Capitulo 1
El aire del baño de Peter olía a pasta dental de menta y a un matiz metálico y agrio, una mezcla que Peter sospechaba era su propio miedo. Se había sentido extraño últimamente: un cansancio persistente, náuseas matutinas que atribuía a la comida rápida, y una repentina aversión al café de la tía May. Todas esas señales, antes ignoradas, se fusionaron en una aterradora sospecha.
Con un nudo en el estómago, Peter decidió actuar. El viaje a la farmacia fue una odisea de vergüenza y paranoia. Con su gorra más discreta y gafas de sol, caminó sintiéndose como un criminal, evitando cualquier contacto visual, convencido de que cada transeúnte podía leer su pánico. Pagó en efectivo, su voz apenas un susurro, y huyó de la tienda como si lo persiguiera el Duende Verde.
De vuelta en la "seguridad" de su departamento, sostenía el pequeño objeto de plástico. Un palito blanco con una pequeña ventana que, tras seis eternos minutos, reveló su veredicto: dos líneas claras, inconfundibles, positivo.
El mundo de Peter se detuvo. El azulejo blanco del baño parecía girar, el eco de su respiración retumbaba en sus oídos. ¡Tenía diecisiete años! Su vida era una vorágine de ecuaciones de física, deberes, patrullajes nocturnos y salvar la ciudad. Apenas sabía cómo mantener con vida una planta, ¿cómo cuidaría de un bebé? La imagen de un Spider-Man agotado y ojeroso, balanceándose por la ciudad con un portabebés atado a su pecho, era tan ridícula como aterradora.
Y luego estaba Jason, su novio, quien vivía a horas de distancia. ¿Cómo se lo diría? ¿Por videollamada, como si fuera una conversación casual? "Hola, amor, ¿qué tal tu día? Ah, por cierto, estoy embarazado". La idea le provocó una risa histérica y sin humor. Jason, con su pasado complicado y su personalidad explosiva, ¿cómo reaccionaría? ¿Lo dejaría, se asustaría y huiría, o lo tomaría de una manera que Peter no podía imaginar?
El pánico se apoderó de él. Comenzó a caminar de un lado a otro en el reducido espacio, el palito de la prueba aún apretado en su mano. "Dios, ¿qué voy a hacer? No sé qué hacer", susurraba, su voz ronca de pura desesperación. La tía May, el señor Stark, Ned, MJ... ¿Cómo les explicaría algo tan impensable? La responsabilidad lo aplastaba, una losa de concreto invisible que le robaba el aire.
Su mente, normalmente ágil para resolver problemas complejos y anticipar los movimientos de los villanos, estaba en blanco, vacía de soluciones, llena de miedo. Nervioso y completamente perdido, su instinto de autoconservación, o tal vez su desesperación adolescente, tomó el control. Hizo lo más sensato que se le ocurrió en ese instante de colapso: ignorar el tema por el momento. Esconder la prueba, meter el pánico en una caja fuerte mental y pretender que esas dos líneas nunca habían aparecido, al menos por un rato, solo por un rato.
Por un tiempo ignoraria lo sucedido....
Una semana había pasado desde la prueba, y Peter había intentado con todas sus fuerzas ignorar el embarazo. Pero era imposible ignorar los síntomas: agotamiento, náuseas constantes y antojos extraños o aversiones repentinas a sus comidas favoritas. La tía May lo había mirado con preocupación y el señor Stark le preguntó si estaba durmiendo lo suficiente.
Peter estaba en clase, sintiéndose agotado y mareado, le costaba concentrarse. Las palabras del profesor se difuminaban. El profesor lo llamó al frente para resolver un problema, notó su falta de atención y le lanzó una reprimenda. Peter solo pudo asentir, deseando que la tierra lo tragara.
Cuando la campana sonó, su amigo Ned se acercó, preocupado.
—Amigo, ¿qué te pasa? Siempre estás atento en clase. ¿Te sientes bien? —preguntó Ned, sacando de su mochila un sándwich de atún.
Peter iba a inventar una excusa, pero el penetrante olor a atún le dio un ataque de náuseas. Se levantó de golpe y corrió al baño más cercano, el estómago revuelto y la garganta en llamas. Ned lo siguió.
Una vez que Peter vació su estómago, se apoyó contra la fría pared del baño, jadeando, con los ojos llorosos. Ned lo miró, su preocupación evidente.
—Pet, en serio, ¿qué pasa? Esto no es normal —insistió Ned, su voz suave pero firme.
Peter dudó. Podía seguir mintiendo, pero el secreto lo asfixiaba. Miró a su mejor amigo, el único que conocía su identidad como Spider-Man y en quien confiaba con su vida. Tomando una respiración profunda, murmuró: —Lo que pasa es que estoy... embarazado.
La reacción de Ned fue inesperada. —Ah, está bien, pensé que era algo más grave... —comenzó, con un tono relajado, pero sus palabras se cortaron abruptamente. Sus ojos se abrieron como platos, la calma en su rostro se transformó en sorpresa absoluta. —¡Espera! ¿Embarazado? ¿De verdad? ¿No es broma?
—No es ninguna broma, Ned —Peter se encogió de hombros, incómodo, sus mejillas enrojecidas.
—¡Dios, Peter! ¿Qué vas a hacer? ¿Jason lo sabe? ¿Lo sabe May? ¿Qué hay del señor Stark? ¡¿Cómo harás para ser Spider-Man en esa condición?! —Ned lo bombardeó con preguntas, gesticulando frenéticamente, su mente en overdrive.
—No sé, no, no lo saben, tampoco sé cómo le haré —respondió Peter, la desesperación palpable en cada palabra.
Después de hacerle jurar a Ned que guardaría el secreto bajo cualquier circunstancia y de prometerle que hablarían más tarde, Peter se fue a casa, el peso de su recién revelado secreto ahora compartido, pero no por ello menos abrumador.