Pacto de matrimonio - Adaptación Kookv (4)

Summary

Todos los hermanos Kim han tenido grandes historias de amor que han culminado en matrimonios de ensueño, pero el camino de Kim Taehyung ha sido otro. Este joven doncel ejecutivo vive entregado a su trabajo y lleva tiempo preparándose para dirigir la empresa familiar. Por el contrario, ha dejado de lado su vida amorosa reducida prácticamente a cero y reside solo en un lujoso piso del centro de Milán. De pronto, su mundo cambia cuando recibe una oferta profesional que no puede rechazar: asociarse con Jeon Jungkook. Jungkook, un empresario hecho a sí mismo, seductor, ambicioso y triunfador, tiene muy claro que Taehyung es un volcán a punto de explotar, y desde el primer momento está decidido a conquistarlo. Para Taehyung, confiar en el amigo de su cuñado, cuya mirada abrasadora amenaza con hacerle perder la compostura que lleva años perfeccionando, es una opción de lo más arriesgada. Sin embargo, la química entre ambos es cada vez más poderosa… en todos los terrenos. Y ante la gran oportunidad que supone llevar entre los dos un proyecto internacional, la tentación de mezclar los negocios con el placer resulta irresistible.

Genre
Erotica
Author
Annie
Status
Complete
Chapters
18
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1


Podía considerarlo oficial. Era un desastre de persona.

Kim Taehyung tenía la vista clavada en las paredes color crema de su casa, pero no veía nada. Era gracioso que jamás se hubiera tomado la molestia de colgar cuadros ni fotografías. Normalmente la perfección de las paredes, que no tenían agujeros ni marcas de clavos, lo relajaba. Le recordaba el estilo de vida ordenado y controlado del que se sentía tan orgulloso. Esa noche, en cambio, la absoluta perfección de la pared le provocaba un vacío interior. Como si fuera un impostor. O un fantasma.

De sus labios brotó un sonido extraño. Había perdido el acuerdo comercial más importante que le habían ofrecido a la empresa familiar, pero a esas alturas no podía dejar de lado el sentido común. Tras un mes de indagaciones, de papeleo sin fin, de dormir poco y de asistir a ciertos eventos sociales, solo había conseguido el rechazo del hotel Palazzo. Y eso que estaba segurísimo de que iba a triunfar. Además, aún le quedaba por delante el momento de comunicar el fracaso a su equipo por la mañana.

Mientras se arrebujaba con su bata de seda de color chocolate, atravesó la mullida alfombra en dirección a la moderna cocina para servirse una copa de Bolla. A su espalda oía el murmullo de la televisión, pero el silencio que reinaba en su casa parecía gritarle en los oídos.

¿Qué le pasaba esa noche? No era el primer acuerdo que perdía. No tenía por costumbre regodearse en los fracasos. Había aprendido a ser fuerte y a seguir adelante, hacia el siguiente puerto donde obtener beneficios. La verdad era que La Dolce Famiglia no atravesaba problemas financieros. Lo sucedido no era una cuestión de vida o muerte. Sin embargo, lo único que quería era dejar huella tanto en el mundo empresarial como en el familiar. Y a esas alturas ya ni siquiera podía lograr eso. Oyó una molesta vibración. Cogió el móvil y leyó el mensaje de texto. Su hermano. Otra vez. ¿Era el tercer o el cuarto que le mandaba esa noche?

«¿Lo has hecho?».

La impaciencia le crispó los nervios. Su hermano menor estaba felizmente casado con su amor platónico de toda la vida e insistía en que un ridículo hechizo de amor lo había ayudado a conseguirlo. Ojalá. ¿No sería la vida más fácil si pudiera hacerse una lista de las cualidades que se buscaban en un hombre para quemarla en una fogata dedicada a la Madre Tierra y después sentarse a esperar? Por supuesto, tal como el intentó explicarle, casi con toda seguridad no fuera cosa del libro, sino del hecho de estar destinados a acabar juntos. Hoseok se negaba a creerlo.

De modo que, durante su última visita, su hermano lo obligó a coger el libro de tapas moradas y a jurar por su condición de hermanos que haría el hechizo. Hoseok creía que si lo hacía, el señor Adecuado llamaría a su puerta y su vida cambiaría. Tras una hora soportando un terrible maltrato verbal acerca de su incapacidad para ver más allá de las hojas de cálculo y vislumbrar el futuro, Taehyung accedió, convencido de que su hermano olvidaría la ridícula conversación y pasaría página.

De eso hacía dos semanas. Veinte mensajes de texto. Doce llamadas telefónicas. Y no había visos de que el tema cayera en el olvido.

Sus dedos escribieron dos letras: «NO».

Sentía el sabor afrutado y fresco del vino en la boca. Abrió el frigorífico y sacó un racimo de uvas, tras lo cual regresó al salón para seguir rumiando el enfado. ¿Por qué nadie entendía ni aceptaba que un doncel soltero pudiera ser feliz? Porque era feliz.

Muy feliz, joder. Pero desde que ese dichoso libro de tapas moradas llegó a sus manos a la fuerza, era víctima de una tortura sin fin. Hoseok juraba que el hechizo había funcionado tanto en el caso de Jimin como en el de Seokjin, que habían encontrado a sus almas gemelas.

Se sintió abrumado por una oleada de desesperanza. Luchó contra el repentino pánico, respiró hondo y analizó fríamente sus emociones. Por supuesto, sus hermanos le provocaban cierta envidia. Todos ellos disfrutaban de matrimonios felices, y no dejaban de hablar de sus familias y de planear encuentros. A el lo veían como al hermano soltero que debería entretenerlos con historias sobre relaciones fallidas y ardientes encuentros entre las sábanas.

El resplandeciente salvapantallas del portátil, que mostraba el logo de La Dolce Famiglia, parecía burlarse de el. En vez de hablar de lo que sus hermanos querían, el hablaba de números, de ventas y del siguiente trato que aumentaría todavía más el prestigio de la familia. Hasta su madre empezaba a mirarlo con preocupación y tal vez incluso con un poco de lástima.

Mordió una uva con saña. El sabor ácido del jugo fue una explosión en su lengua.

Merda. ¿Qué más daba? ¿No vivían en una época en la que las mujeres y los donceles no necesitaban a los hombres? El sexo estaba sobrevalorado, y de todas formas era algo que no le interesaba. Su incapacidad para experimentar un orgasmo o para crear un vínculo profundo con un hombre había sido una fuente de frustraciones durante años, hasta que se juró cortar por lo sano esa parte de su vida a fin de conservar la cordura.

Tal vez su mente ansiara el contacto físico, pero su cuerpo estaba hecho de hielo. Tras muchos intentos por sentir algo, lo que fuera, por los hombres, había cesado de quejarse y había empezado a vivir. Sin sexo.

Su piso elegante y moderno dejaba bien claro que era un doncel de éxito, rico y con clase. Aunque sus hermanos preferían el estilo cálido de la Toscana, el se decantaba por la decoración moderna, ya que las líneas limpias le resultaban mucho más atractivas a su sentido del orden. La pintura clara de las paredes hacía resaltar las angulares mesas negras y de cristal, los divanes de color hueso y los cojines morados, todo ello en un espacio de techos altísimos. Los enormes ventanales permitían el paso de la luz durante el día y ofrecían unas vistas espectaculares por la noche, con la ciudad de Milán iluminada. Su cocina consistía en una barra con taburetes de cuero rojo y encimera de granito negro. No necesitaba una mesa grande, dado que siempre comía solo. Si salía algún dispositivo electrónico nuevo, se lo compraba de inmediato. Su casa contaba con lo último en tecnología, desde los distintos ordenadores con su velocísima conexión a internet hasta el enorme televisor y el sistema de sonido que permitía oír música en todas las estancias.

Aunque no poseía el estilo de su hermana Bora en lo referente a la moda, sus trajes siempre eran de diseño y tenían un corte magnífico. Apreciaba la ropa bien confeccionada y nutría su lado más femenino con un vestidor lleno de cuero, ante, seda y satén. Con su sueldo podría haberse comprado una mansión, pero prefería su lujoso apartamento en el centro de Milán, cerca del trabajo, de la gente y de la actividad. Podría acabar volviéndose loco con el excesivo silencio de las montañas.

Mientras seguía comiendo uvas, el móvil vibró de nuevo:

«¿De qué tienes miedo?».

Cogió el teléfono e hizo lo impensable: pulsó el botón de apagado y castigó a su hermano de la única forma posible. Lo condenó al silencio.

Solo le tenía miedo al fracaso. Por suerte, había aprendido que el trabajo duro y el control férreo conducían al éxito. Lo único que había sido incapaz de cambiar era su cuerpo. De modo que había tomado la única resolución posible: aceptarlo y seguir adelante. En ese momento, los mensajes de texto de su hermano lo carcomían por dentro.

Su mirada recorrió el salón y se posó en el libro. Las tapas forradas de tela parecían emitir una luz parpadeante, casi exigente, como si le suplicara que atravesara la estancia y se acercara. Lo había dejado en el estante de las biografías que tanto le gustaban, pero el extraño color morado se negaba a fundirse con los demás lomos. Tal vez fuera mejor echarle una ojeada y decirle a Hoseok que había realizado el hechizo. Así podría seguir adelante y dejar atrás ese tema tan ridículo.

Depositó la copa en una bandeja, se acercó a la estantería y sacó el libro, que parecía inofensivo por su pequeño tamaño. Hechizos de amor. Mmm… no aparecía el nombre del autor. Hojeó las delicadas y desgastadas páginas sin que de ellas surgieran volutas de humo mágico. Nada se agitó en la estancia ni tampoco sintió una ráfaga de viento frío.

Se sentó de nuevo y se recostó en los cojines. Qué raro. El libro estaba compuesto por un único hechizo: hacer una lista con las cualidades requeridas en el alma gemela.

Eso no prometía ni el matrimonio ni un final feliz. Colocar una copia de la lista bajo el colchón. Quemar la original en una fogata. Entonar una especie de plegaria tonta a la Madre Tierra. Finito. ¿Nada más?

Meneó la cabeza, masculló algo entre dientes y cogió el libro de contabilidad que siempre dejaba junto al portátil. La tinta negra manchó las páginas blancas mientras escribía a gran velocidad, negándose a titubear. Esta vez no reflexionaría ni analizaría la situación. Era un desahogo emocional que solo se permitía en contadas ocasiones, una lista de todo lo que siempre había deseado en un compañero y que sabía que era imposible de encontrar.

No leyó la lista. Dobló dos veces cada hoja y colocó una debajo de su colchón.

Acto seguido, regresó a la cocina. Tras sacar un cuenco de acero inoxidable, cogió una cerilla de un cajón y prendió fuego al papel.

Los bordes se arrugaron y se ennegrecieron. Agitó la mano para evitar que saltara el detector de humo y observó como desaparecía la lista. Sus labios entonaron la ridícula plegaria a la Madre Tierra. Iba a matar a su hermano por haberlo convertido en un idiota, pero al menos había mantenido su palabra. Respiró profundamente un par de veces mientras el papel se consumía y en el cuenco solo quedaban las cenizas.

De repente, lo invadió una sensación fatídica. Le dio un vuelco el corazón. ¿Por qué había escrito esa lista? Debería haberse limitado a exponer una serie de cualidades claras y precisas en vez de la descarnada debilidad que transmitían las palabras que había escrito en el papel.

No importaba. Nadie lo sabría ni lo sospecharía. Y puesto que la Madre Tierra no hablaba, estaba a salvo.

Cogió el móvil, lo encendió y escribió un mensaje:

«Ya está hecho. A ver si me dejas tranquilo».

Pasó un segundo y apareció una carita sonriente en la pantalla.

Gracias a Dios. Por fin podía retomar su vida y dejar ese episodio atrás.

Desterró el vacío que le atenazaba las entrañas y subió el volumen de la televisión para ponerle fin al silencio.






Ultiiiiiimo libro!!!

Disfruten!!