bajo y largo, salpicando la puerta del armario de abajo. El apretón de mis músculos alrededor de la polla de Charlie fue inmediato y devastador.
Charlie me siguió dos embestidas después, clavándose hasta el fondo y derramándose dentro con un —mierda, Babe…— apenas audible.
Nos quedamos así tres segundos, jadeando, pegados.
Luego Charlie salió despacio, me dio una palmada en el culo y se subió el pantalón.
Yo me giré, con la cara sonrojada y una sonrisa perezosa.
Me subí los pantalones sin limpiarme, me acerqué y le robé un beso rápido.
—El café se ha enfriado— dijo.
Me encogí de hombros, aún recuperando el aliento.
—Pues lo calentamos otra vez. Luego nos damos una ducha.— Charlie soltó una carcajada y me mordió el cuello. —Esta bien, mi amor.— contesta divertido.
Nos habíamos duchado y luego nos tomamos nuestro café con galletas.
Estábamos hundidos en el sofá de siempre de la sala de estar.
Charlie está medio tumbado, con la cabeza apoyada en el reposabrazos y los pies descalzos encima de la mesita.
Lleva una camiseta vieja mía que le queda enorme y unos bóxers de perritos que le regale en Navidad “porque tu cara de inocencia no pega con nada inocente ”.
Yo, por mi parte, estoy prácticamente encima de él: sentado entre sus piernas, de espaldas al pecho de Charlie, con la cabeza echada hacia atrás sobre su hombro y un bol de palomitas equilibrado peligrosamente sobre su propio estómago.
En la tele están repitiendo un reality de carreras ilegales (ironías de la vida) y cada dos por tres suelto un comentario experto:
—Ese cambio de marcha es una mierda, mira cómo patina la rueda.—
—Charlie, amor, ¿tú ves normal que ese coche vaya así de inclinado? Va a comer pared en 3… 2…— preguntó hacia él.
Y efectivamente, el coche come pared. Suelto una carcajada triunfal y Charlie me hace cosquillas en las costillas como castigo.
—Para de ser tan listillo o te echo del sofá.— advierte divertido.
—Inténtalo, grandullón, a ver quién pesa más.— respondo con sarcasmo.
Charlie aprovecha para rodearme la cintura con los dos brazos y apretarme contra sí como si fuera un koala humano.
Me quejo, pero dejó caer todo el peso encima de él con un suspiro feliz. Tenemos la manta hasta la barbilla aunque no hace frío; simplemente porque a Charlie le gusta envolvernos a los dos como si fuéramos un burrito.
En un momento dado cojo una palomita, lo miró con cara de concentración, lo lanzó al aire y lo atrapó con la boca. Charlie aplaude como si hubiera ganado un campeonato.
—Diez puntos para el equipo Babe.— me felicita.
—Obvio. Soy un talento natural.— suelto egocéntrico.
—Sí, un talento natural para ensuciar mi camiseta de palomitas, mira esto.— hay como cinco granos pegados en el pecho de Charlie.
Me río y los voy recogiendo uno a uno… con la boca.
Estamos en esa fase boba en que nos miramos como idiotas y nos damos besitos tontos en la nariz cuando de repente vibra mi celular en la mesita.
Lo alcanzó sin levantarme y leo en voz alta:
[Way 🏍️]
bar. esta noche. aparezcan o los declaro oficialmente pareja de abuelitos casados. traigan culo y ganas. sobre todo ganas.
Suelto una carcajada y giró la cabeza para mirar a Charlie con ojitos brillantes.
—¿Vamos, abuelito?— Charlie suspiró teatralmente, pero ya está sonriendo de medio lado.
—Si voy es solo para que no me llame abuelito delante de todo el mundo.— dice aceptando la derrota.
—Admite que quieres verme bailar encima de una mesa.— sonrió con descaro.
—Quiero verte caer de la mesa y tener que llevarte en brazos a casa, eso quiero.— le doy un beso rápido y saltó del sofá (palomitas volando por todas partes).
—¡Pues date prisa! Dónde está mi camiseta negra.— preguntó con entusiasmo.
—En el suelo, donde la dejaste ayer después de que me suplicaras que…— lo interrumpo con un grito.
—¡CÁLLATE Y VÍSTETE, CHARLIE!— y así, en menos de diez minutos, estamos peleando por quién se pone primero los zapatos, riéndonos como dos tontos enamorados que sabemos perfectamente que vamos a terminar la noche sudados, borrachos y con las manos debajo de la ropa del otro en cualquier rincón oscuro del bar.
Como siempre.
El bar está a reventar. Música alta, luces rojas y azules que revientan contra el humo, olor a alcohol, sudor y perfume barato.
Way nos ve llegar desde la barra y levanta los dos brazos como si estuviera en un concierto y nosotros fuéramos las estrellas principales.
—¡LOS ABUELITOS CASADOS LLEGAN AL FIN, COÑO!— me río y hago una peineta elegante mientras Charlie se limita a negar con la cabeza, ya resignado a su destino.
Way salta de la banqueta y se lanza directo contra mí, me abraza por el cuello y me planta un beso ruidoso en la mejilla.
—¡Te echaba de menos, cabrón! ¿Dónde coño estabas? ¿Haciendo punto de cruz?— preguntó divertido.
Alzó una ceja ante sus preguntas.
—Estábamos viendo la tele como personas civilizadas —respondo empujándolo—. Tú deberías probarlo alguna vez, a ver si se te baja la testosterona.— bromeó con gracia.
Way se gira hacia Charlie, abre los brazos teatralmente.
—Ven aquí, cuñadito favorito.— Charlie lo mira un segundo, suspira y se deja abrazar.
Way le revuelve el pelo como si fuera un perro grande.
—Mira qué serio está el niño. Relájate, hoy te invito a la primera ronda y luego te dejo que pagues las demás, ¿vale?— Charlie le da un golpecito en la nuca, pero está sonriendo.
Way nos arrastra hasta la barra, ya tiene tres chupitos de tequila alineados. Sal, limón y todo el ritual.
—A la cuenta de tres —dice Way, levantando el suyo—. Por las parejas más insoportables y bonitas del mundo. ¡Una, dos…!— nos lo bebemos de un trago.
Charlie tose, yo ni me inmuto, Way grita como si le hubieran prendido fuego.
Después de la segunda ronda, Way ya está subido a la barra con una botella en la mano, animando a todo el mundo a brindar.
Yo lo veo con cariño de hermano mayor cansado.
—¿Siempre tiene qué hacer el máximo ridículo?— Charlie, que ya tiene su mano apoyada en la parte baja de mí espalda, me responde al oído:
—Es Way. Si no hace el máximo ridículo, le da algo.— De pronto suena una canción que Way adora (una mezcla de reggaetón sucio y electrónica barata) y él salta de la barra como si tuviera resortes, me agarra por la cintura y me arrastra a la pista.
—¡Venga, hombre, a menear el culo!— me dejo llevar, riendo, y empiezo a bailar con ese movimiento de caderas que vuelve loco a medio bar y completamente loco a Charlie.
Way se pone detrás de mi, exagerando, haciendo el tonto, cantando la letra a grito pegado en mí oído.
Charlie se queda en la barra, apoyado, cerveza en mano, mirando. Más bien está embobado.
Le guiño un ojo mientras me pasó la lengua por el labio inferior. Way lo nota y grita por encima de la música:
—¡Charlie, ven aquí o te lo robo, eh! ¡Mira qué rico baila tu novio!— Charlie negó con la cabeza, pero yo extendí la mano hacia él, haciendo pucheros exagerados.
Y Charlie, que en el fondo es débil de remate cuando se trata de mí, deja la cerveza, se abre paso entre la gente y termina en medio de la pista entre nosotros.
Way nos abraza a los dos a la vez y grita:
—¡ESTOS SON MIS HERMANOS, JODER! ¡QUIEN SE META CON ELLOS SE METE CONMIGO!— yo y Charlie nos miramos por encima de la cabeza de Way, nos reímos, y nos damos un beso rápido, sucio, con lengua y todo, mientras Way sigue gritando como un poseso.
Después Way se separa, nos mira con cara de orgullo paternal y declara:
—Voy por más chupitos. Y si cuando vuelva no están magreándose contra una pared, los desheredo.— Se pierde entre la gente.
Me pegó a Charlie, le rodeó el cuello con los brazos y le susurró al oído, con la voz ya ronca por los gritos y el alcohol:
—¿Contra una pared te parece bien?— Charlie me muerde el cuello, justo debajo de la oreja.
—Contra una pared, contra la barra, contra el coche… me da igual mientras esté contigo.—
Y así, con Way gritando el pedido en la barra y la música retumbando, nos besamos como si el mundo se acabara esa misma noche.
Como siempre.
Como debe ser.
Narra Charlie
Estoy apoyado en la barra, con una cerveza a medio terminar entre mis dedos, cuando Babe decide que ya ha esperado bastante.
La canción nueva, más lenta, más sucia, con un bajo que retumba en el pecho.
Babe se gira despacio, me busca con la mirada entre la gente y, cuando me encuentra, sonríe.
Esa sonrisa.
La que dice: «esto va por ti y solo por ti».
Se aleja un par de pasos de los demás, se queda en el centro de la pista, justo bajo una luz violeta que le pinta la piel de color pecado.
Y empieza a moverse.
No es un baile normal.
Es una puta declaración de guerra.
Babe cierra los ojos un segundo, deja caer la cabeza hacia atrás, el cuello expuesto, los labios entreabiertos.
Sus caderas se mueven en círculos lentos, profundos, como si estuviera cabalgando a alguien invisible.
Las manos le recorren el pecho, bajan por el abdomen, se detienen justo encima de la hebilla del cinturón… y se quedan ahí, rozando, sin llegar a tocarse de verdad.
Siento que me falta el aire.
Babe abre los ojos y me mira directamente.
Sin pestañear.
Mientras se muerde el labio inferior y hace ese movimiento: un ondular de cadera hacia delante, como si estuviera empujando dentro de alguien.
Dentro de mí.
Aprieto la botella con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.
Babe sigue.
Se gira de espaldas, arquea la espalda, baja despacio hasta casi tocar el suelo con las manos en las rodillas y sube otra vez, lento, restregándose contra el aire.
El pantalón se le pega al culo de una forma criminal.
Notó cómo la sangre me baja directo a la entrepierna.
Rápido.
Dolorosamente rápido.
Me muevo un poco, incómodo, intentó disimular cruzando una pierna sobre la otra, pero es imposible.
Estoy duro como una piedra y lo sabe todo el mundo que mire hacia abajo.
Babe lo sabe también.
Porque se gira de nuevo, se pasa la lengua por los labios y levanta dos dedos:
Ven.
Dejó la cerveza en la barra sin mirar, casi lo tiro.
Camino hacia la pista como si tuviera un imán en el pecho.
Cuando llegó hasta él, Babe no dijo nada.
Solo me pone sus manos en el pecho, me empuja despacio hasta pegarme a una columna medio oscura y se pega a mí entero.
Cadera con cadera.
Dureza contra dureza.
—Te vi.— susurra Babe contra mí boca, sin dejar de moverse, rozándose descaradamente.— Te vi ponerte duro.— dice en mis labios.
Gruño en su boca, le agarró las caderas con las dos manos y lo aprieto más contra mi cuerpo.
—Para ya o te follo aquí mismo —digo con la voz ronca.
Babe se ríe bajito, me muerde el labio inferior.
—¿Quién dice que no quiero que lo hagas?— y sigue bailando.
Solo para mí.
Solo contra mí.
Hasta que no pude más y lo arrastró hacia el pasillo oscuro que lleva a las habitaciones, con la mano metida por dentro de la cintura del pantalón de Babe y un gruñido constante en la garganta.
Porque cuando Babe baila así, me vuelvo un puto animal.
La puerta de la habitación privada se cierra con un portazo que suena a sentencia.
Ni siquiera hemos encendido la luz principal; solo queda el neón rojo que se cuela por debajo de la puerta y el reflejo azul de una lámpara de lava barata en la esquina.
Es suficiente para vernos.
Empujó a Babe contra la pared antes de que el pestillo terminara de caer.
Lo beso con rabia, con hambre, con todo lo que se me ha acumulado en la sangre desde que Babe empezó a bailar.
Babe me responde igual: me muerde el labio, me tira del pelo, me clava las uñas en la nuca.
—Joder, cómo bailas, mi amor.— gruñó contra su boca, mientras le arrancó la camiseta por la cabeza.
—Me has puesto como una moto delante de todo el mundo.— Babe se ríe, jadeante, y mete la mano directamente dentro de mis pantalones.
—Era la idea, Cachorro… quería que te doliera hasta llegar aquí.— suelto un gemido roto cuando los dedos de Babe me rodean, apretando justo como a mi me gusta.
—¿Te duele ahora? —pregunta Babe, voz ronca, perversa.
—Mucho —respondo, le bajó la cremallera con violencia y le meto la mano también.— Pero ahora vas a pagar.— En dos movimientos los dos estamos sin camiseta, sin zapatos, los pantalones a medio bajar.
Lo giró de cara a la pared, le bajó los vaqueros y los boxers hasta los tobillos de un tirón.
Babe se apoya con las manos abiertas contra la madera, arquea la espalda y empuja el culo hacia atrás, ofreciéndose sin vergüenza.
Me arrodillo un segundo (solo uno) y le abro las nalgas con las manos.
Le doy una lamida larga, sucia, en su agujero.
Babe grita, se le doblan las rodillas.
—Charlie… joder… métemela ya…— me levanto, escupí en mi mano, me mojó el miembro y empujé de una sola estocada hasta el fondo.
Babe suelta un grito que retumba en la habitación.
Le tapó la boca con la mano, le muerdo el hombro.
—Shh… o vendrán a mirar.— Babe gime contra mi palma, mueve las caderas hacia atrás buscando más.
Empiezo a moverme: duro, rápido, sin contemplaciones.
Cada embestida hace que el cuerpo de Babe choque contra la pared, que sus dedos arañen la pintura barata.
—Esto es lo que querías, ¿no? —susurro contra su oído, con voz oscura.— Que te folle como un animal después de restregarte contra mí delante de todos.— Babe asiente, desesperado, los ojos cerrados, la boca abierta contra mi mano.
—Sí… sí… más fuerte…— súplica y yo obedezco.
Le agarró las caderas con las dos manos, lo levantó literalmente del suelo y lo follo de pie, profundo, brutal, hasta que las piernas de Babe tiemblan y apenas lo sostienen.
Después lo giró, lo cargó en brazos y lo tiró sobre la cama deshecha.
Me subo encima, le abro las piernas hasta casi partirlo y vuelve a entrar de una estocada.
Babe grita mi nombre, me clava las uñas en la espalda, me muerde el cuello.
Le agarró las dos muñecas, se las sujetó por encima de la cabeza con una sola mano y lo miró a los ojos mientras lo destrozó de placer.
—Mírame —ordenó.
Babe abre los ojos, vidriosos, llenos de lágrimas de puro placer.
—Eres mío —digo, cada palabra acompañada de un empujón profundo.— Este culo, esta boca, este cuerpo… todo mío.— Babe asiente, lloriqueando.
—Todo tuyo… solo tuyo… Charlie, me corro…— lloriquea.
—Córrete.— ordenó y le meto dos dedos en la boca.
Babe se corre con un grito ahogado, el cuerpo en arco, apretando tanto que yo me corro también, dentro, caliente, profundo, marcándolo hasta la última gota final.
Nos quedamos así, temblando, sudorosos, respirando el mismo aire.
Salgo despacio, me tumbo a su lado y lo abrazó fuerte, casi con miedo.
Babe se ríe bajito, me besó la barbilla.
—¿Todavía te duele?— gruñó, le muerdo el cuello.
—Ahora me duele más. Porque sé que mañana vas a volver a bailar así.— Babe sonríe contra su pecho.
—Cuenta con ello.— nos besamos, lento, suave, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Mi cara cambió en un segundo.
Babe estaba desnudo sobre la cama, de espaldas, con las rodillas hundidas en el colchón y la cintura arqueada mientras yo lo embestía con esa mezcla de ternura y violencia que solo nosotros entendíamos.
El ritmo era rápido, casi furioso, como siempre que Babe me provocaba demasiado en la pista de carreras o en el propio bar.
Tenía los ojos cerrados, perdido en la sensación, cuando sentí que algo cambió en el aire.
Abrí los ojos y vi la puerta entreabierta.
Dos tipos del bar, clientes habituales que conocía de vista, estaban ahí parados, mirando.
Uno con una cerveza en la mano, el otro con el móvil ya medio levantado como si fuera a grabar.
Sus ojos recorriendo el cuerpo de Babe sin ningún disimulo: las marcas rojas en sus caderas donde yo lo sujetaba, el sudor brillando en su espalda, el modo en que se mordía el labio para no gritar demasiado alto.
Babe no los había visto todavía. Seguía moviéndose contra mí, gimiendo mí nombre bajito, confiado, vulnerable, mío.
Y entonces yo sonreí.
No fue una sonrisa amable.
Fue esa sonrisa lenta, peligrosa, la misma que ponía cuando alguien intentaba pasarse de listo con Babe en las carreras o cuando Willy intentaba meterse donde no lo llamaban.
Sin dejar de moverme dentro de él, sin romper el ritmo ni un solo segundo, giré la cabeza hacia la puerta y los miró fijamente.
Los dos hombres se quedaron congelados.
No dije nada al principio. Solo los miré.
Con esa calma helada que hacía que hasta los más valientes se lo pensaran dos veces.
Luego, alzó una mano, sin soltar la cadera de Babe, y les hago un gesto lento con dos dedos.
Ven.
Los tipos tragaron saliva. Uno dio un paso atrás.
Ladee la cabeza, todavía sonriendo, y por fin hable. Mi voz era baja, tranquila, pero cortante como un cuchillo recién afilado:
—¿Quieren mirar? Adelante. Pero si vuelven a apuntar ese móvil, les parto los dedos uno a uno y se los hago tragar.— El del móvil lo guardó tan rápido que casi se le cae.
Babe, que por fin notó algo, giró la cabeza y los vio. Sus ojos se abrieron un poco, sorprendidos, pero no se cubrió.
No tuvo miedo. Solo me miró por encima del hombro, jadeando, y murmuró con voz ronca:
—¿Los echas o los dejas mirar, Cachorro?— sin dejar de follarlo, profundo, posesivo, como marcando territorio, respondí mirando a los dos hombres directamente a los ojos:
—Miren todo lo que quieran. Pero recuerden una cosa.— me incliné sobre la espalda de Babe, le mordi el hombro con fuerza para dejar una marca, y gruñó contra su piel:
—Este cuerpo es mío. Y si alguno de los dos vuelve a mirarlo como si pudiera tocarlo algún día…los mató.— Los dos hombres salieron retrocediendo, pálidos, cerrando la puerta con manos temblorosas.
Cierro la puerta de un puntapié sin sacar a Babe de encima, echando el pestillo con violencia.
Y seguí follándolo más fuerte, más rápido, como si quisiera borrar hasta el recuerdo de esas miradas ajenas grabándose en su piel.
Después, cuando los dos estábamos temblando y exhaustos, lo abracé contra mi pecho, besándole el pelo empapado en sudor.
Babe se giró entre mis brazos, todavía empalado, sudoroso, temblando, y me besó con hambre desesperado.
—Joder, Charlie…— susurró contra mi boca, riendo bajito.— Me puse tan cachondo al ver cómo los mirabas… como si fueras a matarlos por mirarme.— gruñó, lo empujó contra el colchón de nuevo, esta vez boca arriba, y entró en él de una sola estocada brutal.
—¿Te gustó qué te mirarán?— preguntó con voz oscura y peligrosa.
Babe sonrió, las piernas alrededor de mi cintura, las uñas clavadas en mi espalda.
—Me encantó que supieran que nunca van a tener esto.— me mordió el labio inferior, fuerte.
—Me encantó que vieran lo que es mío… y que se murieran de ganas.— Y entonces, solo entonces, cuando lo estaba destrozando de placer, Babe cerró los ojos y susurró contra mi oído, casi suplicante:
—Pero ahora bórralos. Fóllame hasta que solo pueda recordar tu nombre.— y lo hice.
Hasta que Babe lloró de placer.
Hasta que no quedó ni rastro de ninguna mirada que no fuera la mía.
Yo y Babe salimos del bar a las cuatro y pico de la madrugada, cuando el portero ya nos miraba como quien mira a dos gremlins que se alimentaron después de medianoche.
Way ya se había ido con Pete.
Lo vino a recoger.
Babe va cantando el coro de “Total Eclipse of the Heart” pero solo la parte de “turn around”, y cada vez que dice “turn around” se da media vuelta él mismo, como si el universo entero tuviera que obedecer.
Obviamente se marea en la tercera vuelta y termina abrazado a un poste de luz.
—Este es mi nuevo novio.— le anuncia al poste.— Es muy amable y no me juzga.— dice borracho.
Yo, que ya llevaba cinco minutos intentando recordar si cerré el auto o si directamente lo vendí por shots, lo observé con los brazos cruzados.
—Babe, amor de mi vida, ese poste tiene herpes. Lo vi besándose con un perro hace dos horas.— Babe suelta el poste como si se quemara.
—¡Infiel!— dice enojado.
Seguimos caminando. Bueno, “caminando” es generoso. Es más bien un zig-zag coordinado.
Llevaba los zapatos de Babe en la mano porque decidió que “la acera estaba demasiado fría para sus piececitos de princesa”.
Ahora Babe va en calcetines, saltando cada dos pasos para no pisar las rayas de la vereda.
—No pises raya o el monstruo de las cloacas te comerá el alma. — informa muy serio.
—Tú eres el monstruo de las cloacas, Babe. Anoche te vi comiendo aceitunas del suelo.— me río de mi comentario.
—¡Eran premium!— Llegamos a un cruce. El semáforo está en rojo, pero no hay ni un auto en diez kilómetros. Babe se planta en el medio de la calle, abre los brazos como Cristo Redentor y grita:
—¡Soy el rey del mundo!— me tapó la cara.
—Babe, por Dios, baja de ahí antes de que venga la policía y me obligue a casarme contigo para sacarte de la multa.— lo regañó.
Babe se da vuelta, ofendidísimo.
—¿Perdón? ¿Casarte conmigo sería un castigo?— me mira con un puchero.
Suspiro, enamorado hasta los huesos.
—Sería un honor, pero prefiero que estés sobrio cuando te lo pida, no cuando creas que los semáforos son tus súbditos.— Babe se emociona tanto que se le llenan los ojos de lágrimas.
—¿Me lo vas a pedir?— sus ojos brillan de la ilusión.
—Cuando dejes de llorar por un semáforo, sí.— Babe corre hacia mí (o lo intenta; en realidad tropieza con sus propios pies y cae de rodillas delante de mí como propuesta de matrimonio inversa).
—¡Sí, acepto! ¡Te doy el sí más grande del universo!— acepta feliz.
Me ríe tanto que tengo que sentarme en la acera.
—Levántate, mi amor. Todavía no te lo pedí.— dice divertido.
Pero Babe ya está buscando algo en sus bolsillos.
—Espera, espera, tengo los anillos.— Saca dos tapas de botella de cerveza.
—Este es tuyo.— me pone una en el dedo.— Es de Heineken, la más cara. La otra es de Quilmes, perdón, estoy en bancarrota emocional.— se disculpa con una linda sonrisa.
Miró la tapa en mi dedo y se me escapa una lágrima de la risa.
—Te amo, mi amor.— nos besamos en medio de la calle vacía, con las tapas-anillo puestas, hasta que un gato maúlla desde un tejado y Babe se asusta tanto que se cae de culo.
Seguimos el camino. Ahora Babe va colgado de mi brazo, cantando una versión muy personal de “La Bamba” que dice “para bailar la babe, se necesita un poco de Charlie”.
En el edificio, el ascensor está roto (otra vez). Cuarto B, malditos sean). Son cinco pisos.
Miró las escaleras como quien mira el Everest.
—Te cargo.— digo.
Babe asiente emocionado.
—¡Sí, mi corcel!— me agachó. Babe se sube…y de inmediato me arrepiento, porque empiezo a subir los escalones como Rocky Balboa pero borracho.
—¡Más rápido, Seabiscuit!— incita Babe encima mío.
Ruedo los ojos.
—¡No me llames Seabiscuit, me duele la espalda!— me quejo.
En el tercer piso me rindo y me siento en un escalón con Babe todavía encima.
—Listo. Aquí vivimos ahora. Nueva dirección: tercer piso, entre el 3B y 3C.— Babe se baja, se sienta al lado y apoya la cabeza en mi hombro.
—¿Sabes qué? Me gusta este departamento. Tiene buenas vistas al descansillo.— confiesa en un susurro.
Le beso la sien.
—Y el vecino de al lado trae facturas los domingos.— añade mirando a la nada.
Nos quedamos ahí diez minutos, respirando agitados, riéndonos por nada. Después Babe se levanta de golpe.
—¡Ya sé! ¡Rodemos!— incita con alegría.
—¿Qué?— preguntó con sorpresa.
Babe se tira al suelo y empieza a rodar escalera abajo como un tronco.
—¡BABE, NO!— grito preocupado.
Pero ya está rodando, riéndose como loco. Llega al segundo piso, choca contra la pared y se queda ahí tirado, mirando el techo.
—¡Diez puntos! ¡Aterrizaje perfecto!— suelta con felicidad.
Bajó corriendo, muerto de miedo, y lo encuentro vivito y coleando, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Estás loco.— niego con la cabeza, pero lo besó igual.
—Y tú me quieres loco.— sonríe.
Subimos el último tramo arrastrándonos de la mano.
Cuando por fin llegamos a la puerta, buscó las llaves…y no las encuentro.
—Babe… ¿tú tienes las llaves?— le preguntó.
Babe se palpó los bolsillos, sacó un paquete de papas fritas aplastado, una servilleta con un número de teléfono que ninguno recuerda, y un calcetín.
—Creo que las dejé dentro.— dice con pena.
Cierro los ojos.
—Obvio.— digo derrotado.
Nos miramos. Nos reímos. Nos sentamos contra la puerta, espalda con espalda.
—Nueva casa entonces.— dice Babe.— Pasillo 5A. Muy exclusivo.— pasó un brazo por sus hombros.
—Tiene buena acústica. Podemos cantar ópera a las cinco de la mañana.— Babe apoya la cabeza en mi pecho.
—¿Sabes qué, Charlie?— me mira con cariño.
Le devuelvo la misma mirada.
—¿Qué?— lo incitó a que siga.
Me sonríe de una manera tan adorable.
—Esta fue la mejor noche de mi vida.— sonrió en la penumbra del pasillo.
—Y todavía no terminó.— afirmó.
Y así nos quedamos dormidos, sentados contra la puerta, con tapas de cerveza como anillos, calcetines desparejados y el corazón latiendo al mismo ritmo ridículo y perfecto.
De repente nos despierta la vecina del 5B abriendo la puerta con cara de “otra vez estos dos”.
Babe abre un ojo, la mira y susurra:
—Shhh, estamos de luna de miel.— dice medio dormido.
La vecina suspira, saca una llave extra y abre la puerta del departamento.
—Entren, tortolitos. Y la próxima vez dejen la llave debajo del felpudo como gente normal.— dice como una madre hablando con sus hijos.
Yo y Babe nos miramos, nos tambaleamos y entramos arrastrando los pies.
Babe, antes de cerrar la puerta, le grita a la vecina:
—¡Gracias, suegra!— agradece.
Y yo, desde adentro, muriéndome de la risa:
—¡Te debemos facturas!— le sigo la corriente.
Cerramos la puerta. Nos tiramos al suelo del living, todavía vestidos, todavía con las tapas-anillo puestas, y nos abrazamos entre risas ahogadas y susurros de “te amo” que suenan exactamente igual a “qué idiotas somos”.
Y sí, somos idiotas. Pero unos idiotas enamorados.
¡FIN!
Dedicado a @Sarababy12129 la idea que me pediste…Espero te guste…