Latte Art
Carlos lleva poco más de un año y medio trabajando en “Check Bear’s Cafe.” Una pequeña pero linda cafetería dirigida por un amable, algo tímido, carismático, guapo, y sexy oso.
Es posible que Carlos tenga un ligero crush con su jefe.
Desde que comenzó a trabajar ahí se ha sentido atraído por el híbrido, pero en su momento este se encontraba saliendo con alguien más por lo que nunca hizo un avance.
Pero hace meses que terminaron y hasta donde sabe, Checo no ha tenido nada con nadie más.
Por lo que decidió que era su momento de brillar y de hacerse notar.
Ha pasado el último mes coqueteando y seduciendo al oso, tratando de llamar su atención y hacerle saber que está interesado y disponible.
Pero Sergio es un poco distraído.
—You’re my soda pop, my little soda pop.—El alfa está en su oficina, cantando para sí mismo mientras teje.
Se encuentra relajado, tranquilo. Sabe que en ese momento no hay mucho tráfico en la cafetería y que si Carlos necesita ayuda le llamará.
Por lo que por mientras aprovecha el tiempo libre para trabajar en un pequeño proyecto; estaba tejiendo un ramo de orquídeas rosas con el propósito de regalárselas al omega.
Tenía planeado dárselas junto a otros regalos en los próximos días y así comenzar a cortejarlo.
Pero Carlos no estaba dispuesto a esperar más tiempo, el quiere a ese oso y lo quiere ya.
8:30 p.m, Hora de Cierre.
En cuanto escucho que tocaron la puerta, Checo guardo sus materiales en el cajón mas cercano, asegurándose de que no quedara evidencia de su proyecto.
—¡Pasa!—Grito animado, fingiendo estar trabajando en un nuevo menú.
—Ya llegó por quien llorabas.—Anunció burlesco, acercándose a paso lento pero peligroso al oso.
Checo solo rio suavemente, viendo atentamente como el omega se paseaba por la oficina con naturalidad, llenando el espacio con su dulce aroma.
Pancakes de arándano con notas de miel, el aroma perfecto para el omega perfecto.
Sin darse, cuenta comenzó a soltar su propio olor —café de caramelo— haciendo que el lugar oliera delicioso, como un sábado por la mañana en casa mientras desayunas en familia.
Eso despertaba Carlos en él, familia. Quería tanto simplemente abrazarlo y besarlo suavemente en ese instante, fundirse en sus brazos mientras le repite una y otra vez cuanto lo quiere.
Quiere ser su alfa, y que él sea su omega.
Carlos quiere verga, la quiere en todo su cuerpo. La quiere en su boca, en el culo, en el coño, en sus manos, quiere que Sergio se la meta hasta el fondo y se marque en su estómago.
Quiere que ese oso maduro lo cargue y lo trate como muñeca de trapo, que lo use a su antojo, quiere que se lo coja hasta que no pueda caminar.
—Checo, hay un problema.—Suspiró dramáticamente mientras se sentaba en el escritorio quedando frente al alfa.
—¿Qué pasó?—Pregunto alarmado, su mente recorriendo mil y un escenarios de todo lo que pudo haber pasado.
—No hay leche.—Respondió con simpleza, viéndolo con sus grandes ojos.
—¿Eh?—Fue todo lo que alcanzó a decir; justo ayer había comprado una caja de leche.
—Si… me quería hacer un latte, pero no hay nada nadita.—Su voz salió apagada, triste por su café.
—Y no se puede hacer un latte sin leche, ¿verdad?—Continuo, parándose de su lugar e incitando al alfa a hacer lo mismo.
—Uhh, pues no, sería solo un espresso.—Dijo con obviedad, sin entender realmente a dónde iba la conversación.
—Exacto, entonces necesito tu ayuda.—Posó las manos sobre los hombros del oso, masajeándolos con suavidad.
—¿Qué…? ¿Qué necesitas?—Pregunto en un hilo de voz, nervioso por la cercanía.
—Quiero que me des tu lechita.—Sin más, se dejó caer de rodillas, quedando cara a cara con su entrepierna.
Checo se quedó estático, viendo —y sintiendo—como el omega acariciaba y besaba su pene dormido por encima del pantalón.
No podía creer lo que sus ojos veían. Su erección se marcaba orgullosa por debajo de la tela cuando la preocupación se apoderó de él.
—¿Estás en celo?—Pregunto aturdido, deseando internamente que ese no fuera el caso y que fuera atracción genuina.
—No necesito estarlo para querer atragantarme con tu polla.—Con paciencia comenzó a desabrochar el cinturón y a abrir su pantalón, bajándolo junto a la ropa interior.
Comenzó a lamer y besar la dura verga por encima de la tela, tentándolo. La vista era algo de otro mundo: Carlos de rodillas, con sus grandes ojos y pestañas largas viéndolo con inocencia, sus blancas pecas resaltadas por el rubor que se apoderaba de su rostro, y sus esponjosos labios que dejaban salir gemiditos de gusto cada tanto.
Estaba provocando algo instintivo —primitivo incluso— dentro de Checo, le estaba dando hambre.
Quería comérselo entero.
¿Era deseo? ¿lujuria? ¿Instinto de presa? ¿Una bizarra combinación de las tres? No está seguro aún, pero está a punto de descubrirlo.
—¿Eso quieres Carlitos? ¿Quieres tragarte mi verga?—Fue como preguntarle al hambriento si quiere pan; los ojos del omega brillaron con deseo mientras asentía rápidamente.
—Bien… te la daré.—Se bajó los boxers revelando lo que Carlos tanto ansiaba.
Su gorda verga, dura, goteante, con dos bolas pesadas colgando, rodeadas por una mata oscura de vello.
Al venado se le hizo agua la boca; se lanzó contra su entrepierna, chupando y lamiendo la punta con desesperación.
Era descuidado, la baba le escurría de a montones por la barbilla y de su boca salían sonidos obscenos cada que subía y bajaba por la extensión.
Checo suspiraba y jadeaba con pesadez, sucumbiendo totalmente al placer. Sentía como se ponía más duro al ver como el omega no podía tragarlo todo y lo compensaba masturbándolo.
No sabe que lo poseyó, pero de repente tomó las astas del ciervo y lo jaló hacia adelante, ahogándolo momentáneamente.
—Lo siento.—Jadeo apenas, viendo como el omega tosía y tomaba bocanadas de aire.
—No te disculpes, me encanta.—Respondió con sinceridad, volviendo a sus andadas.
Esta vez viajó un poco más abajo, enterrando el rostro en el matorral de pelo que tenía entre las piernas, moviendo la cabeza de un lado a otro y deleitándose con el olor a almizcle.
Metió uno de los testículos en su boca, chupándolo con ganas mientras que su mano trabajaba la olvidada polla.
—Carlos, estoy cerca.
El omega volvió a introducir el pedazo de carne en su boca, chupando y devorándolo con gusto.
Ahuecaba las mejillas, con su lengua trazaba cada vena y lamía la punta mientras sus manos rodaban las bolas y las apretaba ligeramente.
Cuando Checo bajó la mirada, se encontró con los ojitos tiernos del omega viéndolo de vuelta, con pequeñas lagrimas saliendo de ellos y un fuego apenas contenido; con un gruñido bajo se soltó, llenando la boca y garganta de Carlos con su semilla.
El ciervo tragó todo, separándose y sacando la lengua para mostrarle que no había quedado rastro.
—Dios…—Murmuró sin aire, ayudándolo a pararse y jalándolo a un candente beso.
Lo tomó por la cintura, pegándolo lo más posible a si mismo mientras lo besaba; dejando que su lengua explorara la boca contraria y probándose a sí mismo en el proceso.
—Quítate esto…—Susurro el omega, pasando sus manos por la camiseta oversize del alfa, levantándola levemente solo para ser detenido.
—Es que… no…—Carlos lo veía confundido mientras intentaba explicarse, fallando miserablemente.
El invierno se acercaba, lo que significaba que su hibernación de dos semanas venía con él.
Por ende, ha estado consumiendo comidas altas en calorías y ha ganado una cantidad considerable de peso, además de que su cuerpo ha estado desarrollando una “capa” extra de vello corporal para mantenerlo calientito.
Y aunque sabe que es parte de su naturaleza y biología, también sabe que la mayoría de omegas no quieren un alfa panzón.
Teme darle repudio a Carlos si este lo ve desnudo.
—¿Qué pasa osito?—Pregunto dulcemente, acariciando las suaves orejitas en un intento por ayudarlo a relajarse.
—Es que estoy todo gordo panzón y lleno de pelos, en la panza, la espalda… Dios… ahí abajo ni se diga. Siento tanto que hayas tenido que ver eso.—Respondió finalmente, apenado y con un rojo intenso cubriendo su rostro.
El omega lo vio fijamente unos segundos antes de reír ligeramente y jalarlo para darle un dulce beso, lleno de todo lo que siente por él.
—¿Y lo malo?—Pregunto divertido, sus manos colándose por debajo de la camiseta y acariciando la suave piel.
—Yo no quiero un alfa flacucho. Quiero un macho firme, con carne en los huesos. Un alfa gordito es un alfa fuerte.—Añadió, su voz tersa y baja mientras se inclinaba a besar el grueso cuello del oso, frotándose contra la creciente barba.
—No me gustas sólo por tu físico, pero el que estés gordito y peludito es un plus.—Checo estaba sin palabras, nadie antes se había expresado así de él, mucho menos acerca de su cuerpo.
Y como el remate final:
—Además, entre más grande el árbol, más gruesa la rama.—Re afirmó su punto dándole un suave apretón a la dura verga del oso, sacándole un gemido.
Checo se sentía querido, deseado.
Lentamente, se quitó la camiseta, mostrándose en su momento más vulnerable al omega.
Carlos lo veía atontado, completamente hipnotizado por la vista. Una barriga llenita, con un camino de vello que comenzaba en el ombligo y caminaba hasta la entrepierna, pectorales gordos y suaves, llenitos de grasa que lo incitaban a morder.
Sin dejar lugar a alguna duda, se dejó caer sobre el oso, enterrando en rostro entre ambos montículos, feliz de ahogarse entre ellos.
—Estoy en el puto paraíso.—Su voz salió amortiguada, haciendo reír al tapatío.
—Eso no es nada.—Dijo mientras lo separaba suavemente, comenzando a desnudarlo.
El omega se dejó hacer, entregándose por completo a Checo. Contrario a lo que su naturaleza de presa le decía, no huyó, no se congeló, no sintió miedo cuando la mirada del oso se oscureció.
No se encogió cuando este se acercó a su cuello, oliéndolo, rozando los filosos colmillos contra su yugular.
Dejó que el alfa —su depredador por naturaleza— tocara su cuerpo entero, pasando las manos por la curvatura de sus glúteos, las filosas garras presionando apenas contra su cadera.
—Eres hermoso Carlos, tan bello.—Murmuró contra su cuello, drogandose con el dulce aroma del omega.
Sus caderas embestían hacia adelante, frotándose contra el grueso muslo, desesperado por tenerlo.
—Carlos, déjame hacerte mío, por favor omega.—Rogó desesperado, acariciando la suave colita del ciervo mientras le hacía “ojitos.”
—Ya te estás tardando, osito.—Murmuró divertido, inclinándose a besarlo nuevamente.
Chilló sorprendido cuando Checo lo tomó por los muslos y lo levantó, de inmediato enredó las piernas en sus caderas y afianzó los brazos en su cuello para evitar caer.
El alfa lo recargó en la pared, dejando que su culo quedará suspendido en el aire.
Pasó sus dedos por el húmedo coño que chorreaba lubricante por montones, recolecto el viscoso fluido y lo esparció por su hombría antes de alinearse contra la necesitada entrada del omega.
Lo dejo caer lentamente, impalandolo con su verga gruesa y larga, sacándole fuertes gemidos y chillidos al híbrido.
—No cabe Checo, no cabe…—Soltó entre gemidos e hipeos, sentía que lo estaba partiendo a la mitad.
—¿Quieres que lo saque?—Pregunto preocupado, deteniendo cualquier movimiento.
—No, no, no.—Negó repetidamente, respirando hondo mientras trataba de acostumbrarse.
—Muévete despacito.—Murmuró como pudo mientras que el oso besaba su rostro entero.
El alfa acató la orden, comenzando un vaivén lento pero profundo, observando detenidamente el rostro del menor en busca de alguna señal de disconformidad.
Pero todo lo que encontró fue placer puro, su cara estaba distorsionada en extasis y de su dulce boquita salían los sonidos más obscenos y exquisitos sonidos que alguna vez haya escuchado.
Se dejó llevar, embistiendo cada vez más rápido, más fuerte.
Carlos enterraba las uñas por toda la extensión de su espalda, dejando marcas rojizas en cada tramo de su piel, marcándolo a su manera.
—Ay si, así, así, que rico.—Repetía una y otra vez como un mantra, su cerebro ya hecho papilla.
—Te sientes tan bien, te voy a llenar todito, te voy a dejar el coño escurriendo.—No lo decía solo por que si, era una promesa.
—Si si, lléname, quiero ser tu depósito de semen.—Echo la cabeza hacia atrás al terminar de hablar pues Sergio le había propinado una embestida que lo hizo ver estrellas.
Momentos después Checo se quedó quieto, su verga temblaba dentro del estrecho coño, manchando el interior del omega con su corrida.
Carlos apenas recuperaba el aliento cuando nuevamente fue levantado, esta vez el alfa lo sentó sobre sus hombros para poder comenzar a devorarlo.
—¡Ahhh! ¡Checo!—Grito al sentir el primer lengüetazo en su gordito clitoris.
El tapatío lo comía con devoción, chupando, lamiendo, y sorbiendo con rapidez y dedicación, como si fuera un crítico y su coño fuera una comida michelin.
—Si, si, así, ay peludito, peludito, peludito. Dios que rico.—Estaba totalmente perdido en el placer, sus caderas se movían hacia adelante, restregándose contra el rostro del oso.
La barba le raspaba en los muslos, causando un ardor que más allá de molestarle lo prendía más.
—¡Me vengo!—Grito una vez más, mientras un chorro de squirt salía disparado por todos lados, mojando el rostro entero del pecoso.
Unas pocas lamidas más y finalmente el oso lo bajo; tuvo que sostenerse de los fuertes brazos pues sus piernas se habían vuelto gelatina.
Sergio comenzó a besarlo dulcemente, sosteniéndolo firme en sus brazos para no dejarlo caer.
—¿Estás bien?—Pregunto separándose levemente, soltando feromonas felices.
—Estoy bien cogido, creo que no puedo estar mejor.—Bromeó mientras frotaba su nariz con la contraria en un beso esquimal.
—Se que es algo tarde, pero quisiera cortejarte.—Habló avergonzado, el rubor nuevamente adueñándose de su rostro.
—Estaría más que encantado de aceptar tu cortejo.
Ambos sonrieron embobados el uno con el otro, fundiéndose nuevamente en un dulce y tierno beso.
Esa noche fueron al departamento de Sergio, donde este cocinó una exquisita cena para ambos y finalmente pudo entregarle los regalos de cortejo a su ahora omega.
Flores de crochet, un brazalete de plata, un cheesecake japonés que él mismo horneó y una carta que hablaba a detalle de lo mucho que lo ama.
Carlos apenas y podía contener su emoción y felicidad mientras se abalanzaba contra su alfa, besándolo y abrazándolo mientras le repetía que él también lo amaba como no podía imaginar.