Capitulo 1
Dos chicos estaban sentados en los asientos del aeropuerto, esperando a que los llamaran para abordar el avión. El doncel de cabellos rubios observaba con curiosidad a las personas a su alrededor.
—Jin, ¿por qué tenías que comprar los boletos de las tres de la tarde? Está llenísimo de gente —se quejó con el ceño fruncido.
El mencionado dejó su celular y lo miró con tranquilidad.
—¿Cómo que, por qué? Era para que llegáramos más rápido. Si hubiera comprado los de la noche, tardaríamos tres días en llegar. En lugar de catorce horas.
Jimin lo observó, sorprendido.
—¿¡Tantas horas!? —preguntó, con sorpresa.
—No exageres, pudieron ser más —suspiró el chico de cabellos rosas—. Es un vuelo directo a París.
—Está bien, pero cuando lleguemos vamos directo a dormir. Nada de andar saliendo antes —advirtió el rubio, cruzándose de brazos.
—Claro, claro... ahora deja de quejarte como un niño pequeño —respondió el doncel con una risa divertida, volviendo su vista al celular.
Jimin bufó, divertido, y también tomó el suyo. Estaba decidido a matar el tiempo mientras esperaban.
—Jin, vamos al baño —dijo de pronto el pelirubio, poniéndose de pie.
El doncel de cabellos rosas giró el rostro para mirarlo.
—¿No puedes ir solo?
El rubio negó con la cabeza. Jin suspiró, guardó su celular y tomó su bolso.
—Está bien, pero tendrás que comprarme unas papas.
Jimin sonrió, victorioso. Ambos se levantaron y comenzaron a caminar. Al pasar cerca de la zona de seguridad, notaron cómo varios guardias sujetaban con fuerza a un hombre que se resistía violentamente. El alboroto comenzó a llamar la atención de los pasajeros a su alrededor.
—¿Qué crees que haya pasado? —preguntó Jimin en voz baja.
—No lo sé, y no nos interesa. Tenemos que ir al baño y regresar; nuestro vuelo no tarda en salir —dijo Jin con firmeza, tomando la muñeca del rubio para jalarlo.
Jimin fue arrastrado por su amigo, pero no podía apartar la mirada del hombre. Tenía unos ojos aterradores... y su ropa estaba manchada de sangre. Eso le llamo demasiado la atención. ¿Porque estaba en ese estado?, ¿Había sucedido algo?, decidió que lo mejor era olvidar aquello y concentrarse en su viaje.
Mientras tanto, en otro lugar del aeropuerto, dos hombres estaban sentados en uno de los restaurantes del lugar. Ambos vestían ropa casual, la clase de atuendo que solían usar solo en ocasiones especiales, pero que, a partir de ahora, se volvería parte de su rutina diaria.
—Al fin... necesitaba esto —exclamó un castaño mientras tomaba un sorbo de cerveza.
Frente a él se encontraba un hombre de cabellos negros, que llevaba un par de fideos a su boca. El lugar estaba lleno de gente, todos disfrutaban del momento. Cuando de pronto, el pelinegro se levantó.
—Voy al baño —dijo con voz tranquila.
El castaño asintió mientras continuaba comiendo. Yoongi se encaminó hacia los sanitarios, desapareciendo de la vista de Namjoon.
Poco después, las puertas del restaurante se abrieron y entraron dos chicos con expresiones visiblemente molestas.
—No puedo creer que nos hayan negado la entrada —bufó el rubio, claramente irritado.
—Lo sé. Fue raro. En fin, ve al baño mientras yo compro algo aquí —dijo el pelirosa.
Jimin asintió, aún indignado por la situación, y se alejó. Mientras tanto, el otro chico se acercó al mostrador.
—Me da una botella de agua y unas galletas de chocolate, por favor.
El dependiente asintió con una sonrisa amable y se alejó para buscar el pedido. Jin miró a su alrededor mientras esperaba. Sus ojos se posaron sobre un hombre de cabellos castaños, piel morena, labios delgados y un cuerpo de infarto. Mordió su labio inferior, reprochándose a sí mismo por pensar cosas indecorosas por un desconocido.
El empleado volvió con la orden, y Jin, reacciono de inmediato, comenzó a buscar su cartera mientras del trabajor colocaba el pedido sobre la mesa.
—Serían ¥10,000 yenes, por favor —dijo el joven tras el mostrador.
El pelirosa abrió los ojos, sorprendido por el precio.
—¿Cuánto?
—Diez mil yenes, señor.
Jin no sabía qué lo había ofendido más: si el precio o el hecho de que lo llamaran "señor". Su ceño se frunció visiblemente y una vena se marcó en su frente.
—¿Cuál señor? —exclamó molesto, sacando su tarjeta y colocándola sobre el mostrador—. Cóbrese.
El chico tomó la tarjeta listo para pasarla, mientras el pelirosa guardaba las cosas en su bolsa, cuando de pronto se escuchó un fuerte revuelo en el exterior. Los comensales dentro del restaurante se giraron hacia las ventanas, observando cómo la gente corría desesperadamente. Gritos comenzaron a llenar el ambiente. Poco después, la voz del sistema de altavoces del aeropuerto interrumpió en medio del caos.
A todos los pasajeros se les pide permanecer dentro de los locales. Se solicita que estos cierren inmediatamente por razones de seguridad.
El ambiente se tensó de inmediato. Jin ladeó la cabeza, confundido, mientras observaba cómo los empleados intentaban cerrar el local. Sin embargo, algunos comensales alterados se los impedían, pidiendo a gritos hablar con el gerente. En cuestión de segundos, el doncel se vio envuelto en la desesperación colectiva. Las personas lo empujaban en todas direcciones y él sentía que le faltaba el aire mientras intentaba salir.
Extendía las manos entre la multitud, tratando de abrirse paso, hasta que, de pronto, cayó al suelo. Un gemido de dolor escapó de sus labios.
—Estúpida gente... —susurró con molestia, mientras levantaba la mirada.
Frente a él apareció una mano extendida. Al alzar más la vista, reconoció al ardiente castaño que había estado observando antes.
—Levántate, o te van a aplastar —dijo el hombre con firmeza.
Jin tomó la mano de su salvador y se incorporó con su ayuda. Comenzó a sacudirse la ropa mientras murmuraba.
—Gracias... eh, mmm...
—Namjoon.
—Seokjin.
Después de esa breve presentación, ambos se miraron por unos segundos, hasta que su atención fue desviada hacia la puerta del restaurante. Esta se abrió de golpe, provocando que todos se giraran hacia ella. Lo que vieron los dejó helados: un hombre sangraba profundamente... pero no era la sangre lo que más impactaba, sino el hecho de que en su boca sostenía lo que parecía ser un brazo humano.
Namjoon reaccionó de inmediato y colocó al pequeño doncel detrás de él.
—¿Qué es eso? —preguntó Jin con temblor en su voz, aferrándose al brazo del castaño.
—No lo sé...
Uno de los meseros se acercó con cautela, pero en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, el hombre ensangrentado se abalanzó sobre él, mordiéndole la mejilla con fuerza y arrancándole un pedazo.
En cuestión de segundos, todo explotó. Las mujeres gritaron y ese caos atrajo la atención de esas criaturas hacia el restaurante. Dos guardias armados intentaron contener la situación, disparando sin cesar, pero las cosas... no morían. Solo gruñían, como si no sintieran dolor alguno.
Jin no pudo contenerse. Sus mejillas se llenaron de lágrimas, y su cuerpo comenzó a temblar ante la espeluznante escena que tenía frente a sus ojos.
El agua fría corría entre sus dedos mientras Jimin se lavaba las manos frente al lavabo del baño del aeropuerto. Su reflejo en el espejo le devolvía una imagen algo nerviosa, pero no por el vuelo, sino por lo ocurrido minutos antes en la entrada. Aún sentía el enojo zumbando en su pecho.
Entonces, un extraño sonido interrumpió su pensamiento.
Era un lamento. Largo, arrastrado... casi doloroso.
El rubio frunció el ceño. Cerró la llave del grifo, el goteo cesó, y se giró levemente hacia los cubículos del fondo.
—¿Disculpe? ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo? —preguntó con tono cauteloso.
Silencio.
No hubo respuesta. Solo un ambiente tenso que lo envolvió poco a poco.
Dio un paso al frente, y justo en ese momento, la puerta del baño se abrió. Una mujer ingresó, caminando despacio. El lamento volvió a escucharse, ahora más fuerte, como si algo se estuviera quebrando por dentro.
La chica se detuvo frente a uno de los cubículos y giró la cabeza hacia Jimin. Sus miradas se cruzaron por un breve instante.
Y entonces... la puerta del cubículo se abrió de golpe.
El grito de la joven llenó el baño. Jimin retrocedió, con el corazón desbocado.
Del interior emergió un hombre... o lo que quedaba de él. La mitad de su rostro colgaba desfigurada, como si la carne hubiera sido arrancada con brutalidad. Sin vacilar, la criatura se abalanzó sobre la mujer y clavó sus dientes en su cuello.
Ella gritó, lloró y pataleó. Pero no hubo escape.
Jimin observó la escena, completamente paralizado. Su cuerpo se negaba a reaccionar. Sus piernas parecerían de gelatina. Solo podía mirar, impotente, cómo el brillo de aquellos ojos femeninos se extinguían poco a poco.
La criatura levantó la vista, y sus ojos vacíos se clavaron en los suyos. Gruñó. El sonido fue gutural, inhumano, como salido del mismísimo infierno.
Jimin tragó saliva. Miró hacia la puerta, luego al monstruo. Y finalmente, el instinto de supervivencia venció al miedo.
Corrió.
Abrió la puerta del baño con torpeza, casi tropezando con sus propios pies. La cerró tras él y escuchó los golpes comenzar al instante. El pasillo estaba en caos. Lleno de gritos y mas gritos.
Y sangre. Mucha sangre.
—¿Qué... demonios...? —alcanzó a murmurar.
Ni siquiera pudo terminar la frase. Un nuevo golpe, más fuerte, lo hizo estremecerse. Quiso gritar, pero el miedo le robó la voz. De pronto, sintió unos brazos que lo sujetaban con fuerza y lo giraban por completo.
Jimin gritó. Cerró los ojos y comenzó a golpear desesperadamente con ambas manos, presa del pánico.
—¡Oye! ¡Oye, tranquilízate! —exclamó una voz grave.
Alguien lo sostenía con firmeza por los hombros. Lo sacudía ligeramente para que reaccionara.
—¡Abre los ojos, niño! Si no lo haces, vas a morir.
Con dificultad, Jimin obedeció. Sus párpados se alzaron poco a poco y su vista se enfocó en un hombre.
Alto. Muy alto. De cabellos negros como la noche, piel pálida y cuerpo marcado. Jimin tuvo que alzar la mirada para verle el rostro completamente.
—Yo... ellos... —balbuceó, temblando.
—Relájate —interrumpió el pelinegro—. Tenemos que salir de aquí antes de que esas cosas lo hagan.
El rubio apenas asintió. Las palabras seguían sin salir.
El hombre lo soltó con cuidado, se giró y comenzó a caminar, firme y decidido.
Jimin, aún temblando, no tuvo más opción que seguirlo.
En las afueras de Seúl, donde los arboles se mecian mediante la suave brisa del viento, las imponentes instalaciones de SINBIO LAB se alcanzaban en lo alto, un complejo tan silencioso como inquietante.
Frente a una enorme pantalla, un hombre de cabellos negros observaba los datos que parpadeaban en tonos verdes, azules y rojos. Giraba un lapicero entre los dedos, con una calma abrumadora.
La puerta se abrió con un golpe seco. Una mujer irrumpió en la sala, pálida, con el miedo asfixiándole la voz.
—S-señor Axas... los especímenes escaparon. Están... están infectando a los civiles.
El hombre no se inmutó.
—Eso ya lo sé —respondió con frialdad.
—Debemos avisar al presidente antes de que sea demasiado tarde...
—No. —La interrumpió con un tono que no admitía réplica. Se levantó despacio, rodeó el escritorio y se detuvo frente a la pantalla—. Es perfecto. Al fin podremos ver lo que hemos creado. Además, el presidente deseaba que hubiera bajas.
—¡Pero señor! —protestó ella, con la voz quebrada.
—Guarda silencio, Hyuna. —Alzó la mano y apoyó la palma sobre la pantalla, donde las imágenes cambiaban sin cesar—. Es hora de que la humanidad cargue con sus pecados.
Una sonrisa se curvó en sus labios. Hyuna siguió su mirada hacia el monitor. Las figuras proyectadas eran abominaciones: cuerpos deformes, ojos brillando en la oscuridad, piel desgarrada. Algunos eran enormes, otros pequeños y ágiles, pero todos tenían algo en común: su hambre.
Entre la lista de nombres, uno destacó. Hyuna palideció al reconocerlo.
—Luceron... —susurró, temblando. Sabía lo que aquel ser podía hacer. Lo había visto antes, en los laboratorios más profundos.
Axas entrecerró los ojos, complacido.
—Avisa al presidente Cho —ordenó con voz grave—. Es hora de activar el Protocolo Sevenfold Eclipse.
Hyuna asintió con torpeza.
—Sí, señor.
El hombre volvió a mirar la pantalla. Las criaturas se movían como sombras vivas, devorando e infectando todo a su paso.
—El purgatorio esta por comenzar —murmuró, dejando que una carcajada baja resonara en la habitación.
De regreso al aeropuerto.
El rubio se quedó aún más sorprendido cuando sus ojos se posaron en el desastre frente a él. El restaurante se había convertido en una masacre.
Aquellas cosas... devoraban a las personas.
Algunos intentaban defenderse con lo que encontraban a su alcance: sillas, bandejas, cuchillos de cocina. Pero el terror era inevitable. Los gritos, los disparos, la sangre... todo se mezclaba en un infierno caótico.
Yoongi se detuvo un instante, evaluando el panorama con la mandíbula tensa. Sus ojos buscaron con desesperación entre el tumulto, hasta que lo vio. Namjoon estaba al otro extremo del salón, en pleno combate, partiéndole el cuello a una de esas criaturas con sus propias manos.
—¡Namjoon! —gritó Yoongi mientras corría hacia él.
Jimin, aún tembloroso, siguió al pelinegro con pasos inseguros pero decididos.
Al llegar, la mirada del rubio se desvió debajo de una de las mesas. Su corazón se encogió al ver a Jin, hecho un ovillo, abrazándose a sí mismo con los ojos llenos de lágrimas. Se arrodilló frente a él sin pensarlo y lo abrazó con fuerza.
—Jin...
El pelirosa alzó la mirada, su rostro estaba pálido, y lo envolvió con los brazos, hundiendo el rostro en su hombro.
—Por Dios... ¿estás bien?
—Sí... sí, pero tenemos que salir de aquí —susurró Jimin con la voz quebrada.
—No quiero... tengo miedo.
—Lo sé... yo también. Pero no podemos quedarnos.
Los dos se pusieron de pie, tomados de la mano, como si aquel contacto fuera lo único que los mantenía en pie.
Mientras tanto, Yoongi se acercó a Namjoon, aún jadeando por el esfuerzo.
—¿Qué diablos está pasando aquí? —preguntó con la voz tensa.
—No lo sé. Un hombre entró... y comenzó a comerse a las personas —respondió el castaño, sin aliento, sus ojos recorrían el lugar con alerta.
—Mierda... esto no me gusta nada. Tenemos que salir de aquí ya —espetó Yoongi, observando los cadáveres, a los sobrevivientes, la sangre... y los gruñidos que no cesaban.
—La salida de emergencia. Es por allá —señaló Namjoon.
Yoongi asintió y ambos comenzaron a moverse rápidamente entre el caos, esquivando muebles, cuerpos y restos. Pero en su prisa... olvidaron algo. O más bien, a alguien.
Jimin notó que los dos hombres se alejaban sin ellos. Frunció el ceño, apretando el agarre sobre la mano de Jin.
—Hijo de perra... —murmuró con rabia—. Vamos, Jin. Tenemos que seguirlos.
El doncel asintió sin decir palabra. Sus ojos aún se encontraban húmedos, pero sabía que tenía que tranquilizarse o de lo contrario no saldria de ahi. Sin soltarse, ambos comenzaron a correr entre los gritos y la locura, buscando el único escape posible.
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